Miguel Ángel Castiñeira García


Indagaciones al olvido

En Santa Clara, ciudad sin mar, todos los días se multiplican los acontecimientos artísticos. Cada mañana, cada tarde y cada noche tropezamos con avalanchas de informes que demuestran la efervescencia creativa de una urbe que se desvive por las artes. Las noticias de hoy sustituyen a las de ayer, como las de ayer sustituyeron a las de antier y las de mañana lo harán con las de hoy. Pero, ¿dónde encontrar un periodismo cultural que articule elementos, historias, fuentes en apariencia inconexos?, ¿dónde uno que rescate el pasado? Hasta con eso cuenta la más letrada de las ciudades del centro del país.

Villa Clara, específicamente Santa Clara, acoge revistas que abordan lo cultural desde concepciones nada superficiales o limitadas. También puedo nombrar una interesante página de la editora Vanguardia donde jóvenes periodistas intentan, con audacia y rigor, la crítica de arte; así como el periodismo que se publica en libros, aunque más bien debo decir: los libros que reúnen textos de género periodístico.

Los premios Fundación de la Ciudad de Santa Clara en el apartado de Periodismo dan buena cuenta de la salud de esta modalidad literaria (sí, dije literaria) en la provincia. Hace poco leí uno (otro) de ellos: Introspección detrás del olvido (Editorial Capiro, 2019), del poeta, crítico y ensayista Alexis Castañeda Pérez de Alejo y, como agradecimiento al buen rato que pasé consultando sus casi 130 páginas, me propuse escribir esta reseña.

Castañeda, graduado de Historia y Ciencias Sociales por el Instituto Superior Pedagógico Félix Varela, se ha dedicado a historiar los pequeños grandes acontecimientos de la Villa Clara de otros tiempos, y un poquito más acá. Su trabajo como promotor del Centro Cultural El Mejunje le ha permitido convertirse en una suerte de cronista del lugar y sus alrededores. Así lo demuestra en Yo simplemente hago o La Aventura de El Mejunje (Sed de Belleza, 2001) y La vena del centro. Trova santaclareña (Sed de Belleza, 2010).

Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara en 2018, Introspección detrás del olvido llama la atención desde la cubierta. Y lo hace con una obra de Susana Trueba Veitía que recrea el centro neurálgico de la urbe santaclareña: el parque Leoncio Vidal. Aunque difícilmente podría pensarse en una ilustración más apropiada si se pretende reflejar la cultura santaclareña en todo su dinamismo, hay que decir que la idea no es del todo original, pues ya existe un título (al menos, que yo conozca) con similar diseño de cubierta: Después del huracán (Sed de Belleza, 2007), de Yamil Díaz Gómez.

“De todos los libros que ha escrito Alexis Castañeda, tal vez este sea el más íntimo, el más enfebrecido”, asegura el poeta y narrador Geovanny Manso en su reseña “Memoria y más memoria en Introspección detrás del olvido”. Se trata de un volumen asimétrico, con una primera parte breve, personal, integrada por crónicas que funcionan como cuchillas que van abriendo la carne donde habita el olvido, y otra de carácter testimonial, más extensa, que podemos identificar como la esencia de las intenciones del volumen.

Sobre la primera parte, “Historias de pasión y credo”, diré que me impresionaron las crónicas “Elena Burke en El Mejunje cantando, cantando”, “Alcides y Silverio cabalgan en un caballo de palo” y “Meme Solís: la dicha de poder soñar y amar”. Los textos que menciono tienen en común —además de la batalla contra la desmemoria, presente en todo el volumen— la capacidad de concentrar la energía evocadora en un pequeño punto del recuerdo, para de esa manera transmitirnos un relato con sabor a bolero de victrola, copa rota y mucha, muchísima nostalgia.

La curva de intensidad dramática de la primera sección está correctamente diseñada: va subiendo en “Los villareños siempre cumplen su parte” y “El valor de una mañanita de enero”, llega a un pre-estribillo/pre-clímax con el trabajo sobre Luis Carbonell, explota en un coro integrado por Elena Burke, Rafael Alcides y Ramón Silverio, desciende con el trabajo sobre el Centro Experimental de Teatro de Las Villas y vuelve a ascender con El Pamperito y Meme Solís, para entonces terminar arriba, muy arriba:

Perdona este destilar, pero aquí en Santa Clara las mañanas de domingo son demoledoramente lentas, y nos vamos arrimando a ese rinconcito llamado nostalgia. Espéranos, Meme, que con muchos otros nos encontraremos en un “nuevo amanecer” y tendremos “otra vida para darla nuevamente”, pues a mí también “me ha crecido el corazón para anidar las ilusiones que anhelaba” y no dejaremos que muera “la dicha de poder soñar y amar”.

La segunda sección de la obra se me antoja fácil de entender y difícil de explicar. Intentaré aproximarme diciendo que se trata de la historia de alguien o algo a partir de la voz de un testigo privilegiado. En el caso de “Juanito Sarmiento. Pasiones en la arena”, el entrevistado narra únicamente su vida, pero en realidad está hablando de lo mismo que todos los testimoniantes del libro: de las injusticias del olvido. 

Qué, si no eso, nos revela Osiris Aguiar Valdés cuando recuerda al invisibilizado Meme Solís; María de los Ángeles García cuando evoca al maestro Raúl Ferrer; Juan Campos cuando nos refiere los pormenores de un tiempo en que Fernando Borrego todavía no era Polo Montañez; Juan Manuel O´Farril cuando extraña sus tragos compartidos con grandes de la música cubana; Eusebio Guerra cuando rescata los años perdidos del cabaret Venecia; Roberto Pérez Elesgaray cuando dibuja el boceto de lo que fue y pudo ser el grupo Raíces Nuevas, de Pucho López; Elena O´Farril cuando dice, justo al final del libro: “Doris [de la Torre] era mi hermana”; Valentín Díaz Contreras, El Diablo, cuando asegura que “en el entierro del Benny, el 20 de febrero de 1963” hizo un compromiso “allí en su tumba, que iba a seguir su legado, cantando sus canciones”, y eso lo ha cumplido.

No creo que pueda ser justamente valorado en el breve espacio de una reseña cuánto contribuye al rescate de la historia cultural de Santa Clara un libro como Introspección detrás del olvido. “Quizás la motivación de fondo sea intentar corregir un error del pasado, hacer justicia. Acaso una pulsión justiciera sea lo más característico de estos textos diversos”, explica en el prólogo el crítico Dean Luis Reyes.

Por eso agradezco esta obra, que transita silenciosa, sin llamar la atención sobre sí misma, por una autopista de eventos culturales que seguramente olvidaremos mañana. Una autopista que espera por que los Alexis Castañeda del futuro realicen el trabajo que hoy algunos (no los suficientes) se deciden a emprender: el de rescatar el pasado con nuevas e imprescindibles indagaciones al olvido.



«Longina»: Hasta pronto diosa de lira e inspiración

Durante cinco días Santa Clara celebró la reciente edición del Encuentro Nacional de Trovadores Longina canta a Corona, en esta ocasión dedicada a Lázaro García, a los 50 años del Movimiento de la Nueva Trova y los 25 de La Trovuntivitis. De todas las regiones del país llegaron cantautores a celebrar un estilo de vida único, una idea del mundo fundamentada en la canción como elemento esencial de todo lo que nos rodea, una corriente ideo estética, un sentimiento.

El día 5 se abrían las puertas a los invitados del “Longina” en la Casa del Joven Creador de Villa Clara. De las paredes del patio colgaban los cuadros de la exposición del cantautor Leodanys Castellón, quien realizó y agrupó un conjunto de retratos digitales a exponentes de la trova cubana de todos los tiempos. Yasmany González, escritor y actor “pinaclareño”, dijo las palabras de presentación e invitó luego al propio Castellón para que compartiera su obra musical con los presentes. Cantaron, además, Jesús Pérez y Pedro Zapata, como estaba previsto en el programa; sin embargo, las ganas de trovar subieron al escenario a Nelson Valdés, Amaury del Río, Ariel Barreiros, Freddy Laffita, Alain Garrido, así como al poeta y repentista Marcos David Fernández, el Quíquiri de Cisneros.

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¿La luz, bróder, la luz?

Desde el inicio, el Centro Cultural El Mejunje estuvo a la altura de sus mejores tiempos. En los últimos meses la peña La Trovuntivitis había vivido algún que otro momento de declive. La ausencia temporal de trovadores importantes, los problemas con el audio y la energía eléctrica, por solo mencionar las razones que conozco, amenazaban con pasarle la cuenta a un espacio icónico de la ciudad. Pero La Trovuntivitis, ya lo sabemos, retrocede únicamente para coger impulso. En esta ocasión la presencia de Yaíma Orozco, Yordan Romero, Leonardo García, Roly Berrío, Yatsel Rodríguez, Alain Garrido, Michel Portela y Migue de la Rosa, regaló a los presentes una peña para el recuerdo. Y entre canciones, risas, bailes, invitados, más canciones, improvisaciones, controversias, nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres, y juntos al amanecer nos encontró la Luna.

Uno de los periodistas culturales más importantes de Villa Clara, Alexis Castañeda Pérez de Alejo, fue el responsable —en la tarde del viernes 6 de enero— de presentar la ponencia “La Trovuntivitis: algo más que 25 años de historia de canciones”, en la sala Margarita Casallas del propio Mejunje. Como aseguró Castañeda, actualmente existe una necesidad ineludible de estudiar en profundidad un fenómeno tan peculiar como La Trovuntivitis, extraña cofradía de cantautores que durante un cuarto de siglo no han dejado morir el fuego de la canción de autor cubana. El responsable de libros como La vena del centro. Trova santaclareña (Sed de Belleza, 2010) e Introspección detrás del olvido (Editorial Capiro, 2019) se refirió también a la importancia de la relación estrecha que existe entre poetas y trovadores en la ciudad de Santa Clara, un fenómeno que funciona, al decir de Yamil Díaz, como dos caras de una misma moneda o dos monedas de una misma cara.

Ese día se desarrollaron, respectivamente, los conciertos del Dúo Fábula y Maikel Mora, en la Sala Margarita Casallas, y el de la peña La Caña Santa junto al grupo D´Cuba, en la Casa del Joven Creador. Me gustaría que en próximas ediciones La Caña Santa pudiera disponer —porque desde hace años lo merece— de un concierto programado para alguno de los horarios estelares del Longina.

El Parque de Las Arcadas se hizo eco, a las 9:00 pm, de las voces de Eduardo Sosa y José Aquiles. El primero, con sus excelentes cualidades interpretativas, recordó muchas de las grandes canciones de la Trova Cubana, recientemente declarada Patrimonio Cultural de la Nación. El segundo, con una obra no muy conocida por el más joven público santaclareño, aunque muy admirada por los creadores de la ciudad, dejó en los asistentes las ganas de buscar y disfrutar un repertorio que espera, escondido pero vibrante, un más que necesario redescubrimiento futuro.

Junto al aprovechamiento de la todavía inconclusa Luna Naranja, uno de los mayores aciertos de la presente edición del Encuentro Nacional de Trovadores Longina canta a Corona fue, sin duda, el haber traído a escenarios santaclareños a varias generaciones de creadores de las provincias orientales del país. La noche del viernes, por ejemplo, se iluminó con un concierto de artistas mayoritariamente tuneros: Amaury del Río, que además de su proyección escénica, su aprovechamiento de códigos y estilos de la música rock y una voz que lo distingue de entre todos los intérpretes de su generación, cuenta ya con un repertorio sólido, maduro y atrevido; Jesús Pérez, una de las voces más dulces de la reciente hornada de cantautores cubanos; Richard Gómez, trovador de una amplia carrera, pero no tan conocido por estos lares; el manzanillero José Alberto Sánchez, con una obra que ya despierta respeto entre los grandes exponentes de la canción cubana contemporánea y, para finalizar, el inefable Freddy Laffita, creador que desde hace años se ha convertido en imán para trovadictos de todo el país a fuerza de parir canciones que no se parecen en nada a nadie, pero que tienen mucho de Vallejo y mucho del rock que tanto influyó a lo mejor de la trova cubana desde los años 60 hasta la actualidad.

El sábado 7 de enero, la sala Margarita Casallas de El Mejunje acogió la conferencia sobre el trovador cienfueguero Lázaro García a cargo del crítico e investigador musical Joaquín Borges-Triana, quien se valió de su amplio y profundo conocimiento de la canción de autor en la Isla para situar a Lázaro en el lugar que merece: junto a los grandes de nuestra riquísima historia musical. En poco más de una hora, Borges-Triana demostró cuán justificado es el respeto que sintieron y sienten por este trovador sus compañeros de generación, integrada nada menos que por Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Vicente Feliú, Sara González y Augusto Blanca, entre otros.

La celebración por la declaración de la Trova Cubana como Patrimonio Cultural de la Nación ocurrió en el patio de la sede provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. El acto contó con la participación—y perdonen mi estilo notarial— del Trío Palabras, Juan Campos, Yudi Herrera, La Trovuntivitis, Augusto Blanca, entre otros. La Trovuntivitis recibió, casi al finalizar la actividad, la importante distinción El Zarapico.

A las once de la noche vivimos, como en la edición pasada, el concierto de los cienfuegueros Ariel Barreiros, Nelson Valdés y el Quíquiri de Cisneros. La presentación compensó la falta de novedad con un espectáculo bien estructurado. Esas joyas de la canción cubana que son los temas de Ariel Barreiros, la fuerza interpretativa y calidad compositiva de Nelson Valdés, así como las décimas del prodigio de veinte años que todos conocemos como “El Quíquiri de Cisneros”, sin duda uno de los grandes repentistas de Cuba, brillaron en un concierto que reunió a un público numeroso en La Luna Naranja.

Asimismo, el evento llegó hasta el Museo de Artes Decorativas, y allí se pudo disfrutar de la explosión artística incontenible que identifica la peña del trovador Rolando Berrío. La argentina Adriana Martínez y el holguinero y fundador del Movimiento de la Nueva Trova Augusto Blanca, artistas invitados al espacio, regalaron una muestra de sus repertorios. “Amenazo con volver”, bromeó Augusto Blanca al despedirse.

Roly Berrío compartió, mientras lo permitió la lluvia, algunas de sus excelentes creaciones. Su espectáculo es uno de los más atrayentes, como se reafirmó en esta edición XXVII del festival. En uno de los momentos finales de la actividad, varios trovadores cantaron “Gracias a la vida”, de Violeta Parra, como una manera de decir también: “¡Gracias a la trova!”.

La Luna Naranja, frente al Parque de Las Arcadas, fue el lugar de cierre del Longina canta a Corona. En esta ocasión, como en la edición pasada, fue Polito Ibáñez el encargado de abrir las primeras horas de la clausura. Los temas de Polito forman parte de lo mejor de la canción cubana contemporánea. Sin hacer concesiones de ningún tipo, el cienfueguero de nacimiento logró que muchas de sus creaciones se volvieran hits todavía coreados y venerados por cubanos de todas las edades, como se pudo ratificar esa noche.

Tanto él como Hansel Arrocha, la guitarra prima, se encontraban mal de salud desde antes de empezar el concierto. En esas condiciones iniciaron y terminaron su sencilla pero genial presentación.

El cierre estuvo a cargo del trovador Yatsel Rodríguez, presidente de la Asociación Hermanos Saíz en Villa Clara, junto a Yeni Turiño, una de la figuras más prometedoras de la actual generación de trovadores cubanos. Luego comenzaron a sumarse intérpretes como Leodanys Castellón, Ernesto González Choy, Juan Pablo Palmero, el Círculo de Tiza, entre otros, para así articular una descarga final que supo estar a la altura de un evento decoroso, aunque discreto, si tenemos en cuenta factores como: la situación económica del país, el poco o nulo apoyo de organizaciones que antaño habían acompañado más al Longina, el pobre trabajo de difusión en plataformas digitales y la no realización de un concierto homenaje a Lázaro García en el que todos los trovadores participaran, como acertadamente se hizo el año pasado con María Elena Walsh.

También se aprovechó la ocasión para homenajear a destacados cantautores con la entrega de la Moneda conmemorativa Aniversario 50 del Movimiento de la Nueva Trova cubana.

En la última jornada un grupo de artistas viajó hasta el municipio Caibarién, para rendirles merecido tributo a Manuel Corona y Longina O´Farrill. La peregrinación es uno de los momentos más significativos, además de una tradición que, en la medida de lo posible, siempre se ha tratado de respetar.

Parafraseando a Yordan Romero: “Los trovadores son mortales, pero la trova cubana es eterna”. El mejor ejemplo de ello sigue siendo este legendario Encuentro de los artistas de la pluma y la guitarra, porque si algo pudo demostrar la actual edición es que sigue estando en la cima de los festivales de trova del país, ¿o no?



¿La luz, bróder, la luz?

La noche empieza como siempre: las pruebas de audio, la música colándose entre los cigarros y el murmullo, las gradas llenándose de habitués, la felicidad que va contaminando. Pero en esta ocasión algo cambia, algo suena mal: las antaño botellas de matapájaro anuncian un licor rojo con olor a plátano y sabor a ponche aguado. La luna marca un paso lento con su recorrido, pero las gargantas toman vino caliente, o vinagre. Quién sabe. Así: igual, estuvo ayer pasando por detrás de tu conversación. Porque estamos aquí, con la sensación de no ver la luz (sobre todo eso) y de sentir cómo atravesamos, cómo somos atravesados por el recuerdo de los años noventa. A fin de cuentas, luces nunca tuvo nuestra casa.

Es jueves, 22 de septiembre de 2022. La peña de La Trovuntivitis espera por nosotros en El Mejunje de Santa Clara. No están Yaima Orozco, Yordan Romero, Raúl Marchena, Karel Fleites; pero tenemos a Roly Berrío, Leonardo García y Alain Garrido, veteranos de las míticas primeras peñas. Y también a Michel Portela, Migue de la Rosa y Yatsel Rodríguez, quienes sumaron su arte a un proyecto que mezcla, con mucho acierto, diferentes estilos, edades, voces, mentalidades y proyecciones.

Empiezan a sonar las cuerdas, pero el audio, como ya nos tiene acostumbrados, demuestra no estar a la altura de su ubicación. Para que la Luna siga encerrada en el agua, entre todos intentamos convencer al mar. El público no abunda, pero el patio parece lleno, aunque extrañamente tranquilo para quienes han vivido en este lugar la cotidianidad de las más impensables extravagancias.

foto: Melissa Maura

Más o menos todo marcha según lo previsto, hasta que el sonido definitivamente se nos pierde. Sin demasiado nerviosismo, los trovadores agarran unas sillas y las colocan frente al público. Leonardo García pide silencio. Las conversaciones de quienes van a oír la trova, más que a escucharla o cantarla, amenazan con ahogar un concierto literalmente acústico. “Santa, clarísima Santa”, corean los trovadores minutos antes de que también se vaya la corriente. Entonces los teléfonos iluminan como pueden el escenario improvisado. Alguien saca, no sé de dónde, una linterna. En ese momento descubro que mi teléfono también puede aportar y me digo: por qué no, quizás otra golondrina sí anuncie la primavera. Por qué no, me digo.

Aunque no estoy seguro del orden de las canciones, recuerdo que Alain Garrido cantó a petición de Roly ese clásico de Pepe del Valle que se llama “Con tanta presión”. Cantó “María de mi dolor”, su magnífica musicalización de un romance de Yamil Díaz; “Veleidades de la Gloria”, que es un himno absoluto de la trova santaclareña; y cantó “Diario”, que no es, pero se parece mucho a la esperanza que tanto necesitamos.

Michel Portela cantó “La raspadura” e hizo una genial versión de “Quise”, aunque debo confesar que en la memoria me quedará, como un tesoro, su imperfecta pero sublime interpretación de “Será ayer», porque a fin de cuentas siempre hay un sitio al que tengo que volver. Y ese sitio —estoy completamente convencido— es una canción.

Creo que Migue de la Rosa no llegó hasta el final, como tampoco lo hicieron algunos del público. Yatsel Rodríguez cantó varias de sus populares canciones y apoyó haciendo coro en el turno de sus compañeros. De todos me llevo un recuerdo limpio, cargado de agradecimiento y admiración; pero qué decir de Leonardo García. Fue emocionante verlo forzar sus cuerdas vocales con temas que, en sentido general, no acostumbra a cantar los jueves. Sobre todo “Días corriendo”, esa pequeña pieza de orfebrería que dice: hay que morir un poco cada día, para escribir el cuento, para intentar la vida.

Y porque estábamos como atravesando los años noventa, cantó su oda a la alquimia etílica de finales del siglo pasado. Porque estábamos en la inopia, pero en el éxtasis de la fe trovera, cantó “Oración del remanso”, de Jorge Fandermole. Porque estábamos desesperanzados a más no poder, cantó su “Rock and Rap de la esperanza”, porque se nos va la vida, se nos va, sí, se nos va… Porque hay luces… en la distancia, y sin embargo, te quiero, mi SantaPorque puedo verla allí en tu pecho, y puedes verla tú en el mío. Ni vencedores ni vencidos. Y porque si no sueño el país, siento frío. Siento frío…

Después Roly Berrío improvisó. Punto y seguido. Quien ha ido a La Trovuntivitis (según cuenta la leyenda, ese nombre surgió por una improvisación suya), sabe lo que significa que Roly improvise. En estado de trance, habló de los poderes curativos del ron, llegó a las termoeléctricas, volvió al ron, pasó por no sé cuántos lugares, hizo de todo por sacarnos una sonrisa, hasta que por fin lo consiguió. Al menos yo sonreí, aunque también pudo ser la mueca que me produjo el vinagre con azúcar que me estaba tragando. 

Creo que así terminó la noche. Recogimos los bártulos y nos fuimos, pero no sin antes acercarnos a Leo, “ese farol gigante en medio de la oscuridad más plena”, como una vez lo definieran. Recuerdo que le dije: linda peña. Recuerdo que me dijo: gracias. Recuerdo que le dije: lo único que falta es que venga la luz ahora mismo. Pero la broma no pudo ser perfecta: la luz llegó cinco minutos después, cuando ya habíamos salido de El Mejunje y apenas pasábamos frente a la —Santa, clarísima Santa— Catedral de la ciudad.



Vuelve «Longina»: en el lenguaje misterioso de la trova (+spot)

Este 5 de enero llega para los trovadictos la tan esperada edición XXVII del Longina canta a Corona, cita que en esta ocasión estará dedicada al trovador cienfueguero Lázaro García, al aniversario 50 de la Nueva Trova y a los 25 años de la peña La Trovuntivitis.

En reciente conferencia de prensa, Yatsel Rodríguez y Fredy Hernández Martínez, en representación del comité organizador, comentaron que el evento culminará el lunes 9 con la tradicional peregrinación a la tumba de Manuel Corona, en el municipio Caibarién.

“Quisimos regresar al concepto inicial del encuentro, cuando venían trovadores con su guitarra a defender su canción. Por eso prácticamente no hay ningún espectáculo con agrupaciones de gran formato, excepto el concierto de Polito Ibáñez”, explicó Hernández Martínez, artista visual y vicepresidente de la Asociación Hermanos Saíz en la provincia.

“Los espacios que acogerán las actividades serán, principalmente, la Sala Margarita Casallas, el Museo de Artes Decorativas, La Luna Naranja, el Parque de las Arcadas y la Biblioteca Provincial José Martí”, afirmó Rodríguez, que además de presidente de la AHS es integrante de la peña La Trovuntivitis, bastión del movimiento trovadoresco en el centro del país.

El Longina, como en otras ediciones, se extenderá a los municipios y contará además con eventos teóricos como la conferencia sobre Lázaro García, del crítico e investigador Joaquín Borges-Triana, quien durante años ha acompañado el encuentro de trovadores en Santa Clara.

Hasta el momento, entre las actividades del programa se prevé el concierto de Eduardo Sosa y José Aquiles, el de Roly Berrío con Augusto Blanca, el de Polito Ibáñez, el de Freddy Laffita y Amaury del Río, así como el de los cienfuegueros Ariel Barreiros, Nelson Valdés y el joven repentista Marcos David Fernández, el “Quíquiri de Cisneros”.

Yatsel Rodríguez comentó al Portal del Arte Joven Cubano que “es tan importante el que viene por primera vez a hacer su concierto como el que ha venido varias veces. El Longina también es una oportunidad para que los nuevos trovadores compartan con los consagrados. Todo el que tenga una guitarra en la mano y haga una canción merece el respeto del público y de sus compañeros”.

 

El Encuentro Nacional de Trovadores Longina canta a Corona surgió en enero de 1997, cuando Alpidio Alonso, en aquel entonces presidente de la AHS en Villa Clara, y Eliot Porta, músico y promotor cultural, decidieron organizar un evento que reuniera “a la emergente generación de cantautores”, y al propio tiempo estimulara “el intercambio con anteriores hornadas de hacedores de canciones”, como escribió Borges-Triana en su texto “Entre la obra de arte y el producto mercantil: ¡Fresco y sin cortar!”.

Como aclara el trovador Yordan Romero en “Longina canta a Corona. Pensando enero”, en aquel evento fundacional los “trovadores santaclareños fungieron como anfitriones (…), pues algunos gozaban de una obra creciente, como Diego Gutiérrez y Alain Garrido, y otros eran ya reconocidos, como los integrantes de Enserie: Roly Berrío, Levis Aliaga y Raúl Cabrera”.

Esta semana Villa Clara se vestirá de trova, donde seguramente no faltará momentos emotivos, reencuentros y, sobre todo, buenas canciones.



Eternos “sintomáticos”

“Sintomáticos”, el título de la exposición colectiva de 11 artistas visuales afiliados a la sede de la UNEAC en Cienfuegos, parece —además de una genialidad— una provocación. Y si bien el arte no es necesariamente un acto de provocación, al menos debe tener cierta dosis.

En el caso de la exposición colectiva “Sintomáticos”, que permanecerá en la galería Mateo Torriente desde el 16 de julio hasta el 31 agosto de 2020, la provocación está presente y no solo en el título: ahí está por ejemplo esa obra tan caricaturesca de Julio Ferrer, en la que unas maracas con forma de nuevo coronavirus aluden a la manera en que empezamos a ser, todos, poco más que un montón de potenciales sintomáticos.

  • “El arte es como un virus que enferma sigiloso a sus actores y el mejor antídoto es la consumación de la obra. Los nuevos tiempos exigen puntos de vista también novedosos en la creación artística, intentando que esta nos sirva como terapia, cura salvación”, escribe en el catálogo Adrián Rumbaut, participante y curador de la exposición colectiva, quien accede a responderme algunas preguntas.
  • obra de Juan Karlos Echeverría

¿Quiénes participan en la exposición?

Son nueve artistas que viven en Cienfuegos (Annia Alonso, Néstor Vega, Juan Karlos Echeverría, Ández, Alfredo Sánchez, Vladimir Rodríguez, Camilo Villalvilla y el propio Adrián Rumbaut); y tres, que son miembros de la Uneac pero en este momento se encuentran en otros países: Alemania (Pavel Miguel), Canadá (Julio Ferrer) y México (Yanet Martínez).

¿Cómo se hizo la selección?

Yo que era el curador comencé a indagar y empecé a ver cosas en las redes y a determinar lo que me interesaba y lo que no. Me pasó que no había visto lo que había hecho Yanet, la que está en México. Entonces le pasé un mensaje para pedirle que me actualizara. Y, al ver sus obras, le contesté: “se presta”. Casi todo se armó por vía digital.

Entonces hay una obra de Juan Karlos Echeverría que se llama “Sintomáticos”. Esa obra él la hizo como en abril. Como pensé que nos hacía falta un título tan fuerte como la circunstancia, tomé el de Echeverría para, además, hacer una metáfora entre la verdadera sanación que puede provocar una vacuna real, y la sanación que puede provocar la creación artística.

Adrián Rumbaut (Foto de Autor)

Y también es como una manera de reflejar ese impulso creativo que el aislamiento (voluntario o involuntario) provoca en algunos artistas…

Yo creo que hoy, una vez finalizado el aislamiento, aún no sabemos lo que está realmente dentro de nosotros. El tiempo es quien lo va a decir. Al principio, los humoristas gráficos invadieron las redes. Ellos son la proa de los creadores: tienen más que ver con la parte instantánea. Pero después vienen otros creadores que necesitan un tiempo más prolongado para realizar su obra. Incluso, hay algunos que no se dan cuenta hasta que llega un momento de sus vidas donde “explotan”. Aquí en la exposición colectiva hay un poco de todo eso.

¿Las obras tienen que ver de manera directa con la Covid-19?

Hay algunas que aparentemente no tienen nada que ver. Pero tú ves, por ejemplo, las piezas de Camilo Villalvilla, que son cuatro dibujos sin ningún tipo de tratamiento intencional a la temática, y encuentras aislamiento, confinamiento, posibilidades contenidas.

Tu obra que se mantiene en la misma línea gráfica de la imagen del Che y Marilyn, pero…

Lo novedoso está en que yo siempre había trabajado esa imagen en la pintura, en el dibujo y la fotografía, pero nunca la había trabajado con sellos de correo. Y el sello de correo es la comunicación. Bueno, tu generación no es de escribir cartas, pero yo cuando joven escribía muchas cartas. Y el sello es como la garantía de que eso vino de otro lugar. Son sellos reales, por cierto. Calados, unidos. Es un trabajo gráfico y artesanal.

Como conclusión de la cuarentena y de la exposición colectiva, ¿se puede decir que un artista tiene mayor facilidad para enfrentar el aislamiento?

Yo creo que sí, compadre. Creo que un… No me gusta utilizar la palabra intelectual. Creo que un creador puede sobrevivir mejor a circunstancias de este tipo. Yo necesito estar aislado para trabajar, por ejemplo. Pero en este caso también aproveché para dormir, para estar con mi familia. Si a mí me preguntaran por las ventajas del aislamiento, las tres que yo recuerdo son: estar cerca de mis hijas más tiempo que nunca, descansar lo que no había descansado en décadas y probarme como un elemento imprescindible en la familia, quien es responsable, además, de la salud de sus padres y abuelos.

 



Nadie la hirió impunemente

Con hambre y sin dinero (2017) agrupa un conjunto de “crónicas, reseñas, ensayos y otros escritos reflexivos” de Ena Lucía Portela, una de las narradoras más destacadas y premiadas de las letras cubanas en los últimos 25 años.

Como en su narrativa de ficción, Portela evade el academicismo. No busca la oscuridad ni pretende atrincherarse en un conocimiento casi enciclopédico a través de oraciones-murallas imposibles de analizar sintácticamente. Sus criterios no son “impresionistas”, pero están lejos de caer en el didactismo machacón y repugnante de quienes viven de hacer gala de su (inservible) acumulación mecanicista de conocimientos.

Ena Lucía Portela, además, tiene la buena costumbre de llamar a las cosas por su nombre. Así opina, en el ensayo sobre El Rey de La Habana, de los autores que intentan simular conocimientos sobre la marginalidad cubana, cuando en realidad nunca han puesto un pie fuera de sus zonas residenciales: 

  • Idealizan o condenan, reproducen estereotipos, a menudo resulta evidente que no saben ni pescado frito de lo que están hablando. Mas se creen que sí saben, que son la mar de arrabaleros. Y eso es lo peor. El efecto que producen los textos así fabricados se asemeja al de una foto movida o una banda sonora distorsionada, cuando no al de un teatro de marionetas gestionado por un embustero muy torpe, melindroso, pacato y pequeñoburgués. (p. 97)

De esta manera también da cuenta de otra característica, esa que a tutilimundi (empleando un término de la escritora) le gusta autoendilgarse, pero que en ella es una verdad “harto conocida”: no hay filtro (¡pero absolutamente ninguno!) entre lo que piensa y lo que dice.

De más está decir que Con hambre y sin dinero, publicado por Ediciones Unión, debería reeditarse.

Por otro lado, no debemos engañarnos: si bien Con hambre y sin dinero permite entrever algunos rasgos de la personalidad del sujeto oculto tras la máscara —en este caso la autora—, después de leer esta excelente miscelánea de artículos y ensayos nos quedamos con la misma sensación de no saber “ni pescado frito” de Ena.

El propio Daniel Díaz Mantilla lo reconoce en el prólogo del libro: “Sin embargo, pocas máscaras son tan difíciles de retirar como la máscara de un autor ¿Cuánto hay de la Ena Lucía real en la Ena Lucía que ha escrito estos textos? Tal vez ni ella misma pueda decirlo, pues hay preguntas que no admiten respuestas. En cualquier caso, conviene a esos lectores demasiado ansiosos saber que la autora no se ha propuesto hacer un streap tease para ellos”.

Destaca en el libro el testimonio Alas rotas, donde Portela confiesa su enfermedad y la manera en que ha decidido afrontarla. En sus palabras no se percibe la intención de ganar admiradores, ni victimizarse para ser leída, o ser condescendida por el prójimo; sino un desahogo, un grito de guerra ante aquellos que disfrutan el mal ajeno para en secreto regodearse de su buena fortuna.

En el ensayo Nadie me hirió impunemente, disecciona con precisión quirúrgica un cuento de Edgar Allan Poe, hasta el punto de llegar a conclusiones que asombrarían al propio autor de El tonel del amontillado. Conclusiones, por cierto, muy bien condimentadas, con un interesante análisis a partir del manejo de las categorías de “inferioridad” y “superioridad”, como detonantes de la acción dramática en la trama.

En el libro no existe, sin embargo, una relación demasiado marcada entre cada uno de los temas abordados, que van desde lo más trascendental hasta lo más banal. Incluso, se permite una chota, una “jodedera”, respecto a la cuestión de la metrosexualidad en Mejor lampiño que peludo, donde impera la picardía, el guiño socarrón a las “sepetecientas amigas del alma” que suelen renegar el rasurado masculino.

Hoy, cuando tanto se habla de periodismo literario en Cuba, son pocos los textos que nos transmiten la sensación de haber leído algo con verdadero valor periodístico y literario al mismo tiempo. Con hambre y sin dinero destaca por ser un texto donde se puede apreciar un periodismo y una literatura de altos quilates. O mejor aún, Con hambre y sin dinero es un periodismo de altos quilates y, por tanto, literatura.



La cárcel de Daniel

Cada libro puede leerse de infinitas maneras, como bien dijo alguien a quien ya aburre mencionar. Y si cada libro puede, ¿por qué tiene que ser la excepción Ariza (2014), del escritor cienfueguero Alexis García Somodevilla?

No lo es, de hecho: Ariza puede leerse como un libro de cuentos, un puñado de cuentos que conforman una novela, poemas que parecen cuentos o cuentos que parecen poemas… Da lo mismo porque al final hay casos donde la clasificación —lejos de facilitar– termina por entorpecer el análisis o el disfrute de la obra. Y este es, sin duda, uno de ellos.

¿De qué trata Ariza? Bueno, para los cienfuegueros es obvio, aunque no lo sea tanto para el resto de la humanidad: de la Prisión Provincial, que se ubica en el poblado homónimo del municipio Rodas. Es una historia sobre una cárcel que no se parece en nada a la cárcel europea de las novelas románticas o realistas de los siglos XIX y XX, ni a las cárceles hollywoodenses que tanto vemos en películas o en series de Netflix.

Somodevilla tiene el acierto de pintar la cárcel tal cual es, aunque eso pueda provocar —y provoque— desilusiones en quienes busquen en el libro escenas explícitas de motines y mafias y jabones que ruedan maliciosamente y túneles con cucharitas y francotiradores. O busquen, por otro lado, una trama a la manera de El sepulcro de los vivos, de Dostoievski, o de Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro.

Miguel Cañellas (a la izquierda) y Alexis García Somodevilla (a la derecha) en la presentación de Ariza en la Feria del Libro de 2017. (Foto tomada del sitio web del semanario 5 de Septiembre.)

Así lo explica el narrador:

La cárcel que le tocó a Daniel no era la cárcel del cine, la de la literatura, la de los medios. Eso sí, era un sitio de maldad, pero sin estridencias. No había tantos muertos por reyertas, ni tantas violaciones, ni siquiera robos (como cualquiera hubiera creído). Las causas de los problemas se resumían en tres: el juego, las pastillas, y la mandancia.

En ese sentido, en el de no complacer las necesidades —inducidas— de un determinado tipo de lector, Somodevilla demuestra valentía y honestidad.  

También hay que decir que el autor mantiene en el libro el mismo estilo áspero y económico por el que siempre se le ha identificado. A veces, puro diálogo; a veces, un capítulo muy breve de transición; a veces, el narrador cuenta lo que ocurre sin detenerse demasiado en descripciones ni en introspecciones psicológicas ni monólogos interiores. El autor mantiene, además, a Daniel, personaje principal que ya había aparecido en El desollinador (2000) y en Senderos virtuales (2002), sus dos primeros libros de cuentos.

Los diálogos están excelentemente trabajados en Ariza, además de la elipsis y el ritmo. Supongo que por estas razones, y algunas más, el jurado le haya otorgado al texto el Premio Fundación de Fernandina de Jagua en 2014.

Aparentemente, el libro de Somodevilla es una extrañeza en el panorama literario actual. Sin embargo, hay algunos elementos que acercan a Ariza a las novelas que se están escribiendo en la Isla tanto por novísimos como por “viejísimos”. Uno de ellos es el hecho de que el personaje principal ejerza el solitario oficio de la escritura. Las preocupaciones de Daniel en lo que a ese ámbito respecta —dígase la crítica explícita e implícita a las generaciones anteriores, y la manera despectiva en que habla de las instituciones culturales (además del certero aguijonazo al tema de la censura por cuestiones extraliterarias)— recuerdan las palabras de Jorge Fornet en su ensayo Elogio de la Incertidumbre. Cuba novelada en el siglo XXI:

Un inventario de novelas (actuales) que incluyen escritores en sus historias daría para un catálogo casi tan extenso como el de las novelas publicadas (…). Lo paradójico es que la insistencia en el uso de tales personajes está asociada por lo general a la dificultad e incluso a la imposibilidad de narrar (…), de ahí que abunden en las historias, por ejemplo, los desencuentros con otros escritores y con críticos, las rencillas literarias y las traiciones.

Sin embargo, en Ariza el personaje-escritor es un pretexto para contar la cárcel, un medio y no un fin en sí mismo. Por tanto, aunque no escape a este encasillamiento de la literatura cubana actual, de alguna manera sí logra escaparse, precisa y contradictoriamente, por causa de una prisión: lo que en verdad importa es el entorno y no el testigo de ese entorno. Y eso está muy bien logrado en Ariza. Igual que esos momentos “absurdos”, que son como escopetazos repentinos a la ingenuidad de quien espera algo, y encuentra lo diferente. Porque al fin y al cabo esa es la especialidad del autor cienfueguero: traicionar expectativas.

En una conversación que sostuve hace dos años con Alexis García Somodevilla me dijo que le daba exactamente igual lo que la gente opinara sobre el texto, porque él había contado la prisión como entendió que debía contarla. Me confesó algunos guiños, aunque claro que yo había adivinado los más obvios. Me dijo que la literatura es “jodedera”, y me habló de “la punta del iceberg”, técnica narrativa que prefiere por sobre otras.

Recuerdo aquella conversación mientras intento escribir una reseña sobre Ariza, un libro preciso, certero, y profundamente humano.



“Mientras tanto seguimos siendo sur”

Recuerdo la noche cuando una amiga me puso los audífonos, y me dijo: “¡escucha!”. Ella, santaclareña, no me llevó a conocer el hielo pero me llevó a conocer la música de un trovador—cienfueguero como yo—de quien jamás había escuchado una canción ni un lugar…

Hasta ese día para mí los trovadores eran una especie de malos poetas anticoloquialistas que decían cualquier (inentendible) cosa sobre cualquier (inentendible) cosa. Pero “Niña”, la primera canción que escuché de Ariel Barreiros, era diferente:

  • Y estoy llenando todas las libretas
  • De Cecilines feos
  • Enamorados, tristes, y es por ella
  • Y estoy que no regreso limpio, mira,
  • Que no doy merienda
  • Y bruto, y mal hablado,
  • Y es por ella…

Luego descubrí que la poesía de Ariel era capaz de cambiar de voces, regresar en el tiempo, cantarle con entusiasmo al desamor, filosofar con instinto y certeza. La poesía de Ariel Barreiros era capaz de todo, porque era precisamente eso: poesía. Tan libre como la mejor poesía, tan cargada de sentido (común, desde luego) como la mejor poesía. Y era, además, “poesía” en el sentido aristotélico del término: acción.

Pocos meses después, Ariel Barreiros fue a la Universidad (Central “Marta Abreu” de Las Villas) en el Longina mágico de 2017. Ese día descubrí que Santa Clara definitivamente era “el lugar donde atarnos mejor” a tantas felicidades, entre ellas, a la felicidad nostálgica de aquel guajirito que le canta a su “Niña” a través de la voz de aquel otro guajiro de Aguada, fin de siglo, a quien conocen tantos en esta urbe —como lo pude comprobar ese día— y a quien conocen tan pocos en Cienfuegos, como lo pude comprobar más tarde cuando empezó su peña cerca del Parque Martí.

Aquella peña fue una felicidad, mientras duró. Mis amigos universitarios de casi toda Cuba se retorcían de la “sana” envidia. “Un día los traigo”, les decía a espirituanos, holguineros y, por supuesto, santaclareños. En realidad, a la peña íbamos los pocos cienfuegueros que conocían a Ariel, quien siempre nos agradecía, sin ningún tipo de complejo o arrogancia.

“Yo soy muy positivo y pienso que mientras un amigo mío venga a escucharme, la cultura nacional está salvada”, nos comentó un día —repito— sin ningún tipo de complejo o arrogancia.

Debo decir que como hacía apenas unos meses Kamankola nos había dicho, en medio de una charla con sabor a dispensada de seis pesos, que nos olvidáramos de Sabina y de toda esa gente, que Ariel Barreiros era el mejor trovador del mundo; como hacía unos meses que yo había ido a Holguín, a la peña de Manuel Leandro, y había visto a jóvenes holguineros cantar “Niña” desde la primera hasta la última palabra… entonces, no me sorprendió que una noche, en la efímera peña cienfueguera donde solo íbamos unos pocos, los pocos que nos enterábamos por Facebook, los pocos amigos de siempre, Mauricio Figueiral le dijera a Ariel: “de donde soy yo, cuando se habla de compositor serio se habla de ti. Y a mí me da un orgullo tremendo decir que soy tu amigo”.

Entonces, hubo un día en que su peña cienfueguera terminó, y nuestro Zaratustra debió regresar por enésima vez a su finisecular Aguada, “a seguir amando/ a ver si un día de estos llueve/ mientras tanto”. Lo bueno que tienen las cosas que se acaban es que pueden volver a empezar, con más fuerza. Por eso no quiero llover sobre lo mojado. Además, siempre hay una esperanza. Y la esperanza se me reveló el día del concierto en el que presentaron su cancionero.

Aquel día llegué tarde, y me sorprendí porque aquello estaba repleto. Estábamos, sí, los mismos de siempre, pero habían muchos más.

La verdad es que el cancionero, en sí, es otra esperanza, además de un acierto mayúsculo por parte de Reina del Mar Editores y de todos los que colaboraron con ese proyecto. Y digo esperanza, no por Ariel Barreiros, porque Ariel no necesita que se le conozca en esta ciudad tan hermosa y pueblerina, sino porque sería penoso que los historiadores del mañana descubran que los artistas cienfuegueros del presente (artistas en el sentido más auténtico y menos comercial del término) eran profetas en todas partes menos en su propia tierra.

Pero bueno, “mientras tanto seguimos siendo sur”.