El Mejunje


Santa Clara y su bohemia costumbre de trovar

Hace más de 50 años, jóvenes influenciados por temas de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola forjaron, guitarra en mano, lo que poco a poco se convirtió en un hito de la trova cubana. Cuando ya este género era parte indisoluble de la cultura santaclareña y no resultaba extraño ver a algún aficionado entonar canciones de su propia autoría en cualquier sitio aledaño al parque Leoncio Vidal, Ramón Silverio brindó a esos artistas bohemios un lugar propicio para el intercambio y el disfrute: El Mejunje.

Fue entonces cuando, en septiembre de 1997, surgió la Trovuntivitis, un colectivo de autores que luego devino en proyecto cultural y, según ellos, hasta familia. Entre los primeros en impulsar este genuino movimiento se encuentran Raúl Marchena, Alain Garrido, Leonardo García, Diego Gutiérrez y el Trío Enserie (Roly Berrío, Raúl Cabrera y Levis Aliaga).

Según Yamila González, trovadora avileña, la trova santaclareña sobresale, entre disímiles proyectos similares, por su carácter renovador y libre. «En otras provincias de Cuba no existen tantos espacios, tanta persistencia ni tanto apoyo entre los trovadores como existe en Santa Clara».

Ese carácter desenfadado y espontáneo ha permitido que se hayan incorporado nombres a la lista: Yaíma Orozco, Yatsel Rodríguez, Yordan Romero, Irina González, Karel Fleites, Michel Portela, Yunior Navarrete, Yeni Turiño, Migue de la Rosa…

Todos los jueves del mundo

«Cuando vi una noche de Trovuntivitis me quedé loco. No podía creer que en Santa Clara ocurriera algo tan grande y que en el resto de Cuba la gente no lo supiera», cuenta Juan Pablo Palmero, camagüeyano recién graduado de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas.

Para Yatsel Rodríguez, trovador santaclareño que presidió durante varios años la Asociación Hermanos Saíz en la provincia, las noches de jueves en El Mejunje resultaban insólitas, «al punto que cambié mi forma de vida para adaptarme a eso».

En tiempos en que la crisis económica ha afectado incluso el arte, las noches de trova prevalecen, pero ya las gradas no se llenan como antes. Sin embargo, los músicos y el público entrevistados coinciden en que la razón principal que convierte a Santa Clara en una ciudad tan trovadicta es su juventud tan cambiante y apasionada, tan renovadora y tradicional.

Michel Portela, autor de canciones populares como Será ayer, Ese tequila y Todo lo que se dice, afirma que siempre le sorprende que sean los jóvenes quienes le piden muchas de sus canciones más antiguas.

Santa y clara canción

«Quizá la forma en que hemos hecho nuestra música también nos ha ayudado a prevalecer en el gusto juvenil —explica Yordan Romero, músico y compositor—, pues cultivamos una canción que no se aleja de la estética y el lirismo trovadoresco, pero que, además, ha sido disfrutable, bailable… Dentro de la misma Trovuntivitis vemos la mezcla de ritmos oriundos de nuestro país y una pizca de rock.

«Además, contamos con el Festival de Trovadores Longina. Cada enero la gente espera a los trovadores que vienen de todo el país y de distintos lugares del mundo; aunque durante el año por aquí pasan artistas de todas partes. Eso ha ayudado a cautivar un público conocedor del género, amante de la canción trovadoresca y uno de los más exigentes del país».

La caña santa

En los duros años 90, cuando escaseó todo menos las ganas de crear, en la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, jóvenes de la carrera de Filología se reunían por las noches para compartir infusión de caña santa y talento.

La Caña Santa atrae a los pasillos de la Facultad de Humanidades, en la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, a centenares de estudiantes y profesores universitarios (Foto: Tomada del perfil de Facebook de La Caña Santa).

Cuentan que la poesía, la narrativa y la música hacían tan atractivos esos encuentros que, poco a poco, se volvieron costumbre. La peña, que tuvo sus altas y bajas durante estos casi 30 años, adquirió el nombre del brebaje, y hoy constituye un importante espacio para el intercambio entre artistas aficionados de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU).

Juan Pablo Palmero cuenta: «Pedrito O’Reilly era el encargado de organizar la Caña Santa, pero no tenía mucho tiempo para dedicarle. Nosotros teníamos más y el contacto directo con la juventud universitaria, y sabíamos bien lo que querían y necesitaban para divertirse. «Empezamos a crear. Tomamos ideas de otras peñas y buscamos alternativas para comunicarnos más con el público. Al inicio, no contábamos con más de diez personas, muchos de ellos eran amigos nuestros; pero los esfuerzos no fueron en vano».

Dagmar Albelo, estudiante de segundo año de Comunicación Social, asegura que en la Caña Santa encontró el lugar perfecto para desempeñarse como cantante aficionada: «Al principio pensé que tendría que enfrentarme a alguna prueba, pero lo que encontré fue algo totalmente libre. Me dijeron: “Ven a la peña y canta, que esto es para disfrutar”.

«Esas influencias trovadorescas de la Caña Santa, de los muchachos tocando guitarra en el afamado Parque de las Mentiras, de la Trovuntivitis y de tantos otros espacios en toda la ciudad forman parte de la identidad de Santa Clara».

La trova seguirá inundando los espacios santaclareños, porque tanto para Yatsel Rodríguez, como para otros trovadores de todas las edades, el desafío consiste en «cantar, luchar por estas burbujas donde podemos respirar un poquito de arte, que es nuestro aire limpio».


«Santa Canción» y las encendidas manos del recuerdo

Las palabras son atletas en una interminable carrera de relevos. Una te lleva a la otra, la segunda te conduce a una tercera. Por eso me gustaría empezar esta presentación con una… Bueno, ya que estamos, mejor con dos: Santa Clara. Y cuando decimos Santa Clara, decimos Longina. Cuando decimos Longina, decimos canción. Cuando decimos canción, decimos trova, que es la canción artesanal, la canción que no tiene, o al menos no debería tener, condicionamientos e imposiciones.

Al hablar de trova también se está hablando de una práctica tan antigua como la literatura. Fernández Retamar solía establecer un paralelismo entre la llamada lírica y una disciplina futura que, bajo el nombre de guitárrica, estudiaría esta expresión en sus vertientes más contemporáneas. Para Yamil Díaz Gómez, los movimientos trovadoresco y poético integran en Santa Clara dos caras de una misma moneda, o dos monedas de una misma cara, y muestra de esa complementación ha sido el mayor encuentro de su tipo en el país: el Longina Canta a Corona.

Pensar en el Encuentro Nacional de Trovadores de Santa Clara es recordar descargas, confluencias, descubrimientos; es evocar los nombres de quienes han decidido compartir su obra con el público de la provincia (de Cuba, del mundo entero); es lamentar el manto de silencio que se extiende como un sudario sobre festivales verdaderamente valiosos. Pensar en el Longina es recordar la locura de nadar a contracorriente en tiempos que nos lanzan por el barranco de las candilejas.

Todo eso es el Longina, y mucho más, porque la unidad supera a la suma de sus partes. Juan Carlos Travieso y su muy diligente equipo de trabajo lo saben mejor que nadie. Por eso, cuando llega el encuentro, aprovechan cualquier rincón de la ciudad de Santa Clara para grabar entrevistas y conciertos que luego disfrutaremos en el imprescindible espacio televisivo Entre manos. Y quién mejor que Travieso y su equipo para romper (otra vez) la barrera del silencio, para contarnos la historia completa de un encuentro que ha sido escuela de los trovadores del país.

Sucede que no todos los realizadores audiovisuales dedican parte de su obra a divulgar, investigar y hacernos entender el fenómeno de la trova cubana. Quizás por eso no existía, hasta hoy, un material que en una hora pudiera mostrarle al espectador la historia completa de lo que realmente ha sido el Longina. Y no el Longina como espada de Damocles que cuelga de vaya usted a saber qué techo, sino un encuentro que se ubica en un contexto determinado y, por tanto, padece muchos de los males que afectan o que son el resultado de su entorno. Un encuentro, en fin, que nos convida a creerle cuando dice futuro.

“El día que se cuente con un poquito más de seriedad, el Longina va a tener que ser Patrimonio de la Cultura Cubana”, dice el trovador Ariel Barreiros en la obra que intentará saldar una deuda ya histórica. Santa canción, además de repasar los momentos más significativos de esta fiesta, se propone diseccionar el presente a partir de las ideas de quienes viven, sueñan, analizan y, sobre todo, defienden la trova, en sentido particular, y la canción cubana contemporánea en sentido general.

Porque ha sido el Longina, con su intención de mejorar los vínculos generacionales de los trovadores de nuestro archipiélago, con su tenacidad para organizar un festival en medio del caos de la circunstancia, con su mirada amplia que abarca un país, un continente, un universo de canciones; ha sido el Longina, repito, el evento que ha logrado mantenerse en pie durante más de un cuarto de siglo. No es el único, por fortuna, ni tampoco el primero. Sin embargo, nos abrió un camino.

Pues cuando se habla de trova, hay que hablar de Santa Clara, hay que hablar del Longina. Y ya que vamos a dejarnos arrastrar por las palabras, mejor será que lo hagamos con propiedad después de disfrutar Santa Canción, la historia que Juan Carlos Travieso logró arrancarnos de las oscuras manos del olvido.


Eternamente, Longina

Al recientemente fallecido trovador Pablo Milanés y los cuarenta años del centro cultural El Mejunje estará dedicada esta XXVIII edición del Encuentro Nacional de Trovadores Longina Canta a Corona, que tendrá lugar del 11 al 14 de enero en la provincia de Villa Clara. Así lo confirmaron en la mañana del pasado viernes, 5 de enero, los miembros del comité organizador Elizabeth Casanova, escritora y actual presidenta de la Asociación Hermanos Saíz en la provincia, y el trovador Yatsel Rodríguez.

“Nos hemos propuesto un programa bastante acorde con los tiempos que corren… Igual va a ser un Longina como se acostumbra: bien organizado, bien pensado desde la canción de autor y los espacios más importantes que tiene la ciudad”, comentó Casanova en rueda de prensa.

Como ya nos tiene acostumbrados, este año el Longina contará con invitados de reconocimiento nacional como Gerardo Alfonso, William Vivanco, Inti Santana, Adrián Berazaín, Erick Sánchez, Ariel Barreiros y Marta Campos. Entre los jóvenes destacan los ya habituales Amaury del Río, Jesús Pérez y Leodanys Castellón, así como Ernesto Díaz, Yordano Corrales y Mario Sergio Mora. Este último presentará su espectáculo “Para despertar”, que incluye el acompañamiento musical del escritor y periodista Joaquín Borges-Triana.

En representación de los artistas del patio, participarán los integrantes del colectivo La Trovuntivitis, algunos de los cuales se presentarán individualmente en peñas y descargas, así como Pedro O´Reilly, Víctor Marín, Yeni Turiño, Yaily Orozco y Alejandra del Risco.

Serán el propio Borges-Triana y la investigadora Yorisel Andino, al decir de Yatsel Rodríguez en la conferencia de prensa, quienes se encargarán de los espacios teóricos de esta edición del Longina. Estarán dedicados a las figuras de Pablo Milanés y Manuel Corona, aunque todavía no se ha precisado el título de cada conferencia.

La exposición “Sedimentos”, del artista visual Andrés Castellanos, inaugurará el evento en la tarde del jueves 11 de enero. El domingo a las 9:00 p.m., poco antes del concierto de Gerardo Alfonso, se proyectará en la Luna Naranja el documental Santa canción, del realizador Juan Carlos Travieso, en el cual se abordan profunda y críticamente los casi treinta años de este Encuentro Nacional de Trovadores, el más importante de su tipo en el país.

Sin contar a Santa Clara, el evento llegará hasta siete municipios de la provincia. Especial relevancia tiene la peregrinación a la tumba de Manuel Corona, que se realizará en Caibarién el martes, 9 de enero, a las 3:00 p.m. Poco después se develará una tarja en la casa natal de quien fuera uno de los máximos exponentes de la trova tradicional cubana, a quien el Longina rinde homenaje desde su fundación.

Entre las principales sedes de la cita en la cabecera provincial, los miembros del comité organizador mencionaron el patio de la Casa del Joven Creador, la sala Margarita Casallas (en El Mejunje), la Luna Naranja y el Museo Provincial de Artes Decorativas.


En Santa Clara, nueva edición del Festival de Rock «Ciudad Metal»

Santa Clara vuelve a ser,  una vez más, escenario de Rock y Metal, cuando se  celebre desde este 14 y hasta el 18 de noviembre, la vigésimo sexta edición del Festival de Rock de la Asociación Hermanos Saíz «Ciudad Metal».

A propósito, Hamlet Antonio Garnier, miembro del comité organizador del evento, informó que durante cuatro jornadas, los escenarios fundamentales serán la Casa del Joven Creador, el Centro Cultural El Mejunje y el Parque Tristá esquina Central, de la capital provincial.


«No importa», un país en una obra (dosier)

No Importa: Un teatro en tránsito

Por: Isabel Cristina López Hamze

Las puestas en escena van cambiando, como todo en la vida. Cuando uno ve un espectáculo varias veces en lugares distintos, y rodeado de públicos diferentes, no está asistiendo a la misma obra aunque los actores sigan las mismas pautas. Eso me ha sucedido con No Importa, puesta en escena de El Mejunje, sobre textos del libro de crónicas ¿Quién le pone el cascabel al látigo? de Rodolfo Romero Reyes. Es una obra nacida en pandemia, en medio del enclaustramiento y el miedo. Un proceso que comenzó a gestarse a hurtadillas en Santa Clara, cuando no se podía salir a la calle y los actores se reunían para ensayar desafiando al virus y a las autoridades sanitarias. Así nació esta puesta, de la desobediencia y la necesidad profunda del reencuentro, de las ganas de comprender esta Isla a través del teatro.  

Dirigida por el novel Adrián Hernández, la puesta en escena tiene su origen en la lectura comprometida de un libro de crónicas, un género bastante preterido por las editoriales, pero que, históricamente, ha sido del amplio gusto popular. Con el pretexto de una reunión de amigos se va perfilando un espacio para el diálogo, la diversión, los cruces sentimentales e ideológicos de una generación que hoy se encuentra ante la disyuntiva de irse o quedarse. Tres de los amigos, que pasaron juntos su adolescencia y primera juventud, se fueron a otros países y uno se quedó en Cuba. Se encuentran en una fiesta privada y recuerdan momentos de sus vidas que se corresponden con algunas de las crónicas del libro. Cada cuadro se concibe con una estructura interna propia, que posee un inicio, un desarrollo y un cierre y la situación dramática de base, que sería la fiesta de los amigos, va hilvanando toda la acción de la obra.      

No importa surge como una suerte de premonición, pues en el momento en el que se estrena, a finales de 2021, aún no se había desatado en su mayor intensidad la oleada migratoria que estamos viviendo. Es una obra que se adelanta a los acontecimientos. A pesar de su tono de inmediatez y la velocidad de esta época, la puesta sigue estando a la par de la realidad cubana más actual. Esa conexión directa con el momento está determinada, en gran medida, por el carácter evocativo del espectáculo y sus transiciones al aquí y ahora. Los personajes recuerdan episodios de sus vidas y como estrategia escénica se representa esa memoria trayéndola al presente.

El juego del teatro dentro del teatro que se advierte en la estructuración de los diferentes cuadros es el recurso que soporta la teatralidad de la obra. También se advierte un ligero matiz de metateatralidad sugerido a partir de las reflexiones sobre el propio hecho teatral. Esta dimensión se hace muy evidente en el prólogo que recuerda un estilo de obras específicas en las que se le explica al espectador lo que va a ver. Lo interesante es que este rasgo didáctico no se vuelve tedioso, sino que adelanta eficazmente el tono y el color del espectáculo.

Foto: Daniel Álvarez Fernández. / Cortesía de El Mejunje. / Puesta en escena de la obra No importa.

No importa es para mí como un Work-in-Progress. Desde que vi la puesta por primera vez me llevé esa impresión. Me reafirman esa idea la estructura sencilla y la conformación del relato escénico a partir de unos pocos elementos; el recurso de la pizarra sobre la que se van colgando los objetos como residuos de esa historia compartida y el carácter vivo, espontáneo, sujeto a variaciones que tiene el espectáculo. Por eso prefiero las primeras dos funciones a las que asistí: una en la Casa del Alba en agosto, y la otra en el Café Teatro Bertolt Brecht en septiembre de 2022. En aquellas ocasiones los actores vestían con ropa negra similar a las de entrenamiento y sobre ese vestuario neutro que da la impresión de visualidad inacabada, se iban incorporando elementos que caracterizaban a los personajes. Esa propuesta de vestuario tenía mucho que ver con la noción de trabajo en proceso, de búsqueda, de experiencia teatral en tránsito. Con el paso del tiempo los actores incorporaron vestuarios más apegados a lo realista y decoraron las maletas de madera con motivos pictóricos. Esta segunda propuesta, a mi juicio, es menos atractiva que la anterior, desde el punto de vista conceptual, aunque no le resta fortaleza, ni emotividad a la puesta, dos de sus mayores virtudes.   

Los actores logran algo tan difícil como estar en una misma cuerda, mantener un mismo registro a pesar de tener diferentes condiciones físicas y un nivel distinto de organicidad. Uno de los valores de la interpretación es el juego que se establece entre el actor, el personaje del presente y el personaje que se recuerda. Los cuatro actores consiguen un equilibrio perfecto y son partes de una especie de personaje grupal en el que muchos del público se ven representados como grupo generacional. Al mismo tiempo, cada personaje mantiene su identidad propia y juega un rol diferente en el espectáculo.

El tema de la emigración está abordado de manera seria, aunque se trate de una comedia. El problema que tanto afecta a la familia cubana y que tiene tantas aristas se trata sin romanticismos y sin medias tintas, aunque el acento final está puesto sobre el que se queda en Cuba y la felicidad que ha alcanzado aquí. En el largo proceso de la obra que ha implicado su montaje, funciones y cambios en su interior y en el país, han visto partir a amigos, colegas y familiares. Como un ejemplo de ironía dramática el actor que interpretaba al personaje que es el único que se quedó en Cuba, se fue «en la vida real». Ese dato no tan escondido redimensiona el personaje que ahora es interpretado por otro actor.

Quizás uno de los momentos más insólitos de la puesta es el intermedio en el que los actores hacen video-llamadas con amigos que viven fuera y de una forma muy motiva los incluyen en la función. Esa mezcla de la realidad y la ficción está presente en todo el espectáculo y es uno de los ganchos más fuertes para el público. Me resulta muy significativo que el material sobre el que parte la obra, no es un texto teatral, ni siquiera de literatura de ficción, sino un libro de crónicas. La génesis de la puesta está en una fuente que parte de lo real y de experiencias narradas en primera persona. Ese espíritu se conserva en escena y es muy atractivo para los espectadores quienes tienen una participación activa en toda la representación aunque no tengan que hablar, o subir al escenario en ningún momento.     

Cuando la obra está por comenzar, los actores saludan a la gente del público, conversan y abrazan a algún santaclareño ausente, mientras la música nos hace sentir en un lugar cómodo e informal. No están concentrándose tras la pata, no terminan de ajustarse el vestuario, no repasan el texto en su cabeza, sino que fluyen como si se tratara de una fiesta íntima que es en realidad el escenario ficcional del espectáculo.

El ambiente de fiesta que la obra genera y del que enseguida el espectador se hace parte, permite esa condición a la que los griegos llamaron parresía, que significa “decir todo”. Como los comediógrafos antiguos, los jóvenes de No importa asumen el concepto de parresía y lanzan las verdades más duras, otro gesto político y genuino que el público de estos tiempos agradece hasta las lágrimas.

Buscando las repercusiones del espectáculo a casi dos años de su estreno, noto un escaso interés de la crítica especializada en esta puesta. Asumo que, lo que a mí me resulta valioso, que es precisamente esa precariedad de la escena, lo inacabado de la puesta, la asimilación de una estética convencional estructurada en cuadros, a otros les parece un fallo de la dirección o quizás una pobre proyección escénica. Considero que no hay por qué temerle a lo sencillo cuando existe una hondura en lo que se quiere compartir. Aunque cada persona y especialista tiene su propio criterio, lo que nadie puede negar es que la puesta ha sido un suceso de público y eso es digno de analizar. El público ríe, llora, canta, regresa una y otra vez.

Foto: Daniel Álvarez Fernández. / Cortesía de El Mejunje. / Puesta en escena de la obra No importa.

No Importa es coherente y genuina, eficaz en sus proposiciones escénicas. Siento que seguirá mutando con el tiempo y se harán nuevos hallazgos. Es otra de las tantas obras cubanas que abordan el tema de la emigración. La maleta vuelve a ser el símbolo del viaje, del regreso, del escape, de la vida misma del que nació en una Isla. Esta vez, no es un maletín de rueditas “pá que no te pese”, sino cuatro maletas de madera, como las que llevábamos a la escuela al campo. Una maleta pesada, incómoda de cargar, fea, tosca, pero resistente e irrompible.

Yo volvería a ver No importa tres veces más y sé que cada vez será distinta, porque le hablará a un país distinto, a una yo distinta. No se puede augurar la esperanza de vida de una obra que está tan pegada a la realidad y en eso también radica su honestidad. Gracias a Lisandra Martín, Duviel Gutiérrez, Leisy Domínguez, Yuniesky Bermúdez y Adrián Hernández por aventurarse a dar su propio testimonio del país que somos. Gracias siempre al gran Silverio por acompañar a los jóvenes y saber dialogar con ellos desde su altura. Los aplausos de esta puesta son también para él, un líder que ha sabido cobijar muchas maneras de pensar, de ser, de entender esta Isla bella que nos duele, nos alegra, nos oprime, nos libera, pero sobre todas las cosas: nos necesita a todos.    

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El Mejunje Teatral: Reinventarse por todo lo que importa

Por Claudia Amanda Betancourt Torres

Entrevista a Adrián Hernández Hernández, director de la obra No importa

No importa es la obra más reciente de la compañía teatral Mejunje de Santa Clara, bajo la dirección general de Ramón Silverio. Una obra que ha tenido una repercusión significativa en los públicos de la Cuba de hoy y más aún en los jóvenes. Trata temas como la migración, el respeto hacia la diversidad, la amistad.

La puesta en escena fue ganadora de la Beca El Reino de este Mundo (2020), que otorga la Asociación Hermano Saíz. Han tenido la oportunidad de presentarse en diferentes festivales, sedes y eventos escénicos del oriente, centro y occidente del país. En La Habana ha estado en varias ocasiones con el apoyo de la AHS, de la Articulación Juvenil del Centro Oscar Arnulfo Romero (OAR), del proyecto de cooperación internacional “Juntarte: la cadena creativa que hace la escena inclusiva”, la revista Alma Máter de la Universidad de La Habana (UH) y de Casa de Las Américas.

Con cincuenta funciones realizadas hasta el momento, No importa cuenta la relación de cuatro amigos que se reúnen en un hotel después de un tiempo sin verse, tres de ellos no residen en Cuba, todos tienen puntos de vista diferentes sobre la realidad social que viven, sobre los sentimientos humanos, la política de nuestro país y de los recuerdos que forjaron esa amistad inseparable entre ellos. Una puesta en escena que surge a partir del libro ¿Quién le pone el cascabel al látigo?, de Rodolfo Romero Reyes, que cuenta con cuarenta y cinco crónicas sobre la realidad cubana de las últimas décadas.

¿Cómo surge la idea de llevar a la escena algunas de estas crónicas de Quién le pone el cascabel al látigo?

La idea del montaje de No importa surge en medio de la pandemia. Nosotros regresábamos de un festival en Matanzas, se empezaba a anunciar que se iba a cerrar todo el país y comenzó el confinamiento. Nosotros teníamos la necesidad de trabajar, de seguir haciendo cosas porque salimos muy embullados de aquel festival y ya habíamos colegiado la idea de trabajar juntos un grupo de actores. Creamos un grupo de WhatsApp, que llamamos “La Mejunjancia” y empezamos a cocinar la idea de que debíamos ponernos a trabajar en función de algún espectáculo. Silverio nos convoca y nos orienta que cada cual desde sus casas fuera escribiendo, fuera proponiendo algún montaje para cuando existiera la posibilidad empezar a trabajar, pensando que toda esa situación pasaría rápido y no fue así.

Cuando yo era vendedor en la plaza de artesanías Plaza Apolo de Santa Clara, había comprado en una feria del libro ¿Quién le pone el cascabel al látigo? porque muchos jóvenes que pasaban por el quiosco donde trabajaba hablaban sobre el libro y me llamó la atención. Lo compré en la mañana y en la tarde cuando recogí el quiosco, me había leído el libro casi completo y me gustaron mucho las crónicas porque me vi reflejado en muchas de ellas, fue lo que yo viví en mi etapa del preuniversitario, del servicio militar, de la universidad. Me pareció interesante lo que se contaba en este libro y llevé la propuesta a nuestro grupo. Con todos los reencuentros que se relatan en el libro, pensé que la idea para la puesta en escena podía ir por ahí, sobre un reencuentro.

Cuando tuvimos la oportunidad de vernos, de manera indisciplinada, escapándonos de nuestras casas y cuando Silverio nos permitiera alguna vez utilizar el espacio de El Mejunje, tomando todas las medidas de seguridad, seguimos trabajando para que resultara el espectáculo y también aliviar ese mal rato de confinamiento en las casas. Los muchachos se leyeron el libro y también les gustó mucho. Empezamos hacer un trabajo de mesa con la idea central de un reencuentro de cuatro amigos, de los cuales tres no vivían ya en Cuba. De hecho, la idea inicial era de cinco amigos, lo que hubo uno que nunca pudo llegar a ese reencuentro por razones diversas y no pudo estar. En el trabajo de mesa, éramos pegados al teléfono móvil como medio principal en esos días de pandemia para comunicarnos y me surgió una preocupación. Entre nuestros propios círculos de amigos se desataban discusiones, había desacuerdos sobre algunas de las cosas que estaban sucediendo en el país en cuanto a leyes y política. Era algo que me molestaba mucho y fuimos incorporándolo en la obra.

¿Por qué el nombre de la obra es No importa?

En un principio la obra no tenía el nombre final, se iba a llamar igual que el libro. Seleccionamos los cuentos, aunque por mí hubiesen estado todos los del libro, pero los muchachos y Lisandra, que fue mi asesora, me hicieron entender que había que ajustar todo al lenguaje teatral. Trabajamos el plano de los movimientos, el diseño escenográfico y todos los demás elementos de la puesta. Ahí fue donde me di cuenta que este trabajo podía tener otro objetivo, acercar a un público joven a la sala de teatro de nosotros en la ciudad de Santa Clara, provincia Villa Clara.

La sala de nosotros es pequeña, pero estaba perdiendo a ese público joven, ya el público que asistía a la sala y al festival que hacemos acá, era un público asiduo más adulto, sin embargo, el público joven no conocía la sala de teatro ni nuestra compañía dentro del Mejunje y eso fue otro de los objetivos que nos planteamos de rescatar ese público joven. Como actores también teníamos la necesidad de experimentar incluir en la puesta otros modos o expresiones, buscar un texto para reflexionar, hacer reír, bailar, cantar. Luego contacté a Rodolfo el autor del libro por Facebook y le comenté que nuestra compañía iba a llevar a escena su texto. Él nunca se lo creyó hasta que estuvo con nosotros el día del estreno y realmente aportó muchas ideas, también hizo las notas al programa sin que empezáramos a ensayar, sin ver algún fragmento de la puesta y así reflejó lo que nosotros realmente queríamos que el público se llevara de la propuesta. Ha sido una química perfecta entre los cinco que iniciamos el montaje, incluyendo a Rodolfo, los seis.

El nombre final surgió consultando a Freddys Núñez Estenoz como referente para nosotros y nos dijo que el nombre original del texto estaba muy largo, ya era el nombre del libro y nos incitó a que buscáramos otro más reducido. Un proceso de una mañana y media en la que a Lisandra se le ocurrió el nombrar la obra: No importa, y todos estuvimos de acuerdo. En el diseño del cartel también se refleja porque es parte del cubano pensar “no importa”, si esto está malo seguimos, si pasa esto o aquello, hacia adelante… Como una forma de tomar las cosas y de cómo hemos vivido nosotros. Con el tiempo nos hemos dado cuenta que este título parece algo irónico, pero realmente es bien serio.

Foto: Daniel Álvarez Fernández. / Cortesía de El Mejunje. / Puesta en escena de la obra No importa.

¿Cómo fue el desarrollo del proceso de montaje de la puesta en escena?

Fue un proceso muy divertido, lo disfrutamos muchísimo. Se comenzó a trabajar en pandemia y se estrenó en pandemia, fue realmente un proceso muy bonito. Los cinco que nos involucramos habíamos trabajado juntos, pero no con la química que logramos en este proceso de montaje. En esa idea central de reencuentro, se planteaba que no hubiera diferencias si no aceptar a cada cual como era y como pensara, defendiendo que lo que tenía que prevalecer era la amistad. Esa fue la premisa que quería llevar a escena y a partir de ahí empezamos a construir los personajes, que no están en las crónicas, sino que fuimos poco a poco colocando las crónicas en las vidas de estos personajes y así fuimos creando al amigo que se queda en Cuba y tomamos como referente al mismo Rodolfo que se quedó aquí trabajando, haciendo lo que le gusta, escribir. Así buscamos puntos de contacto con muchas de las personas que viven en el país con otros que ya no viven aquí. Aquel que se fue sin querer irse, el que se fue en busca de un futuro mejor arriesgando mucho y sigue vagando por el mundo dejando atrás a su tierra y a su familia, etc.

Esas historias que nos rodean y se ven reflejadas en algunas de las crónicas. Tuvimos claro hacerlo por bloques. Una primera parte del reencuentro, la segunda parte que cuenta todo lo que pasó en el preuniversitario, en el servicio militar y universidad y el desenlace final de la obra que es cuando cada cual cuenta cómo le va en el presente después de tanto tiempo y cómo piensa en la actualidad. Son muchas crónicas y las fuimos descartando, tomando solo aquellas relacionadas a la idea central para llevarla a escena en frases, adaptando la historia en un proceso de improvisación. Teníamos claro el personaje de la actriz Lisandra Martín iba a ser ese personaje reaccionario, sin miedo nada, que lo iba a criticar todo, algo radical. También la historia del muchacho que se fue del país por una de las crónicas que se llama “Amante por cuenta propia” que cuenta la historia de cómo se junta con una extranjera, una historia de prostitución por la que muchos jóvenes han pasado en la realidad para salir de Cuba. No teníamos clara la historia de Leysi y buscamos en las crónicas algunos elementos, como la enfermedad de cáncer que tanto golpea nuestra sociedad actual, un tema sensible en nuestro país para seguir luchando por la vida a pesar de sufrir esta enfermedad mortal, aunque no lo utilizáramos como gancho.

Cuando hicimos los primeros ensayos con público y le presentamos la obra a Silverio no le gustó para nada, fue un choque tremendo, pero nos replanteamos muchas de las notas de Silverio y analizar su punto de vista nos sirvió para desde su punto de vista a utilizar en la obra en frases como “esto se parece a”, “esto es igual a”, “y si esto es más de lo mismo”, frases de Silverio que utilizamos para la puesta.

La obra también fue la graduación de Lisandra como actriz en la Universidad de las Artes (ISA), creo que la única estudiante de actuación que pudo presentarse presencialmente en su año para graduarse. Hubo una pequeña apertura en esa etapa pandémica, comienza un éxodo masivo en el país. Ahí nos dimos cuenta que la obra había tocado otra zona de nuestra realidad, algo que veníamos rondando desde el trabajo de mesa, pero no la teníamos como fuerte de la obra y era el tema de la migración. Irse y volverse a encontrar, irse y ver qué pasa con esa ida o asumir quedarse. Muchas personas que asistieron a los ensayos y presentaciones en ese momento nos decían después que veían la obra: “mañana me voy y si yo pudiera rompía el pasaporte y no me iba”. Nos dimos cuenta que la obra estaba tocando una fibra que estaba sucediendo dentro de la sociedad pospandemia y en la juventud cubanas.

La migración en un inicio no era el tema central de la obra, sino cómo los amigos se disgustaban y peleaban por temas políticos y a veces por temas sin relevancia. Nunca tuvimos claro de que No importa reflejara la migración en la Cuba actual, ni que destacara el respeto hacia la diferencia de pensamiento. De cuestionarse si somos felices aquí o fuera del país, si lo tenemos todo o no, si hay cosas que realmente deben cambiar. Las formas de pensamiento deben abrirse, pensar en los que se quedan, también en los que se van y quieres seguir apoyando o ayudando a los de aquí. Muchas personas cuando ven No importa tienen otras formas de ver la vida al salir de la sala. Muchas fueron a ver con esta obra, teatro por primera vez en su vida. La obra ha ayudado a través de los temas que trata, con el trabajo de los actores y de la puesta en escena, a que un público que desconocedor de teatro sienta curiosidad e interés por acercarse al teatro. No sé si será una obra que quede como referente por sus características, pero hemos tenido experiencias múltiples como presentar la obra en la escuela nacional del PCC a un proyecto del Centro Martin Luther King, para que los allí presentes entendieran la realidad actual y cómo respetar los pensamientos diferentes, convivir con las diferencias y escuchar todo tipo de pensamiento. Fuimos también la obra invitada a un evento en la Casa de las Américas sobre la migración. Y todo esto ha sido muy bueno. Ha llevado a que las personas reflexionen sobre la diversidad de colores, de pensamiento y cómo esa diversidad hace el desarrollo. Yo creo que No importa ha ayudado a cambiar vidas, a unir familias, a entender estos temas de la separación, de los reencuentros. También ha sido un reto tocar y profundizar en estos temas, el cómo reacciona el público y cómo nos ha cambiado a nosotros también todo este proceso.

Foto: Daniel Álvarez Fernández. / Cortesía de El Mejunje. / Puesta en escena de la obra No importa.

¿Cómo se plantearon el diseño escenográfico y toda la visualidad de la puesta?

La escenografía de la obra siempre pensé que fuera minimalista. Cuatro maletas bien teatrales, que se pudieran mover, que se pudieran crear imágenes con ellas porque me gusta mucho el teatro de imagen, pues una imagen a veces dice más que mil palabras. Me gusta también el teatro de corografía, la limpieza de las escenas y eso se fue trabajando poco a poco con las canciones, coreografías, construyendo las historias de los personajes.

Nos basamos en una gama de colores básicos para la visualidad del espectáculo y nos fuimos dando cuenta de que cada color tenía sin querer su significado respecto al personaje que usaba ese color. Así hemos tenido muchas experiencias, los espectadores han pensado que los colores fueron a propósito por la historia de Harry Potter, o porque el color define a tal personaje por su rebeldía o porque el otro personaje es más pacífico y eso también lo fuimos incorporando al montaje. La banda sonora es de la generación de nosotros los actores, la única música original de nosotros es el último tema que es la canción de los amigos que salió el mismo día del estreno oficial de la obra. Se compuso una semana antes del estreno, el mismo día de este en la mañana se grabó y en la tarde se puso para la función. Muchos amigos nos ayudaron en todo el proceso de montaje dando sus ideas, opinando en los ensayos y presentaciones.

¿Qué fue lo más complejo del montaje?

Que fue durante pandemia. Algo que ayudó, pero también nos limitó de algunas cosas que tuvimos que acelerar cuando ocurrió la apertura. También lograr que los actores involucrados en el montaje se respetaran y entendieran que cada cual piensa diferente, que había que respetar eso. Que cada idea que se propusiera y discutiera, había que llevarla a un consenso entre todos. Lo otro es que como la obra toca temas complejos, actuales y sensibles, podría traerme algún problema a mí como director artístico, pero realmente lo que defiende la obra es la diversidad de pensamiento y la amistad principalmente. Con respecto a la escenografía, vestuario y diseños no fue tan complejo porque logramos ganarnos la beca de El Reino de este Mundo que otorga la AHS y nos aliviamos un poco con respecto a los gastos de producción y todo fue saliendo, fluyó bien.

Según tu experiencia durante las presentaciones, ¿cómo ha sido la recepción del público?

Si No importa ha llegado hasta donde hemos podido llegar y ha logrado gran aceptación, ha sido por el público. Para nosotros ha sido “el fenómeno No importa”. Siempre nos planteamos que fuera una obra que gustara y atrapara al público joven pero no pensábamos que fuera a esta magnitud. Hay personas que han visto la obra más de cuarenta veces de las cincuenta que se ha realizado la función, se mueven con nosotros a ver la obra. Ha habido público que se ha movido de una provincia a otra a ver la obra.

Un muchacho fue en tren de Ciego de Ávila a Santa Clara para grabar la obra y poder mandársela a la novia que se había ido días antes del país y no pudo ver la obra con él cuando la presentamos en su provincia. Hemos tenido muchas más experiencias. La recepción del público ha sido muy buena, hay gente que han ido a despedirse yendo a ver la obra. Hemos tenido en el público familias completas, familias incompletas, personas que han llamado por videollamada a sus hijos para que a través del celular vean la obra. Hemos tenido que marcar tres filas en el suelo para que las personas alcancen a entrar y ver la obra. La gente te abraza, llora, se sienten identificados por vivencias personales similares a las que se muestran en la puesta. Esos intercambios con el público te demuestran que estás haciendo un trabajo que realmente ese público necesitaba. También tenemos experiencia con críticas favorables que han marcado un antes y un después para la compañía. Hemos tenido quienes están en contra de No importa porque les ha molestado el discurso y han salido furiosos de la sala y a veces hasta reconociendo los valores de la obra por su vigencia. Esa diversidad de públicos ha hecho que la recepción sea buena en este año y pico de funciones, porque cuando se cuestiona o se piensa censurar algo, llama aún más la atención de todos.

¿Cómo se han sentido ustedes como protagonistas del proceso creativo de No importa?

Nosotros podemos estar cansados como en un viaje que fuimos a La Habana para presentarnos en el Bertolt Brecht donde llegamos a las 4:00 p.m. y a las 7:00 p.m. era la función. Pero cuando estamos en la sala, hacemos ese calentamiento extraño de nosotros de reírnos haciendo chistes, mirarnos, conversar de cualquier otra cosa, un ritual que tenemos de abrazarnos para empezar a actuar y allí se olvida todo el cansancio, todo lo que puede haber pasado antes de que empiece la música de “Isla Bella”.

Realmente nos hemos sentido muy bien, hemos tenido funciones maravillosas, donde hemos experimentado muchas cosas, siempre he tratado de sorprenderlos en cada función. En el momento de las video-llamada, a veces contactaba con un amigo allegado de nosotros mismos, alguien conocido que se había ido del país. El día de la graduación de Lisandra, por ejemplo, a Freddys Núñez fue quien hicimos la video-llamada. Cuando se me fue uno de los actores en medio del montaje y a los quince días tuvimos la función, la llamada fue con él. Ese proceso que sucede cuando el que ve la obra `duda si somos nosotros mismos o los personajes los que están en escena, no es nada improvisado, sino que es parte del montaje. Disfrutamos cada función, porque siempre sale algo nuevo, un texto nuevo, una imagen nueva, cada función se disfruta como la primera. Cada vez que tenemos función es un reto nuevo, primero porque hay que tomarse una botella de Havana Club completa durante la obra, pues es la marca que nos ha patrocinado y no podía ser otra porque es el ron cubano más reconocido internacionalmente. Cualquier cubano que se tome un sorbo de Havana Club aunque no viva aquí, enseguida le viene recuerdos de su vida en Cuba y así hemos participado también en la campaña de promoción de la bebida. Es una hora y veinte minutos donde no se para, solo para cambiarnos de ropa, algo que logramos por el entrenamiento y la preparación de tantos días de trabajo, pero que disfrutamos a plenitud.


Canciones del Muro: «Trova en formato de banda» (+Video)

Canciones del Muro es una joven banda de la ciudad de Villa Clara que apuesta por llevar la canción de autor en ese formato a las nuevas generaciones. Conformada por Ernesto Fabián (vocal), Rafael Pérez (percusión), Flavia Moreno (bajo) y Gustavo Fabregat (guitarra).

La primera vez que supe de ellos fue en la propia peña “Trazos de ciudad” de Ernesto Jiménez Fabián, también director y fundador de Canciones del Muro. Parecía un jueves tranquilo en El Mejunje de Silverio, hasta que comenzó a llenarse de rostros muy jóvenes, y el anfitrión les propuso hacer la peña en uno de los espacios bajo techo del Centro Cultural.

No fue solo la media luz, siempre acogedora de la sala Margarita Casallas, ni la presencia de tantos jóvenes que disfrutan la canción de autor (público habitual de los espacios trovadorescos de El Mejunje), tampoco se reducía a la novedad de una banda emergente en la ciudad. Lo que más trascendía de aquella tarde, al menos para esta reportera, era encontrar la música de autor tan bien interpretada por noveles, casi adolescentes.

Impresionaba la energía que desbordan sobre el escenario, sus composiciones que transcurren por diversos géneros de la canción, así como la visualidad del grupo. ¿Qué los motivaba? ¿Cuánto habían trabajado en solitario, en medio de una pandemia y de exámenes escolares, para regalarnos a los presentes esta grata sorpresa?

Anoté un par de teléfonos, les pedí que me pasaran al móvil sus canciones y, cuando el confinamiento hizo un pequeño oasis, nos volvimos a encontrar. Ellos, tenían el sueño de realizar algunos conciertos en el Bar Revolución, la Peña de la Caña Santa en la Casa del Joven Creador de la Ciudad y en otros espacios; a los que me prometí seguirlos.

Pero la pandemia se hizo sentir otra vez, y cuando creí que de Canciones del Muro quedaba apenas un recuerdo de su debut (aquel) en El Mejunje, las redes sociales me devuelven la oportunidad de disfrutar el talento de estos cuatro mosqueteros. Ahora desde el canal en Telegram y sus páginas en Facebook y Twitter, vuelven a impresionarme piezas como “Abrir los ojos” y «Pirata de Galeón”, además de algunas piezas de compositores como Noel Nicola, Santiago Feliú, Aute y Sabina.

fotos cortesía del grupo

Gustavo

Fue en la peña de La Caña Santa, una tarde de viernes en la Casa del Joven Creador. Ernesto y Gustavo hicieron los primeros planes para tocar juntos.

“Le pedí uno de sus temas para probar, “Sentencia”, y nos gustó mucho el resultado”, afirma Gustavo Fabregat, estudiante de la Universidad Central de Las Villas, un muchacho delgado, de frente amplia y mirada inteligente, “pero necesitábamos más instrumentos, un percusionista, por ejemplo”, y mira a su otro amigo, para que continúe la historia.

fotos cortesía del grupo

Rafael

 Estuve con Gustavo en una banda de rock en la Secundaria, luego comencé otro proyecto en el que tocaba la batería. Cuando me reencontré con Gustavo me invitó a la peña de un tal Ernesto Fabián “Trazos de Ciudad”; Rafael se ríe con picardía, Ernesto también.

Rafael Pérez es técnico medio en Electricidad y en el momento de esta entrevista se encuentra cursando el servicio militar. Continúa el relato:

“En ese momento ellos estaban sin percusionista así que le dije a Ernesto: —Mira asere, yo nunca en mi vida he tocado un cajón, pero si te hace falta yo me busco uno y aprendo a sacarle algo. Y así fue, le saqué algo, comenzamos los ensayos y aquí estoy, me quedé.”

Estamos sentados a modo de círculo en lo que muchos llaman el Malecón de Santa Clara y que no es más que los portales del Teatro “La Caridad”. La ciudad semidesierta parece agradecer este aliento de vida joven, de creatividad, pues nos regala una brisa húmeda que, matizada con la alegría de los muchachos, resulta muy agradable.

“Al principio la idea era acompañar a Ernesto, después él fue hablando con varios músicos para darle formato a la banda”, asegura Gustavo, pero esta vez, tiene los ojos fijos en Flavia, una jovencita rubia y de aspecto delicado.

fotos cortesía del grupo

Flavia

“A Flavia la tenía prevista como tecladista hasta que la vi con un bajo y le dije: ¿qué tú haces tocando el bajo?”, afirma Ernesto, abraza a su amiga que se encoge de hombros, y continúa: “Me dijo que estaba aprendiendo. Comenzó a incorporarlo a mis canciones y me pareció genial.”

“Así fue como la cara bonita de la banda de pronto se convirtió en la chica “dura” del piquete”, interviene Rafael. Flavia se sonríe también, aparece una lloviznita intermitente como si llegara a participar de aquellas bromas juveniles. Se hace silencio y comienza su parte de la historia la estudiante de fagot de la Escuela Provincial de las Artes.

“¡Imagínate! A los quince años pedí de regalo un bajo y comencé a aprender sola. Estuve como seis meses buscando personas que me ayudaran, conseguí algunas plataformas digitales, hasta que di con Andrés Olivera de La Trovuntivitis, y luego con Ernesto, quien me ha ayudado mucho.”

“Me llamaba la atención sus letras y la música que hace Ernesto Fabián, que es fuera de lo común porque en la actualidad no hay muchos jóvenes que puedan salirse de lo popular. Es un muchacho que rompe con muchas reglas de todo lo tradicional, de la armonía del solfeo, por ejemplo, que son cosas teóricas que uno las ve en la escuela, pero es emocionante ver que en la práctica suena bien.”

—¿Por qué el bajo?

“El fagot es un instrumento armónico que, en formatos grandes, los demás instrumentos le quitan importancia y eso es lo que yo busco en el bajo que es un instrumento que sirve de colchón a las otras melodías, pero sí se siente. Me gusta sentirme importante”.

“Yo soy la representación femenina, ellos dicen que soy la cara del grupo, con un instrumento que generalmente lo tocan los hombres, aunque ya no es tan raro ver a una mujer bajista.”

Se escucha un ladrido a mi espalda. Un perro muy bonito nos ha perseguido y también se sienta en el coro, tan cerquita de mi vasito con café que me da miedo acariciarlo porque si estira las patas delanteras…

—¡Canelo! —le dice Ernesto Fabián y me tomo el café de un gesto, antes de que se levante y empiece a restregar su cuerpo peludo con los presentes.

fotos cortesía del grupo

Ernesto

“A los 14 años compuse mi primera canción, y los 16 me atreví a cantar en público, o sea, ante mis padres, quienes me dieron el visto bueno para presentarme en escenarios más grandes”.

Afirma Ernesto Fabián que fue precisamente, “Sentencia”, la primera pieza que considera digna de divulgar entre sus amigos y familiares. La primera también que hizo acompañar por la guitarra de Gustavo.

Desde entonces se ha presentado como cantautor en diversos espacios de la ciudad. Integra la Peña de La Caña Santa de la AHS, fundó su propio espacio en el Centro Cultural “El Mejunje”; y entre las presentaciones más recientes figura el Festival Romerías de Mayo de este año, en Holguín. Sin embargo, Canciones del Muro parece ocupar sus sueños y su tiempo creativo, en modo muy especial.

“En mi mente la música que hago estaba diseñada a sonar como banda, con más instrumentos…”

“Yo escucho un disco a guitarra y voz de arriba abajo y es como que me aburro, como que no estoy disfrutando y a veces me pasaba eso con mis propias canciones.” Hace un pequeño silencio, mira en derredor y afirma: “¡Hasta que los fui encontrando a ellos!”

Canciones del Muro

“Son las canciones de un trovador, arregladas en un formato de guitarra eléctrica, bajo y percusión”, comenta Gustavo, quien agrega que los arreglos los hacen entre todos, pero estos son mínimos, “es un acompañamiento en base a lo que hace Ernesto”. Por su parte, el compositor considera que desde que empezamos mis canciones han tomado un camino que me gusta, ¡ni siquiera sabíamos que podíamos lograr esa energía!”

Y es que en sus presentaciones este cuarteto imprime una fuerza a la canción de autor que coquetea con la visualidad de sus integrantes, enjundia de juventud (ninguno sobrepasa los 25 años de edad) y creatividad. Asimismo la sonoridad de la banda está marcada por muchas influencias, o lo que es igual, por las preferencias musicales de sus integrantes:

“Flavia tiene una formación académica en el fagot que, aunque el bajo lo aprendió por sí misma, pues esta formación también influye en la banda”, apunta Ernesto, aunque ella afirma que en su reproductora “puedes encontrar cualquier cosa, lo mismo trova, que rock, que jazz alternativo, mientras que sea buena música.”

“Tenemos algunos arreglos con fagot, con guitarras, con cuerdas de acero. Somos muy abiertos a lo que llegue y suene bien, desde Santiago Feliú a Sternberg”, insiste el cantautor. “Para mí el acompañamiento más grande a la canción de autor es Habana Abierta. Es casi imposible no sonar como ellos.”

Gustavo por su parte considera que, aunque se siente tentado por el jazz, él y Rafael aportan sus experiencias con el rock “y básicamente la tendencia del grupo es a sonar más fuerte, así más metalero; aunque sea un son. Por supuesto, siempre hay que tener cuidado con lo que canta Ernesto, que es trovador, y la sonoridad que él le da a los temas, pero es que simplemente hay temas que con poner los instrumentos ya suena fuerte, por ejemplo, Sentencia.”

“Pirata de Galeón es un guaguancó y yo le cogí miedo. Pero salió bien”, argumenta Flavia y atribuye el éxito que han tenido a la libertad creativa que brinda Ernesto Fabián, una vez que les entrega sus canciones: “Nunca nos ha dicho eso lo hacen así, sino que nos da la oportunidad de crear y es como mejor funciona y va a funcionar, porque al final suena como una unidad”.

Según este trovador, el formato de banda les gusta más a los jóvenes: “Santa Clara es una ciudad acostumbrada al trovador con su guitarra, nosotros tenemos un formato que la gente no está acostumbrada a ver y creo que esa es una de las cosas que llama la atención.”

Todos coinciden en que lo más llamativo de la banda es “la buena vibra”. “Nos llevamos muy bien”, dice el director, “Cuando hay peña ensayamos una semana entera y, en concierto, dos semanas; y aunque la dinámica del grupo, sobre todo en estos tiempos es que trabajamos mucho a modo individual, nos reunimos por cualquier cosa.”

“¡Juntos somos una bomba!”, concluye decidido Rafael, el resto asiente y Canelo comienza ladrar, otra vez.

Sueños, más allá del muro

Entre acordes, lloviznas y ladridos transcurría aquel encuentro, terminábamos de cantar a coro aquel “dato falso” de Noel Nicola, cuando comenzaron a emerger los sueños de la primera juventud, esos que alientan otras preguntas:

—¿Qué les preocupa como generación?

“Abordamos la temática social —dice Ernesto—, por ejemplo, tenemos montado un tema fuerte dedicado a los perros y a los animales callejeros, pero… de mi generación en específico me preocupa que quieren hacerlo todo muy rápido.”

“Hay que sentarse a meditar, a pensar. Muchos llegan a un concierto y encuentran a un trovador solo, con su guitarra y sus canciones inteligentes, y se van, yo no me voy. Hay que escuchar que nos quiere decir esa persona. ¡Hay que tener paciencia para escuchar!”

—¿Qué canciones no cantarían?

Flavia contesta sin pensarlo dos veces: “Yo no cantaría nada que discrimine a la mujer, porque últimamente hay mucha tendencia a eso.”

“Al ser humano a modo general”, añade Ernesto.

“También hay que tener cuidado con el hecho de hacernos entender, porque hay quien se ubica en un punto superior y hacen una canción, sí muy inteligente, pero no comunica, no me dice nada porque ofrece una enseñanza desde un punto de superioridad,” sostiene Gustavo.

El guitarrista defiende la necesidad de comunicarse con los demás jóvenes, pues considera que el “truco” de atraer tanto público a sus presentaciones radica en “no pretender hacer lo mismo que se hacía antaño y lograr los mismos resultados hoy”.

“Ahora mismo están las redes sociales, todo te brilla mucho y va muy rápido. Hay que actualizarse, nosotros tenemos el canal de Telegram, YouTube, en WhatsApp. Y una comunidad en Facebook. Allí la gente nos comenta y hay un intercambio.”

—¿Cuánto sienten que han crecido desde que fundaron Canciones del Muro?

“En lo personal he crecido mucho en la banda, porque hasta al otro día veía un cajón y no sabía qué hacer con él, y también en cuanto al conocimiento de ritmos cubanos”, reflexiona Rafael; le sigue Flavia.

“Ha sido mi debut con el instrumento que me gusta, la oportunidad de tocar el bajo en banda, ni siquiera había salido a la calle con él, nunca. Pero, además, las canciones de Ernesto no son fáciles, tienen muchos cambios, lo mismo en el ritmo, que en los acordes.”

Sobre esto afirma el compositor: “Cada canción es un reto, no repetirme, tratar de ser original y tratar de darle la fuerza para que la canción llegue más lejos en la sensibilidad de la gente. También he aprendido que se puede lograr la potencia que uno quiere y la que uno no quiere, una visualidad en escena y una energía, como usted dijo, cualquier cosa mientras estemos unidos, como amigos, y trabajemos duro por nuestros sueños”.

—¿Cuáles son ahora mismo esos sueños?

“Grabar un disco que llegue a todo el mundo”, dice Ernesto, y “tocar en todos los lugares”, añade Rafael. “Ganar una beca de la AHS”, apunta con firmeza Gustavo. Estos y más deseos lanzan al viento, en dudoso tono de broma, hasta que discurren hacia la belleza de la música:

Flavia es la primera:

“Como músico me gustaría fusionar trova, jazz, música sudamericana. Pero este es un proyecto que realmente tiene futuro. Tú escuchas una canción de Ernesto Fabián sola y la escuchas con la banda, y te das cuenta de que esto es genial. Él nos ha dado oportunidades, pero nosotros también le hemos aportado”.

Ernesto afirma con un gesto el planteamiento de la bajista.

“Realmente quiero que el público cante mis canciones, pero que sepa lo que está diciendo. A mucha gente se les pegan las canciones y no saben qué quieren decir las palabras, por eso siempre trato de hacer el chisme, doy el camino y cada cual lo interpreta.”

“Seguir siendo amigos, siempre”, afirma Gustavo, y las cuatro cabezas asienten convencidas de que nada podría impedirlo. Canelo comienza a ladrarle a su dueño, quizás para avisarle que están por caer los chubascos, pero ellos, al parecer, lo interpretan como un apoyo más a sus metas, porque se han puesto a cantar otra vez.  


Alcanza otra eternidad la trova santaclareña

Tararee. Cante. Afina su guitarra. Está por comenzar el concierto.

Disfrútelo. Emociónese. Conviva.

¿Quién puede decirnos que no sea la vida una canción…?

                                                                                Geovanny Manso 2011.

Vivir en Santa Clara, a tiempo de ser joven y con el alma abierta a la belleza, te hace susceptible a la trovadicción. Una afección que se adquiere en universidades, escuelas becadas, portales bañados de luz de luna o en los bancos del parque Vidal; pero que se adhiere a tu sistema inmunológico cualquier jueves pasadas las 11 de la noche en El Mejunje de Silverio.

Ese es el “jueves de la trova”, oficialmente bautizado en el “Centro Cultural” como “La Trovuntivitis”. Pero ya no es el único espacio institucionalizado para disfrutar y compartir “tragos y trova”; sino que la propia casa de la Asociación Hermanos Saíz ofrece en tiempos de normalidad (ahora online) “La Hora de la Mameyes”, con el talento del grupo de trovadores jóvenes “La Caña Santa.”

Así, la Trovuntivitis y La Caña Santa son los dos proyectos representativos de la canción de autor en la ciudad (no los únicos, la ciudad cuenta con otros jóvenes cantautores que no integran estos proyectos). Hasta el momento la producción musical de sus integrantes ha devenido especial arsenal de letras y acordes inteligentes que jóvenes y amantes del género tarareaban y se trasmitían de memoria, vivos en la preferencia de su público y en el ambiente cultural de la ciudad.

Sin embargo, la editorial Sed de Belleza nos regala este año un nuevo acercamiento a esa poética colectiva. Acompasada en acordes de guitarra, pero ahora también rubricada en papel, para que podamos manosear cada letra; y regodearnos en el lirismo de cada verso. Y es porque en estos tiempos de confinamiento el sello de la AHS en Villa Clara saca a la luz “La Otra Eternidad”, un cancionero que resguarda para la posteridad temas inolvidables, representativos ya de la novísima trova gestada en el centro de Cuba.

La edición y diagramación de este Cancionero de la Trova Santaclareña corrió a cargo del narrador Alejandro Hernández, Licenciado en Pedagogía por la “UCLV” y actual director de Sed de Belleza; quien nos propone un viaje por la obra de unos 23 cantautores ordenados según su fecha de nacimiento, desde los consagrados de La Trovuntivitis hasta la joven vanguardia artística que integra actualmente el proyecto La Caña Santa. Para concluir con el dúo Círculo de Tiza, porque, aunque son fundadores de La Caña Santa, ellos defienden una línea de interpretación sui géneris que “supone la ejecución de géneros propios del panorama musical de Estados Unidos y Canadá (…) aunque con reminiscencias de la influencia que aportó el movimiento de la Nueva Trova en Cuba.”

Dicho orden cronológico no es ingenuo ni gratuito en ningún sentido, sino que permite al lector avanzar en el gran relato que puede ser la comunión de dos generaciones de cantautores, los momentos de continuidad y de fractura que ha experimentado la forma de hacer canciones que tuvo su primer momento cumbre con el Trío Enserie (Levis Aleaga, Rolando Berrío y Raúl Cabrera); y que ha venido enriqueciéndose con nombres ya inscritos en el pentagrama nacional como Leonardo García, Diego Gutiérrez, Alain Garrido, Yaíma Orozco, entre otros. Hasta adentrarnos en las apasionantes propuestas de Yeny Turiño, la más joven de los cantautores reunidos en este libro.

foto tomada de cubadebate

Cada uno de ellos aparecen identificados por una breve reseña que antecede a las letras de sus canciones, así como por la caricatura hecha a lápiz de Stephanie Rivero Toledo, recién egresada de la Academia Provincial de las Artes de Villa Clara. 

Para la selección de las piezas el compilador confiesa que tuvo en cuenta “ciertos temas imprescindibles por la popularidad y reconocimiento que han alcanzado en quienes escuchan esta música inteligente, y también otros que portan una belleza poética y una factura artística asombrosa.” Así encontramos temas ya clásicos (incluso entre adolescentes) junto a otros que no por ser poco difundidos son menores, todo lo contrario, ensanchan nuestros sentidos hacia el verdadero gozo estético.

“… porque ya eres tarde de agua

eres estruendo, aire, lágrimas y recordarte

parece un aguacero.”

Allí, en La Otra Eternidad, nos aguardan Parece un Aguacero, de Levis; Olor de Roly; La Casa, esa canción de Raúl Marchena que describe a El Mejunje; Los Giros, compuesta por Yúnior Navarrete; la belleza exquisita que nos regala Leonardo en su “Mi primer bolero”; “El Son de Eliodoro” con que nos despabila Yordan Romero, y más.

La moringa es según Bartolo…

Como la sangre del toro.

La moringa es según la ciencia…

Es salud pa´la consciencia.

La moringa es aquí en Cuba…

Para la enfermedad la cura…

Releemos “La Moringa” que tanto nos hace reír una vez que Yatsel Rodríguez sostiene el micrófono; el vigoroso “Tocadiscos” de Yeni; entre tantas melodías populares. Pero también redescubrimos la savia negra (afro) de Yuri Giralt; la ternura con que Amaury Muro aborda géneros tradicionales; la fuerza autoral de Leodanys Castellón desborda imágenes como “le faltan velas al alma”; y las letras cargadas de contenido social que defiende Círculo de Tiza.

Todo esto lo describe el prologuista, Yordan Romero, al afirmar que:

“Estas canciones recorren disímiles géneros musicales, incluso foráneos, y muestran diversidad en cuanto a forma poética, estilo e influencias. Constituyen un ejemplo genuino de la mejor canción cubana contemporánea, que, por supuesto, no se agota en estos textos ni en estos compositores.” 

Ante lo cual vale regodearse en los versos de Alain que dan título a la presente compilación: ¿Y qué más se necesita para escuchar/ leve el zumbido de un ciclón/ avecinando otra eternidad/?

Antecede a La Otra Eternidad: Cancionero de la Trova Santaclareña, el libro de ensayo La Vena del Centro: Trova Santaclareña, escrito por Alexis Castañeda Pérez de Alejo, también publicado por Sed de Belleza en 2010. Este último parte de las primeras descargas que se realizaron en Santa Clara en los años 40, pasando por la trova tradicional, la nueva trova y aterriza finalmente en La Trovuntivitis. Si bien Castañeda nos devela en su estudio la Santa Clara bohemia destinada a una guitarra y un acorde poético en sus madrugadas, Yordan Romero dota a este cancionero de un prólogo que parece continuar la historia hasta el presente.

Nos preguntamos entonces: ¿qué novedades nos traerá la Editorial en los próximos diez años, si en esta última década tanto ha crecido el movimiento trovadoresco en Villa Clara? Queda la puerta abierta para los ensayistas. Por lo pronto, este cancionero de la trova santaclareña probablemente exigirá nuevas reediciones a Sed de Belleza, una vez que la vida retome su curso, aquí en el centro de la Isla; y los trovadictos oriundos y adoptivos le tomen el pulso a la ciudad.


La diversidad sale a escena en “El Mejunje de Silverio”

Mayo, el de las flores que se abren espléndidamente en su variedad de colores con su ternura materna, los días soleados y las tardes húmedas que invitan al romance. El mes de los campesinos que se preocupan más por cultivar la tierra que su propia persona y conviven con el (falso) estigma de lo feo.  

Pero este mayo de 2021 trascendió en el Centro Cultural El Mejunje de Santa Clara con un especial sabor a teatro aderezando su habitual arcoíris de la diversidad. Y es que bajo el lema “En El Mejunje Juntos y Revueltos”, se dieron cita profesionales y aficionados de las tablas quienes llevaron un mensaje de inclusión y pluralidad a todos los que, distanciamiento mediante, se acercaron al centro. También fueron socializados contenidos y mensajes sobre este tema en la red de redes.

Porque así de hermoso, bucólico, cándido y florido, mayo es también el mes en que miles de personas de toda Cuba se pronuncian por la aceptación total de todos y cada uno de nosotros, sin que interfiera en esto, por ejemplo, la forma en que nos expresamos sexualmente.

“Tolerar es consentir lo que no me queda más remedio, la batalla es la aceptación”, afirma Ramón Silverio, quien desde aquí capitanea diversos proyectos en favor de la comunidad LGBTIQ, especialmente por el 17 de mayo, Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia (IDAHOT).

Solo que este año la fecha primaveral llegó otra vez aparejada de condiciones epidemiológicas precisas, pero también de una especial circunstancia, ya que hace apenas unos días fue presentada la comisión encargada de elaborar el proyecto de un nuevo “Código de las Familias” para el país.

En este contexto tienen lugar durante todo el mes y más allá de los límites de calendarios, las Jornadas Cubanas Contra La Homofobia y La Transfobia a lo largo y ancho de Cuba, y en el caso de Villa Clara ha tenido como sede principal la Sala Margarita Casallas de “El Mejunje de Silverio”.

Allí se presentaron obras de teatro de pequeño formato y documentales para público reducido, siempre en horas de la tarde. En el caso del teatro, entre otras fueron programadas las producciones: No importa, El vendedor, Si puedes tú con Dios hablar, Después del baile y Una química parodia, esta última generó gran expectativa.

Perfil en Facebook de «El Mejunje»

 

“La química Parodia es el mismo texto, pero la primera noche lo interpreta una mujer quien expresa problemáticas de género, y la segunda noche le da vida al mismo unipersonal una mujer trans, por lo que la puesta toma otros matices”, explica Silverio.

Según se expone en el programa redactado por Alexis Castañeda, promotor del centro, estas obras integran el repertorio de la Compañía Mejunje, “y excepto Después del baile, todas las demás han sido concebidas durante la etapa de confinamiento impuesta por la Covid-19.”

Sobrecogía al público el estreno de los audiovisuales: “No te dejes vencer” y “Zona Rosa”. El primero –explica el programa– realizado sobre el texto homónimo del poeta Frank Abel Dopico y en la voz de Ramón Silverio.

Zona Rosa por su parte recoge las múltiples presentaciones de este espectáculo de transformistas por diferentes municipios y asentamientos de la provincia, su vinculación con el público y la reacción del mismo ante tan inusitada presentación.

Dos hermosas entregas que logran esa unidad dramática entre texto, imagen y sonido, elevando el alma hasta dimensiones infinitas. O calando tan hondo en nuestra humanidad, que hace resucitar un ser bondadoso y genuino en nosotros mismos. Todo esto sin exagerar la lágrima, desde un ejercicio, por supuesto, dolido y triste, pero consciente.

Cada uno en su poética, No te dejes vencer, con una metáfora de amor bondadoso, de espacio vital compartido, suerte de testamento del poeta querido (Dopico), validado en la voz del Maestro de Juventudes (Silverio), con la música de un trovador tan popular como Roly Berríos, y los planos habituales (locaciones) de la Casa (El Mejunje); pareciera un himno ineludible, “No te rindas”, o …¿alguien se atrevería a transgredir una orden así, con semejantes credenciales?

Tomada de internet

 

Zona Rosa, más vivencial, nos convoca, por supuesto, a la no discriminación de personas homosexuales y transexuales, a entender además el transformismo como una forma de expresión artística no exclusiva de homosexuales. Pero más que esto, convida a asumir la vida, a ser valientes, tomar decisiones y encontrar el mejor modo de hacer convivir nuestras diferencias con las del resto, desde una aptitud abierta y, ¿por qué no?, desde la estética y la libertad mental que provee el arte.

Pero otro dato curioso de la jornada santaclareña “Juntos y Revueltos” es que en general, tanto los materiales audiovisuales como las puestas teatrales, abordaron el tema de las diferencias y la discriminación por diversos motivos. Es decir, en ningún modo estuvieron circunscritos a la temática de identidad sexual y de género, sino que el espectro fue amplio y así lo corroboró en exclusiva para el Portal del Arte Joven Cubano el propio Ramón Silverio:

“Hemos podido hacer muchas cosas por la diversidad. Juntos y Revueltos comenzó con No importa que trata temas de la amistad. Si puedes tú con Dios hablar, por ejemplo, es una mirada hacia los ancianos.”

También, el actor William Rodríguez Alemán, quien encarnó a un campesino sabedor de historias en el El Vendedor, dice que esta puesta, diseñada especialmente para el público infantil, tributa a su modo, al pronunciamiento por la aceptación de la diversidad de esta jornada.

“Es la diversidad de culturas y de categorías sociales, porque yo me imagino que la guataca y el machete son de cierto rango cada uno, y en ese noviazgo se manifiestan las diferencias. Por otro lado, son pocas las obras de teatro que hoy día abordan el tema de la vida del campesino, que al fin y al cabo son las raíces de nuestro país, quizás porque ingenuamente les parece poco atractivo a los directores y no es así, o no tiene que resultar así, para el público receptor.”

Foto tomada de Facebook

 

Entonces, y a propósito de estas exposiciones puede traerse a colación las palabras de Manuel Vázquez, subdirector del Cenesex: “Las Jornadas entran en sintonía con la misión del Cenesex, que por más de 30 años ha generado procesos de erosión de estereotipos que funcionan como obstáculos para la garantía de los derechos relacionados con las sexualidades”, dijo en conferencia de prensa (Cubadebate).

Y, por supuesto, ante la coyuntura de un nuevo “Código de las Familias” para nuestro país, “Juntos y Revueltos” invitó a la reflexión sobre el tema con intervenciones del propio Ramón Silverio en un conversatorio realizado en la Sala Kokorioko del Centro Provincial del Libro y la Literatura

Concluye el director de “El Mejunje”: “Si la pandemia nos deja, intentaremos llegar a diversas zonas y lugares buscando la aprobación de este código de familia”. Ese mensaje parece alentador; pienso, veo desfilar los actores que han terminado en sus camerinos. No sé de dónde salen unos acordes que nadie más escucha:

Ámame como soy, tómame sin temor, tócame con amor, bésame sin rencor, trátame con dulzor, mírame por favor…

No sé por qué siento que estos imperativos melódicos de Pablo Milanés acarician la tarde en “El Mejunje de Silverio”, la casa de todos.