Lisbeth Lima Hechavarría


La impasible gracia de los dioses

Reseña al libro de cuentos para adultos: Los hijos del invierno, de Luis Enrique Mirambert

(…) Es peligroso caminar por donde todos caminan,

sobre todo, llevando este peso que yo llevo.

Este peso se ha de ver por cualquier espejo que me mire:

se ha de ver como si fuera una hinchazón rara,

yo así lo siento (…)

 

El hombre, de El llano en llamas.

Juan Rulfo

Algunas veces miro alrededor, solo algunas veces. Es preferible no detenerse mucho a observar, pues comienzan a invadirnos los reflejos. Entonces anda uno cabizbajo, buscando refugio donde mejor se nos da escondernos y ahí, cuando creemos reposar al fin en paz, rodeados de las miserias que acolchonan nuestra zona de confort, llega él, impasible, tremendo y hace entrada recordándonos a las bestias que nos carcomen el alma. Luis Enrique Mirambert, Unión de Reyes, Matanzas, 1991, es el maldito. La gente se equivoca, ese no es un don, ¿qué va a ser un don eso de quitarle a uno las ropas así en frente del mundo, espantarnos la evolución y hacer que corramos hacia las cavernas? Los hijos del invierno, así le llamó al grito, digo al libro, que vio la luz en 2019 en complot con Ediciones Aldabón.

Siempre hay uno de ellos, de los que huyen ante la luz. En oscuridad no se alumbran los espejos, no hay forma de que se avisten las verdades que amordazamos. Pero, también de los otros, los que caen, dejan que salgan de una vez las cuarteaduras ante la lengua filosa de los que saben. Se dejan morir ante lo rotundo de la naturaleza humana golpeando a las puertas de ti. Eso hacen los personajes de Mirambert. 

Pedro el ratón no podía escribir. No podía escribir por su predisposición morfológica. O sea, no podía escribir porque no tenía manos. Pero yo tengo manos y tampoco puedo escribir. O sí. Realmente si me lo propusiera escribiría vulgares oraciones, largos y ridículos poemas, frases hechas por otros que ya están muertos. Pero un cuento, un verdadero cuento no puedo porque aquí no llueve hace años, no corre el agua que da vida a las palabras. Y eso es malo, terrible si se quiere.

Así nos golpea el rostro este primer párrafo del libro. Pedro el ratón de John Fante o la falta de inspiración descorre las cortinas desde el título, haciéndonos saber que será un viaje interesante, necesario diría yo, un viaje hacia lo escatológico del ser. En esta primera entrega del libro el autor hace una oda a la soledad. Más que un canto es aullido desesperado sin mover la boca. Estar solo provoca esas cosas, primero las mímicas se encargan de lo suyo, pero llega el momento en que hasta eso sobra y la lástima se nos pega en los ojos frente al espejo del baño. Un tipo cualquiera, un tipo que escribe, ha dejado de ser un tipo que escribe desde que se supo viviendo la común farsa y las manos se le secaron de tanto pasársela por el rostro espantando el hastío. Este hombre ha dejado de hallarse, un ratón viene a hacer conciencia de su hueco sobre los hombros, se vuelve su amigo, su camarada con voluntad de compartir el tiempo de asueto. Escribir un cuento de amor era el desafío, pero el tipo no creía en el amor, ni en su capacidad de narrar, que agonizaba, ni en la resiliencia de sus manos secas, y su amigo el ratón, de a poco, intentaba devolverle la confianza, pero el hombre es hombre y no puede obviar su naturaleza, el morbo que despierta su fe en sí mismo, así que cuando descubrió al gato cazando a Pedro, nada hizo. Tampoco movió un músculo para intentar espantar al depredador, es que él también depredaba el momento. Iba a arrancarle los pedazos a ese instante hasta devorar todo cuanto necesitaba para nutrir su hambre de creación a la par que el felino rompía la cabeza del roedor.

No podía involucrarme. Eso era la vida, y yo escribía para que los demás pudieran vivir. Dos seres, uno intentando cazar, otro intentando huir. Más real que los tipos jugando dominó en la esquina, que los poemas vacíos y la política. Más real que el amor. O lo entendí todo mal. Porque la política, el dominó, los poemas, las madres solteras, el bloqueo económico, el Estado Islámico, el amor, forman parte del mismo juego de cazadores y prófugos. Seres que intentan armarse, amar. La vida pura de los que no saben hacer otra cosa.

Ocho cuentos conforman esta bestia, ocho apéndices imprescindibles que articulan tu sinapsis entre las páginas. Es un monstruo de ocho cabezas, que a la vez son una misma, perturbada, enérgica.

Viaje al fin del otoño es una historia de amor, una de las que rehúsan cursilerías innecesarias. Lo sublime del sentimiento no lleva aderezo alguno. Mirambert, sin pretensiones de alardes ni regodeos en su prosa, va dejando claro con pulso narrativo firme que tiene una caja de herramientas lista para cada convite de sus demonios y no conoce de cuidados para usarla. Despliega su arsenal de recursos literarios cual stock de piezas exóticas y van encajando de a poco, organizadas con paciencia de artesano. No hay apuro en sus ideas, a medida que se avanza sobre el libro invade una sensación de calma, como de quien escribe con goce a pesar del tormento. Breve insinuación del paraíso es el ejemplo clave para ilustrarlo. Es un texto lleno de emociones, una sinergia de sentires envuelve las seis páginas que parecieran nunca acabar, extenderse por París entre los nostálgicos pasos de quiénes han vuelto a verse truqueados por el tiempo. La añoranza del inmigrante, el éxtasis del viajero, la recurrente magia de esa ciudad, la agonía de quien ha vivido muchos años la misma pena, resignación: ―Imagínate. Todo más o menos igual. Nuestra tierra tiene esa virtud, o esa falta de virtud; uno se pasa la vida en el mismo lugar haciendo las mismas cosas y cuando te das cuenta tienes cincuenta años, te diluiste como sal en el agua, en un tiempo sin tiempo.        

No escapa Dios nunca a ser maldecido por nuestros infortunios. Pobre de Dios y sus bondades. En Pequeños dioses Luis Enrique refleja la desidia de los hombres… no podía entender cómo había llegado ahí, buscaba en sus recuerdos, pero no había nada en ellos… el hombre había visto a Dios, y ahora sentía amor; supo que amaba a aquellos seres con los que vivía. Un amor simple como las piedras, como los animales que habitan el bosque. Amor: ir a buscar agua al pozo, hacer muñecos de heno para jugar con los niños, traer pan negro para llenar los cuerpos. Eso cada día, eso hasta el fin de los tiempos. ¿Qué pretende?, llega uno a preguntarse. ¿Es acaso esto la aceptación de nuestra dependencia mística?

Curiosamente lo que no supo fue su propio nombre, ni el de su mujer o sus hijos. Era como si Dios le susurrara al oído las palabras que tenía que saber y deliberadamente olvidara las más importantes. Por ejemplo, estos niños eran sus niños; esta su mujer, y los amaba, pero desconocía cualquier otra cosa de ellos, de él mismo. Cómo habían llegado hasta aquí, sus nombres y sus edades.

Pero hay un Dios trastocado en esta historia, como pueden llegar a ser al fin y al cabo todos los dioses y se transparenta lo que quizás a veces no sea tan propio del azar, supongo. Es un cuento que con una narrativa limpia y sobria aborda el enigma de nuestro hacer sobre la faz de estas tierras desde tiempos remotos. Queda claro: se nos ha brindado el mejor de los regalos, la capacidad de decidir, pero hay quienes temen a ese don y prefieren asumir roles según el mandato de quien sí merece levantar un único reino. Entonces existimos por la voluntad de otro que ordena y pone palabras bajo nuestras lenguas:

Ahora, levantarnos en arma, ahora, hacer un país, nacerá la independencia, porque los pastores son capaces de conducir rebaños. Hubiera dicho, ahora dejaremos de ser siervos. Pero el pastor, pese a haber visto a Dios, todavía no tenía conciencia de clase; era solo un hombre herido por otros hombres, un hombre que quería vivir en paz. No le importaba hacer un país porque en su mundo la palabra país no existía, solo existían las ovejas, los prados verdes, las montañas tintadas de azul, los lobos agazapados esperando para saltar al cuello de sus víctimas.

Sin temor a duda, este texto representa el eje del cuaderno, en él se encierran nuestros temores, el sometimiento que, aunque no aceptemos prima en nuestra condición de ser surgido y abrazado por el viento de siglos tras siglos arrastrando las mismas pesadumbres, lo basal del amor y lo supremo de los demonios que matizan esta desgraciada condición de alfas.     

Todos tenemos un centro. No hay un hoyo dentro del hoyo, / un hoyo solo es un hoyo a orillas de mí/ y Perros salvajes en la colina azul hace que parafrasee mis propios versos. Me llegan a la cabeza una y otra vez: Retrospectiva de un hoyo que fagocita, / que se tuerce, que ya no es un hoyo. / Esa sensación de caer hacia dentro hace de este cuento el corazón de la bestia. Con destreza, con la agilidad de quien lleva la razón acumulada en siglos de prepotencia, el narrador personaje de este texto nos hace un tour por los paraderos más recónditos que habitan la naturaleza humana, pasajes que nos invaden de toda una vida, matizando el desandar del hombre. No hay miramientos ante lo morboso y descarnado que pudiera resultar el cuento, a Mirambert no tiene por qué preocuparle eso pese a que este otro tipo también es un tipo que escribe… Nos hace presas de cuanto trama y la vemos pataleando en la camilla mientras echa a andar la maquinaria del hoyo. No hay merced para la chica en manos de este autor famoso que además de una veintena de novelas también pintó El rojo derramado y ahora enarbola la bandera de su desquicie frente a la sala de su casa.

En la pared resalta una pintura hiperrealista hecha por mí, la única pintura que hay… Un cuerpo clavado en la pared, crucificado, pero que no es Cristo sino un tipo que vi una vez en la calle con un rostro sumamente expresivo y que quise retratar a escala real. Desangrándose con el costado abierto como el pobre de Cristo lo tuvo alguna vez, así que puede verse parte de las costillas y un trozo azuloso de algún órgano por la abertura. La sangre, por supuesto, que es el vino agrio y nuestro, llega hasta el piso, tiñe el mármol creando un charquito con forma de algo en miniatura. Y como único mueble una mesilla, también blanca con mis libros y el pebetero colgando sobre ella.

Este párrafo cuya intención es mostrarnos la psicología del personaje, recibe a modo de breve introducción a la manada de lobos que arrasarán contigo, lector. Una historia dentro de la historia que a la vez es la misma que ya fue escrita antes de que pasara, dato que bien se esconde hasta el final del cuento y vuelvo y pienso: Un hoyo desciende entre tripas. / Diez metros de intestinos que acogen, / que se tuercen entre los ácidos del mundo.

Espejismos me devuelve al inicio de esta reseña, allá por donde les dije que huir de las luces donde siempre van a favorecerse los reflejos sería la opción más fortuita. Se transmuta el alma del personaje, cuya posición social no es paupérrima como la del pordiosero a la salida del cine y logra sentir regocijo ante ello. Un hombre común, de clase media, con negocios que avanzan y cuya felicidad se reduce a la palabra “suficiente”, un hombre sin demasiadas ambiciones, que se contenta con ver el futuro de su hijo por buen camino, tomarse algunos tragos con su mujer mirando los ocasos sobre el mar, va dándose cuenta cuán infeliz es en realidad y cuán vil su sereno modo de vida mientras tantos mueren de hambre y sed, metabolismo básico, mientras su whisky color ámbar diluye trozos cúbicos de hielo.

Los hijos del invierno así hemos decidido ser todos, bueno, decidido es demasiado contundente para lo que en realidad pasa con once millones de personas y contando. Una vez más la soledad aflora y arremete contra los de este país, digo, de esta historia. Alguien muere por la perturbación de otro, un disturbio inamovible en la mente de esos once donde una alta cifra siempre cae. La embestida es poderosa de esta parte del mundo y su autor bien lo sabe. Ahora él es ese Dios apacible que intenta poner gracia en lo que debe decir, en lo que tiene que decir, en lo que no se le aguanta dentro porque la lengua le crece y le crece, engorda acorde a ese monstruo de ocho cabezas. Ocho lenguas poderosas han de tener mucho por hablar en un solo cuerpo. Nosotros, alfas retorcidos, fatuos y solos, bien sabemos la letanía en la que habremos de yacer.  



Crónica de un ritual masturbatorio

  Reseña narrativa al libro de cuentos para adultos Sexo chatarra, de María Liliana Celorrio

Me acerqué con ganas y descubrí su texto. Pasaron años y siempre que limpiaba el librero releía, releía entre otras cosas, a veces inevitables. Té con limón, así tuvieron la gracia de llamar Dulce María Sotolongo y Amir Valle a aquella compilación que tanto dio de hablar en el gremio y que descubrí a muy temprana edad, en mi precoz adolescencia, cuando nadie estaba pendiente de lo que devoraba en materia de cine o literatura, y menos mal que así fue. Ella, que describió a sus amantes, los reales, los imaginarios, los que idealizaba tal cual sus gustos, me los fue presentando uno a uno en aquel relato contenido en dicha antología, antesala de la revisitación por la que, como íntima amiga, me haría partícipe ahora en Sexo chatarra. Dedico estos cuentos a sus protagonistas: mis amantes. A los que vendrán, los espero en el próximo libro. Quedó claro desde la dedicatoria, la cual me remontó enseguida a todas esas ocasiones en las que leí Mujer cómica mirando fotos de hombres.

Ediciones La Luz hizo alardes ante la publicación de este libro en 2019, y no es para menos; como todos los ejemplares de este sello, el resultado es admirable en cuanto a formato, estética y por supuesto, de más está decir, calidad literaria. Y fue justo de ese modo cuando me lo topé en las redes, deseando desde entonces poder tenerlo en mis manos para degustar su lectura plácidamente, como los anteriores volúmenes de la autora de Mujeres en la cervecera y Las Hijas de Sade, entre no pocos otros títulos. Dos años de tortuosa pandemia demoraron los encuentros de Ferias, la posibilidad de ir a por él y mientras tanto de vez en cuando me saltaban en Facebook las imágenes de Sexo chatarra en manos de colegas holguineros. Pero como decía mi abuela, quien de paso digo, bien pudo haber sido protagonista de alguno de estos textos, “nada llega con más placer que cuando no se espera”. Estuve entonces invitada a la Feria Internacional del Libro de La Habana y allí, en el Salón de Mayo del Pabellón Cuba, sentada justo a su lado, compartí con María Liliana Celorrio, autora de este compendio de cuentos, tan despojado de formalismos innecesarios y hermetismos insípidos. Maikel Rodríguez Calviño hizo de la presentación una fiesta y mientras yo, tuve una especie de deja vú en la que me invadieron sensaciones conocidas provocadas por la fuerza de la literatura celorriana.

Llegué al libro, y como a todo espacio de confort que habito, dediqué tiempo a cada esquina. Conversé un poco con la Liliana en la foto de contraportada, como evocándola aquella mañana de presentación, o en el salón de espera de la terminal de La Habana años atrás, cuando se despedía de Julian, compañero de aquel año en el Onelio donde nunca tuve claro que era hijo de quien se convertiría en una de mis autoras de cabecera. Allí tuve el placer de conocerla en persona, y por extasiarme casi pierdo el viaje a Pinar, rumbo a una expedición. Mariela Varona, otra de las mujeres en mi lista, me dijo: La voz narrativa de María Liliana Celorrio es una tromba de mar. Nadie puede quedar inerme ante la marea de palabras que trae a nuestra orilla. Sus historias sacuden cada rincón de lo prohibido, de lo que no debe mencionarse. El erotismo y sus pulsaciones, la repercusión de la conducta privada en lo social, la violencia doméstica y varias estratagemas para llenar las carencias afectivas, se mezclan en este libro con otras obsesiones de la autora. Sus personajes retozan o sufren con una pasión que parece inabarcable. Aquí hay cuentos que pueden hacer reír y llorar al mismo tiempo. Y el lienzo dorado con pespuntes negros de su fibra poética los convierte en piezas para redecorar. Por su desenfado, Gertrude Stein los hubiese llamado relatos inaccrochables como los del joven Hemingway. Porque son tan auténticos y honestos como la mismísima naturaleza, como trombas marinas y también como flujo y reflujo de olas mansas en nuestra conciencia. Así son estos cuentos de la Celorrio, donde hay sexo chatarra y crímenes perfectos contados con el oficio y la potencia que sus lectores necesitan. Entonces, sucumbí ante el poder embriagador de esta narrativa, donde cuento a cuento me acompañaron situaciones un tanto místicas que solo hicieron más orgásmica su lectura.

Luego del primer día de Feria en la capital, reencontré a una coterránea con la que compartiera algunos años antes en un evento literario. Juntas nos fuimos a la Casa de la Poesía donde un programa bastante interesante esperaba por nosotras. Ese día hablamos de Sexo chatarra y compró dos ejemplares: uno para ella y otro para su novia. Varias veces comenzamos a leer La besadora, ¡que ganas de leer teníamos!, pero la adrenalina de tantos libros, lecturas, presentaciones, vida nocturna, nos desvirtuaban de llegar a él con la concentración necesaria. Pero un día, luego del almuerzo, tirada sobre el sofá de su cuarto, mientras el frescor de la tarde entraba por el portal abierto hacia el Capitolio, logré ver en el libro cómo se besaba con extraños, y sentí ganas de ir a sentarme en un parque y comenzar a escudriñar. Fue inevitable pensar en Liliana, acechante en las sobras de un banco. Luego supe que mi amiga había podido ya, más calmada, comenzar a leerlo y presa, ahora no podía parar. Vamos a… había escuchado en boca de su propia autora, vamos a… se enredaba el Coralillo del Sexo chatarra de la Celorrio, mientras la escuchábamos en la presentación y no pocos desde sus asientos cambiaron de color. Vamos a… palabras mágicas que entraban por su oído y se dormían en el pabellón de su oreja para después despertarle los pulsos. Los poros recibían una lluvia y la piel se estiraba y por una extraña reacción química se volvía resplandeciente… Vamos a singar… Pero este no es un libro sobre sexo, no es literatura netamente erótica que existe para removernos la libido, no, hay un equilibrio magistral entre los textos, que inicia con La cadena de oro. Confieso que tuve que releer el cuento más de dos veces para sentir que su esencia me envolvía, en ese afán de sentirme abrazada por lo que ansío. El surrealismo en el relato es notable y nunca pude imaginar que semejante mezcla fuese a albergarse entre las páginas de este tomo. También lo lírico de su autora toma partido y resaltándolo con bolígrafo encerré entre corchetes gigantes el siguiente párrafo: Aprendió a escribir poemas por la revelación de un poeta que profesaba la idea de que la poesía debía nacer naturalmente como las hojas de los árboles, si no, sería cadáver o farsa. Escribía lo que bajaba de su corazón hasta su mano, deprisa, palabras como tiernos brotes que después se desparramaban en cuadernos, cajas de cigarrillos o servilletas.

—A mí me gustan los negros. Siempre me han gustado.

Todas la miramos. No pasaba de ser la mujer correcta, sesenta y tantos años, casi anodina.

—Los negros no huelen bien. Cuando se “calientan” huelen a petróleo quemado.

Ahora fue ella la que nos miró, no fue una mirada común, tenía un leve destello de sabiduría y yo no quería pasar de algo así. (…)

Así se asoma narrando la protagonista del cuento que da título al libro y la naturalidad del discurso es rotunda, presta para que de pronto te asalten las ganas de gritar a todo pulmón: “a mí también me gustan”, confieso, aunque tampoco sea muy ducha del góspel ni el blues, ni haya leído a Toni Morrison. Va entonces uno, descubriendo ya en éste, el tercer relato del libro, la armonía narrativa de la que les hablaba y me es tan familiar que sonrío, pues, eso mismo intento en mis libros cuando armo un cuaderno, intercalar las intensidades de los textos con el fin de que no haya saturación posible al lector. Un grupo de mujeres conversan hasta que dos amigas quedan solas y establecen un diálogo coloquial sobre los negros y sus bondades. —Pero tú tan blanquita, ¿Cómo fuiste a empatarte con un niche? (…) En resumidas cuenta lo que tenías no eran penas de amor, sino fuego uterino, hambre de sexo chatarra. (…)

El confort, lo digerible y ameno de la lectura te hacen eco de ese acto de antropofagia amorosa y la escuchas decir desde cerquita mientras llena de pasión se saborea los labios y sonríe: musitaba una oración cuando estaba eyaculando dentro de mí, yo sentía sus espasmos, su semen limpiándome toda la hojarasca, llenándome de cauces y riachuelos y entonces comprendí el poema de Emilio Ballagas, la sandunga de Lorca, la voz pastosa de Carbonrell, me entró un patriotismo extraño porque descubrí mi identidad en un instante y en ese instante besé la memoria de Fernando Ortiz. Dicen que el amor es la causa perdida entre el sexo y la risa, pero descubres lo antagónico de la frase hacia el final de este cuento, pese a su desgracia no podrás evitar reír.

Leer:

El perfecto sexo vs sexo chatarra o la vida es una reverenda mierda…

Deus ex machina se me antoja real y maravilloso y por momentos viajo al Reino de este mundo y Carpentier se me asoma entre líneas, no sé, quizá sea solo producto de mis aberraciones makandelianas. En Ensarta de pescados tuve que detenerme y respirar profundo. Es innegable la relación de Liliana con el mar, lo lleva en los genes y en los últimos tiempos yo también he sido adoptada por él; ¿será acaso una estrategia? ¿Nos colecciona? Marcela se había reconciliado con el mar y soñaba mudarse para la costa con su perro Gandalf. La casa de madera estaría cerca del agua y ella podría corretear con el perro al amanecer y verlo saltar y morder la espuma, a los extraños, esa felicidad no tendría comparación, oír el chirrido de las gaviotas y el sonido del océano grande y macilento, verde u oscuro, con caracolas y pedazos de conchas partidas (…)

Detalla esa escena, ¿acaso no eres capaz de sentir el olor a mar, la brisa golpearte el rostro al punto de saberte ahí, saludando a quien pase, como si llevaras toda la vida postrada en la arena? Conforme avanzas en la historia las ganas no se quedarán solo a la sombra acechante mientras te revuelcas a su par sobre el camastro, en el fervor del ritual masturbatorio que un extraño invade, su placer tenía que ver con el silencio, el ruido del mar por la madrugada como si se hubiera vaciado de toda podredumbre y en el agua solo quedaran relámpagos de bondad.

El desamor también tiene cabida en estas páginas ante La soprano del vestido rojo. Nunca quedamos inerves ante tal sentimiento. The mamadas and the papis llega casi hacia la mitad del libro una vez más con la intención de mezclarnos sensaciones y al final, sin darnos cuenta reímos macabramente, sintiendo que somos culpables al recordar “mil maneras de morir”. Un texto fresco, necesario e ingenioso en el libro, como todos. Lamento griego hace un stop para que tengamos tiempo a reposar antes del Mirahuecos, amante con fatídico desenlace como aquel comprador de cuadros de mamadas… Confundida llegué a pensar en él, a cogerle cariño. A esperar que dejara más flores sobre su cama la mañana siguiente, como anunciando el regreso a la ventana cuando se hiciese de noche. Al principio el morbo embriaga con fuerza, pero luego el pulso narrativo de Celorrio convida y bastarán tres páginas para querer uno igual para ti. Tranquilas aguas te anudará el pecho. Deberás cerrar el libro de un tirón y mecer el balance con la intención de acomodarte dentro el vaivén las emociones. Y volverás a mecerlo, quizá con más fuerza Bajo las frondas. 

A mi manera, en el menú, es como la especialidad de la casa, oasis donde convergen las intencionalidades del libro. Un recorrido donde los gustos musicales de la autora encierran la provocación que traen las canciones y músicos a las que hace referencia. Siendo el texto más largo de Sexo chatarra el cual transitarás sin reparos, bien cabe extasiarse en Caetano, Gal y María Bethania. Fue inevitable no sentirme cómplice ante tales conclusiones y divertida ver cómo se ponían rojos mis mofletes ante la cara de madre, que abanicaba su angustia una tarde de apagón. A veces me gustaba tener monilias, porque eran exquisitas para masturbarse, no así para templar porque inmediatamente pensaba en enfermedades venéreas y era mejor ponerse los óvulos (…) Recordé que mi amiga había puesto este mismo fragmento días antes en sus estados de WhatsApp alegando las geniales ocurrencias de Liliana. Sin duda alguna ya se había devorado el libro.

Leer:

Sexo chatarra: las provocaciones de María

El hijo del sol tuvo la gracia de llenarme de ternura, de ganas. Me encantan los hombres con el pelo largo, y aquí, no solo tiene una trenza infinita, sino que lleva el color de la tierra árida de Centro América, sus antepasados tatuados en el alma y la convicción de amar una sola vez. Tiene que haber tenido todo el propósito su autora para quizá derretirnos, más allá de comprender a la protagonista con sus ansias de contaminar la inocencia de un hombre. Cuando lo vi, un poncho multicolor escondía su espalda maciza y su sexo morado, por eso del cuento de los aborígenes. Era del cantón de los Saraguro y hablaba quechua. Tocaba una flauta que llamaba dulce y dijo se llamaba Inti Yupanqui y que su nombre significaba hijo del sol, yo imaginaba su pelo suelto sobre mis senos, aspirando subrepticiamente su olor de hombre primigenio.  

La homogeneidad del libro es indisoluble y así se transita entre Traspolación (menos intensidad), Mentiras piadosas (más intensidad) otra vez entre mujeres agobiadas por la inopia de los amores; Máscaras y Los perfectos crímenes del corazón, enlazados precisamente por las pasiones malditas, terminan de entretejer junto a Diario la diversidad temática que aborda este volumen, eco poderoso de todas nuestras voces juntas: Aún puedo respirar. Soy Borka, la reina del África. El monzón del Sur. La piedra del camino. INVENCIBLE…

Así se sienten mis manos luego del peregrinaje… 



Nosotras

Reseña al libro Tiempo de Mujer, de la autora Laidi Fernández de Juan

El título que hoy les presento constituye un libro atípico, original. Para serles sincera, no he logrado definirlo dentro de un género específico; no son cuentos, ni relatos, no es prosa poética, no es un ensayo, ni testimonios, son… algo así como una especie de viñetas, textos que captan magistralmente la esencia, el sentir de la autora respecto a tópicos cotidianos en la vida de las mujeres cubanas, que bien pueden extrapolarse a la mujer universal, dado que temas como: el poco tiempo libre de la mujer trabajadora, madre de familia, hermana, esposa, hija; el modo de entender, enfrentar y superar el fenómeno del “nido vacío”, ese momento cuando los hijos parten, cuando les toca hacer sus propias vidas; la violencia de toda índole; los estereotipos sociales; los cánones de belleza; las disímiles posturas acerca del “amor romántico”; la subestimación hacia el sexo femenino; la sobrecarga de responsabilidades bajo el dicho: “¿Hay mujeres?, todo va a salir bien…, que pudiera a veces parecer un cumplido pero tiene varias lecturas; entre muchas otras líneas de pensamientos vinculadas al papel que asumimos las chicas en la sociedad, son cuestiones de interés que superan las barreras geográficas o circunstanciales. 

La literatura escrita por mujeres en la Cuba de hoy tiene aroma a limpio, a frescor que abraza de pronto el alma y amanece entre versos y una prosa firme, cual tacón que araña el pavimento. Bien lo auguraba Luisa Campuzano en Las muchachas de La Habana no tienen temor de Dios… cuando en su estudio sobre escritoras cubanas desde el siglo XVIII hasta la actualidad, decía: “las autoras de las que me ocupo, comparten, por más piadosas que sean o hayan sido, la osadía de desafiar gobiernos, transgredir prejuicios, subvertir cánones…” Y sí, eso, entre otras muchas temáticas gobiernan aún hoy, dieciocho años después, las escritoras de esta Isla. Sería absurdo pretender encasillarlas, no hay nada entre cielo y tierra que les sea extraño.

Cabe entonces presentarles a Laidi Fernández de Juan (La Habana, 1961), autora de este volumen, donde escribe lo que ocurre y puede ser olvidado, lo que pasa una vez, lo que se mueve para vencer el tiempo, lo que queda, lo que se va, lo que al final cambia y se transmuta, aunque ha dejado su huella en la memoria. Ella recoge esos fragmentos, esos detalles que dejamos pasar y nos definen, y entonces les da vida, brillo, valor; los hace resonar en las normas cubanas del idioma casi siempre con un rescoldo de malicia, arrobo y bondad, con esa gracia que se trasunta en su estilo, con esa manera de escribir entre irónica, mordaz y risueña, y por supuesto con un propósito: “la vocación de dar fe”, de atrapar el tiempo, de agotar toda la trama, de acotar en la fugacidad de las cosas, de vencerlas al fin con las únicas armas posibles, es decir, con las palabras; como expresara el maestro Francisco López Sacha en la nota de contracubierta.

Aventurarse en las escasas 138 páginas de este libro, publicado bajo Ediciones Matanzas, 2019, supone una lectura hacia adentro, una suerte de viaje a través del espejo, donde no nos costará tanto mutar de piel para vernos en esos roles. Los textos van quedando de alguna forma organizados bajo acápites temáticos donde encontraremos la siguiente secuencia: abre con “Nosotras”, luego “Escuelas”, “Cuba hoy”, “Interrogantes” y finalmente la sección más amplia, “Misceláneas”, cerrando nada más y nada menos que con el siguiente título: “Per, prejuicios y estereotipos”. La autora va dejando, a modo conclusivo, su punto de vista respecto al tema que aborda, el cual, para beneplácito de lectoras que, como yo, aspiramos a comprensiones y tolerancias sociales cada vez más holísticas y diversas, resulta atinado y acorde a nuestros momentos actuales y segura estoy de que seguirá siendo acorde también con tiempos futuros, pues, aún queda mucho por desmitificar, por descodificar respecto al papel de la mujer en la sociedad. Es tiempo de mujeres, no cabe duda, resurgir de las cenizas de todas las brujas que ardieron bajo el fuego del miedo y la ignorancia es y deberá seguir siendo premisa para el triunfo.

Hablando en plata, donde hay mujeres, no hay fantasmas, sino una montaña de deberes más o menos placenteros. Montaña a la que entramos con uñas y dientes, sin saber qué, quién ni cómo nos espera; pero a la que hay que entrarle con todas las ganas posibles. “Todo va a salir bien”, parece el lema de la mujer contemporánea, esa que sacude las añoranzas, respira hondo y tira hacia delante.



Fisura de luz

Para crecer fuerte, primero se debe

hundir las raíces en la nada, aprender a

enfrentar la soledad más solitaria (…)

Debes estar dispuesto a quemarte en

tu propia llama… ¿Cómo puedes volverte

un ser nuevo y fuerte si primero no

te transformas en cenizas?

 

Nietzsche

 

De una grieta nacen estos cuentos, dice su autor y automáticamente imagino personaje tras personaje saliendo de la estrecha abertura en medio de una zona árida. Según emergen va llenándose de colores el mustio paisaje. Pasamos de cazador a presa, y viceversa, en el primer cuento que regala Deambulantes: segundo libro publicado por el sello editorial Primigenios, del escritor habanero David Martínez Balsa. Una vez más, la entrega del autor de Katabasis y Minutos de silencio afianza un estilo escritural estribado en la limpieza de una prosa firme, certera, que deja reconocer la pluma de su autor línea a línea conforme avanza.

Naturaleza marca bien la pauta de todo el cuaderno, haciéndonos saber que el entremés deja un gusto a “escudriño psicológico” muy bien llevado con el uso de la segunda persona narrativa, otra de las marcas de agua de Martínez Balsa, quien gusta además de enumerar las escenas en las historias, haciendo de tal maña un artilugio que dota al cuento de tensión, especie de recurso nemotécnico que logra surtir el efecto impacto de forma eficaz. Horacio es el primero que nace de esa hendidura, presto a volvernos caza fácil ante la gracia literaria de su autor.        

 

«Oculto detrás del espeso matorral, aguardas el arribo de tu presa. Apenas cambias la postura; tu respiración, lenta y muy sutil, se funde con el viento, desaparece entre sus murmullos. Te has vuelto un experto en pasar desapercibido. Al principio, eras un manojo de nervios, tan inquieto que hasta un ciego repararía en ti. Meses después, hallas difícil de aceptar la extensión de tus progresos. Ya mereces el título honorario de cazador, sometido a las disciplinas del sigilo, inmune al apuro o a las necesidades básicas del cuerpo».

 

Si alguna duda arribó a tu mente en la primera parada, Andar entre los vivos será el impulso que catapulte tus ganas hasta el final. En este texto asomarán las primeras conclusiones sobre el libro, sin duda alguna, la profundidad de sus personajes, el rebusque constante entre sus más intrínsecas manías y tormentos, será plato fuerte en la obra, alimentando nuestro morbo.

«De pie en el borde del hoyo, Heriberto empuja el cuerpo del oficial, que rueda y se precipita al interior, junto al resto de los cadáveres. Se acomoda bien el anillo en su dedo anular. Luego, empieza a internarse en la jungla, mientras intenta revivir cada paso que dieron los miembros de su pelotón antes de la emboscada, antes de que aquel primer balazo destrozara el pecho del Navaja. Esos pasos lo devolverán a casa, le permitirán convertir esta noche en una historia que rememorar en el futuro; otra hazaña a engordar su arsenal de anécdotas de combatiente».

 

Los cimientos, hace un stop necesario en el libro, una especie de sombra que devuelve el aire al cuerpo cuando se camina agitado.

 

«Después de la placa de la sala, el dinero se fue a pique y el mismo hueco por donde escapó, se trancó y no devolvió nada más. La casa quedó a medio hacer durante casi seis meses. Te partía el alma ver aquel híbrido, mitad concreto y mitad madera, igual a un cuerpo en un largo proceso de descomposición. Los huecos abiertos en el patio para los dados, los arquitrabes de las columnas ya listos, bueno, la mayor parte, porque las cabillas se perdieron del mercado negro; algunos sacos de arena tendidos en el cuarto designado almacén temporal de materiales, el olor a cemento que no se iba sin importar cuantos cubos de agua la vieja echara y le diera haragán».

 

La casa adopta un poco el protagónico en este texto, donde pareciera estar uno batiendo mezcla entre aquellos hombres para fundir la placa, es lo que provoca la cercanía que abraza la primera persona escogida con oficio por su autor. No obstante, pese a la tregua que muestran sus primeras páginas, a medida que progresa el cuento, reaparece el mismo hilo conductor de todo el compendio. La naturalidad de sus personajes hace que sientas cómo te susurran al oído, vas volviéndote cómplice de aquel dato que bien jugaba a esconderse desde el principio y tantas veces se desdibujó para luego unir de a golpe todas las hebras.

 

Miriam llena a uno de una mezcla de sensaciones a las que se hace imposible voltear el rostro. No hay forma de escapar ante el dolor, pitan los oídos mientras la almohada se afinca en la cara de su madre. El hedor que emana del cuento se nos cuela y se aloja en el encéfalo revolviéndonos el alma. El sentimiento de complicidad toca a la puerta, deambulante, y asusta. 

«En más de una ocasión alimentó la idea de detenerse, de apartar la almohada, pero las imágenes del pasado y de su futuro se estampaban una y otra vez contra sus ojos y Miriam solo conseguía apretar más y más. Al notar la ausencia de movimientos y los sonidos extintos, retiró la almohada. Un rostro macilento, roído por los años y las fauces del cáncer, le prodigaba una mirada de horror reforzada por una boca abierta, sin dientes. Miriam le cerró los ojos y colocó la almohada detrás de su cabeza. Se incorporó de súbito, presa de temblores, incapaz de controlar su respiración. Una súbita urgencia de vomitar la dirigió al baño, pero nada aconteció, salvo varias arcadas. Lavó los arañazos en su antebrazo y mientras el agua arrastraba la sangre hacia el tragante, Miriam notó la tensión desprenderse de ella cual una nube tóxica. Pronto, el alivio devoró la culpa y ya los días venideros perdieron la incertidumbre».

 

Uno a uno, sin chance a pestañear, siguen apretándonos fuerte los cuentos de este libro, con esa necesidad tan grande que se siente desde el inicio; es menester que escuchemos con atención, necesita decirnos algo, y lo hace. Hablar de Deambulantes, el texto que da título a la obra, me llena de pena. Un dolor me invade y llegado a este punto no seguiré reseñando en plural, no cabe, y apuesto, sin temor a equivocarme, que una vez avances hasta aquí, tampoco sentirás ganas de alejarte. Expectar desde la otredad, distante, no será una opción.

 

«—Sí, mientras haya alguien allá afuera, en el mundo de los vivos, que se acuerde de ti, que te mantenga en su memoria, pues entonces tus ropas nunca parecerán llenas de polvo, medio podridas, ni tú lucirás descompuesto.

—¿Y si no se acordaran de mí?

—Pues te verás más o menos parecido a la vieja esa. Aunque ella anda bien. No quieras ver los especímenes que me he encontrado yo. Pero no te preocupes, no tienes cara de ser mal tipo, estoy seguro que se acordarán de ti.

—¿Y cuándo no quede nadie?

—Si los tuyos mantienen fuerte tu recuerdo, siempre habrá alguien. Y suponiendo que la cosa se ponga bien mala, no te sofoques, ese proceso es lento».

 

Este, el quinto cuento del libro, hace que el folleto se reajuste el cinturón, acomode la camisa por dentro y apriete la corbata. La confabulación entre el personaje principal y su autor conduce las líneas de la historia, salta a la vista. El dolor se apropia de quien lee, nos vamos sabiendo víctimas de ese mismo derrotero algún día, quizá no muy lejano y una nostalgia tremenda anida en medio del pecho.

 

Bajo el sugerente título de Demonios en túnicas de hombre llega el sexto cuento, remarcando lo que ya en una entrevista comentaba sobre la atinada selección nominal de Martínez Balsa para sus obras. Con nitidez cinematográfica disfrutamos escena tras escena de esta especie de thriller literario que, aunque queda clara su naturaleza fría, no resulta en una crudeza visceral, y eso está bien, el lector siempre agradece las coherencias estilísticas y es que su autor se mantiene comedido ante ciertas tendencias donde lo gráfico tiende a sobrar cuando se ha logrado la atmósfera adecuada para que el mensaje llegue alto y claro.

 

Con ganas de un próximo cuento, debo admitir, arribé a DIRTY BUSINESS regodeándome en la camaradería que sentí por conocimientos afines a la temática, más, una vez en el fin de la primera escena, mis ojos se entornaron y frené de sumar inverosimilitudes en ese alter ego que se impone cuando conocemos a fondo de algo; ya no era posible reparar en tales simplezas, el texto obliga a prestar atención, toda la atención que requiere leer con esmero el ultimo cuento de un libro que tanto nos ha musitado al oído.

 

Con el mismo tono ecuánime de los anteriores, la limpieza estilística que ya va haciéndose notar claramente en la pluma de David Martínez Balsa, el lenguaje coloquial que caracteriza su narrativa sin rozar jamás el filo de los comodines que las jergas pueden ofrecer, ni verbo sensiblero alguno pese a los análisis que asoman en sus textos, con una pincelada de parábola quizá, llega triunfal este tercer libro del joven escritor cubano, cuyas grietas prometen seguir pariendo historias llenas de mundo.



Reseña al libro Tiempo de Mujer, de la autora Laidi Fernández de Juan

El título que hoy les presento constituye un libro atípico, original. Para serles sincera, no he logrado definirlo dentro de un género específico; no son cuentos, ni relatos, no es prosa poética, no es un ensayo, ni testimonios, son… algo así como una especie de viñetas, textos que captan magistralmente la esencia, el sentir de la autora respecto a tópicos cotidianos en la vida de las mujeres cubanas, que bien pueden extrapolarse a la mujer universal, dado que temas como: el poco tiempo libre de la mujer trabajadora, madre de familia, hermana, esposa, hija; el modo de entender, enfrentar y superar el fenómeno del “nido vacío”, ese momento cuando los hijos parten, cuando les toca hacer sus propias vidas; la violencia de toda índole; los estereotipos sociales; los cánones de belleza; las disímiles posturas acerca del “amor romántico”; la subestimación hacia el sexo femenino; la sobrecarga de responsabilidades bajo el dicho: “¿Hay mujeres?, todo va a salir bien…, que pudiera a veces parecer un cumplido pero tiene varias lecturas; entre muchas otras líneas de pensamientos vinculadas al papel que asumimos las chicas en la sociedad, son cuestiones de interés que superan las barreras geográficas o circunstanciales. 

La literatura escrita por mujeres en la Cuba de hoy tiene aroma a limpio, a frescor que abraza de pronto el alma y amanece entre versos y una prosa firme, cual tacón que araña el pavimento. Bien lo auguraba Luisa Campuzano en Las muchachas de La Habana no tienen temor de Dios… cuando en su estudio sobre escritoras cubanas desde el siglo XVIII hasta la actualidad, decía: “las autoras de las que me ocupo, comparten, por más piadosas que sean o hayan sido, la osadía de desafiar gobiernos, transgredir prejuicios, subvertir cánones…” Y sí, eso, entre otras muchas temáticas gobiernan aún hoy, dieciocho años después, las escritoras de esta Isla. Sería absurdo pretender encasillarlas, no hay nada entre cielo y tierra que les sea extraño.

Cabe entonces presentarles a Laidi Fernández de Juan (La Habana, 1961), autora de este volumen, donde escribe lo que ocurre y puede ser olvidado, lo que pasa una vez, lo que se mueve para vencer el tiempo, lo que queda, lo que se va, lo que al final cambia y se transmuta, aunque ha dejado su huella en la memoria. Ella recoge esos fragmentos, esos detalles que dejamos pasar y nos definen, y entonces les da vida, brillo, valor; los hace resonar en las normas cubanas del idioma casi siempre con un rescoldo de malicia, arrobo y bondad, con esa gracia que se trasunta en su estilo, con esa manera de escribir entre irónica, mordaz y risueña, y por supuesto con un propósito: “la vocación de dar fe”, de atrapar el tiempo, de agotar toda la trama, de acotar en la fugacidad de las cosas, de vencerlas al fin con las únicas armas posibles, es decir, con las palabras; como expresara el maestro Francisco López Sacha en la nota de contracubierta.

Aventurarse en las escasas 138 páginas de este libro, publicado bajo Ediciones Matanzas, 2019, supone una lectura hacia adentro, una suerte de viaje a través del espejo, donde no nos costará tanto mutar de piel para vernos en esos roles. Los textos van quedando de alguna forma organizados bajo acápites temáticos donde encontraremos la siguiente secuencia: abre con “Nosotras”, luego “Escuelas”, “Cuba hoy”, “Interrogantes” y finalmente la sección más amplia, “Misceláneas”, cerrando nada más y nada menos que con el siguiente título: “Per, prejuicios y estereotipos”. La autora va dejando, a modo conclusivo, su punto de vista respecto al tema que aborda, el cual, para beneplácito de lectoras que, como yo, aspiramos a comprensiones y tolerancias sociales cada vez más holísticas y diversas, resulta atinado y acorde a nuestros momentos actuales y segura estoy de que seguirá siendo acorde también con tiempos futuros, pues, aún queda mucho por desmitificar, por descodificar respecto al papel de la mujer en la sociedad. Es tiempo de mujeres, no cabe duda, resurgir de las cenizas de todas las brujas que ardieron bajo el fuego del miedo y la ignorancia es y deberá seguir siendo premisa para el triunfo.

Hablando en plata, donde hay mujeres, no hay fantasmas, sino una montaña de deberes más o menos placenteros. Montaña a la que entramos con uñas y dientes, sin saber qué, quién ni cómo nos espera; pero a la que hay que entrarle con todas las ganas posibles. “Todo va a salir bien”, parece el lema de la mujer contemporánea, esa que sacude las añoranzas, respira hondo y tira hacia delante.



Literatura, remedio santo contra los bichos en mi cabeza

No sabe uno cuándo se cruza la puerta, usualmente solo caminas hacia ella, se gira el picaporte y entras, o sales. La narrativa de este joven autor cubano, que atesora no pocos lauros, es una constante invitación a ese pasillo que incita, sutil, a que te adentres sin temores al filo de sus letras. Bastó desear Katabasis para girar el llavín. Recorrí junto a sus reos, las celdas, el patio, sentí pena del “Pisa Flores” y una sensación de cercanía me hizo suya, el libro me atrapó. No hay nada mejor que saberse atrapada por los libros. Con la gracia de una pluma bien cuidada, David Martínez Balsa va llegando a su sello escritural, donde el realismo será siempre la manta que, pese a la crudeza, con dulzura nos cubra.

Ganador de importantes certámenes literarios como: Mención en el VI Concurso de Literatura Fantástica “Oscar Hurtado” 2014; Beca de creación literaria “El Caballo de Coral”, en 2015; primera mención en el Concurso de cuento “Camello Rojo” 2016; tercer Premio en el Concurso Juventud Técnica y Premio David en la categoría de cuento, ambos en 2017; inalista del Premio Pinos Nuevos 2018; mención en el Premio “La Edad de Oro” 2020; segundo Premio en el Concurso Farraluque de Literatura Erótica 2021; Premio Regino E. Boti de Literatura para niños y jóvenes 2021; mención en el Premio Bustos Domecq 2021, de novela; cuenta con dos libros publicados Minutos de silencio, Ediciones Unión (2019) y Katabasis, Editorial Primigenios (2021). Mención en el Portus Patris, 2021, con la obra Zil 131. Sin dudas, un joven al que el tiempo para crear siempre le es escaso.

¿Cómo fueron los inicios de Martínez Balsa en la literatura?

Mis padres siempre fueron el impulso para hacer de la lectura un hábito, una constante, sobre todo mi padre, que era un lector muy voraz. La necesidad de escribir, ese apremio de contar historias fue el detonante para comenzar en este oficio, que en un principio se manifestó a través del dibujo, las historietas, pero eventualmente recurrí a la escritura porque dibujando soy un desastre, y probé, probé, y aunque los primeros pasos no fueron los mejores, me permitieron descubrir una excelente forma de ventilar mis inquietudes, de darle salida a esos bichitos que andaban comiéndome el coco, y, por supuesto, sí, la lectura ha sido crucial en mi desarrollo como escritor.

Entonces, David, una vez que decidiste ponerle “magia al coco”, cuáles fueron esos referentes que te acompañaron en ese decursar, sin los cuales hoy, tal vez, te sería inimaginable.  

Realmente son muchos, pero puedo intentar mencionarlos, entre los que más me han influenciado están: Vargas Llosa, por la destreza narrativa que siempre exhibe en todo su trabajo, cómo juega y experimenta con las técnicas dándole un toque de sencillez; Flaubert también me gusta muchísimo por sus descripciones casi cinematográficas, la originalidad, con él aprendí la importancia de la revisión, el valor que tiene leer en voz alto el texto, cómo encuentras barbaridades al escucharte, las cuales se hacen imposibles de ver cuando solo lees; el chino Heras, que creo que siempre será un referente para todos los que pasamos por el Onelio, o hemos tenido el placer de leer alguno de sus libros. En mi caso, su volumen La guerra tuvo seis nombres, fue un gran apoyo pues, cuando lo leí estaba comenzando a escribir Minutos de silencio y la influencia de su narrativa me fue de gran ayuda para el desarrollo de mi libro, un gran empuje; a Sergio Acevedo lo admiro por lo técnico que es en su literatura, por lo perfeccionista y por enseñarme a ser intransigente con mis textos. Padura también me ha nutrido, por su aporte a la literatura realista policíaca en el entorno cubano; Luis Rogelio Nogueras, por la naturalidad de su prosa, sus diálogos. Existen otros, a los que no me gustaría dejar de mencionar ya que diversifican esos referentes, entre ellos está Stephen King, a pesar de no ser muy bien visto por la crítica especializada, pero que para mí, es un maestro.

Ya que mencionas en tus referentes a algunos de los profesores del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y cuánto ha nutrido a tu formación el poder haber interactuado con ellos, quiero hacerte una pregunta, que en las redes ha tenido sus momentos de auge polémico en los últimos tiempos: ¿crees que realmente los talleres literarios son necesarios, cuán imprescindibles los sientes?

Considero que no deben ser ignorados los talleres literarios, son necesarios, siempre se aprende, así sea mínimo, pero nunca se va uno con las manos vacías. En el caso del Onelio, es una joya, una gran oportunidad para el escritor amateur, a pesar de que siempre se dice que “nadie puede enseñarnos a escribir, que es un don que simplemente se tiene o no”, más allá de eso, ahí te entregan las herramientas necesarias para desarrollarte mucho mejor en este ámbito, lo aprendí ahí y en otro curso que pasé también. No solo entregan los instrumentos, sino que alimentan el ánimo, brindan empuje para emprender una carrera en el mundo escritural, permite que conozcas a otros escritores, intercambiar ideas, retroalimentarnos unos con otros. Pienso incluso que hay pocos, debieran ser más los talleres literarios en Cuba. Y bueno, como todo oneliano, siempre he anhelado el retorno a esas aulas. Si eso pasa, el deseo de querer repetir el curso, entonces es porque realmente muchas cosas mágicas trae consigo.

Nos comentabas que hubo otro curso-taller que pasaste con el grupo Punto de Giro, donde tuviste la oportunidad de armarte de herramientas con fines escriturales bastante amplios. ¿Cómo llegaste a este curso? Quizás para los lectores resulte de interés saber que existen otras opciones.

A ese curso llegué a través de un anuncio en el periódico, hace realmente ya unos cuantos años. Era auspiciado por un grupo de escritores que se hacía llamar así “Punto de Giro”, desconozco si hoy en día sigue funcionando, pero era muy interesante. Un curso muy sencillo, nos reuníamos en una biblioteca en 100 y 51 y recibíamos clases de un joven profesor, con un increíble conocimiento tanto de literatura, como de cine, radio, y eso nutría mucho al proveernos de un punto de vista más holístico buscando relación entre todas esas manifestaciones del arte y la literatura, los modos de hacer, apropiarnos de técnicas. Fue como el preámbulo de lo que vendría en el Onelio.

Portada MINUTOS DE SILENCIO

¿Por qué escribir realismo, qué hace al género tu zona de confort?

Bueno, la narrativa realista a mí siempre me ha brindado mucha comodidad, por las libertades que ofrece para explorar, tanto en tus propias experiencias como en las de otros. Es ideal para tratar todo tipo de inquietudes, vigentes o no, de hecho, muchos opinan que es un género gastado, manido, porque se han tocado ya tantas puertas que no queda tela por donde cortar de modo que suene original y mueva al lector. Pero yo siempre he creído que no es el tema que se toque sino la vía para tocarlo, está en ser innovador, en la manera de hacer. Pienso que siempre va a haber de qué hablar, así es la realidad, cambiante, nunca estática. A pesar de los clichés, de los lugares comunes, a los que no escapa ningún género, no es solo en este, no creo que vaya a pasar de moda. Para mí es todo un reto precisamente por eso, porque es uno de los más explotados, y tener que reinventarme todo el tiempo para huir de lo manido, me mantiene motivado.

¿Crees que sean los escritores de realismo, cronistas de su tiempo? ¿Deben serlo?

 Sí, me parece que los escritores de realismo de una forma u otra son cronistas de su tiempo, ya sea de manera consciente o inconsciente, es inevitable que se nos cuele esa realidad a la hora de escribir, por mucho que tratemos de despegarnos, siempre se nos traspapela. Incitamos a los personajes o a la situación de modo que se refleje nuestra realidad, nuestras perspectivas. Pero creo que esta condición no es exclusiva de los escritores de realismo, sino de todo el que escribe, incluso hay escritores de CF y F que también cuelan esa realidad objetiva en sus historias de alguna forma, saben disfrazar muy bien su narrativa pero el mensaje está ahí.

¿Cómo fue la llegada al grupo de tu primer libro: Minutos de silencio?

Este primer libro llega al público gracias a Ediciones Unión, que lo publicó en 2019 tras haber ganado el Premio David en 2017, y tengo entendido que disfrutó de una muy buena acogida por parte del público, incluso hasta se barajó la posibilidad de una segunda edición, que por desgracia no pudo concretarse. Del libro en sí, de la labor de la editorial, realmente no tengo ninguna queja, hicieron un trabajo excelente, la diseñadora, el equipo de promoción, me consultaban constantemente para todo, desde la corrección de un párrafo hasta la cubierta del libro. Me sentí más que protegido como autor y bienvenido y como primera experiencia en el mundo editorial, fue muy grata. Y bueno la alegría de haber publicado un primer libro es una que no tiene nombre, no hay palabras para describir eso, de este primer libro siempre voy a estar orgulloso.

Grato ha sido saber que gozaste de una entrada por la puerta ancha en el mundo editorial en Cuba, y de seguro no será el único picaporte que se gire a tu favor porque proyectos no faltan. ¿Qué metas están próximas a vencerse, Martínez Balsa?

Bueno, ya comentaba sobre Minutos de silencio, mi primer libro, y Katabasis fue otra de esas metas vencidas recientemente, publicado por Editorial Primigenios en este año. En estos dos libros seguí, al escribirlos, más bien una fórmula conceptual, conservadora, donde todas las historias están concatenadas y tal; en Minutos de silencio el tema fue la guerra en Angola y con Katabasis, la prisión. En ambos exploré mucho los golpes psicológicos que dejan situaciones de vida como éstas.

En proceso editorial tengo una novela juvenil: Los caciques, enmarcada en un pre becado, donde un grupo de muchachos se las dan de justicieros; es un libro a cargo de la Editorial Gente Nueva, con la excelente editora Gretel Ávila. También tengo en proceso editorial por Ediciones El Mar y la Montaña, en Guantánamo, el libro de cuentos Amarrados al puerto, libro de literatura juvenil, que resultó premio en el Concurso Regino E. Boti. Presenta temáticas acordes a ese trance entre la niñez y la adolescencia. Tanto este como Los caciques, representan para mí una incursión en la LIJ, alejándose de lo que ya había escrito y publicado antes, y bueno, estoy feliz con los resultados. Por la Editorial Primigenios está próximo a salir otro libro de cuentos míos, Deambulantes, que trae también sorpresas.

Trabajo en varios proyectos de libros nuevos, novelas incluso, con las cuales mantengo lleno el horno de la creación.

Siempre se mantiene uno en el camino de la aprehensión cognitiva, pero, habiendo recorrido ya este trecho de lauros y publicaciones, pudieras hablarnos entonces un poco sobre “estilo”, me comentabas que todavía estás en la búsqueda de tu sello, de posturas estilísticas dentro de la literatura.

Estoy todavía en un proceso de descubrimiento, de exploración, buscando el estilo que más me asiente, pero bueno, creo que en realidad esa búsqueda es uno de los mayores atractivos de la carrera como autor, porque, de hecho, hay muchos autores que han asegurado nunca haber encontrado un estilo, ni una postura ya que es una búsqueda constante, y esa exploración, esa búsqueda, esa exigencia para con uno mismo es muy atractiva, cautivadora y es algo que disfruto muchísimo.

No obstante, por el momento, suelo usar un estilo directo, me asisto mucho del diálogo, de vez en cuando lo salpico un poco de imágenes más cargadas, gráficamente hablando, de esas que golpeen, de modo que encuentre un equilibrio entre lo que te golpea en el rostro y lo que luego acaricia. 

Portada KATABASIS

¿Cuáles son esas mañas de las que no puedes despegarte en tu proceso creativo?   

Para escribir necesito encerrarme, equipo mi cuarto con mucho café y cigarros (para mi desgracia esto último) y rodeado de música, entonces comienzo a escribir. Aunque resulte irónico eso del ruido alrededor, ya que por lo general se suele necesitar silencio para concentrarse, a mí me sucede todo lo contrario, es así como logro mi tranquilidad, con Rock sobre todo. Depende también del estado de ánimo. Puede que un día no tenga que asistirme de la música, pero lo que jamás puede faltar es el café el cigarro y el encierro, debo aislarme del mundo para conseguirlo.      

Titular los trabajos a veces puede tornarse todo un endemoniado proceso, los nombres te llegan de a golpe, en el mejor de los casos, en otros, nunca llegan. Tiene su truco el arte de titular, en ocasiones sabemos desde un inicio cómo llamarle y de ahí nace toda la idea, otras, rebuscamos y rebuscamos hasta pretender que lo hemos conseguido. Martínez Balsa tiene esa magia de saber hacerlo, sus textos gozan de un gancho interesante para el lector. ¿Cómo lo logras, David?  

En el caso de Katabasis, sí tuve el nombre desde el inicio, significa “descenso al infierno”, es una palabra griega. Creo que lo tuve claro porque se ajusta al tono del libro en sí, que retrata las experiencias de una serie de personajes en un mundo complejo, difícil, como lo es el de las prisiones; pero no es menos cierto que, en ocasiones no tenemos la idea concreta del título ideal para la obra y ponemos uno provisional. Fue lo que me pasó con Minutos de silencio, no siempre tuvo ese nombre; ese libro, en su momento ganó la Beca de creación “El Caballo de Coral”, del Centro Onelio, y cuando era un proyecto de libro se llamaba Monumentos. El profe Sergio Acevedo, quien revisó el libro de punta a cabo, me sugirió cambiarle el título y que de ser posible fuese el de uno de los cuentos. Finalmente así mismo fue. De hecho, el cuento que tituló el libro lo escribí tiempo después de ganar la beca. Es el más largo del volumen, pienso que uno de los mejores logrados y que encierra bien la esencia del libro.

En el caso del cuento Ataúdes, una obra muy breve, minicuento de hecho, contenido en el volumen inédito Mendigos, tampoco corrió la suerte de llamarse así desde el principio, le había puesto Prado, que es el apellido real del hombre en quien me inspiré para escribir la historia, amigo de mi familia, quien desgraciadamente vivió esa amarga experiencia de perder a su hija, y bueno, de ahí surgió este texto, que luego de una relectura me di cuenta que titularlo Ataúdes lo favorecía mucho ya que hay una sincronía analógica ahí entre el verdadero ataúd que es el del niño que muere y el del padre, quien queda encerrado también en un sarcófago, muerto en vida.

Premiación David 2017 (con su padre)

Luego de esta agonía que deja en el lector el texto del cual hablábamos en el párrafo de arriba, matizar con la próxima sección de la entrevista, no vendría nada mal, así que dinos: si tuvieras que retar a duelo a un escritor, en un molino de viento al amanecer, ¿a quién sería?  

A Julio Cortázar, por los conejitos.

Si tuvieses que escribir un libro a dos manos, con otro escritor, ¿a quién escogerías?

De mi tiempo escogería a Erick Flores Taylor, y de los clásicos a Luis Rogelio Nogueras.

Teniendo en cuenta que siempre recibo respuestas bastante divertidas como por ejemplo: azul melocotón y cosas así, dinos tú, ¿qué tan raro eres?

Bastante, diría yo, aunque logro disfrazarme bien de normalito, soy tímido, introvertido, un poco temperamental, cafetero y fumador sin pausas.

¿Escribirías “de negro” un día para algún escritor?

Sí, cómo no, lo haría. Es una experiencia nueva y creo que lo haría con gusto.

¿Cine, música o literatura, en esa tortuosa elección, con cuál te quedas?

Literatura.

¿Cuál es tu escritor preferido?

Vargas Llosa.

¿Libro preferido?

La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa.

¿Libro, película y canción que nos recomiendas?

Película: Big man.

Canción: Can you feel my heart?

Libro: Y si muero mañana, de Luis Rogelio Nogueras.

He girado el llavín, dejando abierta la puerta hacia la obra literaria de David Martínez Balsa, invitándolos a que no se queden al filo del umbral, empujen sin temor, cuelguen sus expectativas en la entrada, siempre es mejor andar desprovistos de ellas, no dejes que nada nuble la disposición a descubrir nuevas letras, que es lo mismo que decir, descubrir nuevos mundos, descubrir otro tú frente al espejo de un libro, Katabasis podría ser ese primer reflejo.



Se me ha posado un duende que musita

Reseña al libro de cuentos Menú completo, del escritor habanero Abel Guelmes Roblejo. Premio La gaveta, 2019.

 

El inspector McBee no solo toca el timbre en casa de unos ojos extrañamente azules, sino que también hace un primer ruido en quien observa de este lado. Abren la puerta y comienzan a correrse las cortinas, mientras quedamos ahí, pestañando, con las manos listas para entretejer punta a punta las historias. «—¡Mara! —gritó hacia la cocina—. ¿Nosotros comemos alimentos transgénicos?» Rompe Roblejo de a golpe, con la soga holgada para que sientas que no habrá agobios innecesarios. A medida que avanza el cuento buscamos cobijo en el sofá para recrearnos cómodamente ante la suavidad del lenguaje y ese tragar sin pausa, que siente uno bebiendo con sed un vaso de agua fría. En el antepenúltimo párrafo, cuando avistas el final, algo no cuadra. La sensación de “¿pero ya?” invade, y avanzan las ganas de incorporarte casi con rabia ante lo que imaginas “un final inconcluso”. Luego sueltas la sonrisa de alivio, certero ante las conclusiones que vislumbrabas. Están ahí, premian incitando a continuar el viaje.

Vas a estar alerta en las próximas páginas. Infalible intentará tomarte por sorpresa con un Dios que hace de las suyas dándole a la historia un broche a la medida, un cierre, esta vez sí, inesperado. Por momentos ese dilema con el tópico podría resultar molesto y, por reflejo, engurruñas los ojos imaginando el dolor.  

―¿Cuántos golpes se ha dado usted en los huevos?

―Ninguno ―respondió, inmutable. Sin pensarlo un segundo.

―¿Me dice que en su vida no se ha dado un golpe?

―Sí. Nunca me he golpeado.

―¿Ni siquiera por accidente, o por una tercera persona?

―No.

Mas, todo lo que recrea alrededor del tema infalible del cuento, es un juego interesante con la realidad objetiva del lector y el absurdo que caracteriza la narración de Abel Guelmes Roblejo, en este Menú completo, compendio de cuentos ganador del premio literario La Gaveta, 2019.

Me acomodé y justo cuando cogí el impulso, el tiempo se detuvo. Como en las películas. Los pájaros detenidos en el aire, mi suegra y novia con muecas en el rostro como si hubieran salido mal en una foto. Pero eso no fue lo más impresionante, justo delante de mi suegro, estaba este señor vestido de un blanco impecable, y rostro agitado, con la mano en alto; como deteniéndome.

Huellas en el tejado nos dejará precisamente eso, la marca de haberse posado en nosotros. De entrada, ya les digo que, si alguien viene a interrumpir mi preciado tiempo de ocio con eso de que vende seguros, más le vale sorprenderme. No escaparás a la sensación de pérdida entre planos, donde lo real, de golpe se camufla con fantasía, robándote la cotidianeidad que ahoga. Un buen lector siempre agradece ser abducido. «Desde hace un tiempo para acá el mundo ha cambiado y varios fenómenos han causado que las criaturas fantásticas se descontrolaran. No solo los animales comunes han sufrido las consecuencias de los cambios en la tierra. También los fantásticos, así que tuve que dar el ejemplo en mi compañía, que, aunque pequeña, es responsable y profesional. Es un negocio de familia.» Justo por aquí ya comienzas a sentir que se te atora el primer conejito. El incrédulo señor Leo intentará ser el puente que no te deje echar a volar hasta el galope de los pegasos en el techo. Pero, nada atará nuestros pies, ni el plomo, ante un párrafo como este:

—Por ejemplo, ¿ha escuchado por las noches, el estruendo del galopar de los pegasos por el tejado, y ha visto las tejas rotas a la mañana siguiente? Por el peso de sus cuerpos, tienen que lanzarse de un lugar alto para poder despegar. Hay muchas ventanas rotas por las torpes gárgolas al posarse en ellas de noche. Tiene que entenderlas, dígame usted si pudiera andar con total agilidad luego de pasarse el día sentado en una posición, sin moverse. ¿Ha escuchado a los ángeles y sus conciertos nocturnos de arpa? ¿O visto los estragos en su jardín por los gnomos? ¿Ha sido despertado por el cuchicheo de las hadas en su ventana? Son muy bromistas, al menos se creen ellas. Mire, aquí tengo nuestro catálogo. Verá que está ampliamente cubierto.

Avanzas tan cálido entre las hojas del menú que Roblejo ofrece, sin pausa y con brillo en los ojos, haciéndote cómplice del total disfrute, que apenas notas la mitad del libro. Casi sufres el que avance y no percibas más que las ganas de nunca acabar. Y aquí, justo aquí, vas a olvidar que lo conoces, no te parecerá cercano ese que escribe, pues, tiene Abel la gracia de narrar en otro idioma sensitivo, huye sin proponérselo a los costumbrismos actuales, al lugar común del realismo y los temas que circundan nuestros días.

Así como propone Abel Guelmes Roblejo, con el título de su obra, Menú completo es una carta de presentación diversa donde el lector podrá encontrar literatura para todo tipo de gustos. Desde historias que rozan lo escatológico, hasta narraciones tiernas que provocan suspiros románticos; todas siempre en el filo de lo fantástico.

En esta obra el autor cristaliza años de trabajo en los que ha ido consolidando, a pasos seguros, su método para generar literatura siempre desde una visión singular.

Los siete cuentos que conforman el libro, narrados con el mismo pulso, pero independientes uno de otros, nos dan la oportunidad de escoger, conformar nuestro propio menú y comenzar a devorarlo completo por donde más gustemos.

Daniel Burguet.

Ya nos lo deja claro Daniel Burguet en su nota de contracubierta, cada quien puede elegir qué degustar primero del menú. Yo siempre empiezo por el vino, así que me vi descalza, pisando uvas el día de la vendimia en El secreto del Viñedo, mientras el viejo me observaba. Descansé la cabeza sobre él y fui comprendiendo lo que sabrán descubrir también ustedes. Llega con esa suerte de ternura, que a dosis bien repartidas matiza el libro, convirtiéndolo en el arrope que se antoja una noche de frío.

¿Es acaso la ternura un sentimiento o una emoción? Quizá no importe tanto saberlo como comprender que, sin ella, ni hay sentimiento, ni hay emoción. Tenía razón Víctor Hugo cuando escribió que: “(…) en el naufragio de todo, la ternura, permanece a flote”. Es el exergo que me provoca Lo que trae la suerte, frase hermosa de Edouard Boubat, que en esta costumbre de lectora intensa, siempre juego a ponerle a los textos que logran apasionarme. Desde la primera vez que hojeé el libro, tal cual truco de duende, este cuento me atrapó.

—¿De qué hablas?

—De capturar un duende. ¿No sería genial?

—¿Metafórica o literalmente hablando? —le pregunté, porque ya no estaba muy seguro de si era un juego o no.

—De verdad. ¿Por qué? ¿No quieres uno?

No supe qué responderle de inmediato. O cómo decirle que no creía en eso.

—¿Y cómo vamos a encontrarlo?

—Pues aquí —señaló al cuarto—. En la casa. ¿No sabes que en todas hay duendes?  

Una vez avances hasta esa página, las ganas de atrapar uno para ti, se harán irresistibles. No hay forma de huir a la magia que envuelve esta historia. Querrás ocupar el lugar de su protagonista y vivir la ilusión de hacerla feliz, creerás que solo haces eso, complacerla. Tenderá sus manos vacías ante ti y te saltarán los ojos en dos grandes corazones rojos, redondones, cursis, hasta que los pequeños piececillos te regresen las pupilas incrédulas.

Seguro no pocos querrán la suerte de Miss Z: que de pronto te regalen naranjas y al otro día ya no sean naranjas sino melones, sobre todo en estos tiempos que corren, sería genial. Habrá más de uno al que tampoco le moleste una realidad distinta cada veinticuatro horas.

La casa los vio perderse, pero Mrs. Z no miró atrás ni un segundo. Corrió por el espacio que le hicieron los girasoles gigantes al apartarse. No se detuvo cuando la saludaron los hombres con cabeza de pez, o al chocar con una presencia invisible. No paró de correr al atravesar el sembrado de tomates parlantes y asesinar sin querer a una familia entera, ni cuando se le acabó la tierra, tuvo que correr sobre el agua y sufrió el riesgo de ser devorada por una roca.

No podría cerrar el cuaderno más acorde que con la historia que titula el libro. Menú completo hechiza al lector de tal forma, que no hay ganas de escapar. Sin alardes, sin pretensiones de grandezas, como esa literatura que no cansa y leemos de una sola sentada, se escurre ante nosotros un “libro viaje”, al que volver nunca será como un recuerdo, sino más bien como si descubrieses de a poco, las historias que un ser de luz te va contando al oído.



Todas las voces arden en una misma Troya

La literatura escrita por mujeres en la Cuba de hoy tiene ese aroma a limpio, a frescor que abraza de pronto el alma y amanece… Amanece entre versos y una prosa firme, cual tacón que araña el pavimento. Bien lo saben estas troyanas, ellas arman de sorpresas sus modos de hacer y entender el arte.

«Este es el decálogo», presenta Ámbar Carralero Díaz, teatróloga y escritora, directora del canal de Telegram Troyanas en cuarentena, el cual forma parte de un megaproyecto transmedial titulado Troyanas en Youtube. «Una troyana siempre es una emprendedora, no porque sea necesariamente una mujer exitosa, sino porque ha comprendido que el fracaso forma parte de su aprendizaje y que el éxito es pasajero; por lo cual siempre está iniciando proyectos, empezando desde cero, aprendiendo, lanzándose al abismo».

Bien lo auguraba Luisa Campuzano en Las muchachas de La Habana no tienen temor de Dios… cuando en su estudio sobre escritoras cubanas desde el siglo XVIII hasta la actualidad de 2004, afirmaba: las autoras de las que me ocupo, comparten, por más piadosas que sean o hayan sido, la osadía de desafiar gobiernos, transgredir prejuicios, subvertir cánones… Y sí, eso, entre otras muchas temáticas gobiernan aún hoy, diecisiete años después, las escritoras de esta Isla. Sería absurdo pretender encasillarlas, no hay nada entre cielo y tierra que les sea extraño a las guerreras de esta Troya que hoy se transfigura, una vez más rodeada de complejas brisas.

«Una troyana nunca olvida su pasado, no por resentimiento o apego, todo lo contrario, porque sabe que la desmemoria se paga caro, porque sabe que la repetición absurda de los mismos errores convierte la existencia humana en una ruina».

Cada viernes a las ocho de la noche, una autora es coronada, mientras un ejército custodia fiel las palabras que como raíles se afianzan en Helenas, Andrómacas, Casandras, Hécubas y así, entre coqueteos referenciales a una historia indisoluble, dejan claro: «Este es mi caballo, y no hay Dios que me lo quite». El proyecto surgió en marzo del pasado año 2020, justo cuando tocaba a la puerta de nuestro país esta pandemia, que, si bien nos ha robado tanto, ha obligado a crecernos en medio de las desgracias, y aquí estuvo, está y estará Ámbar, sumando un punto más a esa lista de sentencias que resume qué es ser una troyana para cada escritora invitada. No existe geografía que limite a estas guerreras, el espacio no se ciñe únicamente a creadoras cubanas, más bien busca hacer confluir voces diversas con la intención de generar un dialogo que retroalimente el proceso creativo. El público y las propias escritoras agradecen la oportunidad de promoción indistinta, lo mismo para autoras consagradas que para nobeles; incluso ha sido el debut de mujeres apasionadas cuyo fin era otro dentro del mundo de las letras, dígase crítica, edición, diseño, y Troyanas en Cuarentena es la motivación para alzar su propia voz.

«Una troyana se sabe empoderada, pero no por ser mujer o ser de Troya, o porque la palabra “empoderamiento” esté de moda, sino porque tiene consciencia plena de su lugar en el mundo y de todo lo que puede hacer, porque se tiene a sí misma y ahí radica su mayor poder».

Pasarse por el canal en Telegram siempre resultará una aventura. Es como saberse de pronto inundada de encanto. Voces de disímiles latitudes vienen y abrazan tus miedos, tus ganas, tu llanto porque «una troyana siempre ama, siempre arde, siempre tiene el corazón grande, hinchado, lleno de cenizas, de luces, de arena, de mar». Y como mismo la pasión las caracteriza, también se impone ese factor que las hace irresistibles cada viernes: “la inteligencia”, que pícaras saben manejar a su antojo, tal fieles brujas ante el dominio de la palabra, capaces de generar las más ansiadas polémicas, porque, ¿qué sería del arte si no fuese capaz de concebir esa búsqueda constante, esas ganas indómitas de revolucionar todo cuanto pueda ser removido de su sitio?

«Una troyana piensa y se preocupa por su entorno, sabe de política, de religión, de ciencia, si quiere marchar, marcha, y si quiere permanecer callada, calla, pero siempre sabe discernir, aunque elija el silencio o la rebelión».

El espacio cuenta ya con una veintena de escritoras que han dejado su huella a lo largo de estos diecinueve meses. Todo un deleite ha sido escuchar los textos de la propia Ámbar, quien los compartiera en el inicio del proyecto, de poetas como: Nara Mansur Cao, La Habana-Buenos Aires, Rosamary Argüelles García (Santi Spíritus), Giselle Lucía Navarro (La Habana), la argentina Ana Arzoumanian, la dramaturga santiaguera Margarita Borges Hernández, Yudarkis Veloz Sarduy (Camagüey), Sheyla Valladares Quevedo (Unión de Reyes), entre muchas otras cuya nominación bien puede resumirse en este punto del decálogo de Ámbar: «una troyana usa tenis para correr, tacones en las recepciones y chancletas para limpiar. Adora la buena música, la gran literatura, el cine de autor, pero… cuando ponen música bailable, se “despelota”». Porque eso somos todas, mujeres del hoy, del ayer, del siempre, con las mismas luchas que librar, con los mismos prejuicios y tabúes que abolir.

«Una troyana es intensa, muy intensa, por eso lucha por un decreto ley que apruebe una enmienda en la poética, en la que Aristóteles reconozca a las mujeres, a los niños y a los esclavos (aunque sea un documento de la antigüedad) como parte de la sociedad». No obstante, en este bregar de las palabras, ante el peso de la empuñadura del arma más letal: la pluma, aunque aún no compita entre las artillerías pesadas, «una troyana acepta y estima también a los que no piensan como ella, aunque no compartan sus gustos ni su forma de vivir». Esa es una de las firmes premisas que corroboramos el sexto día de la semana.

El afán por conocer y conocerse las define, siempre dispuestas al intercambio, ese placer por descubrir la otredad es superior y no hay por qué contener la excitación que las baña.

«Una troyana es atea, “gracias a Dios”. Cree en el destino, las ciencias, la Astrología, la Numerología, la Biodecodificación, la Medicina Alternativa, respeta el politeísmo y el sincretismo, pro sin afanes que terminen limitando su libertad, su relación con el “otro” y su costumbre de estar abierta a nuevas experiencias y saberes».

Si no has tenido la dicha aun de pasarte por el canal, esta no es una recomendación, más bien es una cita, donde por puras ganas te adelanto que «su color es rojo aseptil. Su tamaño, infinito. Talla, única. Su virtud, la resistencia. Su mineral, el carbón. Su estado, en llamas. Su vicio, Troya. Su signo, trágico. Su enigma, el caballo de Troya. Su destino, tú».

Para mí, ser una troyana es abrir los ojos cada día convencida de que solo hay una dirección posible, y es hacia adelante. Sin importar las peripecias del camino la meta es seguir andando con nuestras ganas al hombro. ¿Y para ti?  



De cuando el Inferno tiene dos dioses

De todos los instrumentos del hombre,

el más asombroso es, sin dudas, el libro.

 Los demás son extensiones de su cuerpo.

El microscopio, el telescopio, son extensiones

de su vista; el teléfono, es extensión de la voz;

luego tenemos el arado y la espada,

extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa:

es una extensión de la memoria y la imaginación

Jorge Luis Borges

Si alguien me hubiese dicho que encontraría este libro, justo en ese momento en el que analizaba qué podía presentar a este evento por el aniversario 700 de la muerte de Dante Alighieri, y la influencia de la cultura italiana en Cuba, la verdad, no me lo hubiese creído. El azar, tal vez, haciendo de las suyas, o el karma, tras haberme encontrado esa mañana con la organizadora del espacio, y retribuir con ideas para la organización del mismo… no sé. Quizá fue cosa de energía y lo atraje mientras pensaba en Dante, en la gracia de su nombre, la armonía indisoluble de su obra. Lo cierto es, señores, que en el peregrinar por toda Enramadas, llegarme hasta la Librería Manolito del Toro, fue un golpe de suerte. Y son estos los libros con los que realmente establezco un vínculo más allá del habitual, esos libros “sorpresa” que traen consigo el misterio de su llegada. Pero si además de esa magia, resulta que te topas con el equilibrio perfecto entre goce y conocimiento, pues, ahí sí ya, reconócete bendecido.

Arassay Carralero

Tal como estoy segura se sentirá usted, lector, cuando avance entre los recovecos de este ensayo, en el que no basta la presencia de Dante, sino que además, Borges y su literatura lo protagonizan, siendo Alighieri ese túnel por donde se desplace, transformando las palabras tal cual trozo de nube. Peregrinaje de Borges por los laberintos de Dante, de la autora Arassay Carralero, premio Pinos Nuevos de ensayo, 2016, publicado por Letras Cubanas, es esa cita con lo inolvidable en la obra de un autor.

La presencia de la obra de Dante Alighieri en las creaciones de Borges se puede constatar desde textos muy tempranos del autor. No solo es reiterada a lo largo de su quehacer intelectual, sino que se va fortaleciendo hasta cobrar la dimensión de uno de los laberintos por los que mejor adentrarse en los modos de asumir su ficción, y en su particular mirada sobre nociones claves como canon literario. Alusiones, citas, comentarios, paralelismos ficcionales, críticas a los estudios dantescos… dan fe de un diálogo modélico de un gran escritor con sus mentores. (Nota de contracubierta)

Todo en Dante, desde la fecha de su nacimiento, hasta los recovecos de su creación, tiene ese sabor enigmático, y Borges también hace alarde ante tal condición en su obra. No sé si para ustedes saber si Durante o Dante, llamado así hipocorísticamente, sea algo que despierte una curiosidad arrolladora, o si la alusión a su posible signo: Géminis, lo cual estrecha el rango en la fecha de su alumbramiento, o las conclusiones a las que los estudiosos de su vida han podido llegar solo tras el escudriño de su obra, signifique, como para mí, esa suerte de dato escondido que alimenta el interés en este “poeta supremo”, como se le clasificara, pieza indispensable en el trance del pensamiento medieval al renacentista con la Divina comedia, cumbre de la literatura universal. Tal vez Borges se sintiera presa, además de por su verbo, también por la historia que encierra la figura de este italiano, cuyo nombre nunca escapa a la referencia.

Ya por los años treinta del siglo pasado, Borges comenzaba los esbozos dantescos en su obra, pero no fue hasta la segunda mitad cuando realmente se consolidó el vínculo entre ambos escritores, arraigándose al universo cultural del poeta. Su decir sobre la obra del toscano adquiere una magnitud tal, que las afirmaciones hechas por él, la de los comentaristas, las de otros estudiosos, se entrecruzan y van instaurando un saber alrededor del texto dantesco hasta tal punto que podríamos afirmar que resulta otro de sus laberintos. (Fragmento del libro, pág.10)

… Leí muchas veces la Comedia, afirma, en distintas ediciones, y pude gozar de los comentaristas de todas ellas, dos me reservo particularmente: la de Momigliano y la de Grabher. Recuerdo también la de Hugo Steiner. Leí todas las ediciones que encontraba y me distraía con los distintos comentarios, las distintas interpretaciones de esa obra múltiple. Comprobé que en las ediciones más antiguas predomina el comentario teológico, en las del siglo XIX, el histórico, y actualmente el estético. (Jorge Luis Borges: “Siete Noches”, Obras completas, 1975-1985, pág. 209) 

Como si no hubiese opción al escape, página a página la necesidad que se instala es tal, que imposible no continuar siguiéndole la pista a Borges por los episodios dantescos que engalanaron su obra. Realmente había de sentir una pasión tremenda, lo delata el estudio incansable de todos los trabajos que hicieran alusión al poeta Alighieri, seguro de que cada una de ellas lo haría aproximarse más a la verdad, a las disímiles lecturas que ofrece. Es apreciable, además, la recurrencia a Ulises, personaje de Inferno, quien será pilar en no pocos de sus ensayos. Comprendemos entonces, la eficacia de sus métodos, tal vez, o la importancia de sus estudios interpretativos a la obra de este autor italiano que revolucionó desde siempre, como tantos otros que se le sucedieron.

Se utiliza en el libro recursos borgeanos, estrategias discursivas, puntos apreciativos sobre la obra de Dante, que permiten al lector disfrutar cognitivamente los modos de hacer de dos grandes escritores a la vez, encerrados en esa dicotomía antiguo-contemporáneo. Las confrontaciones que establece Borges respecto a los comentarios de autores diversos en cuanto a lo dantesco, resultan realmente interesantes, y hasta retroalimentan al obligarnos al ejercicio de nosotros, así como poner también los criterios en tela de juicio y replanteárnoslo, ahora, una vez descubierto el suyo.

No temas, te exhorto a que en confianza te dejes caer en este pozo donde el conocimiento será la única profundidad que te cubra. Son páginas para entender lo que no te fue posible antes, en el Inferno.



El descenso puede ser también un modo de elevarte

Me asomé a la puerta del libro como quien no pretende hundir mucho la nariz, mas, cuando quise darme cuenta, lo había devorado. Katabasis, compendio de cuentos publicado recientemente por la Editorial Primigenios, EE.UU (2021), del autor habanero David Martínez Balsa, es una de esas obras que de pronto, sin pretensiones de grandeza, sutil, se acerca al lector y lo mira a uno por el filito de la hoja, a ver cuán capaces somos de ignorarlo. Yo me quedé ahí, página dos, quince, sesenta, ciento tres, y no me bastó. La abrí al estilo Cortázar, fui al centro, a un costado, al otro, de atrás hacia adelante. Repasé el orden de los textos, hasta le cambié los exergos, (atrevimientos que como lectores se nos está permitido). ¿Qué buscaba? “El truco”.

Los personajes nacieron ante mí, hombres ya mayores, que brotaron de la página en blanco y manchas, para ir directo a un pasillo de pabellón, bajo el constante hostigue del Capitán Espinosa. Hacían su entrada en escena con una tranquilidad abrumadora, limpios de imposturas, como quien se dirige a paso firme rumbo misión. Cada uno cumpliendo de modo cabal su acometido en ese rol de reos, que su autor definió, sería su mejor traje. Estas bestias a reflejo no necesitan de ti, lector, para que avives su mundo, serán ellos quienes jueguen contigo y tu sentencia, tus convicciones de “bien o mal” sopesando tus prejuicios. Existe en Katabasis una coherencia estilística, una caricia de textos pulidos hasta el hastío, cosas que el buen lector siempre agradece, y de pronto comienzan a revelarse los trucos, percibidos ante manía de escudriño.

El destino de quienes han delinquido es inexorable. Ya no podrán nunca ocultar su pasado: Toda la tierra les es de vidrio (Emerson). Bien lo saben ellos, protagonistas de estas seis historias, cuyo hilo conductor se desarrolla entre las agonías del encierro y los quince minutos de descanso, luego del almuerzo. La columna vertebral del libro pudiera definirse en tres relatos: Katabasis, La flor más bella en este jardín y Toda la Tierra de vidrio. Una especie de “pena por familiar cercano que sufre” te invade apenas chocas con estos cuentos, que tan conocidos pudieran resultarnos cuando el protagonista del primer texto, asoma dejándose ver desde distintos planos en los otros dos relatos. El nivel de realidad que abordamos no más abrir la primera página, se sostiene de inicio a fin, tal como si cerráramos la verja de casa y de pronto viviéramos la vida de estos presos a través de una vecina, te dice cómo le va a su hijo, quien ya está próximo a la condicional; o un hermano que te cuenta en cartas las peripecias del “tanque”.

«Oculto en su búnker, el joven no quita los ojos del negro. Está esperando que haga algo. Algo que si llegara a ocurrir, él intuye que pondrá fin a su ritmo cardíaco supersónico, a los temblores en sus manos y a la respiración entrecortada que no ha sido capaz de subyugar a su propia voluntad. El hastío lo empalaga y quiere que llegue la señal que espera».

Ha llegado carne fresca a la prisión y “el Pisa Flores” prepara su jugada. Mas es de imaginar que no está solo, alguien ya entretiene sus deseos mientras la lujuria por someter a otro chico joven va ganando espacio dentro de sí. Esteban, protagonista de esa vértebra intermedia, será quien nos muestre otra óptica ante el fin inesperado de Katabasis. La retrospectiva uniforma el libro, dotándolo de un bien llevado recurso con el fin de no entregar las armas de golpe, manteniendo las historias en ese aire de dato escondido que al final, sin excentricismos, resulta óptimo.

Veredicto, tercer cuento, es un open eyes dentro del libro. Narrado en segunda persona del singular, avizora no solo la muda sino el sentir que se aproxima, donde el malo parecerá el bueno y viceversa, reafirmando eso que, aunque lugar común, todos sabemos cierto: “es cuestión de postura”, nada habrá en este mundo más subjetivo que el tener que hacer de Dios, la obra nos lo recuerda.

«—¿Y cómo vas a resolver el problema, entonces, eh? —dice — ¿Invitando al tipo a que salga? Tú sabes que eso no va a pasar.

No sabes qué responder. Él se te acerca y coloca su mano en tu hombro.

—Déjame eso a mí —lo ha hecho rápido, pero estás seguro de haberlo visto guiñarte un ojo —. A ese cabroncito lo encuentro yo. En estas cuatro paredes no hay chistoso que se me escape».

Y vuelvo sobre La flor más bella… porque las escenas en este cuento abofetean varias veces al lector, con una serenidad envidiable a la hora de propiciar un golpe. ¿Quién no quisiera llegar y propinar una galleta en mitad del rostro y quedarse tan a gusto? Bueno, eso pasa mientras se lee hoja tras hoja el relato. Si Veredicto había sido un “open eyes”, este es un “clouse your mouth”. Vuelvo y repito, la excelencia del texto no radica en el uso de técnicas, su as es la sensibilidad con que han sido creados los personajes y aquello que pretenden transmitir al lector sin ánimo de moraleja. En este cuento hacemos una búsqueda a lo más hueco del ser humano, nuestras perversidades, estados de conciencia inducidos por la resignación, esa de la que tiramos cuando sabemos que nada más nos salva.  

«—Mira como ando de nada más pensar en lo que viene por ahí —dice el Pisa Flores, cerrando los ojos —. Apriétamela, dale. Eso, suave.

Esteban sabe que debe hacerlo suave; sus manos, pese a la finura que las distingue, siguen siendo las de un hombre. El primer día que respondió al pedido de apretar el miembro del Pisa Flores, lo hizo con mucho fervor. El bofetón que vino después aun hoy lo persigue cual un profesor tenaz, para recordarle las consecuencias de suspender este examen».

El cuento que cierra da la impresión de haber sido creado con ese fin, carga sobre sus hombros el peso de todo el libro. En él se reúnen los elementos de los que se valió el autor para hilar sus historias. Capítulo a capítulo mudan los narradores, haciéndonos danzar retrospectivamente entre contrastes, quizá necesarios para experimentar sensaciones tal cual el hombre del relato. La fluidez en los diálogos nos vuelve parte de las escenas, transfigurándonos de espectador a personaje conforme avanza la narración pausada que caracteriza a toda la obra.

Martínez Balsa, en este, su segundo libro publicado, se afianza de una voz que ya venía marcando pauta en Minutos de silencio, pero que sin temor a dudas encuentra solidez entre los textos de Katabasis. Descender al infierno, donde el paisaje no será más que barrotes, puede tener también su suerte de otero. David lo sabe y avanza al ruedo, seguro, como carne de exconvicto.