Mujer


Rosa Chávez: «Poemas para desatar la mordaza de la vergüenza, la culpa y el pecado»

Rosa Chávez es una mujer que no necesita de permisos, sus versos y arte son su propia liberación. Sabe que en ella habitan sus ancestras y ancestros, los vivos y difuntos que, como tejedores de espiritualidad, la ayudan a retomar su legado, la palabra que les ha sido arrebatada a los pueblos originarios. Ella asegura que “al escribir acepto mi función, acepto mi nawal, acepto mi cargo”. Su poesía es la dimensión del hoy y del ayer, pero también del mañana, del de muchos y muchas… es una voz colectiva.

Ella sabe cómo desatar mordazas, subvertir normas, convertir la palabra en “sangre caliente”, es, como dicen sus versos, el “espíritu al que le nacen deseos, espinas,/ raíces, troncos, llamados de este y otros tiempos/ morena, sudorosa, sinvergüenza, apalabrada carne morena/ carne que baila, que baila con los ojos abiertos y cerrados…” Rosa es la herida y cicatriz de voces robadas, pero no silenciadas. Su arte es sanación, la reivindicación del ser mujer originaria, mestiza y animala: “boca que recupera su canto, su grito, su saliva.”

Tu poesía es descarnada, es un tiro directo a la sien. No busca complacer sino denunciar. Es el grito de reconocimiento de la mujer, la indígena, la violentada, aunque de esos mismos lugares provienen tu libertad y tu fortaleza. ¿Cuándo la voz de Rosa asumió esa fuerza más allá de los versos?

La poesía me ha rescatado y me ha permitido encontrar rutas para mi propia liberación, para mis tomas de conciencia, para el retorno a mi propia espiritualidad. Me ha brindado herramientas para vencer el miedo impuesto a mi cuerpo e ir sanando las violencias sistemáticas que he vivido como mujer indígena. Esa es la fuerza que ha impulsado mi palabra, por medio de la poesía y el poder de las manifestaciones artísticas he recuperado mis voces negadas, mis voces robadas, mi voz colectiva. Mi poder de nombrar como reivindicación de que existo, de que existimos. Para en colectividad hacer fuerza, propuestas, acciones, en las luchas en donde me siento comprometida, junto a mi pueblo y otras comunidades en el presente que me ha tocado.

Tienes un espíritu transformador, no solo en el sentido artístico sino también vivencial. Coméntanos qué tan difícil ha sido el camino para la Rosa espiritual, concientizada, denunciante, una actitud que queda develada en tu poesía y se pone de manifiesto en tu activismo.

Ha sido un camino de múltiples resistencias, reivindico mi capacidad de recrear belleza y pensamiento emancipador como un legado y un compromiso, en una sociedad, en un estado racista que desde el día de mi nacimiento tenía marcado mi futuro para la servidumbre. Pero en ese tránsito nunca he caminado sola, han sido mi madre, mis ancestras, mis hermanas, mis amigas, mis comunidades, quienes han acuerpado mi historia. Es importante en mi proceso posicionar narrativas no hegemónicas desde la pluralidad que me habita y que somos como pueblo, porque la manera de contar, la manera de decir, las maneras de comunicar importan mucho, son la cimiente de los pueblos. La base del arte son las narrativas, la creación está llena de narrativas, es el sustento del trabajo artístico; narrativas para nuestra liberación, para la sanación, narrativas para la rebeldía, más allá del razonamiento y también con el razonamiento, narrativas descolonizadoras. La intensión en la acción, hacia donde quiero dirigir mi energía creativa, para derrumbar esas creencias de dominación y opresión que se han naturalizado y que creemos ciertas. Lo afirmo como un compromiso, desde las limitaciones de mi propia experiencia, estar en esta observancia, en esta consciencia que me ofrece multiversos de posibilidades para experimentar, crear, para enunciar y para denunciar.

Nadie puede saber

la cantidad de sal que guarda nuestro cuerpo,

generaciones de generaciones hacía atrás y hacia adelante,

con tantas lagrimas estalactitas y estalagmitas

en las profundidades de nuestra memoria.

Hay una fuerte lucha por silenciar el activismo político, por aplastar y segregar a las minorías. En el caso de Guatemala esto se ve específicamente hacia la población originaria, sobre todo hacia las mujeres indígenas, ¿cuál es hoy su situación, si se tiene en cuenta todo lo que ha traído la pandemia para los sectores más desfavorecidos?

El continuum de violencia y represión hacia los pueblos, las luchas, las defensoras y defensores de la tierra y el territorio en tiempos de pandemia se ha profundizado. La pandemia se suma a la situación que ya vivían las mujeres mayas y sus comunidades, reprimidas, criminalizadas y hostigadas al defender sus territorios y cuerpos de las empresas extractivas que están invadiendo y saqueando. En algunos territorios las comunidades están reviviendo traumas del conflicto armado interno por la militarización y los estados de sitio impuestos, lo que despierta los temores del pasado. Es un contexto crítico donde jóvenes activistas y comunicadoras indígenas también están siendo perseguidas. Y sí hay una fuerte lucha por silenciar las voces que le son incómodas al Estado racista y opresor en el que vivimos, pero también hay una fuerte lucha organizada e intergeneracional desde las mujeres y los pueblos por la memoria, por la justicia, por una vida en plenitud y en dignidad.

Reivindicada como mujer originaria, maya –según sus propias palabras–, ¿de dónde sacó Rosa la fuerza del nahual?

En mi proceso escribo desde mi relación cotidiana, cosmogónica, histórica, que me vincula directamente con mis ancestras y ancestros, quienes desde la cosmovisión maya y nuestra ritualidad cotidiana son nuestras abuelas y abuelos, que están vivos o ya son difuntos. Todas las generaciones precedentes no representan el pasado sino un presente vivo. Converso con ellas y ellos en mi diario vivir, les pido consejo, protección, les cuento mis pesares, alegrías, les muestro mis poemas, mis proyectos artísticos. Este diálogo y los distintos territorios que habito se reflejan en lo que escribo. Retomar el legado de expresión y recuperar el poder de la palabra, de la escritura, que nos fue arrebatado y negado es la fuerza y la energía de mi nawal, de mi estrella de nacimiento. Al escribir acepto mi función, acepto mi nawal, acepto mi cargo. Escribo gracias a mis ancestras tejedoras que escribían y siguen creando sobre sus telares, que diseñan poemas visuales, ideogramas cósmicos, que siguen escribiendo la historia en un lenguaje poderoso que trasciende la historia impuesta.

¿Qué “frentes” mueven a la Rosa-jaguar, a la Rosa-coyota, pero también a la Rosa-espiritual?

Reconozco a las mujeres y las energías plurales que me habitan, a través de la escritura les honro. Escribo como una forma de resistencia, como sobrevivencia, pach’um taq tzij dibujando sutilmente las venas que me atraviesan, escribo poemas modelando la rabia con mi pensamiento. Mis poemas son mis “frentes”, la pintura corporal con la que adorno mi cuerpo tiempo, son los jades que horadan mi piel. Escribir todo lo que se pueda, ante el temor de la equivocación, ante la derrota de los miedos instaurados, ante todas las contradicciones que son parte de mis huesos, poemas para desatar la mordaza de la vergüenza, la culpa y el pecado, poemas para subvertir la norma, cantos rituales para decirme a mí misma que estoy viva.

La mujer rio, la mujer huracán, la mujer nube despierta, la mujer milpa, la mujer agua, la mujer montaña, la mujer grito, la mujer piedra, mujer encanto, la mujer venada, la mujer serpiente, la mujer palabra, la mujer canto, la mujer placer, la mujer vacío, mujer justicia, mujer tortilla, mujer alimento, mujer células, mujer ardiente, mujer espíritu, mujer loca, mujer planta, mujer misterio, mujer jaguara, mujer camino, mujer pregunta, mujer saliva, mujer temascal, mujer filo, mujer aroma, mujer tortillera, mujer curandera, mujer medicina, mujer de antes, mujeres dos espíritus, mujer presente, mujeres ahora, mujeres aquí, mujeres somos, mujeres renacemos, mujeres reímos, mujeres cantamos, mujeres gozamos, mujeres luchamos.

Tu escritura, ¿rugido de paz o de lucha?

Pienso que cada libro, cada poema tiene un espíritu, una energía que se manifiesta más allá de mí y que llega a quien los lee de una manera también independiente, y eso es parte de la esencia de la poesía que me maravilla. Considero a la poesía una entidad viviente, así la percibo y así he aprendido en el camino a convivir y dialogar con su luz y su oscuridad.

Me resuenan los versos de la poeta chicana Gloria Anzaldúa, quien en su poderoso poema manifiesto Hablar en lenguas: Una carta a escritoras tercermundistas dice: “Olvídate del cuarto propio[1] escribe en la cocina, escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento del Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta”. Allí encuentro el sentido mismo de la vida de quienes, aún en contextos o realidades hostiles, escribimos desde la fuerza de nuestra rebelión. Escribir como lucha, como rugido feroz pero también desde la ternura radical, desde el goce, como afrenta, pues para eso no necesitamos pedir permiso.

 

 

Nota:

[1] Anzaldúa se refiere a “A room of one’s own” (Un cuarto propio) de Virgina Wolf.


¿Poesía femenina o poesía feminista?

La poesía feminista nace asociada a la poesía femenina, a una voz de mujer que se construye como sujeto lírico y coloca a la par a la mujer en el centro de la creación, para hablar y pensarse y decir lo que siente y como lo siente. La literatura —e incluso el discurso femenino en tanto parte de esta—, ha estado dominada a lo largo del tiempo por los hombres. La donna angelicata, al abandonar el rol asignado por tradición, exhibe su realidad material, alma y cuerpo, y exige “mírame, estoy aquí y ahora”, y este primer gesto de rebeldía prefigura un cambio. El hecho femenino articulado de tal forma se torna en sí mismo transgresor, en tanto rompe con la dinámica patriarcal y se centra en la renuncia al puesto asignado de objeto al que se le canta, para devenir protagonista del poema.

El primer escritor de quien se tiene un registro histórico, ya que llegó a firmar su trabajo, fue Enheduanna, alrededor del 2000 a. C., una mujer de Mesopotamia. En ella el don poético se desarrolla en relación a su triple función como suma sacerdotisa del templo del dios Nannar (La Luna), diosa encarnada —representante de la divinidad— y princesa —tuvo un protagonismo político en su tiempo—. Sin embargo, hoy su nombre permanece casi en el olvido. Ya lo dijo Virginia Woolf en su ensayo Una habitación propia (1928-1929):

“Cada vez que una lee de una bruja tirada al agua, de una mujer poseída por los demonios, de una curandera vendiendo hierbas y aun de la madre de un hombre célebre pienso que estamos en la pista de un novelista, un poeta abortado, o una Jane Austen muda y sin gloria, una Emily Brontë rompiéndose los sesos en el páramo o recorriendo con desolación los caminos, trastornada por la tortura de su genio. Me atrevo a adivinar que Anónimo, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer.”

No obstante, el tiempo ha regalado voces, que han ido posicionando un modo de hacer femenino al dar voz a los sentimientos e inquietudes de muchas, hasta llegar incluso a denunciar la posición relegada que ha ocupado la mujer en la sociedad, así como su aspiración a la igualdad. La poesía se anticipa y así en Latinoamérica se desarrollan claras expresiones de tal sentir, incluso mucho tiempo antes del desarrollo del feminismo como movimiento.

De manera temprana, en el siglo XVII, Sor Juana Inés de la Cruz se atreve a decir “Hombres necios que acusáis/a la mujer sin razón/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis”; con ácido sarcasmo, esta exponente del barroco novohispano se centra en el comportamiento hipócrita del género masculino y lo satiriza en sus célebres redondillas.

Ya entrado el siglo XX la transgresora poeta modernista mexicana Nahui Olin (María del Carmen Mondragón) en El cáncer que nos roba la vida, un poema que es casi un manifiesto, denuncia: “El cáncer de nuestra carne que oprime nuestro espíritu sin restarle fuerza, es el cáncer famoso con que nacemos —estigma de mujer— ese microbio que nos roba vida proviene de leyes prostituidas de poderes legislativos, de poderes religiosos, de poderes paternos”. En el caso de Nahui el pensamiento que refleja en la obra se imbrica de un modo íntimo a su vida, ya que ella se caracterizó por quebrar las normas y tabúes de su tiempo: en 1922 era una mujer divorciada y tuvo varias relaciones sin llegar a casarse. Activa desde el punto de vista cultural, fue también pintora y como modelo posó desnuda para pintores y fotógrafos de su tiempo; entre ellos Diego Rivera, Rosario Cabrera o Edward Weston.

Contemporánea de la Mondragón y para más, modernista, al sur del continente la escritora argentina, Alfonsina Storni, también reflexiona en su obra acerca de su lugar como mujer en el mundo. En ¿Qué diría la gente? cuestiona su “libertad de ser” por encima de la imposición de cualquier “deber ser” dictado por la sociedad, mientras que en Hombre pequeñito comienza por compararse con un canario, para enfatizar su necesidad de volar libre, lejos incluso de los dictados del amor o las relaciones: “Digo pequeñito porque no me entiendes, /ni me entenderás./Tampoco te entiendo, pero mientras tanto/ábreme la jaula que quiero escapar;/ hombre pequeñito, te amé media hora, no me pidas más.” De manera similar en su texto Mujer, su contemporánea, la uruguaya Juana de Ibarbourou, enfatiza: “Cuando a mí me acosan ansias andariegas/ ¡qué pena tan honda me da ser mujer!” Este sentir alcanza a la también uruguaya, Ida Vitale, exponente de la generación del 45 y Premio Cervantes. Ella en Fortuna, reivindica los derechos de la mujer, y expresa: “haber podido hablar, caminar libre (…). Ser humano y mujer, ni más ni menos.”
En el caso de la poeta cubana Carilda Oliver Labra se observa algo por lo menos singular. Si bien a simple vista no pareciera pretender la reflexión directa que realizan sus congéneres con respecto a la posición de la mujer, con su poesía erótica ofrece otra mirada de lo femenino, que resulta también transgresora. A lo largo de siglos, la sexualidad de la mujer ha sido ninguneada desde una cosmovisión patriarcal que tiene su origen en la religión y luego se transfiere incluso a movimientos políticos y establece la necesidad de castigo para la Eva incitante mientras exalta la castidad y pureza a través de la figura de la Virgen María. De ahí que la obra de Carilda se torne también osada desde esta perspectiva, en tanto el erotismo puede ser en sí mismo una infracción a lo establecido, máxime si es una mujer quien rompe la norma. Más allá de las múltiples obras perseguidas a lo largo del tiempo por este motivo cabe recordar, ya que aquí se alude a poesía femenina, el incidente de censura en el semanario Marcha, durante el año 1956, relacionado con el verso “un pañuelo con sangre semen lágrimas”, en el poema El amor de Idea Vilariño. Carilda Oliver redimensiona la condición de hembra cuando exige “hazme otra vez una llave turca”, pero también en su tan célebre Me desordeno, amor me desordeno desde una carnalidad que no necesita siquiera del atenuante del amor —“acaso sin estar enamorada”— para entregarse a ser.
Hoy siguen surgiendo voces, en Latinoamérica y el mundo, y trasciende que la poesía femenina pueda ser hondamente feminista, en su sinceridad descarnada, en el orgullo con que devela el sentir, pensar, o hacer de un sujeto lírico, que se reconoce mujer. Así Gioconda Belli reafirma: “Y Dios me hizo mujer,/de pelo largo,/ojos,/nariz y boca de mujer./Con curvas/ y pliegues/y suaves hondonadas/y me cavó por dentro,/(…)/ Todo lo que creó suavemente/ (…)/ las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días/por las que me levanto orgullosa/ todas las mañanas/ y bendigo mi sexo.”


Evas de José Manuel Fernández

Eva, muestra personal del joven artista y realizador audiovisual José Manuel Fernández Lavado (Santiago de Cuba, 1982) se exhibe en la galería Fausto Cristo de la Uneac en Holguín.

De la serie Entre manos I – José Manuel Fernández Lavado – Foto Bernardo Cabrera

Trece piezas realizadas con plumilla sobre cartulina –aunque también emplea los empastes de acrílico, el dripping y la acuarela para darle profundidad a elementos figurativos–, recorren el cuerpo femenino y sus múltiples posibilidades e interpretaciones con una mirada que va desde lo ancestral (lo neoclásico, lo enigmático, lo arcano) a lo posmoderno (la apropiación, la reelaboración, la hibridación).

Las guerreras de José Manuel “posan” con la voluptuosidad plateada de lo desconocido; parecen sacadas de viejas láminas que recuerdan las mitologías yacentes de aquellas civilizaciones perdidas en el tiempo y la memoria, como la Atlántida de Platón, con sus mitos, sus dioses y amazonas, y sus misterios tragados por la fuerza del mar. Y por otro lado, sus mujeres parecen ser sacadas de fantasías distópicas y ciberpunk que alimentan la ciencia ficción y la hibridación cultural (como la pieza “Alfa”).

Incluso en la intimidad del pudor, sus féminas se nos muestran sensuales y libres. Sus cuerpos están cargados de artilugios y significados, re-armados o ensamblados con elementos (las manos, las cuencas como ancianos rostros) que refuerzan la sensualidad del semblante, el misterio detrás de evocación lírica, la fuerza capaz de crear (incluso nos remite con el nombre a un origen bíblico, al génesis, a la propia creación).

Exposición Eva de José Manuel Fernández Lavado – Foto Bernardo Cabrera

Exposición Eva de José Manuel Fernández Lavado – Foto Bernardo Cabrera

“Galas de cuerpos que se resisten al mandato eterno, canónico, indemostrado, presunto. Rebelión contra cualquier frívola estereotipia u otros, sean lo que fueren, sus roles a priori. He aquí el quehacer del demiurgo, en la sintaxis de líneas pulcras y precisas, premeditadas ante cualquier otredad semántica que se les provea, tras encuadres o composiciones distantes. Identidades antiguas como la sed y el vino. Anatomías enaltecidas ante el goce retiniano, amén de artes proscritas e intrusa polisémica de géneros”, escribe el periodista y profesor Fabio Ochoa en el catálogo de la muestra, con curaduría y montaje del autor y Rolando Salvador Pavón y Juan C. Anzardo.

Obra Alfa – José Manuel Fernández Lavado – Foto Bernardo Cabrera

Con la precisión de la línea de un dibujante hábil y perspicaz, capaz de plasmar elementos tan complejos como los detalles de la fisonomía femenina (el tratamiento del rostro, las manos) y que por momentos nos recuerda el simbolismo “fantasioso”, sobre todo en los paisajes, de algunas imágenes de Gustave Doré, José Manuel Fernández sabe que estas piezas le permiten saldar una deuda con las mujeres que admira y aquellas que tiene cerca, a las que les seguirá seguramente debiendo mucho más.

Egresado de la Academia Profesional de Artes Plásticas José Joaquín Tejeda de Santiago de Cuba, en la especialidad Pintura, y de la Universidad de las Artes de los Medios de Comunicación Audiovisual en Holguín, perfil Fotografía, José Manuel Fernández Lavado ha realizado ocho muestras personales y participado en más de 100 colectivas.

 

 

Exposición Eva de José Manuel Fernández Lavado – Foto Bernardo Cabrera

Exposición Eva de José Manuel Fernández Lavado – Foto 4 Bernardo Cabrera

Obra La pesca – José Manuel Fernández Lavado – Foto Bernardo Cabrera


Círculos de muertes y obsesiones: Nuevos versos de Liudmila Quincoses

Si tuviera que distinguir de forma sintética los dos realces más importantes de este libro, Antología de la poesía oral-traumática y tanática de Liudmila Quincoses, diría que son los círculos y las obsesiones –entiéndase pulsiones– de la muerte como principio del placer o como una forma de volver a su estado inanimado y pre-orgánico, claro, a través de diferentes maneras.

En la poesía de autoras cubanas actuales la muerte puede traducirse no como el fin de la vida, sino como el silencio, la posibilidad de superar una realidad que produce hastío, inconformidad, rechazo; y por ello mismo debe ser resistida, contestada. He aquí entonces que esta antología viene a insertarse en lo que ahora mismo se concibe estéticamente en el discurso ideoestético de la poesía escrita por mujeres más inmediata.

La Antología de la poesía oral-traumática y tanática de Liudmila Quincoses está estructurada en cuatro partes: Punción, Veneno, Decapitación y Tánatos. Todos constituyen círculos que van redondeando –y unificando cual órbitas que parten y llegan al mismo lugar perfecta y perpetuamente– las experiencias de los sujetos lírico alrededor de la muerte. Aquí la autodestrucción del sujeto lírico está motivada por la mutilación y la violencia sobre el cuerpo para marcarlo desde el principio del placer como signo de vida-dolor-muerte. Esto genera entonces que la muerte y la vida estén asociadas de manera unívoca y permanente como existencia sin fronteras que las concreten.

Tanto la autodestrucción como la proyección poética de lo abyecto –representadas en los vínculos dinámicos, complejos, paradójicos, entre la vida y la muerte cuando es esta la encargada de proyectar las pulsiones vitales desde el acto erótico de apropiarse un cuerpo– se convierte en una estrategia de resistencia, donde el cuerpo físico se escribe desde su nulidad por la muerte, y la vida pasa a formar parte de las representaciones, imágenes y experiencias que se describen, con una fuerte tendencia a la abyección. Ello me recuerda la opinión del pensador francés George Bataille, quien relacionó lo abyecto con la imposibilidad de asumir con fuerza suficiente el imperativo que necesariamente genera todo orden social. Otra teórica, Julia Kristeva, coincidió con él cuando afirmó: «No es por lo tanto la ausencia de limpieza o salud lo que lo vuelve abyecto, sino aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden. Aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas» (Kristeva, 1988: 11). Para el cubano Alberto Abreu Arcia en ese caso hay que hablar de una estetización de lo abyecto, de todo objeto contaminante que, desde fuera, amenaza con destruir o erosionar la identidad sexual y social del individuo (Abreu, 2007: 41).

Liudmila Inés Quincoses Clavelo: Poetisa, narradora, editora y periodista espirituana. En el año 2000 refundó, junto a Julio Neira (artista plástico), el proyecto alternativo Escribanía Dollz, que incluye la escritura de cartas de amor, exposiciones de pintura y la promoción de la obra de escritores jóvenes.

El empleo de lo abyecto en la Antología de la poesía oral-traumática y tanática de Liudmila Quincoses responde al imperativo de proyectar resistencia, de dinamitar o anular el orden simbólico tradicional y sus convenciones identitarias, a través de la poetización de cuerpos y la descripción de escenas, ambientes, personajes, experiencias tendientes a provocar repulsión, autodestrucción, o, sencillamente, una quietud, una inmovilidad que se traduce como ausencia del Otro, pero también como dinámica del ser y del existir.  

Celebro, entonces, la presencia de esta antología, única en la poesía espirituana, por su notable capacidad de hacer confluir círculos y obsesiones de muerte donde se unen autodestrucción, abyección, inexistencia, repulsión, en fin, voces, imágenes y comportamientos discursivos diferentes. Con este poemario de Liudmila Quincoses podemos visitar una poesía sustentada sobre los cimientos de una nueva lógica en su obra, un nuevo orden simbólico que humaniza lo deshumanizado; donde la muerte es productora de vida y de trascendencia.

Los poemas de la Antología de la poesía oral-traumática y tanática de Liudmila Quincoses nos presentan la muerte transformada en vida. Y en este cambio se revierte lo absurdo de esa lógica indicadora de que toda vida debe terminar necesariamente con la muerte. Se trata de anular la angustia existencial inculcada desde el desarrollo humano ante la consideración de la muerte no solo como un hecho sino como un proceso; y de recuperar los fundamentos pitagóricos que luego inspiraron a Platón para entenderla como la liberación del alma de la cárcel corporal, el juego ilusorio, dialéctico, paradójico, donde las entidades se asumen como discursantes. Este juego le ha permitido a la autora y nos permite a nosotros, lectores, contestar aquello que produce hastío, nulidad, inconformidad, más allá de la propia vida, la muerte o la tan ansiada resurrección.


Somos: mujeres empoderadas del mundo de la música cubana

Me han estremecido

un montón de mujeres,

mujeres de fuego,

mujeres de nieve…

Y así, como dice nuestro querido Silvio Rodríguez en una de sus más emblemáticas canciones, son las mujeres que conforman el grupo Somos. Su nómina la conforman siete líderes en varios ámbitos del universo musical, que van desde empresarias o productoras hasta vocalistas, compositoras o directoras, todo un compendio de féminas empoderadas musicalmente.

logo del proyecto

Al frente se encuentra Suylén Milanés, una incansable y pródiga creadora. Con ella conversó el Portal del Arte Joven Cubano, para conocer sobre el propósito de las primeras presentaciones de Somos y por qué crear un grupo que incluya solo a mujeres de la música:

“Quise específicamente hacerlo con mujeres porque es importante potenciar el movimiento, del cual soy parte sé lo difícil que es promover, divulgar y potenciar esta música en Cuba y lograr un proyecto donde ellas lo representen y defiendan a través de presentaciones, clips, giras, etc. Es bueno rescatar sobre todo esa fuerza que tuvo la música alternativa de los años 90.”

Somos defiende la premisa de las mujeres empoderadas de la Industria Musical. En los escenarios son principalmente vocalistas, tal vez guitarristas y mayormente utilizan instrumentos de acompañamiento, pero sorprende aún ver a mujeres percusionistas, bateristas o detrás de un contrabajo. Y qué decir de las poquísimas sonidistas, luminotécnicas e incluso productoras o directoras de escena, entre otros tantos trabajos asignados tradicionalmente a los hombres.

Y aunque Cuba ha sido pionera en la defensa de los derechos de las mujeres en todos los ámbitos, no puede desconocerse que mucho camino queda por recorrer. Para agregar otro grano de arena que llene ese nicho, surge Somos, que busca visibilizar y valorar el papel de las mujeres en la música alternativa, pero no solo como vocalistas o músicas, sino como compositoras, empresarias, sonidistas, luminotécnicas, productoras y todas las que desarrollen profesiones en el mundo musical.

tomada del perfil de facebook de iris la doña

Suylén aclara que no es una nueva agrupación de mujeres, sino un proyecto por y para darle luz al papel de nosotras a través de la puesta en escena, la formación y la sensibilización a las más jóvenes, impulsándolas a que persigan sus sueños; creando un espacio donde mujeres y hombres puedan promover la música alternativa en igualdad de condiciones.

Somos está compuesto por cantantes que de alguna manera –casi todas– tienen una trayectoria musical, como Isis Flores, que tiene su propia banda, es cantante, compositora, bailarina y empresaria, y ha incursionado también en el mundo de la moda; Yanairis Fernández Delgado, directora de Bonus, agrupación de géneros como el rock, pop, funk, dance y ritmos latinos, y además cantante, compositora y bailarina; Diana Ruz Rosa, una versátil joven que es graduada de canto lírico y coral, profesora de música, tecladista, y que ha formado parte de grupos como Gens, Proyecto Lugones, Silver Hammer Band, Osamu y Tracks; Daima Falcón, productora musical y cantante de bandas como Tesis de Menta y Montespuma; la rapera Iris Caraballo, conocida como La Doña, directora de La Dona D’ Primera Mano, perteneciente a la Agencia Cubana de Rap, quien ha colaborado con Mayco D’ Alma, Isis Flores, David Blanco, Orland Max, La Fes-K, Calle 13, entre otros artistas; Suylén Milanés, directora ejecutiva de la Institución Cultural P.M., de los Festivales Eyeife, Proelectrónica y Proposicones Records, graduada de canto y miembro de Tesis de Menta; y Sally Beltrán, joven DJ, que defiende la música alternativa en las más diversas plataformas.

Todas estas mujeres posicionadas desde la música alternativa buscan unir sus improntas para defender juntas la música alternativa cubana.

tomada del perfil de facebook de iris la doña

El grupo interactúa no solo con músicos, sino también con bailarinas, coreógrafas, diseñadoras. A propósito, Suylén comentó: “En esta ocasión quise trabajar con Celia Ledón, diseñadora de gran prestigio, para confeccionar un vestuario que tuviera que ver con la temática del género, y la coreógrafa y directora de Rakatán, Nilda Guerra, para perfeccionar los movimientos en la escena.”

El festival de la música electrónica cubana, Eyeife, del 2020, que se centró en el tema de las mujeres en la música, con amplia presencia de féminas Djs, se convirtió en espacio propicio para que este grupo expandiera su creatividad. Milanés nos comparte:

“Quise sumar Eyeife a Somos porque sobre todo me interesa visibilizar el proyecto a través de todas las vías posibles para luego materializarlo en varios fórums de la escena cubana. Porque Eyeife es fusión electrónica con cualquier género y cualquier manifestación artística. Somos es lo mismo pero rock con electrónica alternativa.”

Ya comienzan a escucharse en diversos espacios las sonoridades de este proyecto que busca trascender los límites de la música y las mujeres, para ello se proponen una serie de acciones futuras que incluyen la creación de un video clip y su difusión; la participación en festivales nacionales e internacionales; la realización de conciertos por todo el país; e incluso propiciar becas de formación a mujeres jóvenes no solo en disciplinas de canto y música, sino a productoras, sonidistas, y otras profesiones tras el escenario.

Mucho camino le queda por recorrer a Somos, iniciativa que ya se legitima por lo sólido de sus bases, por la defensa de la música cubana y por la fuerza de ese grupo de mujeres músicas que no necesitan más que una escena para mostrar todo de lo que son capaces. Luz a Somos, porque todas Somos música, Somos Cuba.


Katherine Pérez y la belleza discordante de las diferencias

Katherine Pérez Santos es una poeta que escribe teatro, o una dramaturga que se sostiene en la poesía. Aún es pronto para definirla. Quizás no necesitemos definirla nunca. Porque Katherine persigue la conmoción, el estremecimiento desde sus textos. No importa si se trata de periodismo o ficción, a fin de cuentas, ambos se sustentan en el lenguaje, toman el cuerpo de la palabra para existir.

tomado del perfil de facebook de katherine pérez santos

La joven holguinera ha apostado siempre por lo bello, aunque esto sea de una punzante naturaleza o de una áspera forma. Tal vez por eso su obra Cabo de hornos ganó recientemente el primer lugar en la IX Edición del Festival Internacional de Teatro Femenino “La escritura de la/s diferencia/s”.

El premio fue otorgado por un jurado cubano que la calificó como: “una historia de amor y desamor entre dos mujeres que transita entre el lirismo y las contingencias de la vida cotidiana. Inspirada en la narrativa de Virginia Woolf, la dramaturga traslada la poesía al lenguaje teatral para concebir diálogos fluidos, capaces de revelar la naturaleza de los personajes. Sueños recurrentes, necesidades domésticas, amistades entrañables y una pasión amorosa que sostiene el conflicto de principio a fin, son los hilos que bordean un texto dramático con múltiples sugerencias para la futura puesta en escena.”

Igualmente, el jurado internacional del Festival le concedió a la pieza una mención especial, alegando que “posee un excelente manejo del lenguaje, un buen equilibrio entre los momentos líricos y una sólida estructura dramática.”

Y así se abre paso la novel voz femenina, desde las diferencias. Pérez Santos revela que “Cabo de hornos es la metáfora de un estado sentimental. De un vacío, y a la vez es muy voluptuosa. Toma del posdrama. Juega con referentes como Virginia Woolf y Eugenio Montale.

La protagonista, Dina, quien vive en una renta con su mejor amigo y una amante, tiene pesadillas recurrentes sobre las que se estructuran los diálogos.”

Leer algunos fragmentos del texto ganador remite a la soledad propia y a la ajena, hay algo de abandono, algo que tiene que ver con  estar desasido pese a la compañía de los otros. Se refiere a la soledad interior que ataca en sueños y se revela despierta en una angustia perenne, como deja claro el personaje principal:

  • Dina: Nadie me tiene y yo no tengo a nadie.
  • Solo existe el faro y dentro de él, yo
  • Y dentro de mí, el sueño.
  • Las olas comienzan a trepar por el faro.

Y como cada autor es lo que lee, la urdimbre de las vivencias auténticas o imaginarias, atestiguadas o perseguidas, hay en la obra poemas suyos y reminiscencias de Tarkovski y Bergman.

tomado del perfil de facebook de katherine pérez santos

Por el momento Katherine escribe, escribe, escribe como un modo de vida. Esta no es su primera pieza teatral. “La primera fue Cempasúchil que se estrenó en México en 2019, en espera del 2 de noviembre, día de los muertos, cuando literalmente ocurre la obra.

Ya se ha puesto varias veces en ese país, en sitios como Casa Refugio, y en la sede de Tinglados que es un grupo importantísimo de D.F, y fue muy aplaudida por el público. Me cuentan los actores y la directora que las personas la fueron ver dos y tres veces.”

También en Cempasúchil una mujer fue el centro: Chavela Vargas. Porque el teatro necesita que una mujer dé voz a todas las mujeres. Y ella no es la primera, pero se suma a un coro urgente.

En tanto, Cabo de hornos se encuentra en proceso editorial. Aguarda por ella el público, lector o espectador, que son a la vez uno.


El lado femenino de la afrodescendencia (+ video)

La proclamación del Decenio Internacional de los Afrodescendientes, desde el 1ro de enero de 2015 al 31 de diciembre de 2024, ha sido esencial para el diseño y puesta en marcha de políticas gubernamentales y públicas encaminadas a la defensa de los derechos económicos, sociales, cívicos o culturales de un importante sector de la comunidad global. Si bien es cierto que el vocablo «afrodescendencia» evoca el origen y la evolución de toda la especie humana, en las últimas décadas se ha utilizado, de manera recurrente, para visibilizar un heterogéneo y complejo grupo social que ha tenido que enfrentar, a lo largo de la historia, las vejaciones e ignominias inherentes a la discriminación racial.

Antes de esta proclamación, ya la Asamblea General de las Naciones Unidas había incluido en sus agendas de trabajo un programa de actividades asociado a este tópico: la declaración del “Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente” en 1992, la “Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia” en 2001, la “Declaración y el Programa de Acción de Durban”, aprobada en esta conferencia, el consenso para la conmemoración del “Día Internacional de Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Trasatlántica de Esclavos” en 2007, así como el pronunciamiento a favor de la celebración del Año Internacional Afrodescendiente en 2011.

En cada una de estas resoluciones ha persistido el interés por atender la situación de vulnerabilidad de las mujeres afrodescendientes. Con el propósito de rememorar el “Primer Congreso de Mujeres Latinoamericanas y Caribeñas”, que tuvo lugar en República Dominicana en 1992, cada 25 de julio se celebra el “Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente”, también conocido como el “Día de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora”.

En este congreso se abordaron temas esenciales para el sujeto negro, de manera general, y la mujer negra, de modo particular. Entre ellos podrían señalarse el sexismo, la violencia de género, la discriminación racial, la pobreza, la marginalidad y la migración.

Sin dudas, son muchos los desafíos que las mujeres afrodescendientes han tenido que enfrentar. Varios investigadores e investigadoras han insistido en el hecho de que la mujer debe encarar varios niveles de discriminación: además de la condición de género, debe afrontar el sistema de prejuicios y estereotipos asociados al color de la piel, a la clase social, a la filiación religiosa o a la orientación y la identidad sexual. La coexistencia de estas categorías en un mismo sujeto social es lo que la académica afroamericana Kimberlé Crenshaw (1959) ha catalogado como la «interseccionalidad».

Kimberlé Crenshaw: «Pero de la misma manera que la interseccionalidad intensifica nuestra percepción sobre cómo las mujeres negras viven sus vidas, también expone las circunstancias trágicas cómo las mujeres afroestadounidenses mueren.» (foto tomada de Tedtalks)

La mujer negra, en tanto sujeto social, no es solo afrodescendiente, puede ser también una mujer pobre, musulmana, homosexual, transexual; lo que la convierte en una especie de receptáculo de discriminaciones con las que tiene que lidiar durante toda su existencia. De este modo, recaen sobre ella un sistema de prejuicios y estereotipos de carácter socio-económico, religioso, sexual o cultural.

Ahora bien, no debemos creer que este sistema de prejuicios y estereotipos son reproducidos, exclusivamente, por el llamado racismo anti-negro. Lamentablemente, algunos de los intelectuales hombres, considerados portavoces de las luchas antirracistas, siguen repitiendo esquemas de pensamiento y prácticas bastante machistas y sexistas.

Sin ánimo de ser absoluta en mis lecturas y reconociendo que en este error también son responsables las mujeres, pienso que no todo el discurso y la praxis antirracista, incluso no todo el discurso y la praxis de izquierda, ha asumido las urgencias por articular los feminismos, las alteridades religiosas o las disidencias sexuales, por solo citar algunos ejemplos.

Creo que las mujeres afrodescendientes, de todo el mundo, han tenido que asumir importantes retos: estudiar, sistematizar y valorar lo mejor del corpus de ideas y prácticas que han marcado la cultura universal, atendiendo, de modo particular, las principales voces del feminismo y el afro-feminismo; articular un movimiento multidisciplinario y plural que realice un trabajo sistemático y consecuente con sus principios y pautas de acción; alzar su voz, alejándose de relatos victimizadores y suplicantes; dialogar, constantemente dialogar con aquellos grupos sociales ninguneados por la colonización y la colonialidad.


Experimento contra el olvido

Pujo el verso, la sustancia, para que nazca con esencia.

Me inclino ante los versos de un hombre que marcó mis noches de insomnio, con falta de apetito y mal humor.

(Hace más de 10 años dormía en un cuarto bohemio de una beca y solo tú, Wichy Nogueras, me salvabas).

Me amaste como al cisne, y mis libros fueron devorados con la maldad de una mujer desnuda. Cada amor que llegó, gracias a ti, se fue marchando con mi imposible.

He sido libre, una mujer libre no tiene precio.

He convivido con el abominable dueto de ser mujer y poeta, poeta y mujer.

Pocas veces, he roto el hechizo.

Voy regalando la salida, sin miedo a que sea carcomida de envidia por Neruda,

Una salida lúgubre…

Tantas veces he expuesto mi cabeza, y aunque la siga destiñendo volverá a su habitual zanahoria.

Poe, Mae West.

Perdiz.

Luego, este poema experimental, regresa al segundo verso.

Para nosotros, no has muerto, de todas las maneras, existes.

 


Las poéticas del cuerpo intervenido (+ fotos y video)

El distanciamiento social y la pandemia no ponen freno a los artistas: no hay claustrofobia, sino nuevas maneras de contar desde las plataformas online que hoy, más que nunca, ofrecen su caudal de posibilidades a creadores y espectadores de las artes visuales. El arte no tiene excusas. Es por eso que estas Romerías de Mayo —la magna fiesta de las juventudes creativas— no asumen ahora el rostro ni el jolgorio de las calles, sino que se viven desde casa, desde la inquietud de quienes imaginan para proteger la epidermis de la creación, esa esencia que habita en la espiritualidad del ser humano.

Es por eso que quiero detenerme en Tiranía de la tradición, exposición fotográfica de Aneli Pupo. Las redes han devenido en el espacio de contemplación que la conectividad nos ofrece, una particular galería para los ojos inquietos que buscan un estímulo y una reflexión sobre la condición humana en estos tiempos donde nada —prácticamente nada— es ajeno.

Muestra virtual Tiranía de la tradición

La artista visual guantanamera Aneli Pupo nos invita a visitar su muestra Tiranía de la Tradición. Disponible en los canales de Youtube de la AHS y de la artista.#RomeríasenCasa#PorqueNoHayMañanasinHoy#ArteJoven_Cuba#Elartellamaatupuerta

Publicada por Asociación Hermanos Saíz Guantánamo en Lunes, 4 de mayo de 2020

Aneli Pupo habla, a través de sus imágenes, del cuerpo femenino intervenido por la realidad y su crudeza. Una realidad que se experimenta día a día, en esas violencias del cotidiano que —ya sean imposiciones, costumbres, códigos o modas— transforman nuestro espacio privado en un espacio colectivo. Once imágenes, once fotografías en blanco y negro que dialogan con el constructo social que hemos denominado “buena mujer”, “buena madre”, la guardiana de la familia y la dadora. Las violencias de nuestras prácticas sociales invaden el lente de la cámara para mostrarnos un mundo en crudo, un mundo que ocurre cuando las puertas de la calle se cierran, un ritual de iniciación en el que las mujeres somos víctimas y victimarias, jueces y parte.

Más que de inequidad de género, las fotografías de Pupo nos muestran el cuerpo intervenido, el cuerpo transformado en objeto, “cosificado”, trasmutado en incubadora o en tabla de planchar, el cuerpo “animalizado” —la mujer ponedora, la erótica gallina que ha devenido también víctima. Pero no es esta una contemplación conformista: la creadora no nos invita a mirar y pasar de largo, como el inevitable chismoso que corre el velo de una realidad o la cortina de una casa para observar el desastre, sino que es un llamado a la acción, a romper el ciclo donde alma y cuerpo se escinden, y donde el símbolo —ese arquetipo inoculado en las venas de muchos y muchas— se rompe, se quiebra.  

Estas fotografías son un cuestionamiento. La mujer es vista como hembra —mamífera y ovípara—, las imágenes nos recuerdan un círculo/circo de las violencias. Hablo no solo de la violencia que los otros ejercen contra el cuerpo femenino —como se evidencia en las fotos “Felizmente casada” y “Sin voz ni voto”, quizás las menos logradas de la muestra por la literalidad plana de su mensaje— sino la violencia que nosotras mismas nos imponemos, en búsqueda de transformarnos en el signo, en la representación de la belleza tal y como se ha preconizado en la sociedad de consumo, en el circo del consumo.

Bajo esta mirada se encuentran las fotos “Insensata obsesión”, la cual muestra solo la pesa —esa maldita pesa que determina cuán gordas o flacas somos, cuán deseables, cuán hermosas— y los pies de una mujer. Pies de tobillos hinchados, solo eso: a tal grado ha llegado la despersonalización, la desaparición de la mujer en su propio círculo de cosificación y tortura que se ha convertido en el objeto y en una parte ínfima de sí misma —precisamente aquella parte que carga, que soporta el peso simbólico de las libras y del cansancio. “Leña del árbol caído” hace gala, nuevamente, del recurso de la despersonalización: una cinta métrica mide la cintura de una mujer, nuevamente una usuaria sin rostro, transformada en el objeto y en un fragmento de su cuerpo —ese fragmento que la autora ha decidido enfocar. En contraste con la rigidez de la cinta métrica —y su sentencia— aparece el cuerpo atado, amordazado, rígido bajo el embate de la cinta; cuerpo que, si se observa atentamente, muestra sus estrías, sus marcas, sus imperfecciones.

En “Tierno cilicio” el cuerpo se transforma en objeto al ser intervenido por un símbolo, en este caso, una plancha. La mujer se dobla bajo el peso del signo, asume su rol de protectora del hogar, hasta tal punto que se pierde su esencia: una vez más, la fotógrafa nos niega ver el rostro de la mujer —parece decirnos: “esta soy yo, eres tú, somos todas en un momento de nuestra vida”— y prefiere, en cambio, mostrar el cuerpo en actitud de sometimiento —a gatas—, el organismo devenido tabla de planchar, artilugio doméstico, cosa.

Un punto y aparte merecen las fotografías concentradas en los temas de la maternidad y la sexualidad. Me refiero a “Pudor”, “Maslow es un bebé”, “A flor de piel” y “Vigilia eterna”. En todas, aparece en igual proporción la despersonificación del rostro femenino —que se oculta en uno de los casos; en el resto, se seleccionan partes puntuales del cuerpo relacionadas con el concepto de lo materno, del deseo y el sexo; díganse manos, pubis, muslos, senos—, leitmotiv que ya veníamos apreciando en gran parte de la muestra. De nuevo, es preciso señalar cómo la presencia de un símbolo —en este caso el huevo, a una misma vez sinónimo de nutrición y de maternidad— invade y transforma el cuerpo.

Lo transforma hasta convertirlo en algo obsceno, hermoso y terrible: la mujer ha devenido madre ponedora, gallina que vela el nido, gallina que custodia los embriones que son su carga y bendición. A este concepto, se antepone la idea de una falsa sensualidad que insinúa la genitalia —a modo de zona de fricción— y los pechos —la idea de lo nutricio—, como espacios de sometimiento, espacios de carga, donde los huevos se ordenan con una meticulosidad geométrica, equilibrada y, por ello —hasta cierto punto— también terrible. Es en estas fotografías que la creadora alcanza el cenit de su exposición.

tomado del perfil de facebook de aneli pupo

Una vez más, hago hincapié en que estas imágenes no invitan a la contemplación pasiva —como en nuestro andar por lo cotidiano, donde la violencia simbólica y hasta física pasa por nuestro lado sin que movamos un dedo—, sino que son un llamado a visibilizar, a descorrer las cortinas de nuestro mundo interior, a elevarnos por encima de patrones, cánones, violencias exteriores y personales, a humanizar nuestros cuerpos y a desvirtuar estereotipos. El arte es cambio, bien lo sabe Aneli Pupo.

En este momento de aislamiento, cuerpos desconocidos —cuyas identidades, como los rostros en muchas de las fotos de Aneli, permanecerán ocultas— sufren, batallan contra otros y contra sí mismos, en ese limbo de la mente del que, en ocasiones, parece imposible escapar. Es por eso que la imagen se transforma en voz, con la esperanza de que nos alcance y de que pulse alguna cuerda —una necesaria cuerda— en nuestra espiritualidad.

No lo olvides: tú también eres más que un cuerpo.

 

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