Premio Celestino de Cuento


Wildesigners productions: salvajes creativos

Entre los contenidos que comparte Ediciones La Luz en redes sociales con motivo del Premio Celestino de Cuento en su edición vigésimo segunda, destaca la hechura de las cápsulas audiovisuales que representan cuentos de Augusto Monterroso compartidos por jóvenes autores de la sección de literatura de la Asociación Hermanos Saíz, de Holguín.

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El dinosaurio en el fondo del pozo (dossier + videos y fotos)

¡ Y comenzó el Celestino!

Por: Liset Prego

Con una amplia programación a través de distintas plataformas digitales comenzó la vigésimo segunda edición del Premio Celestino de Cuento. El certamen que convoca la sección de literatura de la AHS en Holguín y su sello editorial La Luz, está dedicado este año al aniversario 35 de la Asociación y al centenario de Augusto Monterroso.

Con la presentación del jurado, los narradores Dazra Nova, Rafael de Águila y Emerio Medina oficialmente se abre el concurso al que enviaron sus textos más de 50 narradores de todo el país. Mientras el jurado delibera, en las redes se comparten contenidos audiovisuales de lecturas, paneles, presentaciones de libros, talleres relacionados con la narrativa de ficción, el microrrelato, la vida y obra de Monterroso y muestras del trabajo de los miembros de la sección de literatura de Holguín.

Entre las novedades editoriales de La Luz llegarán: Sexo Chatarra, de María Liliana Celorrio; Cuando te llamas princesa, de Enrique Pérez Díaz; Una brizna de tiempo, Rafael de Águila,  La casa de los gatos perdidos, de Liset Prego, y Fauces, de Lourdes Mazorra.

Las editoriales Caja China y Ácana estarán presentando Camomila y otros relatos, compilación de los finalistas y el ganador del concurso internacional de minicuentos El Dinosaurio, y La mujer del último show, de Lourdes González.

Bajo el nombre Colección La Brevedad se comparten también relatos en audio de escritores de diferentes provincias.

Otra novedad será el Taller de Técnicas Narrativas Contar con La Luz que desde Telegram permitirá intercambiar nociones sobre la construcción textual y lecturas de los talleristas, así como trova, con el invitado Rey Montalvo.

El 18 de junio se dará a conocer el premiado en este Celestino, desde las redes sociales de Ediciones La Luz y desde el Portal del Arte Joven Cubano.

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Las lecciones de Monterroso

Por: Liset Prego

No hace falta ser un lector muy sagaz para notar la profusión de animales en los textos de Augusto Monterroso. Estas criaturas no son atrezo en las narraciones, toman los roles protagónicos con organicidad, y vuelcan en sus desdichas o peripecias toda la voluntad edificante del autor.

Escritos de este modo los textos se transforman en un espejo burlesco que no refleja al lector, pero quizás sí a su alter ego animal personificado. Aunque el propio Monterroso insistía en que no había en su literatura un afán moralizante, es imposible no encontrar en sus sarcásticas letras, pautas morales, desafíos existenciales resueltos con la sapiencia del fabulista, o magnificados para hacerlos notar.

Él mismo dijo:

“…si alguien quiere extraer de ellos alguna moraleja, está en su derecho y puede hacerlo. Corregir las malas costumbres de la gente es una tarea demasiado fácil que hay que dejar a las autoridades. El escritor debe ocuparse de lo verdaderamente arduo: el buen uso del gerundio, por ejemplo, o de la preposición a, que se acostumbra emplear mal. Yo me gano la vida corrigiendo esta mala costumbre”.

Otra obviedad que emerge de la lectura de este autor es su afán perfeccionista, el cuidado de no permitirse ningún exceso, la precisión, tanto que, parafraseando al genio, aseguró que no escribía, corregía. Noten si le preocupaba la exactitud de sus palabras, de las estructuras. Era un perseguidor de la sintaxis precisa, una virtud valiosísima en su ramo, debo decir.

Augusto Monterroso, apuesta por el no ser, él, que no fue mexicano, ni hondureño, ni guatemalteco, sino todo a un mismo tiempo. El escritor de brevedades más ilustre, quizás, de las letras hispanas, cree que un libro es un zoológico de defectos humanos. Un bestiario de aquello que no teme cuestionar en sus congéneres y que atribuye a los animales, sin importar si el pacto tácito entre el lector y la fábula adjudica tal o más cual rasgo a cada criatura. Monterroso subvierte el acuerdo, lo renueva, cada animal puede ser cualquier cosa y servir de instrumento en sus relatos.

Los disfraces de bestia con los que viste Monterroso a sus personajes son el pretexto para enunciar atributos humanos, conflictos propios de la especie, y cada uno viene además envueltos cuidadosamente en ironía. La nueva fábula donde establece el diálogo con criaturas del mundo animal reconstruyendo una convención que basa en la parodia, en el absurdo, suele tener la misma naturaleza moralizante que es común en el género, pero de una manera inesperada.

Los animales parlantes, en la obra de Augusto Monterroso, vuelven a la literatura para adultos, de la que habían sido cortésmente relegados, como cosa de textos fantásticos y literatura para niños.

En el artículo «Augusto Monterroso y el arte del devenir animal», de Iván Aguirre, el investigador puntualiza que:

“En primera instancia están los animales que representan humanos, aquellos que son más signos retóricos que un ente de ficción con personalidad o rasgos vitales suficientemente desarrollados en la trama. Animales como la oveja negra, el conejo, el león y las moscas que representan algo específico, aunque no sea lo que corresponde en el mundo de la fábula y la mitología popular. Luego están los animales testigo, como la jirafa relativista, que sirven de testigo no-humano ante la ridiculez o absurdo del hombre en su comportamiento destructivo. Y finalmente los animales que están en un proceso erróneo de devenir animal a partir de cambiar o negar su naturaleza: La rana quería ser una rana auténtica, La mosca que soñaba que era un águila y el perro que deseaba ser un humano”. 

Todo puede ser representado por un animal, cada concepto con el que nos alecciona, o sacude, para decirnos, “miren, qué tontos hemos sido”, aunque él mismo rechace que sea esta su voluntad. Aquí tipo y arquetipo están retratados y el lector puede escoger qué traje usar, si será león o conejo, oveja o dinosaurio, rana o mono, porque están dados así principios éticos, perfiles psicológicos, supuestos estéticos, concepciones sociopolíticas, y la filosofía vital del artista.

Leyendo a Monterroso puedes reír socarronamente, reflexionar, comparar con tus conocidos a tal o más cual personaje, a la manera del mono que quería ser escritor satírico. Siembra dudas, planta cara a la hipocresía, la desafía abiertamente, así que ya no importa si alguien lo creyó un émulo de Esopo. Si alguien quiere vivir bajo sus códigos, será una mejor persona, si quiere disfrutar de su prosa y tomar de ella un patrón de la redacción adecuada, será un mejor lector o escritor, o ambos. Cumple así el autor de «El dinosaurio» su propósito declarado y el que escapó a su intención y domó el espíritu de sus relatos, autónomos una vez que el público se adueñó de ellos.

Porque aún sin quererlo, cien años después y pese a su oposición, la fábula todavía está allí.

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Celebración de la memoria: Las fauces, de Lourdes Mazorra

Por: Adalberto Santos

Múltiples son los caminos de la exploración interior. Senderos que pueden conducir a la realización personal o la debacle del yo. Y al comienzo de cada uno de ellos abandonamos algo y cargamos con las expectativas e incertidumbres que el desandar pueda depararnos. Ante nosotros, cada día se abre, como una boca inmensa y preñada de incógnitas, donde el destino se inscribe a golpe de paso, y en cuyo umbral nos detenemos, a veces que con temor, ante la niebla que frente a nosotros extiende el devenir.

Cortesía de Ediciones la Luz

Lourdes Mazorra, creo poder afirmarlo, conoce este temor, y frente a la perspectiva del camino ha decidido detenerse y traducir para nosotros, desde la alegoría que es Las fauces, múltiples situaciones y personajes que exploran desde la autorrealización hasta la añoranza del amor, todos ellos transcritos desde lo que parece ser el recuerdo brumoso de vidas pasadas. La prosa de Mazorra llega así pues, envuelta en una brumosa incertidumbre donde cada historia, cada personaje se mueve en el escorzo de un paisaje interior relatado con lentos y difuminados trazos: una vieja vitrina, que representa el legado y permanencia de lo familiar, se vuelve leitmotiv de una historia de fantasmas; una foto antigua rememora los pasajes de un amor que fue, o un añejo hotel, que acaso existe o no, se vuelve escenario de una pasión repetida contra el fondo de una ciudad que existió alguna vez. Todo llegando con la torcida certeza del recuerdo.

Cortesía de Ediciones la Luz

Lourdes Mazorra, quiero creer, se declara pues «silenciosa espectadora». No desarma con mano experta o atrevida las palabras, no propone situaciones límites y alucinantes, no ejercita una dinámica narrativa de vértigo: su manera de contar es cauta y queda, reverente de dioses y diablillos tutelares, desde un Abelardo Castillo hasta un (casi inevitable) García Márquez. Dicho así, de pronto, parecería lectura aburrida, pongamos por caso para un millennial transgresor. Lejos de ello. La lectura, pues, de Las fauces, es un ejercicio de detenimiento y solaz ante la inevitable vorágine de la vida. Es un llamarse a la evocación como ejercicio de saneamiento y paz ante el excesivo acumulo de signos, muchos de ellos confusos y triviales al uso. Es también la posibilidad de repensar, aun desde la imaginación y lo simbólico aquello que consideramos valioso o no, desde una vocación serena, como quien acude al favor de la memoria frente a las esas múltiples fauces que el vivir pareciera extender hacia nosotros.

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«Decamerónicos. Cuentos aislados» para sobrevivir a la peste de este siglo

Por: Liset Prego

Nuclearse alrededor de la literatura, conspirar en su nombre y en pro de la belleza, puede ser ingenuo, algo fuera de este tiempo, pero ellos insisten. Trece años hay entre el nacimiento de la primera y la última de estas voces narrativas holguineras que se reúnen como homenaje a la Asociación Hermanos Saíz, en su aniversario 35.

Diez miembros de la sección de literatura de Holguín que persisten en el afán del cuentero, obcecados en relatar, por encima de la abulia, de la alienación, de la paranoia, unen sus cuentos breves, escritos sin prisa, sin la urgencia de su generación o generaciones, pues hay entre ellos un puente que une lo analógico y lo ontogénicamente digital.

Cortesía de Ediciones la Luz

Se encuentran aquí contenidos frente a la cuartilla, diciendo solo lo preciso. Una virtud parece la de intentar que las palabras sean el sostén de la cordura en estos días.

Como en el Decamerón de Giovanni Bocaccio, esperan su turno para contar, e invitan a leer como un refugio ante la enfermedad que asola afuera, proponen confiados la compañía segura del libro.

Decamerónicos II, es un segundo intento por juntar a una decena de autores en medio de la pandemia por Covid-19. La primera vez fue un podcast con igual voluntad, donde diferían las ciudades de origen de los escritores.

En el número 39 de la colección Analekta, la misma donde Delfín Pratts y Lina de Feria dejaron reposar sus versos, confiados en que los soportes no son la verdadera medida del texto, llegan al papel impreso, algunos por primera vez, acogidos en el amparo fértil de La Luz, que pone el foco ahora sobre estos cuentos aislados.

Idania Salazar, Andrés Cabrera, Miguel Montero, Armando Ochoa, Norge Luis Labrada, Luis Alfonso Lofforte, Elizabeth Soto, Lilian Sarmiento, Susel Legón y Erian Peña examinan la condición humana, la otredad disfrazada de lo heterogéneo para sorprendernos en su rareza. Catan sometimientos, violencias, miran con distancia prudencial a la locura alucinante, atestiguan crímenes pasionales o pasiones criminales, contemplan el milagro de la luz y la sombra; saben de la literatura y su artesanía, indagan en el eterno conflicto del ser y la apariencia, de la norma y lo que la desborda. Se asoman al pozo que es cada historia, y ahondan con sarcasmo o ternura, con miedo o en la zozobra que no alcanza a medir las honduras de la palabra.

Los jóvenes narradores no quieren que la peste moderna los detenga. Quieren contar, a toda costa, y en la distancia, reúnen sus relatos. Sus voces se distinguen, ritmos, referentes, estilos que empiezan a cuajar, a parecer más propios, tanteos, ensayos, cavilaciones, siempre en busca de la síntesis, un juego con la poesía es este modo de narrar. Son discípulos de Monterroso quien, cien años después, los insta a apostar por la brevedad, los reta a sobrevivirle en un mundo perfecto pero confuso.

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La casa de los gatos perdidos

Por: Rubén Rodríguez

Me da mucha satisfacción presentar este libro, a cuya autora me une una relación profesional y afectiva. También porque he estado cerca durante su concepción y realización. La casa de los gatos perdidos, ópera prima de la escritora y periodista Liset Prego, no es solo un canto de amor a los animales, sino un llamado a la diversidad, la tolerancia y la aceptación.

A través de una familia peculiar, monoparental, la de Ricardo y su hija Ana, se presenta una decena de relatos: las historias de los felinos que van adoptando sucesivamente.

Cortesía de Ediciones la Luz

Y con cada gato que llega o se va, nos queda la presentación y resolución de un conflicto. Porque, utilizando el antiguo recurso de la fábula, Liset Prego caracteriza en sus protagonistas animales a la sociedad humana.

Del mismo modo, el barrio deviene cápsula donde están representadas actitudes, virtudes y prejuicios humanos, corporizados en el vecindario. Lo cual supone el matiz crítico intrínseco que contienen varias de las historias, pero renunciando al didactismo, las obviedades y el paternalismo, que suelen lastrar a algunos textos escritos para niños.

Luego de la presentación simple donde se declara el amor incondicional de esta familia por sus mascotas, se desgranan los relatos –no siempre felices– donde se alternan diversos tonos, incluso aquellos referidos a un desenlace dramático, resuelto con delicadeza por la autora.

Cortesía de Ediciones la Luz

Fluidez, amenidad, ritmo, armonía y sencillez, sin renunciar a la elegancia del lenguaje, caracterizan –desde el punto de vista formal– a este cuaderno, que cuenta con un valor agregado: las estupendas ilustraciones de Dagnae Tomás, prolijas y ricas en detalles e ideales para colorear.

Vale señalar que la gráfica ha captado la esencia de las historias y personajes, con gran sensibilidad y constituye un complemento perfecto. Se logra así la deseada simbiosis entre texto e ilustración, que considero indispensable en un libro destinado a los más pequeños.

Me resta solamente recomendar la lectura de La casa de los gatos perdidos, primer libro de Liset Prego. Y como sé por experiencia que «libro llama libro» y ya comenzó la temporada ciclónica, esperemos que lluevan otras obras de Liset Prego. Precisamente, sobre ciclones trata el proyecto en que trabaja actualmente. Habrá que evacuar a los gatos perdidos, digo yo…

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La mujer del último show

Por: Mariela Varona

La Editorial Ácana de Camagüey acaba de poner a nuestra disposición La mujer del último show, un libro de Lourdes González Herrero con prólogo de su editor, el Premio Nacional de Literatura Luis Álvarez Álvarez.

De entrada les aviso que es un libro de cuentos inquietantes. Para transitar por ellos siempre habrá dos opciones. La habitual es recomendable: leer un cuento cada vez, impregnarse de su atmósfera, saborear y detenerse en las ideas más felices o en las más provocadoras. Pero mi opción, y la que sin duda usarán otros lectores, también es válida: leer sin parar las ciento treinta y seis páginas donde caben once relatos y caer en trance.

El libro abre con un relato noir, titulado «Claroscuro». En él, un enano muy cinéfilo se entromete entre un ladrón y su víctima, y la obsesión por el cine negro clásico lo transfigura. El cuento resulta hilarante porque ni el ladrón, ni la anciana objeto del robo representan con eficacia sus roles en la historia. Diríase que son actores de teatro que no han logrado aprenderse el guion de la obra, y es por eso que el enano determina adueñarse del papel protagónico.

A lo largo del libro encontramos dos cuentos más donde aparece el género negro, pero narrados en claves muy diferentes. «Blackmail (Chantaje)» es una historia de desamor fugaz y demoledora entre un presidiario y una mujer borracha que baila sola en un bar. La potencia de esta singular pieza narrativa estremece y duele como un latigazo. «Las manos rojas», en cambio, es un diálogo entre dos personajes masculinos —uno joven, otro viejo— tratando de esclarecer si uno de ellos cometió o no un asesinato. Los dos hombres se muestran tan simples y empecinados que me remiten a los personajes de Rulfo.

En el libro hay tres relatos que exploran la relación del escritor con la literatura y de esta con la vida. «Sobre el uso de las armas de fuego» es un diálogo entre un autor y su personaje. El Narrador discute —no amigablemente— con su personaje Benigno Piñón, un tipo obsesionado con poseer un arma. En «Naturaleza muerta» un escritor que no ha vivido lucha por encontrar dentro de sí la pasión necesaria para narrar la pulsión sexual, que cree le garantizará el éxito. Por su parte, en «Días de lectura» Un hombre racionaliza las etapas de lectura de un libro que le resulta a la vez fascinante y agotador, y entabla una relación imaginaria con el escritor y su fotografía de solapa.

Entre estos dos cuerpos —el relato noir y la reflexión sobre la escritura— hallamos tres textos que no tienen un denominador común en cuanto a género, tema o estilo, pero sirven como pausa generosa para la densidad de los que ya comenté. Uno de ellos es el tercer relato del volumen, titulado «La gran soirée», donde se cuentan los divertidos avatares de un grupo de amigos “colados” en una fiesta súper fastuosa que deriva en orgía. Quien conoce a Lourdes González puede imaginarla leyendo este cuento en público y escuchar perfectamente las risas del auditorio.

La sexta historia es la única donde Lourdes renuncia a la atemporalidad de los otros diez relatos y trabaja a partir de un personaje real: la viuda del cosmonauta Yuri Gagarin. En «La trascendencia según V.G.» la anciana Valentina Goriácheva escribe una carta donde pone su pasado y el de su marido en su justo lugar. Cuando reflexiona sobre la fama, el valor, la trascendencia, y cómo esos conceptos pueden torcer para siempre el destino de una familia, veo el poder de la prosa de Lourdes González puesto en función de reivindicar a todo un universo de esposas olvidadas.

En el octavo puesto cae el relato que da título al libro: «La mujer del último show». Se trata de una mujer transgénero llamada Francisco, quien canta en un cabaret de mala muerte y, entre su amiga Ivys y una paloma que cuida con obsesión, sueña con ser actriz e intenta darle sentido a su vida. En este cuento hermoso y lleno de delicadeza siento palpitar, junto al oficio narrativo, el enorme talento poético de Lourdes, que nada tiene que ver con el uso de frases o giros poéticos, sino con la intensidad con la que va tejiendo el relato hasta dejarlo descansar, como si la paloma de Francisco se quedara dormida.

Entonces, al final, el libro desemboca en dos cuentos muy inquietantes, como si Lourdes González o su editor no quisieran que los lectores terminen de leérselo y se vayan tranquilamente a dormir.   

Cortesía de Ediciones la Luz

Se trata de «Una boutique en el desierto» y «Una situación horrorosa y exultante, aviesa». En el primero, narrado en primera persona por un ser que vive solo y miserable en el desierto, su existencia cambia cuando descubre que alguien ha construido como por arte de magia una tienda lujosa para compradores inexistentes. No se sabe si es una alucinación o la superposición de realidades que generan los mundos paralelos, pero funciona perfectamente como una provocadora metáfora de la realidad.

En el último, un grupo humano se enfrenta a otro que le resulta extraño, ajeno. No se sabe quiénes son ni de dónde llegaron, y el miedo al Otro, a lo desconocido, va convirtiendo tanto al grupo autóctono como al invasor en enemigos mortales. Las estrategias que sugieren los personajes para deshacerse del problema son un muestrario de lo peor de eso que llamamos “humanidad”.

Estos dos últimos cuentos transpiran una atmósfera muy a lo Bradbury que, mientras leemos, sugieren un futuro distópico y alucinante. Pero más tarde el lector toma conciencia de que esas historias pueden suceder ahora, hoy, y nadie puede negar que hayan sucedido en algún pasado y que podrían suceder en un futuro inmediato. Porque están creadas con la conciencia de lo que el ser humano puede construir o destruir, y son metáforas poderosas del mundo que habitamos ahora mismo.

Es indudable que Cortázar tenía razón cuando afirmaba que «el resultado de la batalla entre la vida y la expresión de la vida es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia». También tiene razón José Luis Serrano cuando afirma en la nota de contracubierta que en este libro «La realidad es distorsionada y recompuesta mediante estrategias narrativas que sacan a la luz las estructuras deformes de lo cotidiano».

Y después de invitarlos a la lectura, mejor hago silencio. Y no cualquier silencio, sino el que pone Lourdes González en el último cuento de su libro: «un silencio de paisaje chino con largas hojas afiladas contra un cielo sin nubes». 

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Sexo chatarra: las provocaciones de María

Por: Mariela Varona

Un título como este es una provocación. Porque, ¿puede el sexo ser tan efímero, tóxico y fácil de consumir como las hamburguesas con papas fritas? ¿Puede algo que se ingiere o consume ser irresistible o inevitable para el degustador, y tener luego consecuencias catastróficas? Este libro de María Liliana Celorrio intenta probar que sí: el sexo —o más bien el universo erótico de ciertos personajes— puede moverse entre circunstancias alevosas.

Pero debemos poner atención en la segunda parte del título: no es solo Sexo chatarra, es también Los perfectos crímenes del corazón. Porque la pulsión del sexo, en los seres humanos, estaría mutilada si la razón —o el corazón, como quiera llamársele— no alentara los más temibles y arrebatados proyectos. Entre la naturaleza desnuda del sexo y las trampas de la razón, entonces, podemos apostar que anda este libro.

Desde la cubierta, una mujer bocabajo, crucificada en una cama, comienza también a provocar a los lectores. Lo mismo puede tratarse de una mujer rendida y feliz, que terminó exhausta después de una noche de placer, que una mujer violada, golpeada, inconsciente o muerta después de servir de objeto a algún crimen pasional. La fotografía de Lianet Martínez parece concebida ex profeso para ilustrar este libro. Después de contemplar a la mujer de la cubierta, el lector puede intuir que cuando comience a transitar por el desfile de historias que van desde el júbilo hasta el horror, quedará atrapado sin remedio en la provocativa marea de María Liliana Celorrio.

Esta mujer hace una broma desde la dedicatoria: «Dedico estos cuentos a sus protagonistas: mis amantes. A los que vendrán, los espero en el próximo libro». Pero sus protagonistas, casi sin excepción, son mujeres. María Liliana indica con sutileza que los hombres que figuran como partenaires en estos relatos al menos pueden vanagloriarse de algo, porque contribuyeron a la gestación de extraordinarios personajes femeninos. Quienes tenemos la suerte de conocer a la Celorrio personalmente sabemos que el humor ilumina su vida y su literatura.

Cortesía de Ediciones la Luz

Las mujeres que pueblan los cuentos de Sexo chatarra se parecen a ella hasta cierto punto. Porque ella ha sido muchas mujeres al mismo tiempo, y el desenfado de contar historias centradas en sus avatares amorosos es proverbial desde Mujeres en la cervecera. Ese es el título del libro de cuentos que dio a su autora un merecidísimo Premio de la Crítica en el año 2005 y obligó a la ciudad letrada de Cuba a poner sus ojos en ella para siempre. Pero María Liliana no siempre escribe desde la mujer que es, sino también desde las mujeres que podría ser. Sus personajes femeninos son, incluso, las mujeres en que temería convertirse y aquellas que fueron palideciendo en su interior hasta disolverse.

Fui testigo del placer que dio a Luis Yuseff editar este libro. Mas no fue placer de complacencia o comodidad, todo lo contrario. Luis Yuseff necesita los retos para ser feliz. Y el reto de contener en un solo volumen el torrente magnífico de la prosa de María Liliana valía la pena. Creo que para Ediciones La Luz en pleno, este libro fue también un reto y un placer tremendos. Porque una mujer como la Celorrio no solo trae consigo al catálogo de la editorial un nombre y su prestigio: participar en su historia personal es una forma de trascendencia.  

Quien tenga miedo a las palabras fuertes, que se indigne y cierre el libro. Que se ofenda y cierre el libro también quien tenga miedo de encontrarse con el sexo en todas sus variantes: emergente, feliz, ocasional, frustrante, amoroso, ridículo, agotador, apasionado, sucio, animal, extasiado, con violencia. Quienes sigan sin miedo la mano de María Liliana Celorrio encontrarán el temblor de la rabia, el desamor, la soledad y la desidia entre las sábanas de los matrimonios desdichados y las mujeres adúlteras. Pero encontrarán también canciones y regocijos, confidencias entre amigas, madres fieras protegiendo a sus cachorros, pícaros gestos de la intimidad, en fin, la poesía en medio de la sordidez humana.

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Un libro debe ser un regalo

Por: Enrique Pérez Díaz

El gato,

sólo el gato

apareció completo

y orgulloso:

nació completamente terminado,

camina solo y sabe lo que quiere.

Pablo Neruda

Imagínense una casa que no es igual a ninguna otra y de la cual salen maullidos a cada rato y, en el silencio de la noche, bajo la luna llena, se pueden ver, de repente, las peculiares siluetas de unas gráciles figuras que, sobre el tejado, los aleros o en la cornisa de un ventanal, escapan furtivas hacia los mayores misterios de la oscuridad.

En el día, volverá a ser una casa normal en apariencia, aunque en verdad tampoco se parezca a ninguna, pues la casa de los gatos perdidos siempre ha sido y será el mejor puerto seguro para aquellos mininos que, despreciados por el mundo, allí busquen cobija contra el maltrato, la incomprensión y la desidia de los humanos.

Ana y su padre Ricardo son dos personas muy especiales. Por suerte para los felinos ellos no son de los humanos prejuiciosos que les atribuyen a los gatos todo tipo de defectos y enfermedades que ha consagrado la tradición popular. Verdaderos defensores de la especie, son seres sensibles que abogan por ayudar a los pobres animalitos que encuentran desvalidos por las calles.

¿Alguna vez te has puesto a pensar cuanto maltrato puede recibir un callejero? ¿Acaso has pensado que los callejeros eligieron esa forma de vida por simple vocación? ¿Podrá ser agradable para una criatura viva de cualquier edad —desde la más tierna a la más avanzada— vagar por calles y calles en busca de un mendrugo, evadiendo pedradas o palizas, húmedo de lluvia, sediento bajo un sol inclemente, sobre un asfalto grasiento y sin sentir la cobija de una mano que se tienda a su paso por el mundo?

Lamentablemente hay muchos callejeros en todas las ciudades, pues el nacimiento indiscriminado de especies aquellas que se han convertido en domésticas, la irresponsabilidad de quienes un día los compraron y los avatares de la existencia suelen crear situaciones de indefensión que favorecen que muchas criaturas queden en el desamparo más terrible.

Sobre tema tan actual parece sensibilizarnos un libro singular, escrito por una de estas personas sensibles que todavía en el mundo abundan: se trata de La casa de los gatos perdidos, de la periodista Liset Adela Prego, publicado recientemente por la Ediciones La Luz, de la AHS, en Holguín.

Con edición del poeta Luis Yuseff, diseño de Roberto Ráez, ilustraciones de Dagnae Tomás, diagramación de Norge Luis Labrada y corrección de Mariela Varona, este sencillo volumen nos confirma una vez más la excelencia editorial de esta casa que, entre sus frentes más notables, cuenta con la esmerada edición de textos para los niños.

Cortesía de Ediciones la Luz

De manera sencilla, coloquial, cual si estuviera conversando con nosotros, la autora nos va desgranando las venturas y desventuras de toda una serie de personajes gatunos que se presentan en La casa de los gatos perdidos y van dejando su huella en el cariño y añoranza de sus moradores humanos. Nadie es dueño. Nadie es amo. Liset reivindica a la especie desde la propia redención que significa para alguien —y de eso saben mucho los gatos— elegir su camino, sus propios pasos en la vida. Justamente por ello, estos gatos son itinerantes, eligen su albedrío y acuden a la casa cuando requieren de ella y luego, un buen día, desaparecen sin más, dejándonos únicamente su sombra, que se va lejos, bajo el cielo estrellado de una noche cualquiera.

Por eso el pacto entre especies que se da entre padre e hija y los gatos itinerantes nos confirma que quien desea ayudar, nada exige al desposeído, que las buenas acciones no esperan recompensa y que el amor, el verdadero y solidario amor, lleva en sí mismo su propia dádiva.

Bienvenido este tipo de libros que puedan mostrar a la infancia los más auténticos valores de la vida y la convivencia entre quienes habitamos el planeta.

En un mundo donde a veces un niño es más feliz acariciando un celular que el suave pelaje sedoso de un gatico o un perro, hacen falta libros tan sensibles y sinceros como esta obra que nos llama a la reflexión.

Sobre el desfile de gatos, pues evidentemente la autora es una amante de ellos pues los retratos de Pimienta, Lilita, Fiona, Shakespeare, Susana, Garabato, Tito, Feici y Tuiti, Socrates, Zafira, Cosme, Macusa e Itza nos dejan con deseos de conocerlos.

La levedad de sus pasos en el hogar que los acoge, la timidez de su mirada huidiza, o el ronroneo que acompaña nuestro sueño, son imágenes que se nos quedan grabadas en la retina y adentro, muy adentro del alma, allá, donde único pueden resguardarse los mejores sentimientos, los más grandes sueños, donde en verdad, florece la esperanza.

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Una reina que se llama Princesa

Por: Kenia Leyva

 Cuando te llamas Princesa, todos piensan que tu vida es color de rosa, que el mundo gira alrededor de tus deseos, pero en este caso, en esta historia, no es así. Enrique Pérez Díaz con sutileza, imaginación e ingeniosidad, nos teje una narración en la que los conflictos familiares, generacionales y afectivos, son enmascarados desde un focalizador niño, donde la percepción de la realidad es dibujada desde la ficción y la búsqueda continua del amor.

Cortesía de Ediciones la Luz

Es loable destacar cómo la esencia de estas historias, fluye paralela a nuestra identidad. Cada personaje, sus vidas, es Cuba, un pueblo mestizo, rebelde, trabajador y que sueña. Al leer las páginas de este libro, viene a la memoria el poema «Balada de los dos abuelos», de Nicolás Guillén. Cómo la irreverencia, gallardía, optimismo de estas abuelas y sus antepasados, crean en Princesa un temperamento fuerte, pero sin impedirle soñar en grande y ver la vida en todo el esplendor de sus colores y matices.

Estamos en presencia de un libro objeto de arte, con una factura visual apreciable. Una propuesta que se disfruta por su frescura y narración fluida. Logra como propósito mayor una complicidad con cada personaje, el lector puede visualizarlos, verlos moverse, gesticular, escuchar sus voces, memorizar frases inscritas en la oralidad del cubano.

Cuando te llamas Princesa, es un canto al amor a la igualdad, a la importancia de la familia, y sobre todo a la esperanza y a la capacidad de soñar como recurso indispensable para entrar en un reino donde lo imposible siempre será realidad, donde la fantasía es boleto necesario para viajar por la vida.

Ediciones La Luz apuesta una vez más por una publicación, que no solo dará grandes satisfacciones al autor, sino a esta editorial que al igual que el personaje de este libro, busca incesante la belleza y no deja de soñar a pesar del tiempo y las adversidades.


Celestino siempre llega en junio

El Premio Celestino de Cuento regresa este junio a sesionar de forma virtual por segunda ocasión. El evento, en su edición veintidós, es convocado desde la sección de literatura de la Asociación Hermanos Saíz en Holguín y su sello Ediciones La Luz, y resulta entre los más anhelados por los jóvenes narradores del país.

A través de las distintas redes sociales de Ediciones La Luz llegarán las acciones previstas en video, audios, y otros productos gráficos que forman parte de este homenaje a Augusto Monterroso en su centenario.

Destaca en el programa previsto para este encuentro la presentación del audiolibro 10×10 Veo al dinosaurio en el fondo del pozo, donde se reencuentran autores jóvenes del territorio en cuyas voces se podrán disfrutar relatos breves del prestigioso narrador hondureño, y la propuesta de música electrónica de DJ Arte. El producto forma parte de la colección Quemapalabras y cuenta con la selección de Elizabeth Soto.

Igualmente se podrán disfrutar las presentaciones de novedades editoriales para distintos públicos como: Cuando te llamas Princesa, de Enrique Pérez Díaz; Sexo Chatarra. Los perfectos Crímenes del corazón, de María Liliana Celorrio, y Decamerónicos. Cuentos aislados II, compilación de cuentos cortos escritos por narradores de la sección de literatura holguinera que saldrá dentro de la colección Analekta.

A través de Telegram se desarrollará el taller de técnicas narrativas Contar con la Luz, a cargo de Mariela Varona y Adalberto Santos. Los interesados en la temática podrán sumarse al chat de voz en el que se podrán recibir nociones sobre la escritura del microrrelato y escuchar los cuentos de algunos autores jóvenes del país.

Tendrán lugar además conversatorios sobre la vida y obra de Augusto Monterroso y acerca del relato breve en Latinoamérica, con la participación de noveles y experimentados autores de la provincia.

El día 18 se dará a conocer a través de los perfiles de Ediciones La Luz, el resultado de la deliberación del jurado que integran Emerio Medina, Dazra Novak y Rafael de Águila. En esta jornada se lanzará la convocatoria para la edición veintitrés del importante premio.


¿Cómo crear a la velocidad de La Luz?

Conversación con Luis Yuseff

De los millennials y hasta los post millennials, esa generación nacida junto con Internet y los smartphones, se dice que leen de manera diferente. Dicen que no tienen prejuicios a la hora de elegir dispositivo o estrategia lectora; optan por la digitalización o por comportarse como ermitaños vintages rodeados de papel. Pero si hay una característica que los distingue sobre las demás es su simbiosis con la tecnología y la red de redes.

cortesía de luis yuseff

En medio de todo este entramado digital, donde prevalece una generación hiperconectada, las editoriales luchan cada día por posicionarse o no dejarse morir en una batalla cruenta por elevar el gusto literario sin perder de vista sus seguidores en redes sociales, likes, hashtags, comentarios, pues de ello también dependen sus lecturas y ventas. En Cuba, a pasos lentos, el sistema editorial ha tratado de insertarse en estas rutinas, sin embargo los recursos, muchas veces, limitan el quehacer en las redes; otras tantas, la desidia por lo aparentemente “nuevo”.

Un proyecto que sobresale por su acertada estructuración en las plataformas digitales, insertando una estantería para todo tipo de públicos y otros materiales, es Claustrofobias Promociones Literarias, en Santiago de Cuba, liderado por los escritores Yunier Riquenes y Naskicet Domínguez, y que ha dado frutos más allá de las fronteras cubanas.

En Ediciones La Luz, sello de la Asociación Hermanos Saíz en Holguín, se ha concebido desde hace algún tiempo un equipo bastante “creativo”, liderados por el ingenio y la sensibilidad de Luis Yuseff, que trabaja incansablemente desde las redes para lograr la promoción de la literatura, enfocada especialmente en estos nuevos públicos, sin descuidar otros tipos de seguidores asiduos a sus creaciones desde lo impreso, que abarca ya más de 200 títulos, así como los espacios físicos (peñas, lecturas).

cortesía de luis yuseff

La Luz tuvo sus primeros pasos hacia lo digital con las campañas de promoción de la lectura lanzadas hace aproximadamente ocho años atrás cuando presentó por primera vez Todos buscan la luz.

«Desde el inicio estas campañas estuvieron diseñadas con la idea de que los títulos que iban saliendo por el catálogo alcanzaran un espacio de promoción desde varios medios de comunicación, en otros espacios y plataformas”, comenta apasionadamente el poeta Luis Yuseff, editor jefe del sello. “Y se mantuvieron, a pesar de que en estos años no existía la experiencia para mantener un trabajo estable y continúo en las redes y no existían las condiciones técnicas mínimas como para acceder a esas plataformas que ya en nuestro país tienen un uso bastante frecuente, como es el caso de Facebook, una de las redes sociales más visitadas por los cubanos.»

cortesía de luis yuseff

Este fue un camino de adelantos, pudiera decirse, sobre muchísimas otras editoriales en el país que permanecen aún anquilosadas en términos de informatización, y esos pasos, a ratos inseguros, contribuyeron a posicionar La Luz hasta hoy, con una campaña pensada también para los internautas y un trabajo de amplia proyección para sus seguidores en cada red social, que “esperan ansiosamente las actualizaciones en las plataformas donde tiene presencia la editorial”.

La actual campaña A la luz se lee mejor, que tuvo un antecedente en Leer seduce, ambas galardonadas con el Premio de la Ciudad en el apartado de Comunicación Promocional, no se queda en la parte gráfica, que incluye poster, almanaques, postales, sino que hábilmente es una acción de promoción con la publicación de una antología que reúne a jóvenes poetas de la sección de literatura de la AHS en Holguín.

«La selección La joven luz. Entrada de emergencias, compilada por Norge Luis Labrada, jefe de la sección de Literatura, y editada por Liset Prego y Elizabeth Soto, tuvo la suerte de ser, dentro del catálogo de Ediciones La Luz, el primer ebook. Con la idea de alcanzar un público mayor, se edita esta antología en formato digital, y a la vez genera un audiolibro homónimo que se incluye en la colección Quemapalabras, diseñada para este género, que ha acompañado a la editorial a lo largo de sus 23 años. La joven luz contiene la voz de estos miembros de la Asociación, bajo la dirección del joven realizador Héctor Ochoa, dando continuidad al trabajo del poeta y director audiovisual Pablo Guerra, y con el acompañamiento de Radio Holguín La Nueva. Este audiolibro también ha sido compartido en diferentes plataformas audibles, como es el caso de iVoox.»

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

Esta campaña, que se extenderá dos años más hasta llegar al aniversario 25 de la editorial, ha escogido la poesía como género por lo que tendrá presencia el lirismo en todas la peñas que están diseñadas para el 2020, posibilitando espacios como Oda a la joven luz, propia de la sección que se desarrolla todos los miércoles y que escoge a autores poetas del catálogo universal para dialogar sobre su vida y obra, desde Alejandra Pizarnik, Anne Sexton, Julio Cortázar, Edgar Allan Poe, Eliseo Diego hasta Luis Rogelio Nogueras. Dichos autores también se vinculan a la peña Entrada de Emergencias, un espacio reciente de la sección que se desarrolla en el Gabinete Caligary.

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

«Ambos espacios dialogan entre sí, pues están pensados desde la creación joven, y asume su presencia también en las redes sociales a través de carteles que se realizan especialmente para cada ocasión, con el diseño sugerente de Roberto Ráez, donde se busca un diálogo con la imagen de estos autores universales y con algún poema que se pretenda destacar dentro de su amplísima obra.»

Quince postales a tamaño de cartel con la obra de estos jóvenes poetas, exhibidas como exposición en el salón Abrirse las constelaciones, así como los vistosos carteles de cada espacio, pueden ser disfrutados también por los seguidores de La Luz desde sus perfiles en redes sociales con tan solo un desliz táctil o al alcance de un click, a partir del trabajo esmerado de su generadora de contenido en las redes, la estudiante de periodismo Lilian De la Caridad Sarmiento, junto al trabajo del equipo creativo y amigos de la casa.

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

Estas campañas se han modificado, lanzándose en nuevos espacios con el mismo objetivo.

«A estas acciones se suman iniciativas como llevar nuestros libros hasta las universidades, escuelas primarias, a un público general, con gran potencial, que no siempre se desplaza hasta los salones de presentaciones habituales que convoca la editorial, incluso hasta en eventos tradicionales como las mismas ferias del libro. Como gestor de estos encuentros siempre recibimos un público más agradecido, más ávido y que asimila con más efectividad la información y la literatura que estás llevando. Alrededor de todos estos años hemos acumulado un amplio compendio de informaciones gráficas que está contenida en los archivos de nuestra casa editora, y que no se habían dado a conocer hasta ahora en las plataformas digitales, pues no había una sistematicidad para socializar todo ese contenido.»

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

Como melómanos irreductibles también han escogido el camino de las sonoridades acompañadas de literatura, otra forma de atraer “nuevos públicos”, además de que en su catálogo se incluyen proyectos investigativos y cancioneros de exponentes de la música en Cuba.

«La música ha tenido una presencia importante, no solo con ensayos que trabajan este tema, como es el caso de Nadie se va del todo. Músicos de Cuba y del mundo, de Joaquín Borges-Triana; Hierba Mala: una historia del rock en Cuba, de Humberto Manduley, y Escaleras al cielo. El rock en Holguín, de José Raúl Cardona y Zenovio Hernández, sino que además se han creado cancioneros que van desde la antología Quiero una canción, que marcó un punto de giro importante en el catálogo, y que le da nombre a esta colección, hasta Luna del 64, de Liuba María Hevia, Como una luna en pie, de Fernando Cabreja; y Del aire soy, de Manuel Leandro Sánchez.

«Las campañas han tenido la suerte de trabajar con los jóvenes trovadores de la ciudad, quienes han creado temas para la editorial como “Con tu luz”, de Manuel Leandro, que también sirvió de banda sonora del documental Así comenzó esta historia, de Rubén Ricardo Infante y Yaité Luque; y “Hay una luz”, de Lainier Verdecia, regalo por el aniversario 20 de la editorial y que se ha extendido a la campaña de promoción A la luz se lee mejor.»

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

Recientemente también han vinculado a la peña Entrada de Emergencias al joven productor DjArte, quien fusiona lo electrónico con temas musicales de todos los tiempos y versiona nuevas pistas, acorde al momento poético de este espacio. “El público que asiste a los encuentros de socialización de la literatura no es el mismo de hace veinte años, entonces hemos tratado de acortar distancias con las propuestas, logrando ciertos hermanamientos entre los lectores, como el proyecto de música electrónica que se ha logrado con DjArte, con gran aceptación entre los invitados”. Además integran un interesante proyecto con la Orquesta de Cámara, a cargo del maestro Oreste Saavedra, un recital poético integrado por estos autores de la compilación Entrada de Emergencias…, el cual se realizó en el Teatro Eddy Suñol de Holguín.

Con un diseño sugerente y distinguible en el sistema editorial cubano, La Luz va más allá de la literatura, pues también hermana en su creación a otras manifestaciones artísticas.

«Al poseer un catálogo abierto a diversos géneros literarios, vinculamos varias manifestaciones artísticas. Hemos tratado, sobre todo en los últimos años, de acercar a los fotógrafos, especialmente a los que realizan un trabajo artístico, a ilustradores, pintores que han aportado su obra para embellecer las cubiertas de la editorial.»

A la par, va sucediendo otro trabajo vinculado a la literatura infanto juvenil, con las antologías que ha publicado Ediciones La Luz en los últimos 10 años, y tres títulos fundamentales Retoños de almendros, Mi patio guarda un secreto, y Dice el musgo que brota, esta última, una selección de poesía para niños que recibió en el año 2018 el Premio de la Crítica Literaria, y en 2019 el Premio a la Mejor Edición.

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

«Estas antologías tienen en común que están bellamente ilustradas por jóvenes artistas de la plástica, creadores que en estos momentos tienen un trabajo bastante atractivo y reconocido dentro del libro infantojuvenil en la isla, con lauros importantes como La Rosa Blanca, que reconoce también el diseño de los libros, y el Premio Raúl Martínez, galardón más importante del diseño en Cuba. Estos títulos tienen la característica de ser dobles muestrarios, pues ponen al alcance del lector o investigador, el panorama más fidedigno de lo que está ocurriendo en Cuba en estos años de la literatura para niños.»

La Luz ha compartido la obra de estos artistas con dos exposiciones, una de ellas con Retoños…, que sigue siendo dentro del catálogo de Ediciones La Luz el título que marcó un antes y un después en el trabajo de promoción de la editorial, y con Dice el musgo que brota, que estos momentos ambienta la sala Exilia Saldaña, de la casa editora.

«Existen otras muestras que, de cierta manera, son retrospectivas con el trabajo de diseño de la casa editora, es el caso de Pensar a La Luz, una gran exhibición en la sala principal del Centro Provincial de Artes Plásticas de Holguín, que abarca todo el trabajo impreso en gigantografías de portadas de varios títulos publicados durante los veinte años de la editorial, las gráficas de diferentes momentos del Premio Celestino de Cuento y diversos materiales de las campañas de promoción. También destaca la exposición personal CMYK, del diseñador y poeta Frank Alejandro Cuesta, quien tuvo un papel definitivo en el cambio de imagen de Ediciones La Luz y también en la consolidación de cada campaña que se lanzó.»

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

Del mismo modo han insertado las artes escénicas con la presencia permanente en el catálogo de obras teatrales. Han incluido a jóvenes autores que dentro de la dramaturgia cubana hoy son considerados de referencia con una obra importante y que han sido reconocidos con varios premios, entre ellos el Virgilio Piñera, como Yunior García, Roberto Viña, Yerandy Fleites, Margarita Borges, Freddy Núñez, Fabián Suárez y Abel González Melo. Además de incluir en sus audiolibros infantiles a la Compañía de Narración Oral Palabras al Viento, quienes poseen un repertorio distinguible en la isla, a partir de un estilo propio que incorpora las manifestaciones artísticas.

Este sello ya cuenta con otras proyecciones en las redes que los internautas agradecen…

«Sobresale en este sentido el trabajo del joven realizador audiovisual Gerardo Perdomo, estudiante del ISA, quien ha producido para el sello cerca de 15 spots televisivos, surgidos a partir de la promoción en las redes del XXI Premio Celestino de Cuento, que tributan directamente a la campaña actual de promoción vinculada a la antología La Joven luz. Entrada de Emergencias, dichos materiales tienen presencia fundamentalmente en el canal de YouTube de la editorial y son socializados en los diferentes perfiles. Del mismo modo, la sección de Literatura ha trabajado directamente con nosotros, siendo determinante nuestra labor en las redes, dado por el carácter de nucleación de la sección en estos momentos, que se ha enriquecido cuantitativa y cualitativamente, pues tiene una membresía mayor, con autores muy jóvenes, quienes se han involucrado en los mismos procesos de divulgación en las redes, compartiendo y publicando nuestros contenidos.»

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

«No se ha logrado todo lo que hemos querido, pues para eso se necesita un apoyo tecnológico mayor del que tenemos a mano, que debe incluir una mejor accesibilidad al ancho de banda para lograr mayor cantidad de actualizaciones, que facilite, además, las transmisiones en vivo de las actividades y presentaciones de las peñas que se realizan cada semana, y otras tantas cuestiones técnicas que apoyarían mucho mejor el trabajo.»

***

En las redes sociales no importa tanto sumar seguidores como trabajar junto a un grupo de personas comprometidas que finalmente son las que te ayudan a socializar la información; en este sentido el equipo creativo de Ediciones La Luz, integrado por Luis Yuseff, Liset Prego, Elizabeth Soto, Lilian De la Caridad Sarmiento, Roberto Ráez, Norge Luis Labrada y Gerardo Perdomo, han logrado fomentar una marca institucional en las plataformas digitales con un trabajo consolidado, en la búsqueda de nuevas alternativas para compartir y comercializar la literatura, pensando en todos los públicos que consumen sus contenidos.

Con más de 2 452 seguidores en Facebook, la plataforma más utilizada y en la que se puede crear una comunidad, seguida de Twitter, Instagram, Pinterest y YouTube, buscan introducir nuevas maneras de lectura y distribución del libro electrónico, enfrentándose al reto de la visibilidad en Internet, pues ellos lo saben bien, uno de las metas de la era digital ya no es que te publiquen, sino que te lean. Así pues, la visibilidad de los ebooks es un factor necesario para su compra/lectura.

«Considero que el sistema editorial cubano está todavía en un proceso larval en materia de socializar la literatura que se genera desde nuestro país, pues aun se comparte en el formato tradicional, que es el libro impreso. Debían considerarse plataformas donde pueda hospedarse todos los ebook que producen las editoriales del país y que podrían en lo adelante aportar una gran cantidad de libros e insertarse a plataformas que sean mucho más visibles, competitivas y seguras y que esto se traduzca en un logro en el orden cuantitativo para que los autores también reciban el beneficio de sus libros vendidos, y en lo cualitativo serían títulos que alcanzarían a un público mayor fuera del territorio nacional.»

carteles promocionales de ediciones la luz

carteles promocionales de ediciones la luz

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carteles promocionales de ediciones la luz

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La Luz y el sorprendente caso del mimeógrafo andante

Un binomio creativo destella en Ediciones La Luz. Su juventud habla de inexperiencia, pero también de renovación y búsqueda de otredad, tal vez esa es la clave de su éxito.

Ahora ellos marcan un momento distinto, son un haz diferente. Robert Ráez y Gerardo Perdomo, diseñador y realizador audiovisual, respectivamente. Ambos son estudiantes, el primero de Periodismo, el segundo de Medios Audiovisuales, en la filial holguinera de la Universidad de las Artes. Mas, los acompaña un deseo de hacer por encima de conveniencias prácticas, de tecnología disponible, (que bien vendría para sus proyectos siempre ambiciosos) y de objeciones como el tiempo.

Los resultados están al alcance de los sentidos. Ya lo evidenciaba el Premio de la Ciudad de Holguín en Comunicación Promocional, otorgado a principios de 2020 por la campaña de promoción del libro y la lectura de la Editorial, que contó con el diseño de Ráez y el trabajo de realización de spots televisivos de Perdomo. Estos muchachos estaban haciendo algo distinto.

Entonces llegó el Premio Celestino de Cuento.

Pocas editoriales en Cuba trabajan tanto en la promoción de sus libros, campañas, colecciones, autores, propuestas transmedia que abarcan desde el audiolibro, a los podcasts, videopoemas, lecturas online, documentales, postales, carteles, papelería…, un despliegue amplísimo de acciones comunicativas sustentadas en un interesante trabajo de diseño.

Y el Celestino condensó eso y más, estremeció las redes, se extendió en diversas plataformas con lenguajes afines a ellas y buscó el diálogo con los lectores, con el público, la crítica, la prensa.

Con imágenes pregnantes, irreverentes composiciones en los dossiers publicados, escritos y diseñados desde, en y por La Luz, junto a su equipo creativo y colaboradores, navegó el evento.

La edición 21 definitivamente marcó un parteaguas en el trabajo de la editorial que, forzada por la pandemia a la virtualidad exclusiva, tomó un contra, lo volvió un pro, y lo multiplicó exponencialmente como ventaja y trampolín para mostrar de qué manera se promueve la literatura, cómo se gestiona en las redes un evento de esta naturaleza, cómo se hace muchísimo con más ingenio que tecnología porque La Luz se mueve en bits.

Trabajando de día y de madrugada, pizza, café y cigarro como combustible, todos en La Luz se abocaron al trabajo, pero Ráez y Perdomo concretaban desde sus computadoras lo que era el sueño.

Primero que el robot, bautizado como Ro-Bob, caminase en pantalla, luego que los narradores se sintieran cómodos frente a la cámara, que cada producto generado fuera armónico, coherente y tuviese una comunicación directa con el resto, aunque no fuesen de la misma naturaleza. Y entregar un dossier diario, variado y auténtico, durante cinco jornadas, fueron desafíos más grandes que ahorrar los datos móviles o subir un video de seis minutos en la zona wifi.

En enero ya Robert había soñado el cartel, me cuenta que tomó una imagen del mimeógrafo que adorna el área de fumar de la editorial para la cabeza del robot, “la estética del mismo”, me explica, “es un tanto pulp como en esas revistas norteamericanas de los 50, y el color amarillo mostaza es uno con el que “he estado experimentando hace un tiempo en la editorial en cubiertas de libros, igual que la tipografía que he usado en otros proyectos personales.

“En las cubiertas de La Luz hay un paradigma que me gusta respetar, pero en el Celestino no es así y da mucha libertad para experimentar y ser más creativo a la hora del diseño.

“Por eso este es el trabajo que más me ha gustado hacer, en el que más libertades he tenido a la hora de crear y por supuesto, que fue bastante placentero, no tanto las postales, que son más esquemáticas, sino el dossier, al poder trabajar con gran independencia usando el código visual que hemos creado este año.

“Me ha gustado mucho este Celestino.”

Se le nota la euforia de la que nacen las cosas trascendentes cuando habla del proceso en el que lo acompañó Gerardo, quien me revela que “la creación del spot realmente no fue muy complicada ya que las imágenes estaban dadas por los diseños de la gráfica del evento; la animación y la ambientación sonora está basada en la estética de los juegos indie y el cine de ciencia ficción, respetando siempre el diseño de la campaña.

“En cuanto a grabar a los escritores leyendo sus cuentos ha sido un trabajo que ha demandado creatividad técnica, pues no contamos con los medios necesarios para trabajar y hemos tratado de lograr la máxima calidad con lo que tenemos: teléfonos móviles y una cámara gama baja que no son lo mejor para un entorno de iluminación cambiante y de mucho ruido.

“Cada escritor, dada su personalidad, tiene formas diferentes de proyectarse, paro fue fácil pues se mostraron entusiastas con que su trabajo se mostrara de forma audiovisual.”

El trabajo colectivo realzó la obra de estos muchachos cuyo potencial, como iceberg, tiene aún mucho bajo las aguas para mostrar. Ro-Bob anduvo gracias a su ingenio, el Celestino fue mejor por ellos y porque a la Luz se lee y se trabaja mejor.


Cosme Proenza, maestro a la luz de la creación

Pintor, dibujante, ilustrador y muralista, Cosme Proenza Almaguer (Báguanos, Holguín, en 1948) ha conformado una sui generis cosmovisión pictórica que lo hace distinguible y valorado en el ámbito artístico contemporáneo. El Premio Celestino de Cuento se honra con tenerlo entre sus amigos cercanos, entre sus fieles colaboradores, al entregar, desde hace varias ediciones, un grabado suyo, iluminado, al ganador de este certamen literario. Maestro de Juventudes de la AHS, Cosme Proenza ha compartido, además, la entrega del Premio, en el Salón “Abrirse las constelaciones” de Ediciones La Luz.  

obra de cosme proenza/cortesía del entrevistado

Graduado de las aulas de la Escuela Nacional de Arte, en La Habana, y del Instituto de Bellas Artes, en Kiev, Ucrania, Cosme ha creado, en series como Manipulaciones, Boscomanías, Los dioses escuchan, Mujer con sombrero, y Variaciones sobre temas de Matisse, reconocibles mitologías individuales donde lo simbólico y lo mítico, mediante el uso de diferentes signos e intertextualidades, acompañan al ser humano en un vía crucis artístico a través del estudio de los códigos del arte europeo. Su obra está basada principalmente en el análisis: “Soy un estudioso. Más bien, un investigador que trabajo con los códigos del arte europeo”, asegura el autor de “Cecilia Valdés”, “Lennon y la noche”, “Jardín”, “La expulsión del paraíso” y “San Cristóbal de La Habana”.

obra de cosme proenza/cortesía del entrevistado

Precisamente esto –el énfasis analítico, la apropiación– lo convierten en uno de los pioneros del posmodernismo cubano, cuando en el escenario insular otras corrientes predominaban. “Nadie se ha apoderado de la tradición como él, nadie con manos más firmes y ondulantes ha recreado al Bosco como él… Él tiene el poder del demiurgo, la llave del castillo encantado. Su dibujo es seguro y delicado, su tratamiento del color le da una dimensión lírica a su posmodernismo, lo fortalece, le provoca una epifanía. Su hedonismo recurre a todas las fuentes, la erótica, la lúdica, la mítica… Pocas obras de arte cubanas muestran un virtuosismo tan inusual”, asegura el escritor cubano Miguel Barnet.

“Mi vida ha sido un poco la interacción, no el reflejo. Reflejar es otra cosa. He interactuado con todo este mundo y esa interacción marca mi forma de ser y de pensar. Cuando trabajo con el código de Occidente estoy trabajando con un código que no nos es ajeno, porque Cuba fue colonizada, hablamos el idioma de una cultura milenaria, con los sedimentos árabes y demás que ya esa cultura traía. Logramos tener la riqueza de vocablos aborígenes, africanos… porque somos un maremágnum de mezclas”.

obra de cosme proenza/cortesía del entrevistado

“Soy un resultado más de eso. Creo que reflejo algo que tiene que ver mucho con lo cubano, pero no con lo cubano sígnico, desde el punto de vista de lo que la gente reconoce o cree reconocer como cubano. Cuba es más que eso: no puedo permitirme concebirnos como una palma real o un cocotero con cuatro mulatas bailando debajo y tomando ron. Debo sentir que me gusta el cuadro, que lo que estoy haciendo es bueno, o al menos digno. Lo grande que tiene el arte es precisamente su capacidad de expansión. La belleza es imperdonablemente adhesiva, no hay manera de escapar de ella”, asegura.

Su obra, recogida en exposiciones como Voces del Silencio y Paralelos. Cosme Proenza: Historia y Tradición del Arte Universal, integran el imaginario colectivo del cubano y sus múltiples resonancias universales, y lo reafirma como uno de los artistas hispanoamericanos dueño de una de las cosmovisiones más originales en los últimos tiempos; es un verdadero honor tenerlo entre los amigos del Premio Celestino de Cuento.

obras de cosme proenza/cortesía del entrevistado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Lourdes Mazorra: «La literatura es un encuentro con uno mismo»

En menos de un año, la joven escritora camagüeyana Lourdes Mazorra obtuvo dos de los principales galardones disputados por los jóvenes narradores cubanos: el Premio Celestino de Cuento, organizado por Ediciones La Luz, sello de la AHS en Holguín, y el Pinos Nuevos, el pasado mayo. El primero por Las fauces, el segundo por Versiones de la sed.

De esta manera su nombre ha empezado a visibilizarse en el panorama literario cubano, con la fuerza del primer empuje, exitoso además. En ambos casos el jurado subrayó el aliento poético de sus cuentos, la atmósfera, el ritmo y la fluidez de sus historias… El del Celestino estuvo integrado por Félix Sánchez, María Liliana Celorrio y Rubén Rodríguez; y el del Premio Pinos Nuevos, por Julio Travieso, Dazra Novak y Raúl Flores Iriarte. Licenciada en Periodismo y graduada recientemente del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, donde obtuvo la beca Caballo de coral, Lourdes asegura que la literatura, sobre todas las cosas, es un encuentro con uno mismo.

Con ella nos encontramos, a través de las redes, con la excusa del Celestino de por medio.

tomado del perfil de facebook de Lourdes Maria Mazorra Lopez

Recibiste con Las fauces el XX Premio Celestino de Cuento, uno de los galardones más disputados por los jóvenes narradores cubanos. Este será tu primer libro… Y nada menos que con el Celestino. ¿Qué ha significado para ti haber obtenido este Premio?

Siempre he dicho que, de manera general, los premios tienen dos ventajas: comienzan a visibilizarte en un panorama bastante complejo y te alientan a seguir trabajando, más fuerte que antes. El Celestino, al ser el primer premio y también la primera publicación, me deja esa sensación de descubrimiento del mundo del libro en Cuba, iniciación en un proceso editorial desde la autoría y sobre todo reafirmación de certezas que ya venían acompañándome. Pero la razón de escribir no puede ser los premios; sigo convencida de que la escritura es un encuentro con uno mismo, por tanto, del Celestino agradezco formar parte de la familia de Ediciones La Luz.

El jurado destacó “la buena construcción de sus personajes, las atmósferas de los relatos, el aliento poético que embellece las historias, lo que influye positivamente en el ritmo y la fluidez de las narraciones, así́ como la adecuada selección del narrador”. ¿Qué encontrará el lector cuando, ya publicado, se adentre en esas páginas?

No puedo decirte qué encontrará el lector, cuando uno pública hace una ofrenda al público, la obra deja de pertenecerte. Espero que cada lector encuentre sus propias respuestas, sus propias dudas y también sus propias batallas.

¿Existe un hilo conductor en estos cuentos, algo que de alguna manera los una?

Este es un libro que indaga en las significaciones para el ser humano de la pérdida y el dolor. No creo que deba decirte más, por aquello de la ofrenda y de que el lector se acerque a Las fauces buscando sus propios caminos.

tomado del perfil de facebook de Lourdes Maria Mazorra Lopez

Hablemos de tus influencias literarias… ¿Qué autores incluirías –además de Julio Cortázar, que sé te interesa bastante– en una especie de “canon literario” creado por ti?

Más que un canon literario, puedo decirte qué autores prefiero y no precisamente con algún tipo de jerarquía. La literatura argentina me encanta: Julio Cortázar (lo siento, no puedo dejar de mencionarlo), Abelardo Castillo, Jorge Luis Borges, Alejandra Pizarnik, Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Casares…

También Gabriel García Márquez, Horacio Quiroga, Alejo Carpentier, Onelio Jorge Cardoso, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Virginia Wolf, Antón Chéjov y Mario Benedetti. Ya ves, no es un canon, no suelo hacer estas listas porque leo bastante variado y cada vez que nombro autores, siento que me falta alguno y quedo en deuda.

Te menciono dos cuestiones que quisiera nos comentes… La primera sobre la relación del periodismo, pues eres periodista de formación, con la literatura y sus convergencias…

tomado del perfil de facebook de Lourdes Maria Mazorra Lopez

Yo siempre he defendido que el periodismo es el hijo moderno de la literatura y me disgusta que los vean escindidos. Siento que nos empeñamos en poner etiquetas cuando lo más importante es narrar y un periodista es también un narrador de hechos.

La diferencia entre un periodista y un escritor de ficción es principalmente de estilo, modalidades de trabajo y técnica. Esto no lo digo yo, sino Alejo Carpentier. Siempre que se habla de periodismo y literatura recomiendo la conferencia de Carpentier que se titula “El periodista: un cronista de su tiempo”, de 1975, en la cual queda zanjada excelentemente esta vieja polémica.

Hay escritores cuya obra periodística parece una antología de cuentos, por el manejo preciso de las técnicas narrativas en el ejercicio periodístico; en Cuba, por ejemplo, Onelio Jorge Cardoso. Muchos grandes escritores de ficción han sido periodistas, porque el periodismo es una escuela imprescindible para la síntesis, el manejo de los adjetivos, la inmediatez, las técnicas narrativas…

Esto me hace pensar que el periodismo cubano hoy necesita retomar ese “estilo narrativo”, potenciándolo en la academia. Tenemos guías certeras en cuanto a todo lo que puede lograrse desde la escritura; Reynaldo Cedeño es uno de esos periodistas.

La segunda cuestión es sobre tu reciente paso por el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, donde obtuviste la beca Caballo de coral que otorgan al finalizar…

El Centro Onelio es una de las mejores experiencias que he tenido. Esta escuela te acorta y te alarga el camino, porque organiza tu manera de leer, recomienda autores, ofrece técnicas y herramientas; pero, al mismo tiempo, abre muchísimas puertas y comienzas a ver todo de manera distinta, a leer con otras pautas, a cuestionarte la realidad y a pensar en otros temas. El “Onelio” me regresó con muchas ganas de escribir; a mí no me dio el famoso bloqueo pos-Onelio. Además, fue la primera experiencia de leer algo en público y esto es muy importante a la hora de aceptar críticas, saber escuchar es una virtud. Yo estoy muy agradecida por la oportunidad de recibir clases de escritores como Eduardo Heras León, Raúl Aguiar y Sergio Cevedo.

Obtuviste también el Pinos Nuevos 2020 con Versiones de la sed… Hablemos un poco de un premio también importante que visibiliza la obra de los jóvenes escritores en Cuba…

Sí, es un premio también importante. Es el segundo concurso en el que participo. Sigo diciendo que me niego a trabajar en base a concursos, pero reconozco que en el complejo panorama editorial del mundo y de la Isla, una de las formas más directas y rápidas de publicación es a través de estos premios, más allá de toda la carga subjetiva del proceso de selección y premiación o de las inconformidades que pudieran generar las decisiones finales. Son riesgos que se corren, por eso no se trata de que digas voy a escribir para tal concurso a ver si público. E

n mi caso, escribo y tengo proyectos terminados, luego aparecen estas oportunidades: la convocatoria del Celestino llegó por esos azares a los que Cortázar llama vida, y la del Pinos Nuevos por una recomendación de otra escritora. Lo que sí tengo claro es que solo presento cuando estoy dispuesta a que un libro tome su propio camino y yo humildemente lo deje ir.

tomado del perfil de facebook de Lourdes Maria Mazorra Lopez

Ambos jurados –el del Celestino y el Pinos Nuevos– han subrayado el “aliento poético” de los cuentos…

Lo dije para el periódico Adelante, “a mí este tipo de elogio me deja sin aliento”. Como autora tengo más posibilidades de enmascarar mi voz a través de la narrativa, pero la poesía me resulta más dolorosa, es un desnudo literario y tiene muchos riesgos, para empezar el lector te ve descubierta en los versos. Ahora recuerdo que mis compañeros y profesores del Onelio también comentaron ese “aliento poético” en el texto que leí en clases. Que mis cuentos me salgan con aliento poético no es un propósito explícito, ellos salen y al parecer me estoy quedando también desnuda en la narrativa.

¿Qué crees caracteriza tu generación, si acaso crees pertenecer a una generación literaria?

No me siento capaz de caracterizar una generación literaria, para ello tendría que haber leído muchísimo a los escritores de esta generación y no lo he hecho con la amplitud que me gustaría, y también creo que deberían pasar unos años más, mirar con la perspectiva que el tiempo te concede.

tomado del perfil de facebook de Lourdes Maria Mazorra Lopez

¿Cómo valoras el panorama literario cubano desde tu perspectiva como joven escritora?

Si me preguntas por la literatura cubana de manera general, pues es indiscutible que Cuba constituye uno de los paradigmas literarios en el continente y en el mundo. Si se trata de cómo una joven escritora se inserta en el panorama literario cubano, eso es ya un proceso más complicado, que el solo hecho de publicar no garantiza, porque entraña niveles de calidad, compromiso y responsabilidad no siempre presentes y esto me lleva a una preocupación: en ocasiones, lamentablemente, la calidad literaria de la obra no está entre los primeros parámetros a la hora de decidir publicar o no un libro. Pero, de manera general y desde mi corta experiencia, considero que el panorama literario cubano es un prolífico paisaje de autores, temáticas y estilos.

¿Expectativas con Las fauces? ¿Con el trabajo de Ediciones La Luz?

Las expectativas con Las fauces han ido cumpliéndose poco a poco. Me quedan algunas que corresponden al proceso en el cual se encuentra el libro. La edición es otro momento de suma creatividad y entendimiento con la obra, que además implica a muchas más personas que el autor. En ese trayecto estamos. Ediciones La Luz ha tenido mucha paciencia conmigo, una autora que se inicia, y por eso le agradezco a su equipo la profesionalidad. Han sido además una escuela y una familia.

 


La noche en llamas de un barco sobre la arena

Formar parte de una tríada tan selecta como solicitada, a la hora de novelas que describen distopías –gravitación que signa no pocos trechos de sucesos verbales del siglo XX, para narrar sociedades ficticias inhumanas y su expansión en busca de cancelar cualquier anhelo redentor–, es algo más que una reputación activa e incesante: se trata de la mejor manera de verificar, según lo advertido por Mario Vargas Llosa en el ensayo final de su libro La verdad de las mentiras, que “las invenciones de todos los grandes creadores literarios, a la vez que nos arrebatan a nuestra cárcel realista y nos llevan y traen por mundos de fantasía, nos abren los ojos sobre aspectos desconocidos y secretos de nuestra condición, y nos equipan para explorar y entender mejor los abismos de lo humano”. Así ocurre con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, que junto a Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell, conforma el trío aludido.

Justo al cumplirse el próximo 22 de agosto el centenario del nacimiento de Ray Bradbury, volver a las páginas de aquella novela suya no solo es una oportuna recordación del gran maestro norteamericano de la ciencia ficción y el terror fantástico, sino también un reencuentro enriquecido con los años –como el buen añejamiento para los licores de destacada estirpe–. Publicada por primera vez en 1953 –veintiún años después que la de Huxley y apenas cuatro tras la de Orwell–, hay en la de Bradbury una constante que viene desde la noche de los tiempos: la quema de libros y con ellos del peligro ante el despliegue de las ideas, sea arte, literatura, filosofía o cualquier variedad del pensamiento ejercido con libertad a favor de lo humano y sus circunstancias. Basta citar tres ejemplos: la combustión de los códices mayas el 12 de julio de 1562 por órdenes del clérigo Diego de Landa en Yucatán –“no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos”, alegaba el inquisidor–; la hoguera ordenada por Adolfo Hitler y ejecutada la noche del 10 de mayo de 1933, contra alrededor de veinte mil libros en la plaza Bebel de Berlín; y la fogata dispuesta por el general de división Luciano Benjamín Menéndez en la ciudad argentina de Córdoba el 29 de abril de 1976, justo en los inicios de la terrorífica dictadura militar, en la que se incendiaron obras de Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa, juntos a otros autores, “a fin de que no quede ninguna parte de estos libros (…) para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos”, según lo dicho por el uniformado.

Tal como indica su título –la unidad de temperatura en la que el papel se atiza y arde–, Fahrenheit 451 es un relato que transcurre en una sociedad maniobrada por los bomberos, pero no tal como conocemos su desempeño en la extinción de incendios, sino todo lo contrario. Armados con unas extrañas mangueras lanzallamas, en las páginas de esta novela los bomberos persiguen, capturan y calcinan todas las páginas de la cultura universal, pues se trata de un mundo en el que los libros han sido condenados a su total exterminio –“no sutilicemos con recuerdos (…) Olvidémoslos. Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio (…) Somos los Guardianes de la Felicidad. Nos enfrentamos con la pequeña marea de quienes desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios (…) no permitir que el torrente de melancolía y la funesta Filosofía ahoguen nuestro mundo”, le endosa con su verborrea fanatizada el capitán Beatty al bombero Montag, los dos protagonistas que terminarán por enfrentarse a la sombra de las hogueras y sus designios más devastadores. A su lado, los otros personajes se bifurcan –por un lado Mildred, la esposa de Montag, domesticada bajo el orden represivo de los bomberos, y por el otro la joven Clarisse junto a Faber y Granger, empecinados junto a otros rebeldes en salvar la memoria de los libros y con ella el sentido mismo de la Humanidad. Es así como en esa suerte de hermandad para salvaguardar el acto que implica un libro, presta a cualquier enfrentamiento, cada uno de sus integrantes dejará a un lado su nombre para, en la nueva identidad, llamarse como un gran autor cuya memorización los convertirá en biblioteca viva en pos de salvar los libros: “Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer a Marco Aurelio? Míster Simmons es Marco”, le advierte Granger a Montag. Es así como le explica a este: “También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar después a por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia”. Y más adelante le acota: “Transmitiremos los libros a nuestros hijos, oralmente, y dejaremos que nuestros hijos esperen, a su vez”. En ese mundo de la palabra publicada y su reprobación fuego en mano, en el que las pantallas rodean por todas las paredes de los hogares, a la vez que cualquier atisbo de pensamiento puede ser la mejor razón para una condena, los personajes de Ray Bradbury levantan un entramado que eriza al más cauto.

Como una intensa y muy desarrollada fábula –no exenta de un calado poético que distingue buenos trechos de su prosa, y sin desmayo de la energía concisa y afilada como un bisturí en su progresión narrativa–, que llega de un tiempo lejano, aun cuando sus señas la convierten en suceso ubicuo de ayer, hoy o mañana –y así bien pueden testimoniarlo las atrocidades del llamado Estado Islámico en los días recientes de Siria e Irak–  Fahrenheit 451 es una lectura inagotable. Tal es así que ha conocido dos versiones fílmicas muy referidas a  las lecturas que han hecho sus realizadores –con mayores o menores cuotas de apego al texto original–, muy ajustadas a las señas de sus dos momentos de realización: la de Francois Truffaut en 1966 –con el austriaco Oskar Werner como el recatado bombero Montag y el irlandés Cyril Cusack como el implacable capitán Beatty–, a las puertas de las intensas revueltas estudiantiles de aquellos tiempos en Francia, México y otros lugares; y la de Ramin Bahrani en 2018 –con los norteamericanos Michael B. Jordan y Michael Shannon, respectivamente, en aquellos roles– cuando ya casi podían avistarse en el horizonte los días de la COVID-19 expandiéndose por el planeta y también ese otro estallido global crecido con el impactante homicidio de George Floyd en las calles de Minneapolis. Es así como, de cierta manera, la novela también podría tenerse como un espejo a la vez alegórico y contextual de un tiempo preciso, y con ello el don de su autor para entregarnos una lectura de permanencia.

Graduado en la californiana Los Ángeles High School en 1938, Ray Bradbury nunca asistió a estudios universitarios: su economía personal no se lo permitía. Por ello, mientras vendía periódicos y revistas para ganarse la vida, se formaba autodidactamente con buena parte de su tiempo en la biblioteca pública, abriendo su camino entre libros, leyendo tenazmente hasta que, a comienzos de los años cuarenta, comenzó a publicar sus relatos en revistas. En 1950 publicó un libro de cuentos que sería su primer gran éxito de lectores y crítica: Crónicas marcianas, sobre la colonización de Marte y el establecimiento allí de una sociedad similar, en sus fortunas y desgracias, a la Tierra. Tras ese título vinieron, entre otros, El hombre ilustrado (1951), volumen de narraciones sobre los inmutables mecanismos tecnológicos enfrentados a los comportamientos humanos; El vino del estío (1957), novela delicada y cautivante, digna de un poeta, en torno a las vacaciones de un niño de doce años en una ciudad de la región del Medio Oeste estadounidense; y Remedio para melancólicos (1959), pieza de narrativa breve entre el realismo más descarnado y la fantasía más apocalíptica. Leído y traducido a numerosas lenguas, al morir el 6 de junio de 2012 a la edad de 91 años en Los Ángeles, California, de acuerdo a su estricta solicitud, el epitafio de su tumba sólo lleva la inscripción: “Ray Bradbury. Autor de Fahrenheit 451”, algo que advierte la predilección que siempre sintió por esa novela suya.

Al prologar la primera traducción a nuestra lengua de Crónicas marcianas, realizada por el editor español Francisco Porrúa para la editorial argentina  Minotauro en 1955, uno de los grandes admiradores del autor estadounidense, el argentino Jorge Luis Borges, escribió: “Ray Bradbury anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo, que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena”. Ahora, a cien años de su arribo a la Tierra, al releer Fahrenheit 451, percibimos a las puertas de nuestras vidas a Ray Bradbury que llega con la noche en llamas de un barco sobre la arena.


Ariel Fonseca hace autostop en la Autopista 8

Ariel Fonseca (Sancti Spíritus, 1986) no deja de ser noticia en el panorama literario cubano. A sus libros anteriores –los cuentos de …aquí Dios no está, Hierbas y Ventana al mar, los relatos para niños de El circo invisible y el poemario Restos– se añaden ahora el texto para jóvenes Une los puntos y verás, publicado por la Editorial Oriente y presentado en la reciente edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana, y la novela Do not disturb, aún en proceso editorial por la Casa Editora Abril, con la cual ganó el Premio Calendario 2019 de Narrativa.

fotos cortesía de ariel fonseca

Do not disturb “trata temas cotidianos como el amor, la violencia, los traumas de la infancia, el travestismo por esos traumas de la niñez, los celos, el dolor… Pero todos los textos tienen un desenlace paranormal. Se llama así porque todo ocurre dentro de un motel o al menos dentro de ese radio. Es que como si alguien, un hombre o mujer, no lo defino, estuviera contando todas las historias, sin excepción y no importa que el narrador sea en primera o en tercera persona. Es que la distancia entre el narrador y el personaje es muy corta, a veces no se define quién habla, si es el narrador o el personaje. Es como que el narrador y el personaje casi fuera uno; quise que el narrador padeciera todo como si fuera el personaje”, dice.  

“Siempre digo que los protagonistas no son las personas, son el empapelado, el espejo cóncavo, la máquina de hielos, el columpio y la Autopista 8, que da paso al motel. Me han dicho que regresa una y otra vez, e imagino que sea porque hay un personaje que está ahí varias veces como mal augurio, que es el niño de la cazadora roja con el slogan de los Red Socks, y la máquina de hielo. Y el empapelado, que juega un papel determinante en varias historias o según su color podemos descubrir qué está pasando o qué pasará”, añade Ariel Fonseca, a quien siempre asocio a cosas que poco tienen que ver entre sí: cuentos donde se destila cierto realismo sucio, ese que se torna cotidiano, compensado con un adecuado manejo psicológico de unos personajes que insisten en comprender el porqué de sus acciones, aun por extrañas que estas parezcan; pero también lo relaciono a la pizza con frijoles, extraña combinación que hace las delicias del paladar de Ariel; a las albóndigas de su madre; el pie de limón; a las calles de Sancti Spíritus, donde vive y escribe; a las empedradas y centenarias callejuelas de Trinidad, que visitamos juntos; a su obsesión cuando quiere cualquier cosa, un libro, por ejemplo; a sus timbres telefónicos a cualquier hora del día o de la noche…

fotos cortesía de ariel fonseca

Ariel Fonseca escribe historias escuálidas y conmovedoras, que recuerdan las del J. D. Salinger y donde soplan, además, ciertos aires de Charles Bukowski, Raymond Carver, Ernest Hemingway… muchos de los maestros a los que rinde homenaje en sus narraciones, aunque Ariel lee como pocos, analice y a veces hasta “descuartice sin piedad” a sus contemporáneos. Sus personajes “sienten, respiran, sufren y dañan”; relatos de gente común, sin muchas o grandes expectativas en la vida, esos que vienen a poblar la verdadera historia.

Dice Ariel que él es todos sus “personajes y a la vez no”. Y le creo. Lo notamos al leer los 13 cuentos que conforman Hierbas, libro publicado por La Luz con el que obtuvo el Premio Celestino de Cuento en 2015. Pero también en …aquí Dios no está (Ediciones Luminaria, 2010) y Ventana al mar, Premio Fundación de la Ciudad de Sancti Spíritus Fayad Jamís 2016.

Ventana al mar, uno de sus libros recientes, muestra, como si miráramos precisamente desde una ventana, a un narrador más metódico que sigue con las mismas obsesiones de su primer libro –por algo son obsesiones, no– y que mediante ella se nos desnuda, pero esta vez sabiendo que ya ha corrido los riesgos que implica hacerlo. Que ha crecido. Siete relatos que, nos dice Dalila León Meneses, nos entregan la expresión más realista del hombre alienado: “No exentas de un sutil sarcasmo y un reflexivo pesimismo, abordan temas tan habituales como la soledad, la pérdida, el amor y el desamor. Están otros argumentos con un trasfondo más explícito como los prejuicios sociales, la inmigración y, por supuesto, las circunstancias de la condición sexual, no superada aun en nuestra sociedad contemporánea”.

fotos cortesía de ariel fonseca

Este libro habla de las derrotas; otros de Ariel también. Estén poblados por personajes sin grandes expectativas, hostiles, desarraigados, desencantados, marginales y marginados, y solos, principalmente eso, muy solos. Ellas, las derrotas, me dijo una vez, son el hilo conductor de esas historias y también la obsesión común, en un intento fallido de escapar de una vida hueca. Para qué comprar y leer un libro así, podríamos preguntarnos. Para descubrirnos y quizás, frente al libro-espejo, desmantelar la expresión de soledad, como un exorcismo. Me interesan las personas, lo que ellas son y porqué lo son, parece decirnos Ariel.

Mediante la literatura, lucha contra sus miedos e incertidumbres. Grita que debemos aceptarnos tal y como somos, con nuestras potencialidades y limitaciones, con nuestros sueños y pasiones. Eso es lo que les pasa a sus personajes, aún no han aprendido a aceptar lo que son y por ello fracasan. Aunque Borges aseguraba que lo que decimos no siempre se parece a nosotros (esperemos entonces por la llegada a la librerías de su libro Do not disturb).

fotos cortesía de ariel fonseca

El Ariel que imparte clases, el que espera el autobús cada mañana, el que cuida de su madre, no es el mismo que escribió el primer cuento y mucho menos el que ha escrito el más reciente. Incluso, los poemas de Restos, un libro suyo publicado hace poco también por Ediciones Luminarias. No hablo de capas, sino de sedimentos –existenciales, literarios, vivenciales– que van formando al ser humano y al escritor. Como sus personajes lo hacen con el alcohol y el cigarro, Ariel se siente vivo mientras escribe. Vivo mientras alguien lo lee y, digamos, se descubre. Es como si luchara consigo mismo y la literatura fuera, además de lanza, blasón. Por eso no nos extrañe que vengan nuevos premios y otros tantos libros con su firma.

Portadas de los libros de Ariel Fonseca