¿Amapola? Bellísima amapola…

Tomado de El Caimán Barbudo

A muchas personas he visto despedirse de Cuba como si nunca más fueran a regresar, como si estuviesen enterrando un país y sus recuerdos. Para algunas personas irse de Cuba resulta un suicidio. Para otros, una esperanza. Incluso ambas cosas. No puedo contar cuántos continúan zarpando cada semana. Una isla es un puerto, dice Graziella Pogolotti. Un puerto es un lugar de tránsito. ¿Qué sucede con los que nacen en el puerto? ¿Uno nace en un lugar para permanecer en él toda la vida?

Cuando llegan a un lugar extraño, a otro país, donde otras personas han nacido y tienen sus recuerdos, les resulta muy difícil volver a echar raíces. Es natural. Los árboles tardan sus años en echarlas; no se puede pretender que el diminuto ser humano se arraigue y permanezca, ni tampoco que el ser humano sea tan paciente como el árbol. En ese sitio desconocido, ¿no hay acaso más extranjeros, más gente que intenta echar sus raíces?

Todos sabemos del éxodo cubano. De la diáspora cubana. ¿Hay que irse de un lugar para emplazarse en otro? Ser extranjero es una condición de por vida. Te llevas tus ancestros y la lengua del que te crió. ¿No fue Marco Polo un extranjero? ¿No emigran los flamencos? ¿Acaso solo los cubanos saltan al mar? La verdadera tragedia de ser extranjero para la mayoría de los cubanos aparece cuando se quiere echar raíces en otro lugar.

Pero ya no estamos hablando solamente de ser extranjero. No estamos hablando de un viaje basado en un mapa. Aquí caemos en el punto de que el viaje no es un problema, la distancia no es un problema. Uno nace con un nombre, con una temperatura, y vive durante muchos años en un mismo país, y de pronto se va de ese país con nostalgia anticipada… Su nombre nunca va a ser entendido igual, el flujo de sus signos sufre una interrupción.

Se vive tentado. Se vive en un puerto, señores y señoras. Se vive en un puerto que ha recibido africanos, indios, chinos, europeos. Detrás de ti hay una historia, hay sangre, como cada tierra tiene su historia. En ti está cifrada. ¿Qué vas a hacer con eso?

Estas preguntas me vinieron a la mente cuando vi el espectáculo La extranjera, de Mérida Urquía, una cubana que regresa para el Festival Internacional de Teatro de La Habana con una obra basada en su biografía personal. Estuvo en el Teatro Universitario de La Habana, después en Teatro A-Cuestas, en Ensamblaje Teatro (Colombia); y por último, firma La extranjera, un espectáculo en el cual se ve su aprendizaje barbiano, con Mi Compañía-Teatro. Esta obra ganó la Beca de Creación Teatral del Ministerio de Cultura de Colombia en 2013 y al año siguiente el premio de circulación de IDARTES.

En el espectáculo prescinde de la dramaturgia lineal y acude a los recuerdos, a la forma de contar historias entre los miembros de una familia; se mueve de un espacio a otro: en su país, en el camino, en otro país; y construye su unipersonal en lo que quisiera llamar “tercer espacio”, siguiendo las palabras de una entrevista que le realizara el Perro Huevero para la primera tirada de este Festival.

La actriz desea hablar a los miembros de su generación (45-55 años), como dijo en la entrevista, y por ello recurre a la memoria común de los individuos que vivieron los muñequitos rusos, los sueños que se derrumban, el período especial.

Ahora retomo una pregunta que se hace Mérida Urquía con respecto a La extranjera: ¿Tendrá sentido mi obra en Cuba ahora?

Mérida, en un momento del espectáculo, usted dice que sabe que a nadie le interesa esta historia pero de todas formas la va a contar. Los dos sabemos que no es verdad. Hay quien siente y se reconoce en ella. Es una obra que ha hecho con su experiencia de vida. Déjeme decirle que sí hay personas interesadas en escucharla, porque todo el mundo tiene un pasado.

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