Atento a Daniel Zayas Aguilera

Tomado de Cuba literaria

Cumple Daniel Zayas Aguilera (Isla de la Juventud, 1987) aspectos propios del ritmo de presentación de la promoción poética de la que forma parte: ganar premios literarios, publicar el resultado de esos lauros, avanzar en un tono conversacional que tiene rasgos narrativos, sin dejar a un lado el lirismo esencial, y buscar temas casi siempre sensoriales (vista, oído…) para expresar el entorno y las circunstancias, la praxis vital. También muestra en sus poemas diferentes el agotamiento de los senderos barrocos, altamente tropológicos, inevitablemente oscuros y hasta herméticos de la poesía cubana de las décadas finales del siglo XX, porque Zayas es un poeta de expresión directa, precisa, atinado en el ahorro de recursos y por ello bien dado a la síntesis. Busca temas sociales y los repasa desde la intimidad. Por ello su poesía sigue una línea «externizadora» que han adoptado algunos creadores cercanos a él por su fecha de nacimiento.

Menos sentimental, más bien buscador del epos de las circunstancias para sacar brillo lírico, en Partos bajo tierra (2017) hay un poeta que mira y admira y se asombra y asume el mundo exterior bajo el fogonazo de su mirada. No sé bien si la técnica fotográfica ha dejado huellas en estos poetas nacidos a partir de 1985, que no solo asumen un arte más que centenario, sino que están influidos inevitablemente por la pantalla (cine, televisor, computador, teléfono inteligente), pero la manera de observar la vida, su transcurso evidente, tiene algo de esa movilidad, motivación o incorporación de modos de comunicación que ya esta generación asume desde la cuna. Si otras promociones buscaron vías diversas para presentarse en plena juventud (revistas literarias, antologías, talleres literarios), yo no sé si esta nueva hornada está haciendo bien con incorporar la profusión de premios que ganan, no desprovistos de maravilla.

Zayas Aguilera cumple con la ofrenda de la infancia, con el ámbito familiar (la madre, de clara presencia en el poemario), la condición de ciudadano de una isla, y la aprehensión sensorial del mundo que le rodea. La construcción del texto, sin embargo, busca el resorte imaginativo, como si él hiciese del mundo un pequeño cuento de hadas, donde las hadas son las gentes bellas que le rodean, madre, mujeres, abuelos… El poeta vive iluminado por el resplandor de las islas, sin fatalismos geográficos, pero con claro sentido de insularidad, lo que pone nota identitaria a su poesía. En la no escasa presencia insular en la poesía de Cuba, Zayas dramatiza un poco el asunto o tema, para ceñirse a una isla menor en tamaño, parte de la geografía, del archipiélago nacional cubano. Su aporte es ver la isla desde otra isla, y ese juego de espejos alcanza momento excelente en «Definir la isla», con esta gala expresiva:

—Esto no es una isla sino el ojo solitario del monstruo 
y su insuficiente rotación para advertir los cambios y la muerte. 
—Esto es un árbol poblado de garzas. 
—Esto no es una isla sino un bosque blanquísimo 
del que escapan las aves tras la piedra 
lanzada por el mismo brazo que apagó la luz, 
el único ojo, y ahora arremete contra la inmovilidad de otras aves. 
—Esto no es una isla sino la pedrada convocando a las migraciones. 
—Esto no es una isla sino el instante en que los frutos caen 
y se disipa el blanco de las ramas.

La definición desde la negación puede provenir de alguna lectura de Virgilio Piñera, pero el efecto que logra el poeta es auténtico y hasta dramático, en el sentido de convocar «a las migraciones», el anhelo de partir, que inicia magistralmente el gran periplo de la Avellaneda. Un poema como «Escapar de las islas», trae epígrafe del pinareño Nelson Simón, pero el poema se acerca mucho más al antológico «Isla», de Alberto Acosta-Pérez, o en esa familiaridad lírica se halla.

Claro que Zayas no se queda en ese foco atractivo insular, él construye sus textos desde su propia imaginación, de modo que aun no siendo un cultor dado a la tropología, la imagen es centro de cada unidad poemática. Cierta cercanía de lo rural, el sesgo familiar, de hogar que ofrece de continuo alguna ingenuidad (en el sentido hermoso de la palabra) ante los hechos rotundos del ambiente, le ofrecen buenos escapes del exceso de epicidad. No deja de relatar, de hacernos pequeñas anécdotas, de intuir lo lírico de ellas. «Crónica sobre los partos bajo tierra» llega a mostrarnos cuánta calidad elegíaca es capaz de desarrollar, cuánta posibilidad de ternura sin amaneramiento cursi se enfrenta al dolor, la enfermedad, la muerte. Quizás el poeta debería darse cuenta de ese matiz doloroso de su poesía, para el que tiene dones indudables.

A veces sentencioso, como no pocos integrantes de su promoción, también como algunos de ellos busca en la historia inmediata, no en la praxis cotidiana sino en los sucesos de lumbre, como el récord productivo de una vaca que conmovió al país, el deslumbramiento ante la trayectoria o la simple presencia de un amigo, la cualidad existencial de quienes le rodean y de cuyas circunstancias (históricas, por cierto), puede extraer enunciados como este: «Alguien dijo que quien no sea capaz de sostener el un, dos… / un, dos, tres, no puede llamarse cubano».

Años antes, Daniel Zayas había publicado Viendo caer los pájaros (2014), de franco tono conversacional y que en esencia, pareciera el eslabón primario para llegar a Partos bajo tierra. Ambos poemarios se complementan perfectamente, cumplen algo más que la carta de presentación de un poeta legítimo, traen belleza expresiva suficiente como para hacer votos de fecundidad para su obra. Que no se lo trague la repetición, el deslumbramiento excesivo de los lauros, que ofrecen alegría, dinero y publicación, pero suelen quedarse en el inmanentismo temporal. Un crítico rogaría que un poeta así, de tal espontaneidad creativa, no se frustre, no descienda, que abra sus alas hacia las alturas. A su haber, dos libros hermosos, ellos abren caminos expresivos, hallazgos de lenguajes, vocación. El ardor juvenil se atenuará en el futuro, el poeta deberá meditar cuál es su verdadero horizonte creativo, cuáles son de veras los poetas de su familiaridad, pues sus un poco «anárquicas» citas de diversos autores, tan diferentes y en sus dos poemarios, dan la quizás falsa impresión de que, buscando, no ha hallado sendero firme todavía. Puede ser un poeta elegíaco desgarrado aún por la llamarada de la realidad y, en verdad: «Solo el ocaso desmorona su fiereza, / despeja su cielo raso de olímpicas telarañas / y engarrota las mandíbulas que alguna vez balbucearon». Daniel Zayas Aguilera tiene un espléndido futuro creativo, sus dos poemarios son muestra suficiente para tal esperanza.

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