Conversando en el interior de una casa sin nombres

Evelin construyó una casa sin nombres. Con ella pretende que los niños conozcan las realidades de otros niños. Con ella, claramente, se dibuja a ella misma, y a otros pequeños que desde temprano tienen el sueño de ser escritores. Ser escritor de literatura infantil en Cuba es una provocación y un camino desconocido. Hay ejemplos altos, muchos otros son bajos. Evelin Quipo Balbuena ganó el premio El Girasol Sediento, que otorga la AHS de Cienfuegos, en 2014. La publicación aún no ha salido al mercado, se ha visto demorada por causas ajenas a la editorial y a su autora.

Quipo Balbuena dijo que este cuaderno fue lo primero que escribió justo al graduarse de Licenciatura en Letras. La distancia de los años y la experiencia —en casi todos los casos— hacen que un escritor fabrique de mejores formas sus letras, su ritmo, su discurso… Una casa sin nombres sufre algunas imprecisiones, provocadas tal vez por la juventud de la escritora, pero se trata de una buena narración, limpia, entendible, y que se lee rápidamente, sin trabas, de inicio a fin. Pudo ser más llamativa, pudo no utilizar temas comunes, trillados y ser más original en determinados momentos; pudo explotar mucho más la escena donde coloca a sus personajes, pues se trata de La Mancha, un barrio marginal, donde pocas cosas marginales se ven ocurrir a lo largo de la trama. Las ilustraciones son de Jorge Luis Mendoza Machín, un arquitecto que gusta pintar y que sabe las maneras en que una imagen puede ayudar a mejorar un argumento.

¿Por qué Evelin se decidió un día a escribir para niños?

«Una de las cosas que caracteriza a nuestra especie, al hombre, es la inconformidad. Podría decirte que escribo para niños en un soberano acto de inconformidad con la literatura infantil. Pero estaría siendo sincera en solo un cincuenta por ciento, porque fue la literatura que leí cuando niña, la que me hizo lo que soy. La que sembró en mí esa sensibilidad que tengo para apreciar al hombre y sus acciones. Si bien hay libros que nunca me hicieron feliz, también los hay ahora que no me complacen. Eso no quiere decir que yo lo haga mejor, pero al menos lo intento».

Hay que trabajar bastante para lograr un libro que sea original y diferente a lo común que se hace en Cuba; hay que trabajar para que ese ejemplar sea atractivo y a su vez tenga dignos valores literarios, ¿cómo transcurre este proceso para ti?

«Lo ideal sería que nadie se pareciera a nadie incluso fuera de las fronteras de la isla. Pero sucede que el hombre es el mismo en todas partes, solo cambian un poco sus circunstancias. Es así como podemos coincidir en la literatura que proponemos, sobre todos los escritores cubanos, ya que nuestras circunstancias son exactamente las mismas. Cuando he tratado de distanciarme de eso ha sido un fracaso rotundo en los concursos literarios. Parece como si los jurados tuvieran un modelo de libro a premiar, y ese modelo hace que coincidan determinados temas. Entonces cuando he tratado de hacerlo con otro sello, aludiendo a inquietudes distintas que me asaltan, no obtengo ni mención. Por lo que ser diferente a la vox populi entraña riesgos. Sin embargo escribir es mi vida y siempre tengo tiempo para ello. Escribo de absolutamente todo lo que me motiva. No discrimino temas ni estilos. Ojalá la versatilidad sea una virtud que me acompañe en el futuro (pues todavía no me lo creo). Aunque es necesario tener presente que todo lo que se publica de un autor no es lo único ni lo mejor que hace».

Evelin toca un punto con yagas en la realidad literaria actual de la Isla: sus concursos. Es muy peligroso supeditar la excelencia literaria a otros aspectos. Es peligroso decir: voy a escribir de tal forma porque esto es lo que el jurado premiará. Es peligroso para el autor y para el futuro de la literatura cubana. Hay que saber encontrar la brecha y hay que saber cuándo uno debe tomar arma en mano contra estos atropellos. Evelin me habla también sobre otros atropellos, igual de temibles:

«No sé por qué no nos acabamos de dar cuenta lo necesaria que es la literatura infantil. Lo bien que se vende, lo que puede ayudar a que el futuro esté poblado de personas más sensibles y humanas. Todo lo que soy me lo ha dado la literatura. Porque cuando más sola e indecisa he estado en mi vida, me he refugiado en ella para tener calma y compañía. Entonces, ¿cómo es posible que en este país, donde los padres compran literatura infantil por montones y los niños la consumen bastante —porque trabajo con ellos y me consta— solo exista una editorial nacional (Gente Nueva) que trabaje exclusivamente en esa línea? ¿Por qué no hay otras diseminadas por el interior del país? Cuesta mucho acceder a Gente Nueva. Pero cuesta acceder a cualquiera porque aun cuando llegas con tu propuesta y los lectores especializados lo aprueban, viene una mano negra y desconocida —en este caso una voz— y dice cosas como: “Ya tienes un libro situado en tal editorial, no te podemos privilegiar con otro porque hay que darle oportunidad a los demás”. Y yo pienso: “Si hubiera más editoriales dedicadas solo a la literatura infantil, no habría razón para escuchar con dolor estas palabras”».

Sobre cómo nació Una casa sin nombre, Quipo Balbuena cuenta: «cuando escribí este libro estaba deslumbrada por otro muy interesante publicado por Ediciones Ávila hace ya como diez años. Se llama El mundo de Laura, de mi coterránea y amiga Legna Rodríguez. No sé si habrá sido el libro en sí mismo o todo lo que él implicaba, lo que me dio impulso. Legna es casi de mi edad y tenía una obra ya reconocida entonces. Eso me dio un poco de confianza para lanzarme a esta aventura. Y por otro lado me gustaba la idea de hacer algo parecido a una autobiografía. Así que  comencé a escribirlo. En una máquina de escribir. El libro tuvo buena suerte pese a ser el primero. Quedaba de finalista y cogía menciones en los concursos, pero nunca un premio. Por eso lo guardé, dejé que le pasara el tiempo por sus páginas, que es quien depura mejor. Y un día lo desempolvé, le hice cuantiosos arreglos y lo mandé a Cienfuegos. No tenía esperanza alguna, pero sucedió el milagro».

Astrid Lindgren escribió que «con la sola compañía de un libro, el niño crea imágenes en algún lugar de la cámara secreta del alma que supera a todas las demás. Estas imágenes son fundamentales para los seres humanos. El día en que los niños ya no logren crear estas imágenes será el día en que la humanidad caiga en la pobreza». Y para acompañar a los niños en este camino hay que hacerlo con el alma, hay que hacerlo por ellos, hay que hacerlo por la literatura.

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