Celestino


PREMIO CELESTINO DE CUENTO

Ediciones La Luz y la sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz en Holguín, convocan al XXIV Premio Celestino de Cuento. El certamen se regirá por las siguientes bases:

Podrán participar todos los escritores cubanos, residentes en el país, miembros o no de la AHS, de hasta 35 años de edad. Se concursará con un cuaderno inédito, con una extensión mínima de 45 cuartillas y 70 como máxima (Times New Roman, 12 pts., interlineado 1.5).

 Los originales se recepcionarán únicamente a través del siguiente correo electrónico habilitado para la ocasión: 24premiocelestinodecuento@gmail.com al que deberán enviarse dos archivos independientes, uno perteneciente al libro en concurso y el otro a la plica, debidamente identificados.

Las obras serán recibidas hasta el 22 de mayo de 2023. El premio consistirá en la entrega de un diploma acreditativo, 10 000 pesos (moneda nacional) y la publicación del libro (impreso + e-book) a cargo de Ediciones La Luz, con el pago del respectivo derecho de autor. El jurado estará integrado por prestigiosas figuras de nuestras letras.

El fallo del jurado se dará a conocer en la peña Abrirse las Constelaciones el 9 de junio de 2023.

La participación en este certamen presupone la aceptación de sus bases.


Nátahaly Hernández y el disfrute de la escritura

Náthaly Hernández Chávez, periodista y escritora matancera de 28 años, acaba de ganar la XXIV edición del Premio Celestino de Cuento que se convoca desde Ediciones La Luz, sello editorial de la AHS en Holguín. Lo ha hecho con el libro “La figura en el puente”, un conjunto de siete relatos que el jurado seleccionó por unanimidad de entre los 23 cuadernos en concurso.

La joven autora estuvo en la Ciudad de los Parques para la premiación, y desde allí revela algunos detalles del libro ganador y de sus impresiones sobre el premio y el proceso de escritura.

El jurado deja claro desde el acta del premio que este es un libro que aborda la condición humana ¿Qué pueden esperar los lectores de este cuaderno de cuentos?

Lo que pueden esperar, sobre todo, son textos sinceros o que buscan ahondar en la psiquis. Es un intento, no sé si lo logré, pero por lo menos me gusta reflejar lo que veo en mi entorno y también darle una interpretación propia. Algunos de los cuentos no son realistas al ciento por ciento, sino que juegan un poco con el surrealismo, con la subjetividad de quien esté contando la historia, del personaje, de la voz del narrador. Pero son cuentos que, sobre todo, intentan ahondar en esas vivencias, en las cosas con las que tenemos que como seres humanos tenemos que lidiar en algún momento de nuestra vida. Con decisiones, con tragedias, con momentos límites o con momentos que no parecen límites pero que luego van a desencadenar situaciones límites. Es un libro que trata sobre eso, sobre cuestiones que he visto de mi ambiente, otras que he imaginado, pero sobre todo que intenta llegar, desde el punto de vista emotivo, a cómo los personajes viven esas experiencias, qué significan para ellos, cómo los marca como seres humanos, como personas, en qué los convierte o los lleva a ser, a pensar, a comportarse. Es eso, una búsqueda.

Muchos te conocen como autora de ciencia ficción porque tienes premios relacionados con el género. ¿Necesitas de estados de ánimo distintos escribir ciencia ficción o realismo?

Más que estados de ánimo lo que me empuja es la historia, o sea, hay historias que desde que a uno le viene la idea a la cabeza dice “esto tiene que ser contado por ciencia ficción o fantasía”. Porque cada género y cada subgénero tiene sus códigos y hay otras que si no son contadas desde el realismo a lo mejor pierden. Eso depende de dónde la historia me lleve y también de las herramientas que utilizo. Uso mucho la música, entonces, dependiendo también de la que esté escuchando en ese momento me empuja a un género o a otro. También la busco para que se adecue a la historia, creo mis propias bandas sonoras con música que tiene que ver con un género u otro.

Recientemente entraste al Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso ¿Cómo llega esta narradora que ya ha ganado el Premio David, que acaba de ganar el Celestino, a esa fiesta innombrable que es el Taller de Técnicas Narrativas fundado por Eduardo Heras León?  

Con muchas expectativas y sobre todo con muchos deseos. El “Onelio” es un curso que llevaba muchos años queriendo pasar, pero siempre me lo impedía una cuestión distinta. Antes estaba más abocada a la poesía, después vino la pandemia. Pienso que se me fue atrasando la posibilidad de presentar hasta que finalmente ahora lo logré y es, como tú dices, una fiesta. Estoy feliz de finalmente poder ir porque es algo que me debía a mí misma y que quería hacer desde hacía mucho tiempo.

Desde Holguín vemos a Alfredo Zaldívar y a su editorial Ediciones Matanzas donde trabajas, como paradigmas. ¿Cómo ve una escritora matancera al Premio Celestino?

Desde mi visión es de los premios más deseados, no solo por lo que representa sino, y lo he dicho anteriormente, precisamente por ser publicado por La Luz, que es una gran editorial que apuesta por los jóvenes, por las narrativas en general, la poesía y todos los géneros, de autores de todas las edades, pero siempre con mucha calidad, con mucho profesionalismo, entonces además de las editoriales de Matanzas, el otro lugar donde uno sueña, al menos yo como autora matancera, donde soñaba publicar, era este y el sueño se cumplió, así que estoy felicísima. Me siento realizada y contenta.

Sé que los libros de La Luz son hermosos y que mi libro va a ser bien promocionado, bien editado, va a terminar como un producto de calidad y va a llegar a los lectores con esa calidad. Eso me llena de tremenda satisfacción.

¿En qué estás trabajando? ¿Qué estás escribiendo?

Ahora mismo estoy escribiendo un poco de todo. Sigo escribiendo poesía, narrativa tanto de ciencia ficción, fantasía como realismo. Me estoy divirtiendo, la estoy pasando bien. Disfruto escribir. Disfruté escribir este libro de Celestino, aunque algunos cuentos tengan una temática un poco más macabra que otros. El proceso fue algo que disfruté mucho. Estoy intentando mantener esa alegría y ese goce de escribir en todos estos géneros. No sé si van a ser buenos, malos, regulares, si serán mejores o peores, pero eso no me va a limitar a la hora de escribirlos y de crear. Estar en constante creación es lo que estoy haciendo.


Presentan en Las Tunas antología de cuento breve cubano contemporáneo

Por vez primera se presentó en Las Tunas La Isla devorada, antología de cuento breve cubano contemporáneo, que vio la luz a finales del mes de Abril en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, bajo los sellos editoriales de Colombia Avatares y 9Editores.

La cita tuvo lugar en la Casa del Joven Creador, sede de la filial de la Asociación Hermanos Saíz en Las Tunas, y contó con el joven autor Lester F. Ballester como anfitrión, compilador de un volumen que reúne poco más de 30 creadores.

Sobresalió el aporte de los artistas visuales que acompañan la obra como atributo fundamental del texto.

Lester F. Ballester, compartió asimismo que la antología también se presentará al público en la ciudad de Holguín, a propósito del XXIV Premio Celestino de Cuento, mayor evento para jóvenes narradores convocado por la AHS en el país, a desarrollarse del 5 al 10 de junio.

 


Premio literario Celestino tiene abierta su convocatoria

Al XXIV Premio Celestino de Cuento convocó Ediciones La Luz y la sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz en Holguín, desde la sede de la editorial, donde autores premiados en años anteriores leyeron sus textos.

El concurso se dedica esta vez al centenario del novelista Ítalo Calvino, los 90 años de Sergio Pitol, los 70 de Roberto Bolaño y los 80 de Reinaldo Arenas, cuya novela Celestino antes del alba evoca el certamen, convocado anualmente desde 1999.

La promoción cuenta con atractivo diseño editorial y artístico de Robert Ráez y Alejandro Zaldívar, respectivamente, y música de Dagner Parra Almaguer y Dj Whisper.

Premio Celestino 3

En el Celestino podrán participar escritores cubanos de hasta 35 años de edad, residentes en el país y miembros o no de la AHS, con un cuaderno inédito entre 45 cuartillas y 70 cuartillas de extensión, escrito en tipografía Times New Roman, con letra de 12 puntos e interlineado de 1,5.

Los originales se enviarán a 24premiocelestinodecuento@gmail.com en dos archivos independientes, uno perteneciente al libro en concurso y el otro a la plica, debidamente identificados. No se aceptan impresos.

Las obras serán recibidas hasta el 22 de mayo próximo y el premio consiste en diploma acreditativo, 10 mil pesos y la publicación del libro (en formatos impreso y digital) a cargo de Ediciones La Luz, con el pago del respectivo derecho de autor.

Valorará los libros un jurado de prestigiosos narradores cubanos, cuyo fallo se hará público el 9 de junio de 2023.


Ediciones La Luz alista agenda para el Celestino de Cuento

… todos los días dices que te vas a tirar de cabeza al pozo,
y nada. Nunca lo haces. Crees que me vas a tener como un loco,
dando carreras de la casa al pozo y del pozo a la casa.

 

Los fragmentos de Celestino antes del alba se pasean escurridizos, llegada esta fecha, por los pasillos de la editorial. La cita al xxiv Premio Celestino de Cuento que convoca Ediciones La Luz y la sección de Literatura de la AHS de Holguín en colaboración con la Librería Celestino del Centro Provincial del Libro será hoy 3 de febrero a las 2:00 p. m.

Las Bases del concurso, fecha de entrega de los originales y las dedicatorias a esta edición, se estarán compartiendo en vivo, desde el salón Abrirse las Constelaciones a través de nuestras redes sociales.

«Celestino alucina» es el slogan que identificará a esta campaña de promoción de uno de los certámenes literarios más importantes del país. Cuenta con la nueva estética a cargo del joven artista visual Alejandro Zaldívar y el diseñador Robert Ráez.

El Premio Celestino este año celebra además la obra de grandes narradores como Ítalo Calvino, Sergio Pitol, Reinaldo Arenas y Roberto Bolaño.


Premio Celestino de Cuentos 2022 para Katherine Perzant

La obra “Las mujeres que no amaban a los hombres” de la holguinera Katerine Perzant fue galardonada este sábado con el Premio Celestino de Cuentos, certamen literario que auspicia cada año Ediciones La Luz, sello de la Asociación Hermanos Saíz en la provincia de Holguín junto a los jóvenes miembros de la sección de Literatura.

El jurado integrado por el reconocido ensayista Alberto Garrandés, la joven escritora Elaine Vilar Madruga, una de las ganadoras del Celestino, y el editor holguinero Adalberto Santos, quien tiene a su cuidado esta colección valoraron en esta oportunidad unos 29 cuadernos inéditos de jóvenes autores representantes de la mayor parte de las provincias de Cuba.

Los evaluadores coincidieron que en “Las mujeres que no amaban a los hombres» más allá de la sugerencia de reorganizar los textos destacó la facturación del tipo de escritura que este libro defiende a través de una voz de elegante sobriedad que pone en práctica con cierto extrañamiento un mundo propio, cuyos personajes buscan explorar sin miedo su paisaje interior y hacer de la existencia cotidiana un territorio para la aventura del conocimiento.

Además de la posibilidad de ver su texto publicado al amparo de “La Luz”, Katerine Perzant recibió el correspondiente diploma acreditativo así como una obra original del maestro de las artes plásticas Cosme Proenza, asiduo colaborador del certamen.

celestino de cuentos premio 1

Sobre el texto ganador, la autora explicó a la prensa que el volumen recoge unos 10 relatos en los que se habla de desamor asi como de las angustias de su generación, cuentos que escribió entre sus 20 y 25 años y reescribió en tiempos de pandemia, labor a la cual le presta especial interés.

Significó su orgullo por obtener el Premio Celestino que otorga Ediciones La Luz, sello al que la une muchos afectos y ganarlo a diferencia de otros fue también una oportunidad de regresar a «casa», pues natural de Velazco muy cerca del poblado de Aguas Claras donde naciera Reynaldo Arenas tiene -justamente- en el Celestino su personaje literario favorito.

Asimismo se conoció que el cuaderno «Caras largas, huesos cansados” mereció Mención dado su doble sensibilidad, tanto en la prosa como en los personajes, en los que se evidencia cierta prudencia pero sin renunciar a la emoción ya que es moldeada en un tono que se torna tan diáfana como eficaz.

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Como antesala de la ceremonia de entrega, desde el propio salón Abrirse las Constelaciones se presentó de la colección Celestino de Cuentos, el volumen “Las fauces”, de Lourdes Mazorra, Premio 2019, el cual presentado por Adalberto Santos apuntó constituye una propuesta encaminada a la exploración interior, cuya prosa queda envuelta en una grumosa incertidumbre que la declara silenciosa y espectadora.

Mientras que de Robert Ráez se presentó «Bustrophilia», texto que de acuerdo con Miguel Montero entra con audacia a la escena literaria y lo hace a través de una arquitectura linguistica suigéneris. Ráez agradeció al colectivo editorial por el empeño y leyó un fragmento que practicamente impulsó al auditorio escaleras abajo para adquirirlo de inmediato en la libreria Celestino, en la propia sede de la editorial.

Dedicado a los 110 años del controversial y fascinante escritor cubano Virgilio Piñera, el Celestino de Cuentos que ya dejó abierta la convocatoria para su próxima edición en 2023 desarrolló un amplio programa de actividades desde el 15 de junio último entre las que se incluyó exposiciones, conversatorios, lecturas y novedades editoriales.


Todas las cabezas se unen para pensar a Virgilio Piñera

A la obra del importante escritor cubano Virgilio Piñera, a 110 años de su natalicio, dedica sus espacios la 23 edición del Premio Celestino de Cuento, que hasta el día 18 realiza Ediciones La Luz, sello de la AHS en Holguín, y la sección de Literatura de la AHS local.

Momentos de su vida y obra, y sus aportes a la literatura hispanoamericana como una de sus figuras claves, centraron los abordajes del panel “Todas las cabezas se unen”, dedicado a reconocer la impronta del reconocido dramaturgo, poeta, narrador y crítico nacido en la ciudad de Cárdenas, Matanzas; destacando su cubanía auténtica, su ruptura creativa, su filosofía, sus modos de asumir la realidad, el teatro, la literatura y sus facetas creativas.

A cargo de los escritores Rubén Rodríguez, Mariela Varona y Erian Peña, este espacio, realizado en el salón Abrirse las constelaciones, reconoció la obra de Virgilio, lo que lo sitúa como figura imprescindible de la literatura cubana, al ser un autor que abordó con maestría todos los géneros, resaltando la cubanía de Aire frío (teatro) y La isla en peso (poesía).

Mariela Varona y Rubén Rodríguez se refirieron de manera particular a la vigencia de la obra de Piñera en varias generaciones de escritores cubanos, quienes asumen recursos como el humor, la ironía y la burla desde la misma cuerda virgiliana. Por su parte, Erian Peña destacó el trabajo que realizó el autor de Electra Garrigó y La carne de René como traductor durante su estancia en Buenos Aires, etapa en la que integró el comité de traducción de la novela Ferdydurke, del polaco Witold Gombrowicz, obra de alta complejidad, incluso en su lengua de origen.

Peña Pupo comentó, además, de su amistad con intelectuales de esa nación suramericana como Adolfo Bioy Casares, Victoria y Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges, quien lo incluyó en las reconocidas antologías Cuentos breves y extraordinarios y El libro del cielo y del infierno.

Hasta el sábado este evento se desarrollará con un amplio programa de actividades que incluye paneles, presentaciones de libros, lecturas, peñas infantiles y la premiación del certamen.

El Premio Celestino de Cuento surgió en 1999, como homenaje a la obra del holguinero Reinaldo Arenas y a la publicación de su novela Celestino antes del alba. En su primera edición lo recibió el narrador y periodista Rubén Rodríguez con el cuento “Flora y el ángel”.


Héctor Barrios y su cuaderno Bumbos encuentran un puerto

Cortesía del entrevistado La verdad es que yo llegué al revés a las huellas de este escritor. Acepto que no lo conocía, y que supe de su existencia cuando se anunció el fallo del jurado al xxii Premio Celestino de Cuento. Debía editar un fragmento del cuaderno ganador y apenas tuve en mis manos el texto quedé fascinada, me atrapó una lectura al azar:

La soledad es un árbol que produce frutos contrarios… lo terrible de la soledad es cuando es impuesta.

Héctor Leandro Barrios González es instructor de arte en la especialidad de música y licenciado en Estudios Socioculturales, un cienfueguero que como anuncia la foto de su perfil en Facebook tiene impregnado el azul del mar en sus ojos. Aceptando mi solicitud de amistad y entablando una conversación como amigos de toda la vida, me inicio a husmear en las pasiones que estremecen al autor.

Mi interés por hacer literatura creo que tiene que ver con mi relación con la lectura. Llega un momento en que esa relación que estableces con el lenguaje crea un peso, una acumulación, de tipo interna, digamos, uno llega a sentir que las palabras pesan como decía alguien: las palabras como islas, y luego esa acumulación necesita ser liberada, necesitas desprenderla de ti.

Y en este acto mismo de separación entre las palabras y un sujeto poseedor, no queda otro remedio que ser dueño, a mi juicio, de esas sensaciones de algún modo exorcizadas.

Entonces te sientas, escribes y escribes y sudas escribiendo y te cansas en el proceso, pero no puedes dejar de hacerlo.

Bumbos se titula el cuaderno que anunció la premiación hoy en la tarde, al respecto el ganador comenta:

Yo tenía escritos un par de cuentos y tenía en mi cabeza la idea de otros, la maqueta, pero no sabía cómo o por qué tenían relación. Un día voy a pescar y alguien me dijo que esas balsas en las que pesaban les decían “bumbos” y que eran insumergibles. Luego comprendí que así eran los personajes de mi libro, siempre flotando, sobreviviendo a un entorno hostil.

Barrios ha sido galardonado con el premio Girasol Sediento que auspicia la AHS de Cienfuegos, Paco Mir de narrativa, mención en el concurso Bustos Domenecq y tiene en proceso editorial el libro Las formas invisibles bajo el sello Reina del Mar Editores.

A tientas y haciendo caso a las primeras impresiones, Barrios es un escritor de narrativa con una voz de profundas sensibilidades, al saberse ganador alude:

Esta es la tercera vez que envío. La primera mandé a una dirección errónea. La segunda vez sí fue correcta, pero nada. Y ahora, esta tercera, pues… en fin. No suelo ser adulador pero me siento muy feliz de haber ganado, sobre todo porque mi cuaderno encontró un puerto, no cualquier puerto, sino Ediciones La Luz, y tengo la seguridad que nada podrá salir mal si mi libro está allá con ustedes. A veces, ahora, a solo unas pocas horas de haber recibido la noticia del premio, no llego a procesar del todo la buena nueva y me siento muy feliz y agradecido.


¡Hay un nuevo Celestino!

Después de varios días de tenaz presencia en las redes, de compartir contenidos diversos, desde audiolibros, videocuentos, paneles y talleres de técnicas narrativas, presentaciones de libros y lecturas, ya hay un nuevo Celestino.
Dazra Novak, Emerio Medina y Rafael de Águila integraron el jurado de la vigésimo segunda edición del Premio Celestino de Cuentos, convocado por Ediciones La Luz y la sección de Literatura de la AHS en Holguín. Ellos decidieron, de entre más de 50 obras en concurso, declarar ganador al cuaderno “Bumbos”, de la autoría de Héctor Leandro Barrios, “por lograr de manera acertada y sostenida el tono adecuado que dota de cohesión, organicidad y carácter sistémico un volumen de cuentos que se destaca por el cuidado y corrección del lenguaje, la madurez de las historias y el afán por lograr cierta originalidad de estilo”.
El ganador, además del premio en metálico, una pieza del ilustre artista plástico holguinero Cosme Proenza y el certificado acreditativo, verá su libro publicado en el sello que funge como entidad convocante y abrazará uno de los premios para jóvenes narradores, más anhelados en Cuba.
El jurado determinó, además, de forma unánime, “por el consistente empleo del lenguaje y la solidez de las historias, otorgar la primera mención a la obra Happy Ballantine’s”, de Katherine Perzant. Recibieron igualmente menciones Own Corner, de Erian Peña, y Levitando, de Darcy Bo.
Tras dar a conocer los resultados del Premio, el comité organizador del evento lanzó la convocatoria del Celestino en su edición vigésimo tercera para 2022, año en el que además se estará celebrando un cuarto de siglo de vida de Ediciones La Luz.


Las voces de La Luz y los hombres del centenario (+ audio)

El sonido se disipa y si quedan los falsos abalorios, no habremos comprendido nada. Los podcasts precisan necesariamente el sentido directo de las palabras. Liset Prego, editora de Ediciones La Luz, es la voz que incita a la lectura en colaboración conjunta desde su proyecto La NarraTK y nuestra casa editora.

El podcast Los hombres del centenario es un tríptico donde se recogen cuentos de Charles Bukowski, Isaac Asimov y Ray Bradbury. Tienes la facilidad de ir haciendo varias cosas mientras consumes literatura, la rutina se hace más llevadera, sobre todo en tiempos donde la tecnología ha apartado a muchos del placer del olor al libro impreso, he aquí otra manera de estar conectados. Prego y su esposo Marjel Morales Gato, quien precisa la edición, alojan estos proyectos en la plataforma spreaker.com. En esta edición del Celestino de Cuento, nuestro sello insiste porque #ElSonidoEsUnaPuertaSeguraHaciaElCorazón.

Clase, de Charles Bukowski

No estoy muy seguro del lugar. Algún sitio al Noroeste de California. Hemingway acababa de terminar una novela, había llegado de Europa o de no sé dónde, y ahora estaba en el ring pegándose con un tío. Había periodistas, críticos, escritores —bueno, toda esa tribu— y también algunas jóvenes damas sentadas entre las filas de butacas. Me senté en la última fila. La mayor parte de la gente no estaba mirando a Hem. Solo hablaban entre sí y se reían.

El sol estaba alto. Era a primera hora de la tarde. Yo observaba a Ernie. Tenía atrapado a su hombre, y estaba jugando con él. Se le cruzaba, bailaba, le daba vueltas, lo mareaba. Entonces lo tumbó. La gente miró. Su oponente logró levantarse al contar ocho. Hem se le acercó, se paró delante de él, escupió su protector bucal, soltó una carcajada, y volteó a su oponente de un puñetazo. Era como un asesinato. Ernie se fue hacia su rincón, se sentó. Inclinó la cabeza hacia atrás y alguien vertió agua sobre su boca.

Yo me levanté de mi asiento y bajé caminando despacio por el pasillo central. Llegué al ring, extendí la mano y le di unos golpecitos a Hemingway en el hombro.

—¿Señor Hemingway?

—¿Sí, ¿qué pasa?

—Me gustaría cruzar los guantes con usted.

—¿Tienes alguna experiencia en boxeo?

—No.

—Vete y vuelve cuando hayas aprendido algo.

—Mire, estoy aquí para romperle el culo.

Ernie se rió estrepitosamente. Le dijo al tío que estaba en el rincón.

—Ponle al chico unos calzones y unos guantes.

El tío saltó fuera del ring y yo le seguí hasta los vestuarios.

—¿Estás loco, chico? —me preguntó.

—No sé. Creo que no.

—Toma. Pruébate estos calzones.

—Bueno.

—Oh, oh… Son demasiado grandes.

—A la mierda. Están bien.

—Bueno, deja que te vende las manos.

—Nada de vendas.

—¿Nada de vendas?

—Nada de vendas.

—¿Y qué tal un protector para la boca?

—Nada de protectores.

—¿Y vas a pelear en zapatos?

—Voy a pelear en zapatos.

Encendí un puro y salimos afuera. Bajé tranquilamente hacia el ring fumando mi puro. Hemingway volvió a subir al ring y ellos le colocaron los guantes.

No había nadie en mi rincón. Finalmente alguien vino y me puso unos guantes. Nos llamaron al centro del ring para darnos las instrucciones.

—Ahora, cuando caigas a la lona —me dijo el árbitro—, yo…

—No me voy a caer —le dije al árbitro.

Siguieron otras instrucciones.

—Muy bien, volved a vuestros rincones; y cuando suene la campana, salid a pelear. Que gane el mejor. Y —se dirigió hacia mí— será mejor que te quites ese puro de la boca.

Cuando sonó la campana salí al centro del ring con el puro todavía en la boca. Me chupé toda una bocanada de humo, y se la eché en la cara a Hemingway. La gente rió.

Hem se vino hacia mí, me lanzó dos ganchos cortos, y falló ambos golpes. Mis pies eran rápidos. Bailaba en un contínuo vaivén, me movía, entraba, salía, a pequeños saltos, tap tap tap tap tap, cinco veloces golpes de izquierda en la nariz de Papá. Divisé a una chica en la fila frontal de butacas, una cosa muy bonita, me quedé mirándola y entonces Hem me lanzó un directo de derecha que me aplastó el cigarro en la boca. Sentí cómo me quemaba los labios y la mejilla, me sacudí la ceniza, escupí los restos del puro y le pegué un gancho en el estómago a Ernie. Él respondió con un derechazo corto, y me pegó con la izquierda en la oreja. Esquivó mi derecha y con una fuerte volea me lanzó contra las cuerdas. Justo al tiempo de sonar la campana me tumbó son un sólido derechazo a la barbilla. Me levanté y me fui hasta mi rincón.

Un tío vino con una toalla.

—El señor Hemingway quiere saber si todavía deseas seguir otro asalto.

—Dile al señor Hemingway que tuvo suerte. El humo se me metió en los ojos. Un asalto más es todo lo que necesito para finalizar el asunto.

El tío con la toalla volvió al otro extremo y pude ver a Hemingway riéndose.

Sonó la campana y salí derecho. Empecé a atacar, no muy fuerte, pero con buenas combinaciones. Ernie retrocedía, fallando sus golpes. Por primera vez pude ver la duda en sus ojos.

¿Quién es este chico?, estaría pensando. Mis golpes eran más rápidos, le pegué más duro. Atacaba con todo mi aliento. Cabeza y cuerpo. Una variedad mixta. Boxeaba como Sugar Ray y pegaba como Dempsey.

Llevé a Hemingway contra las cuerdas. No podía caerse. Cada vez que empezaba a caerse, yo lo enderezaba con un nuevo golpe. Era un asesinato. Muerte en la tarde.

Me eché hacia atrás y el señor Hemingway cayó hacia adelante, sin sentido y ya frío.

Desaté mis guantes con los dientes, me los saqué, y salté fuera del ring. Caminé hacia mi vestuario; es decir, el vestuario del señor Hemingway, y me di una ducha. Bebí una botella de cerveza, encendí un puro y me senté en el borde de la mesa de masajes. Entraron a Ernie y lo tendieron en otra mesa. Seguía sin sentido. Yo estaba allí, sentado, desnudo, observando cómo se preocupaban por Ernie. Había algunas mujeres en la habitación, pero no les presté la menor atención. Entonces se me acercó un tío.

—¿Quién eres? —me preguntó—. ¿Cómo te llamas?

—Henry Chinaski.

—Nunca he oído hablar de ti —dijo.

—Ya oirás.

Toda la gente se acercó. A Ernie lo abandonaron. Pobre Ernie. Todo el mundo se puso a mi alrededor. También las mujeres. Estaba rodeado de ladrillos por todas partes menos por una. Sí, una verdadera hoguera de clase me estaba mirando de arriba a abajo. Parecía una dama de la alta sociedad, rica, educada, de todo —bonito cuerpo, bonita cara, bonitas ropas, todas esas

cosas—. Y clase, verdaderos rayos de clase.

—¿Qué sueles hacer? —preguntó alguien.

—Follar y beber.

—No, no, quiero decir en qué trabajas.

—Soy friegaplatos.

—¿Friegaplatos?

—Sí.

—¿Tienes alguna afición?

—Bueno, no sé si puede llamarse una afición. Escribo.

—¿Escribes?

—Sí.

—¿El qué?

—Relatos cortos. Son bastante buenos.

—¿Has publicado algo?

—No.

—¿Por qué?

—No lo he intentado.

—Dónde están tus historias?

—Allá arriba —señalé una vieja maleta de cartón.

—Escucha, soy un crítico del New York Times. ¿Te importa si me llevo tus relatos a casa y los leo? Te los devolveré.

—Por mí, de acuerdo, culo sucio, sólo que no sé dónde voy a estar.

La estrella de clase y alta sociedad se acercó:

—Él estará conmigo. —Luego me dijo—. Vamos, Henry, vístete. Es un viaje largo y tenemos cosas que… hablar.

Empecé a vestirme y entonces Ernie recobró el sentido.

—¿Qué coño pasó?

—Se encontró con un buen tipo, señor Hemingway —le dijo alguien.

Acabé de vestirme y me acerqué a su mesa.

—Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo.

Estreché su mano: —No te vueles los sesos.

Me fui con mi estrella de alta sociedad y subimos a un coche amarillo descapotado, de media manzana de largo. Condujo con el acelerador pisado a fondo, tomando las curvas derrapando y chirriando, con el rostro bello e impasible. Eso era clase. Si amaba de igual modo que conducía, iba a ser un infierno de noche.

El sitio estaba en lo alto de las colinas, apartado. Un mayordomo abrió la puerta.

—George —le dijo—, tómate la noche libre. O, mejor pensado, tómate la semana libre.

Entramos y había un tío enorme sentado en una silla, con un vaso de alcohol en la mano.

—Tommy —dijo ella—, desaparece.

Fuimos introduciéndonos por los distintos sectores de la casa.

—¿Quién era ese grandulón?

—Thomas Wolfe —dijo ella—. Un coñazo.

Hizo una parada en la cocina para coger una botella de bourbon y dos vasos.

Entonces dijo:

—Vamos.

La seguí hasta el dormitorio.

A la mañana siguiente nos despertó el teléfono. Era para mí. Ella me alcanzó el auricular y yo me incorporé en la cama.

—¿Señor Chinaski?

—¿Sí?

—Leí sus historias. Estaba tan excitado que no he podido dormir en toda la noche. ¡Es usted seguramente el mayor genio de la década!

—¿SOlo de la década?

—Bueno, tal vez del siglo.

—Eso está mejor.

—Los editores de Harperis y Atlantic están ahora aquí conmigo. Puede que no se lo crea, pero cada uno ha aceptado cinco historias para su futura publicación.

—Me lo creo —dije.

El crítico colgó. Me tumbé. La estrella y yo hicimos otra vez el amor.

Cómo ocurrió, de Isaac Asimov

Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.

—En el principio —dijo—, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo…

Pero yo había dejado de escribir.

—¿Hace quince mil doscientos millones de años? —pregunté, incrédulo.

—Exactamente —dijo—. Estoy inspirado.

—No pongo en duda tu inspiración —aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas)—. Pero, ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un período de más de quince mil millones de años?

—Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro —dijo, palmeándose la frente—, y procede de la más alta autoridad.

Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.

—¿Sabes cuál es el precio del papiro? —dije.

—¿Qué?

(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro).

—Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarían cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la voz y yo la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?

Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:

—¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?

—Mucho —puntualicé—, si esperas llegar al gran público.

—¿Qué te parecen cien años?

—¿Qué te parecen seis días?

—No puedes comprimir la Creación en solo seis días —dijo, horrorizado.

—Ese es todo el papiro de que dispongo —le aseguré—. Bien, ¿qué dices?

—Oh, está bien —concedió, y empezó a dictar de nuevo—. En el principio… ¿De veras han de ser solo seis días, Aarón?

—Seis días, Moisés —dije firmemente.

El tío Einar, de Ray Bradbury

—Llevará sólo un minuto —dijo la dulce mujer del tío Einar.

—Me opongo —dijo el tío Einar—. Y eso sólo lleva un segundo.

—He trabajado toda la mañana —dijo ella, sosteniéndose la espalda delgada—, ¿y tú no me

ayudarás ahora? El tamborileo anuncia lluvia.

—Pues que llueva —dijo el tío Einar con despreocupación—. No dejaré que me traspase un

relámpago sólo por airear tus ropas.

—Pero lo haces tan rápido…

—Repito, me opongo.

Las vastas alas alquitranadas del tío Einar zumbaban nerviosamente detrás de los hombros

indignados.

La mujer le alcanzó una cuerda delgada con cuatro docenas de ropas recién lavadas. El tío

Einar sostuvo la cuerda entre los dedos, mirándola con profundo desagrado.

—De modo que hemos llegado a esto —murmuró amargamente—. A esto, a esto, a esto.

Parecía a punto de derramar unas lágrimas tristes y ácidas.

—Anda, no llores, o las mojarás de nuevo —dijo la mujer—. Salta ahora, paséalas.

—Paséalas. —La voz del tío Einar sonaba hueca, terriblemente lastimada.— Pues yo digo: que

truene, ¡que llueva a cántaros!

—No te lo pediría si fuese un día hermoso y soleado —dijo la mujer, razonable—. Todo mi lavado

sería inútil si no me ayudas. Tendré que colgarlas en la casa…

Esto convenció al tío Einar. Sobre todas las cosas odiaba las ropas que cuelgan como banderas

o festones, de modo que un hombre tiene que arrastrarse por el suelo para cruzar un cuarto.

Saltó en el aire, y las vastas alas verdes zumbaron.

—¡Sólo hasta la valla de la pradera!

Una sola voltereta, y arriba: las alas mordieron el hermoso aire fresco. Antes que uno pudiese

decir: «el tío Einar tiene alas verdes» ya navegaba a baja altura por encima de la granja,

arrastrando las ropas en un largo lazo aleteante detrás de los golpes pesados de las alas.

—¡Ahora!

De vuelta ya del viaje el tío Einar trajo flotando las ropas, secas como granos de maíz, y las

depositó en las mantas limpias que la mujer había preparado.

—¡Gracias!

—¡Bah! —gritó el tío Einar, y voló a rumiar sus pensamientos debajo del manzano.

Las hermosas alas sedosas del tío Einar le colgaban detrás como las velas verdes de un barco,

y cuando estornudaba o se volvía bruscamente le chirriaban o susurraban en los hombros.

Era uno de los pocos de la familia con un talento claramente visible. Todos los primos y

sobrinos y hermanos oscuros vivían ocultos en pueblos pequeños del mundo entero, hacían

cosas mentales invisibles o cosas con dedos de bruja y dientes blancos, o descendían por el

cielo como hojas en llamas, o saltaban en los bosques como lobos plateados por la luna.

Vivían relativamente a salvo de los seres humanos comunes. No así un hombre con grandes

alas verdes.

No era que odiara sus alas. Lejos de eso. En su juventud había volado siempre de noche,

pues las noches son momentos excepcionales para un hombre alado. La luz del día tiene sus

peligros, siempre los tuvo, siempre los tendría; pero en las noches, ah, en las noches había

navegado sobre islas de nubes y mares de cielo de verano. Sin correr ningún peligro. Había

disfrutado realmente de aquellos vuelos.

Pero ahora no podía volar de noche.

De regreso a un alto paso en ciertas montañas de Europa, luego de una reunión de familia en

Mellin Town, Illinois (hace algunos años), había bebido demasiado vino tinto. «Pronto estaré

bien», se había dicho a sí mismo, vagamente, mientras volaba bajo las estrellas del alba,

sobre las lomas que se extendían más allá de Mellin, y soñaba a la luz de la luna. Y de

pronto…, un crujido en el cielo…

Una torre de alta tensión.

¡Como un pato en una red! Un tremendo siseo. La chispa azul de un cable le cruzó y

ennegreció la cara. Las alas golpearon hacia adelante parando la electricidad, y el tío Einar se

precipitó cabeza abajo.

Cayó en el prado iluminado por la luna al pie de la torre y fue como si alguien hubiese arrojado

desde el cielo una voluminosa guía de teléfonos.

A la mañana siguiente, temprano, se incorporó sacudiendo violentamente las alas empapadas

de rocío. La única luz era una débil franja de alba extendida a lo largo del este. Pronto esa

franja se coloraría y todos los vuelos quedarían restringidos. No había otra solución que

refugiarse en el bosque y esperar escondido en los matorrales a que otra noche ocultara los

movimientos celestes de las alas.

Así conoció el tío Einar a la que sería su mujer.

Durante el día, un primero de noviembre excepcionalmente cálido en las tierras de Illinois, la

joven Brunilla Wexley salió a ordeñar una vaca perdida; llevaba en la mano un cubo plateado

mientras se deslizaba entre los matorrales y le rogaba inteligentemente a la vaca invisible

que por favor volviera a la casa o la leche le reventaría las entrañas. El hecho casi seguro de

que la vaca volvería sola cuando las ubres necesitaran realmente atención no preocupaba a

Brunilla Wexley. Era una buena excusa para pasear por el bosque, soplar flores de cardo y

morder hojas; todo lo que estaba haciendo Brunilla cuando tropezó con el tío Einar.

Dormido junto a un arbusto, parecía un hombre debajo de un alero verde.

—Oh —dijo Brunilla, entusiasmada—. Un hombre. En una tienda de campaña.

El tío Einar despertó. La tienda de campaña se abrió detrás como un alto abanico verde.

—Oh —dijo Brunilla, la buscadora de vacas—. Un hombre con alas.

Así se lo tomó ella. Estaba sorprendida, sí, pero nunca le habían hecho daño, de modo que

no le tenía miedo a nadie, y esto de encontrarse con un hombre alado no pasaba todos los

días, y se sentía orgullosa. Empezó a hablar. Al cabo de una hora eran viejos amigos, y al

cabo de dos horas Brunilla había olvidado las alas. Y el tío Einar le confesó de algún modo

cómo había llegado a parar a este bosque.

—Sí, ya noté que estás golpeado por todos lados —dijo Brunilla—. Esa ala derecha tiene mal

aspecto. Será mejor que te lleve a casa y te la arregle. De todos modos, no podrías volar así

hasta Europa. Y además, ¿quién quiere vivir en Europa en estos días?

El tío Einar se lo agradeció, aunque no entendía muy bien cómo podía aceptar.

—Pero vivo sola —dijo Brunilla—. Pues, como ves, soy bastante fea.

El tío Einar insistió diciendo que todo lo contrario.

—Qué amable eres —dijo Brunilla—. Pero soy fea, no me engaño. Mis padres han muerto. Tengo

una granja, grande, toda para mí sola, lejos de Mellin Town, y necesito a alguien con quien

hablar.

Pero ¿ella no sentía miedo?, preguntó el tío Einar.

—Orgullo y celos sería más exacto. ¿Puedo?

Y Brunilla acarició las membranosas alas verdes con una envidia cuidadosa. El tío Einar se

estremeció y se puso la lengua entre los dientes.

De modo que no había otro remedio: ir a la casa de ella en busca de medicinas y ungüentos,

y qué barbaridad, qué quemadura en la cara, ¡debajo de los ojos!

—Suerte que no quedaste ciego —dijo Brunilla—. ¿Cómo pasó?

—Bueno… —dijo el tío Einar, y ya estaban en la granja, notando apenas que habían caminado

un kilómetro y medio mirándose a los ojos.

Pasó un día y otro, y el tío Einar le dio las gracias desde el umbral y dijo que debía irse, que

apreciaba mucho el ungüento, los cuidados, el alojamiento. Caía la noche y entre ahora, las

seis, y las cinco de la mañana tenía que cruzar un continente y un océano.

—Gracias, adiós —dijo, y desplegó las alas y echó a volar en el crepúsculo y se llevó por delante

un arce.

—¡Oh! —gritó Brunilla, y corrió hacia el cuerpo inconsciente.

Cuando el tío Einar despertó, al cabo de una hora, supo que ya nunca más podría volar en la

oscuridad; había perdido la delicada percepción nocturna. La telepatía alada que le había

señalado la presencia de torres, árboles, casas y colinas, la visión y la sensibilidad tan claras

y sutiles que lo habían guiado a través de laberintos de bosques, acantilados y nubes, todo

había sido quemado para siempre, reducido a nada por aquel golpe en la cara, aquella

chicharra y aquel siseo azul eléctrico.

—¿Cómo? —se quejó el tío Einar en voz baja—. ¿Cómo iré a Europa? Si vuelo de día, me verán,

y ay, qué pobre chiste, ¡quizás hasta me bajen de un tiro!

O quizá me encierren en un jardín zoológico, ¡qué vida sería esa! Brunilla, ¿qué puedo hacer?

—Oh —murmuró Brunilla, mirándose los dedos—. Ya se nos ocurrirá algo…

Se casaron.

La Familia asistió a la boda. En una inmensa precipitación otoñal de hojas de arce, sicómoro,

roble, olmo, los parientes susurraron y murmuraron, cayeron en una llovizna de castañas de

Indias, golpearon la tierra como manzanas de invierno, y en el viento que levantaban al llegar

a la boda sobreabundaba el aroma del pasado verano. La ceremonia fue breve como una vela

negra que se enciende, se apaga con un soplido, y deja un humo en el aire. La brevedad, la

oscuridad, esa cualidad de movimientos invertidos y al revés se le escaparon a Brunilla, atenta

sólo a la pausada marea de las alas del tío Einar, que murmuraban dulcemente sobre ellos

mientras concluía el rito. En cuanto al tío Einar, la herida que le cruzaba la nariz estaba casi

curada, y tomando del brazo a Brunilla sentía que Europa se debilitaba y desvanecía a lo lejos.

No tenía que ver demasiado bien para volar directamente hacia arriba o descender en línea

recta. Fue pues natural que en esta noche de bodas tomara a Brunilla en brazos y volara

verticalmente hacia el cielo.

Un granjero, a cinco kilómetros de distancia, a medianoche, le echó una ojeada a una nube

baja y alcanzó a ver unos resplandores y unas débiles estrías luminosas.

—Luces de tormenta —dijo, y se fue a la cama.

El tío Einar y Brunilla no descendieron hasta la mañana, junto con el rocío.

El matrimonio prosperó. Le bastaba a Brunilla mirar al tío Einar, y pensar que era la única

mujer del mundo casada con un hombre alado. «¿Qué otra mujer podría decir lo mismo?», le

preguntaba al espejo. Y la respuesta era siempre: «¡Ninguna!».

El tío Einar, por su parte, pensaba que el rostro de Brunilla ocultaba una verdadera belleza,

una bondad y una comprensión admirables. Consintió en algunos cambios de dieta para

conformar a Brunilla, y tenía cuidado con las alas cuando andaba dentro de la casa; las

porcelanas golpeadas y las lámparas rotas irritan siempre los nervios, y el tío Einar se

mantenía a distancia de esos objetos. Cambió también de hábitos de dormir, pues de

cualquier modo ya no podía volar de noche. Y ella a su vez arregló las sillas, acomodándolas

a las alas, poniendo unas almohadillas extras aquí o quitándolas allá, y las cosas que decía

eran las que más agradaban al tío Einar.

—Estamos aún encerrados en capullos, todos nosotros —decía Brunilla—. Mira qué fea soy, pero

un día romperé la cáscara y extenderé un par de alas tan delicadas y hermosas como las

tuyas.

—Has roto la cáscara —dijo el tío Einar.

Brunilla pensó un momento.

—Sí —admitió al fin—. Hasta sé qué día ocurrió. En los bosques, ¡cuando buscaba una vaca y

encontré una tienda de campaña!

Los dos rieron, y sintiendo el abrazo del tío Einar, Brunilla supo que gracias al matrimonio

había salido de la fealdad, así como una espada brillante sale de la vaina.

Tuvieron niños. Al principio el tío Einar temió que nacieran con alas.

—Tonterías, ojalá fuera así —dijo Brunilla—. Nunca les pondríamos el pie encima.

—No —dijo el tío Einar—, ¡pero se te subirían a la cabeza!

—¡Ay! —lloró Brunilla.

Nacieron cuatro hijos, tres niños y una niña, tan movedizos que parecían tener alas. A los

pocos años saltaban como renacuajos, y en los días calurosos de verano le pedían al padre

que se sentara bajo el manzano y los abanicara con las alas refrescantes y les contara

historias fantásticas a la luz de las estrellas acerca de islas de nubes y océanos de cielos y

formas de nieblas y viento y el sabor de un astro que se le disuelve a uno en la boca, y de

cómo bebes el helado aire de la montaña, y cómo te sientes cuando eres un guijarro que cae

desde el monte Everest y te transformas en un capullo verde abriendo las alas como los

pétalos de una flor poco antes de golpear el suelo.

Eso había sido el matrimonio del tío Einar.

Y hoy, seis años después, aquí estaba el tío Einar, aquí estaba sentado, envenenándose

debajo del manzano, sintiéndose cada vez más impaciente y malévolo, no porque así lo

deseara sino porque después de la larga espera era todavía incapaz de volar en el abierto

cielo nocturno; nunca había recuperado el sentido extra. Aquí estaba, desalentado, convertido

en un mero parasol, descartado y verde, abandonado ahora por los veraneantes infatigables

que en otro tiempo habían buscado el refugio de la sombra translúcida. ¿Tendría que estar

aquí para siempre, sin atreverse a volar de día porque alguien podía verlo? ¿No sería ya otra

cosa que un secador de ropas para Brunilla o un abanico para niños en las noches calurosas

de agosto? Hasta hacía seis años había sido siempre el mensajero de la Familia, más rápido

que una tormenta. Volando sobre lomas y valles, como un bumerán, y aterrizando como una

flor de cardo. Siempre había dispuesto de dinero; ¡a la Familia le era muy útil el hombre con

alas! Pero ¿ahora? Amarguras. Las alas estremecieron y barrieron el aire y sonaron como un

trueno cautivo.

—Papá —dijo la pequeña Meg.

Los niños miraban la cara pensativa y oscurecida del padre.

—Papá —dijo Ronald—, ¡haz más truenos!

—Hoy es un día frío de marzo, lloverá pronto y habrá muchos truenos —dijo el tío Einar.

—¿Vendrás a vernos? —preguntó Michael.

—¡Corred, corred! ¡Dejad reflexionar a papá!

Estaba cerrado al amor, a los hijos del amor y al amor de los hijos. Sólo pensaba en cielos,

firmamentos, horizontes, infinitudes, de noche o de día, a la luz de las estrellas, la luna o el

sol, cielos nublados o claros, pero siempre cielos, firmamentos y horizontes que se extendían

interminables en las alturas. Y aquí estaba ahora, navegando en el césped, siempre abajo,

para que no lo vieran.

¡Qué estado miserable, en un pozo hondo!

—¡Papá, ven a mirarnos, es marzo! —gritó Meg—. ¡Y vamos a la loma con todos los niños del

pueblo!

—¿Qué loma es ésa? —gruñó el tío Einar.

—¡La loma de las Cometas, por supuesto! —cantaron los niños.

El tío Einar los miró por primera vez.

Cada uno de los niños tenía en las manos una cometa de papel, y el calor de la excitación y

un resplandor animal les encendía las caras. Los deditos sostenían unas pelotas de cordel

blanco. De las cometas, rojas y azules y amarillas y verdes, colgaban colas de algodón y

trozos de seda.

—¡Remontaremos las cometas! —le dijo Ronald—. ¿No vienes?

—No —dijo el tío Einar tristemente—. No tiene que verme nadie o habrá dificultades.

—Puedes esconderte y mirar desde los bosques —dijo Meg—. Hicimos las cometas nosotros

mismos. Pues sabemos cómo.

—¿Cómo lo sabéis?

—¡Porque somos tus hijos! —fue el grito instantáneo—. ¡Por eso!

El tío Einar miró a los niños largo rato. Suspiró.

—Un festival de cometas, ¿no es así?

—¡Sí, señor!

—Ganaré yo —dijo Meg.

—¡No, yo! —contradijo Michael.

—¡Yo, yo! —pió Stephen.

—¡Dios de las alturas! —rugió el tío Einar, saltando hacia arriba, batiendo el ensordecedor timbal

de las alas—. ¡Niños, niños, os amo tiernamente!

—Papá, ¿qué pasa? —dijo Michael, retrocediendo.

—¡Nada, nada, nada! —entonó Einar. Flexionó las alas hasta el punto máximo de propulsión y

embestida. ¡Bum! Las alas golpearon como címbalos. La ola de aire tiró a los niños al suelo—

¡Lo conseguí, lo conseguí! ¡Soy libre de nuevo! ¡Fuego en la caldera! ¡Pluma en el viento!

¡Brunilla! —Einar llamó a la casa. Brunilla apareció en el umbral.— ¡Soy libre! —llamó Einar,

emocionado y alto, de puntillas—. Escucha, Brunilla, ¡ya no necesito la noche! ¡Puedo volar de

día! ¡No necesito la noche! ¡De ahora en adelante volaré todos los días y cualquier día del

año! Pero… pierdo tiempo, hablando. ¡Mira!

Y mientras Brunilla y los niños lo miraban preocupados, Einar sacó la cola de algodón de una

de las cometas y se la ató al cinturón, a la espalda; tomó la pelota de cordel, se puso una

punta entre los dientes y les dio la otra punta a los niños ¡y voló, arriba, arriba en el aire,

alejándose en el viento de marzo!

Y los niños de Einar corrieron por los prados, cruzando las granjas, soltando cordel al cielo

soleado, trinando y tropezando, y Brunilla, de pie en el patio, saludaba con la mano y reía, y

los niños fueron a la loma de las Cometas sosteniendo la pelota de cordel entre los dedos

ávidos, y orgullosos, todos tirando y tironeando y dirigiendo. Y los niños de Mellin Town

llegaron corriendo con sus pequeñas cometas para soltarlas al viento y vieron la gran cometa

verde que saltaba y oscilaba en el cielo y exclamaron:

—¡Oh, oh, qué cometa! ¡Qué cometa! ¡Oh, cómo me gustaría una cometa parecida! ¿Dónde,

dónde la consiguieron?

—¡La hizo papá! —gritaron Meg y Michael y Stephen y Ronald, y tironearon animadamente del

cordel y la zumbante y atronadora cometa se zambulló y remontó en el cielo, y cruzando una

nube dibujó un largo y mágico signo de exclamación.