¡Ofelia somos todos!

Era el leitmotiv en la puesta en escena Ofelia, presentada este abril en la sede de la AHS avileña por el Grupo de Experimentación Escénica La Caja Negra, de Santiago de Cuba, en el marco de la XX edición del Piña Colada 2023.

Y lo que expresa es cierto, aunque me duela afirmarlo. Ahí donde existe una mujer ultrajada de su esencia, habrá la escenificación del personaje shakespereano en la que se basa la obra escrita y escenificada por Juan Edilberto Sosa Torres. Premio Aire Frío 2022 a la mejor puesta del escena año. Beca del Proyecto de Colaboración Internacional Proyecto Junta. Tiene sus méritos y hacia ellos voy, aunque también sus deslices.

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La puesta es ambiciosa en cuanto trata de montarse sobre la base musical sin apropiarse, del todo, del drama sonoro.

Ofrece piezas hermosas con un lirismo desbordante. Consigue tocar el alma del espectador y colgarlo de la más alta rama de ese árbol de lo interesante al que acuden todos los artistas para conformar sus obras.

Polifónica por naturaleza, hace gala no solo de sonidos guturales, ruidos, golpes, sino, además, de un sincretismo mágico-religioso que le permite sonar desde un teclado, bajo, percusión menor, hasta una palmada, un mortero, y la profundidad de una garganta.

Las voces armonizan de manera hermosa, con todo y los efectos y matices que poseen, siempre para transmitir sensaciones que van desde el desgarramiento hasta la ventura más solícita, el frío, el miedo, las angustias, y todo en función de las escenas que adornan o construyen.

Pero, cuidado, los cinco actores parecieran estar más concentrados en lo que han de cantar, que en los movimientos escénicos y cada uno de sus parlamentos. Por ello, en algunos momentos, traspalean con los inicios de los bocadillos y dan muestras de cierto nerviosismo.

Pero están seguros en cada movimiento, sin embargo, y no estropean los marcajes ni la sincronización escénica.

Otro elemento casi musical, polifónico, que se puede apreciar en esta embestida teatral, es el tratamiento visual de todo el montaje.

Con la inserción de dos cámaras que proyectan sobre superficies verticales, lo óptico asume una connotación grandiosa. Y uno tendría, como espectador, que estar asumiendo una y otra vista, como si se tratara de múltiples ventanas a un único paisaje.

Bien mirado, la polisemia es tan poderosa aquí que lejos de estar ante una sola realidad, lo polisémico hace estragos. De golpe, la realidad se multiplica y somos testigos, cual Gulliver en el país maravilloso, de disímiles manifestaciones de un mismo suceso. Hasta sombras chinescas se pueden ver como figurines de una trama habilidosa.

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No conozco mejor paralelismo con un calidoscopio. Movemos los vidrios coloreados, y la realidad se enriquece. Lo que tenemos ante nuestros ojos, lo que podemos hasta oler o palpar porque se trata de teatro arena, asume otras dimensiones o connotaciones.

Como un proteo cubano, la realidad escenificada se transforma o nos demuestra que ni le ponemos atención; caemos en la trampa, y seremos burlados, manipulados.

Hermosa analogía con el drama de hamletiano, ¿no les resulta?

Todo de forma bien pensada. Para que nada quede como artilugio del azar. Se hace necesario reforzar uno de los posibles mensajes: ninguna verdad es absoluta. Todo es relativo.

Además, los elementos burlescos, los lascivos, lúdicos, están en completa armonización con la necesidad de transmitir la angustia que viven los personajes y todo el oscuro drama que se cierne sobre ellos.

No son libres. Ninguno lo es. Aunque bailen, rían o lloren. Aunque evoquen a sus mayores y consigan transmiternos algunas de sus historias personales como si realizaran exorcismos entre ellos mismos. Pero no se logran liberar.

Hacia el río van, como la protagonista. Como una Ochún que no le teme al final de los días y las noches.

Y como Ofelia, el espectador sentirá que el mundo se le viene encima y lo que creía cierto, se vuelve humo.

Todo lo antes expuesto responde, evidentemente, a lo relacionado con la “forma” de la puesta en escena. Se quedan cosas por decir, claro está, pero en la contemplación, en aras del disfrute, la síntesis no se regodea y va al grano.

En cuanto al contenido, lo siguiente.

La obra se va construyendo basada en el personaje de Ofelia del drama Hamlet (1600), de William Shakespeare (1564-1616), como ya dije. Y es un poderoso símbolo que nos palmea el hombro en la intimidad.

Como si no estuviese a 4,350 millas aproximadamente de Cuba, la Dinamarca que en los labios de cada autor es el país imperfecto, aposento de estas desgracias.

O como si tuviéramos una Dinamarca en cada barrio de esta isla.

O una Ofelia, que sí existen, que son infinitas Ofelias, blancas y negras, azules y mestizas, violetas y de dolor profundo.

Todo aquel que se sienta manipulado, ultrajado de sus derechos más universales, tiene de Ofelia.

Aquel que no se deja escuchar o no ocupa su espacio en la sociedad, abriéndose codo o con uñas afiladas, es una Ofelia.

Los que han permitido que los marginen por ser lo diferente, y no han conquistado más espacio que el de la afluencia de un río vertiginoso o calmo, es una Ofelia.

Y así, muchísimas Ofelias que todavía deambulan por cualquier calle. Ahí están, son reales, no las ignoremos.

Más que una puesta en escena valiente y de tribuna, La Caja Negra nos regala una voz y un sentido. Un espejo donde nos miramos para seguir con los afeites y arrancar, de una vez y por todas, con ese lastre que ya no surte efecto, ni siquiera para seguir construyendo un futuro de otras Ofelias.

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