La Caja Negra de la Piña Colada

La intensidad del Piña Colada, sumado su amplio espectro, precisa del reposo de la razón para justipreciar su alcance, sus logros y sus desafíos, toda vez que en veinte años de bregar este festival se entroniza definitivamente como el suceso cultural más esperado por el pueblo avileño.

En veinte años de muchos más aciertos que de incertidumbres, la masiva comunión con el festival de música fusión dice mucho de su poder cohesionador, de su capacidad de integrar la unidad de lo diverso, de transitar desde lo más popular a lo más culto, y a su vez no sucumbir a la sociopatía colectiva que nos anula el libre albedrío y nos condena al más sutil sometimiento, al imán de todas las pestes que darse puedan: la ignorancia moderna, las letras sin sentido, los atuendos vacíos, las sonrisas a medias y los virtuales intentos.

foto: Gonzalo Vidal Alvarado.

Ejemplo de tan categórica conclusión fue la incursión en el Piña Colada del Grupo de Experimentación Escénica La Caja Negra con su propuesta Ofelia, en la Casa del Joven Creador de la Asociación Hermanos Saíz de Ciego de Ávila.

La puesta transcurre con cámaras de video en vivo, incluso desde que entra el público, en franca alusión a los celulares o a los móviles como atuendo imprescindible de apocalípticos o integrados al opio moderno, dígase realidad virtual o narcisismo colectivo.

De hecho, al finalizar la puesta se eligen algunos de los testigos del grupo físico para «virtualizar» sus opiniones en solo 30 segundos, cual podcast o reel de cualquier concurrida plataforma digital.

Ofelia es un texto y puesta en escena de Juan Edilberto Sosa Torres, donde a partir de Hamlet, un clásico de William Shakespeare, se desfragmenta y se sintetiza al mismo tiempo la historia del poder desde un personaje femenino: Ofelia.

foto: Gonzalo Vidal Alvarado.

En Cuba sobran los ejemplos de tan noble y meritorio empeño. Evoco solo dos: la Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde y la Electra Garrigó de Virgilio Piñera, cuyo común denominador trasciende el libidinoso hecho de comer la fruta favorita, entiéndase morder la manzana del Edén.

Aquí las mujeres (las Ofelias, las Cecilias, las Electras) trasuntan Patria: tribuna, tribunales y tribulación, el precio del silencio compartido, toda vez que la fe es un mal necesario para construir una nación.

Y en ese estentóreo reclamo sobresalen los repiques de un pilón que se me antoja oráculo, santuario, voz, polifonía de una idea que flota como la Dinamarca de Shakespeare, en la cual las trincheras son de flores y el poder.

«En el reino de Dinamarca/ hay un prado con girasoles y margaritas secas.» ¿Dónde, no?, agrego yo.

Con girasoles y con margaritas secas se entretejen también las luces y las sombras del patriarcado universal en armónica unidad dialéctica, incluidos sus antecedentes históricos y su evolución en espiral.

foto: Gonzalo Vidal Alvarado.

De hecho, en Ofelia se condenan con creces peligrosos estigmas como el racismo de nuestros bisabuelos (vigentes aún a no dudarlo), la cosificación de la mujer y la burda manipulación política en su expresión sexista más sociológica.

«Como un grito de guerra después del lamento», Ofelia es también renovación y esperanza, porque todos somos Ofelia, Cecilias, Electras y Calibanes que como el siervo salvaje del Próspero de la Tempestad de Shakespeare, tenemos aún mucho que aportar al equilibrio del mundo.

Tan divergente como el pensamiento creativo, son también las inducciones y las abducciones que una obra de arte nos sugiere; razón por la cual no puedo dejar de establecer un paralelo entre la agramontina pachanga de Teatro del Viento con la santiaguera peste de La caja negra: ambos clímax son catarsis, exorcismo, y revelaciones supremas.

Tanto la peste como la pachanga son poderosos imanes, donde el poder es una excusa, donde la mayoría sucumbe como ratas tras los melodiosos acordes del flautista de Hamelin.

foto: Rubén Aja Garí.

Al servicio de Ofelia y su río Avon, todas las cabezas incompletas mueren o nacen en sus aguas cuyo final es siempre el mar, porque «Ofelia es el río Avon/es el vientre hecho vida/ es lo diverso.»

Toda vez que la cabeza es un suceso incompleto, sin el cultivo del espíritu y de la utilidad virtuosa, resuena en la tribuna escénica como un destello de luz un axioma del Maestro José Martí:

«Ser culto es la única manera de ser libre.»

Gracias al Piña Colada por regalarnos este privilegio escénico, en el cual la música es otro protagonista de la puesta con sólo cuatro canciones en exquisita comunión con la dramaturgia de Ofelia: Soy el fuego que arde tu piel, del argentino Ricardo Camino; Hasta la raíz, de la chilena Natalia Lafourcade; Las mañanitas del mexicano Manuel Ponce; y Lo material del cubano Juan Formell.

Todo ello con voces auténticas de los propios actores, en plena cofradía coral, con interpretación en vivo, acompañados por un piano, un saxofón y la calibanesca percusión, incluidos los acordes del pilón.

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¡Ofelia somos todos!

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