Conocer África, más allá de fechas y etiquetas

Aunque algunos, con mucha razón, desestiman la costumbre de esperar fechas conmemorativas para recordar la obra de importantes figuras, grandes acontecimientos o particulares contextos, debe reconocerse que los días de homenaje pueden ser marcos favorables para la reevaluación de puntos de vista, para la mirada crítica y la renovada interpretación de escenarios culturales complejos.

El 25 de mayo, por ejemplo, es una jornada de honores para África. Desde 1963, a propósito de la creación de la Organización de la Unidad Africana (OUA), la comunidad internacional dedica este día al vasto territorio continental que vio nacer a la humanidad.

No obstante, los tributos al continente africano deben ir acompañados de profundas reflexiones sobre las dinámicas históricas, políticas, socioeconómicas, filosóficas, literarias o artísticas que han marcado el desarrollo de sus culturas. Cada onomástico debe contribuir a eliminar visiones reduccionistas en torno a esta rica y productiva porción de tierra.

La mirada a África debe ser tan plural y polémica como su propia naturaleza. Es preciso desmitificar esas percepciones monolíticas u homogéneas de un espacio territorial que supera los 30 millones de kilómetros cuadrados, que posee 55 naciones y alrededor de dos mil etnias. Las síntesis históricas, las premuras de los medios de comunicación, o el mero desconocimiento, han condicionado que el discurso sobre África o los africanos renuncie a los matices, descartando semejanzas y diferencias entre regiones, países o etnias.

El norte del continente africano, por ejemplo, tiene una evolución socio-histórica muy diferente al África Subsahariana (conocida también como África Negra). Sus límites con el Mar Mediterráneo condicionaron un mayor contacto con Europa, y consecuentemente, marcaron pautas de desarrollo diferentes al resto del continente. Pero el escenario subsahariano es muy diverso: Nigeria, Camerún o Tanzania poseen dinámicas culturales heterogéneas.

Debemos apostar por miradas más específicas. No se trata de renunciar a una perspectiva regional, sino de entender las unidades y divergencias que persisten en esta. Nuestras observaciones sobre el marco geográfico europeo no nos impiden atender, específicamente, los contextos belgas, ingleses o franceses. ¿Por qué entonces abusar de las percepciones generales en torno África? ¿Acaso no sería interesante conocer sobre escenarios tan distantes como Madagascar o Seychelles?

Por otro lado, es preciso despojarse de atemporalidades. África no es una masa de tierra varada en el tiempo. Es el resultado de siglos de explotación. Al igual que América Latina ha tenido que lidiar con los efectos de la colonización y la colonialidad. Es menester recordar la historia de la esclavitud en la Modernidad: los hombres y mujeres africanos traídos al Nuevo Mundo en condición de esclavos. Pero la presencia de África en la historia universal no puede reducirse a esos acontecimientos. Las realidades africanas del pasado siglo, y de este, deben formar parte de nuestro acervo.

Sin dudas, el legado africano ha sido esencial en la formación de la identidad cubano-caribeña. Los lucumí, los congos, los carabalís o los mandingas –por solo citar algunos grupos étnicos–, contribuyeron a la gestación y desarrollo de expresiones culturales propias del espacio antillano. Las peculiaridades lingüísticas, religiosas, musicales, danzarias, artísticas o culinarias del gran Caribe son deudoras de la inmigración de una fuerza de trabajo africana, esclavizada.

Pero no podemos limitar nuestra visión de África a estos hechos. Es preciso conocer mejor la historia de otros pueblos. Sobre todo, de aquellos que han tenido que despojarse de yugos imperiales y han erigido su identidad desde un discurso y una praxis descolonial. No es posible que nuestros imaginarios en relación a África sigan apegados a los siglos XVIII y XIX.

Si nos alejamos de esa visión atemporal, también lograremos un distanciamiento de los anacronismos que, a veces, contaminan nuestras percepciones sobre al arte africano. Las artes visuales gestadas en este escenario mantienen una armónica relación con la tradición, pero van al ritmo de su tiempo. Las máscaras, las esculturas o las pinturas rompen, continuamente, los esquemas; y las formas postmodernas de creación, dígase performance, video arte, happening, body art… son asumidos por los artistas africanos contemporáneos. Algunos deciden crear desde el hogar, otros lo hacen desde la diáspora.

La literatura sigue similares derroteros. Los diálogos entre oralidad y escritura han marcado las pautas de lo mejor de la poesía, la narrativa o la dramaturgia. Nigeria, por ejemplo, cuenta con importantes exponentes en este ámbito: Wole Soyinka, Chinua Achebe o Chimamanda Adichie. Esta última, no solo se ha convertido en una de las principales voces de la literatura de su nación, también ha tenido un importante rol en las luchas feministas.

Las miradas al contexto africano también deben atender el ámbito cinematográfico. Gracias a la labor de promoción cultural del ya fallecido realizador Rigoberto López, el público cubano pudo disfrutar de varias propuestas fílmicas como “Un hombre que grita” del reconocido director chadiano Mahamat Saleh Haroun, “El precio del perdón” del senegalés Mansour Wade o “El héroe” del angoleño Zezé Gamboa.  Sin embargo, mucho nos queda por conocer sobre las particularidades de este séptimo arte.

De igual manera, debe persistir un ejercicio crítico ante esas sesgadas visualidades que asocian, constantemente, a la región con la pobreza. El índice de desarrollo humano descrito por la Organización de las Naciones Unidas señala que África alberga a diez de los países más pobres del mundo, entre ellos Níger, Sudán del Sur, Burundi, Chad y la República Centroafricana. Pero en su seno también emergen interesantes economías. Nigeria, Senegal, Angola, Costa de Marfil o Etiopía podrían ser buenos referentes en ese sentido.

No se trata de silenciar a las naciones vulnerables y ser portavoces de las de mayor riqueza, se trata de alejar nuestros juicios de las etiquetas. Los africanos no son todos ricos, ni son todos pobres. Al igual que en el resto del mundo sus condiciones de vida están determinadas, o sustentadas, en sus posibilidades de acceso o participación en las dinámicas políticas y económicas de sus sociedades.

Las líneas anteriores no intentan describir el diverso y complejo escenario sociocultural africano. Una tarea como esa exigiría años de estudio y un espacio mayor para la exposición. Este texto quiere ser, sobre todo, una exhortación: el veinticinco de mayo será un día de honores si nuestra visión de África se aleja de los estereotipos, raciales o epistémicos. Solo el ejercicio crítico y la investigación sistemática nos permitirán conocer un espacio socio-cultural que alberga a los antepasados de la humanidad. La afro-descendencia no es una condición, exclusiva, de las personas negras. Cada uno los que habitamos este azaroso y contaminado globo terráqueo somos deudores de historias y culturas que germinaron en aquellas tierras.

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  • Excelente artículo Ada, que bueno saber que hay miradas más diversas sobre Àfrica y que el arte y la cultura están ayudando a desmitificar posturas que atribuyen la pobreza y el subdesarrollo a esa región como condición sine qua non, lo cual codifica la posibilidad de percibir el continente en su diversidad. Al mismo tiempo hace un daño tremendo pues instala en los imaginarios la idea de que los africanos son incapaces de gestionar su desarrollo. Creo que uno de los grandes retos que se tienen hoy con África es desterrar miradas asistencialistas que en nada ayudan al progreso. Mucho hay que hablar de ese continente y su cultura.

    1. Yasmani Herrera, gracias por el comentario. Coincido con tus observaciones. La mirada asistencialista a África es uno de los fenómenos que hay que analizar cuidadosamente. La victimización de pueblos y culturas nunca será un buen camino. Además las colaboraciones o las ayudas internacionales no seran productivas si no hay un diálogo sustentado en el conocimiento mutuo. Cómo dijera la líder maliense Aminata Traore «Para ayudar a África hay que comprenderla primero».

  • Ada, este artículo toca una una sensible e impresindible porción de nuestro globo terraqueo. Afríca tiene Que ser reivindicada, enaltecida, y valorada. Siempre cuestioné la supremacía impuesta por el arte Occidental y fundamentalmente europeo en el plan de estudios de nuestra carrera. Insuficiente espacio y material incluye al tan necesario arte africano. Cuanto menosprecio a este continente, Al que sabios investigadores le reconocieron Los innumerables aportes de Los hijos de esta tierra Al arte universal. Grandes maestros de las décadas mas luminosas del arte moderno reconocen la referencia indispensable de Los principios estéticos africanos en sus líneas simbólicas e illustrativas. El cubismo es un de Los que me vienen a la cabeza entre tantos otros. Cada mirada desprejuiciada, despojada de inútil lástima y sí portadora de profunda admiración y respeto por esta tierra, sus países componentes, sus amplio crisol de tradiciones funerarias, religiosas, gastronómicas, sus vestuarios y arte merecen visibilización y apoyo por todos Los que sentimos Africa latiendo en nuestras venas.

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