Teatro Dripy: un espacio de creación

Entre otras cosas, mi cuadra se distingue del resto porque en la esquina, justo al lado del río, se ubica la sede del grupo de teatro Dripy, antes un lavadero para mujeres pobres creado por la benefactora de Santa Clara, Marta Abreu de Estévez, y ahora una sala de teatro acogedora que conserva los valores patrimoniales del inmueble original, a pesar del tiempo y de sobrevivir a varias inundaciones; momentos difíciles que han fortalecido el sentido de pertenencia y la unidad del grupo.

En la última función a la que asistí: Un Barbero al doblar de la esquina, me atrapó la dramaturgia especial del trabajo para niños, esa que heredaron de la actriz titiritera Margot Álvarez, quien fundó Dripy hace 24 años con la ayuda de una grabadora y una bolsa con títeres, presentando en escuelas y círculos infantiles obras montadas en la sala de su casa. Ella es el referente, la tradición y el alma de una idea que desarrolló con la experiencia de trabajar 16 años en el Guiñol de Santa Clara y de impulsar el frente infantil de Teatro Escambray, donde surgió Dripy como un proyecto para niños de edades preescolares.

Dripy_-_Un_barbero_al_doblar_de_la_esquina_(2)Las pautas de trabajo que identificaban al grupo se mantuvieron inamovibles durante una década y cuando en el 2000 se sumaron varios actores de formación autodidacta, comenzaron a presentarse en salas teatro con un repertorio enriquecido y obras de mayor formato. Ya en 2009 Margot delegó en su hijo la responsabilidad de continuar tan noble labor, y desde entonces Wilfredo Rodríguez dirige Dripy, un espacio para la creación donde confluyen maneras de hacer de tres generaciones: «Tengo una visión diferente a la de mi madre, pero más allá de la representación teatral, heredamos estilos de trabajo y el compromiso con el arte. Para nosotros el teatro es un medio de comunicación y nos sentimos afortunados por seguir haciendo lo que nos gusta a pesar de los problemas», asegura Wilfredo.

El grupo contunuó creciendo con la incorporación de actores provenientes de la escuela profesional de arte, quienes se graduaron en la sede de Dripy con la obra Historias para ser contadas, un espectáculo para adultos y un punto de giro para el grupo, pues comenzaron a alternar este trabajo con funciones para niños y jóvenes en mayor medida. Hasta ahora el repertorio exhibe puestas como Nené Traviesa, la más mediática en su historia; y otros espectáculos memorables para Wilfredo como Eva, Viaje desconocido de Gulliver e Islas y Distancias. Por otro lado, creaciones de jóvenes actores, entre ellas Adentro, Ecos y Telémaco, dirigidas por Verónica Medina, Ana Sánchez y José Brito respectivamente.

Ellos aseguran que encontraron en Dripy un espacio ideal para desarrollar sus ansias creativas y aportan una frescura marcada por otras visiones con respecto al teatro. Llegaron al grupo sin saber mucho acerca del trabajo para los niños, en gran medida por lo poco que se enseña en la escuela de arte sobre esta especialidad tan compleja, pero con el tiempo incorporaron el legado de Margot Álvarez.

La tercera generación de Dripy

El actual elenco de Dripy es heterogéneo, lo integran cinco actrices y dos actores, se mantiene estable, joven y con muchos deseos de hacer. Si bien la vanguardia creativa (dos actrices y dos actores) proviene de las escuelas de arte del territorio, el resto comenzó como aficionados. Este es el caso de Ana Sánchez, actriz del grupo durante 15 años: «Empecé en Dripy siendo una adolescente cuando Margot aún era la directora. Esta es como mi segunda casa, mi segunda familia, mis amigos son mis compañeros de trabajo y creo que celebraremos muchos cumpleaños más porque estamos llenos de espíritu juvenil».

La sede donde radican deviene un oasis para la cración: «Solamente el hecho de venir aquí nos dispone a crear, por eso ha sido tan importante tener este espacio desde 2002», refiere Wilfredo Rodríguez. Para él un verdadero grupo de teatro es un conjunto de individualidades en el que cada uno imprime su sello. «Lo importante no son los estilos si no el proceso de trabajo, en él nos reinventamos y construimos la obra a partir de la necesidad de decir algo».

Wilfredo fue profesor de varios de sus actores mientras estudiaban en la escuela profesional de arte, por tanto esas otras visiones del teatro, no difieren mucho de lo que su director les enseñó. Así lo percibe Verónica Medina, quien decidió desarrollarse como artista en Dripy, porque además de dirigir y trabajar en sus propios proyectos, este equipo de trabajo le ha ayudado a crecer en muchos sentidos.

«He aprendido a hacer teatro sin pretensiones que vayan más allá del hecho artístico en sí, todo parte de una necesidad personal, social si se quiere y de compromiso. Eso lo aprendí trabajando para niños, un público para el que se actúa por placer, de manera no fácil sino sencilla».

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