Los laminarios de Camilo Noa

Varios de los versos de Laminarios, poemario publicado por Camilo Noa (Gibara, 1990) bajo el sello de Ediciones La Luz, son como el álbum de cromos de mi generación. Pero mi generación –esa nacida a fines de los 80 y en los primeros años de la década siguiente– no tuvo álbumes de cromos que coleccionar después de disfrutar las golosinas; apenas recopiló las láminas descoloridas –postales de la cotidianidad, reversos de sueños, frustraciones, anclajes– de aquellos eufemísticos años especiales que, niños al fin y al cabo, veíamos como días luminosos que, sabemos, no volverán más.

foto tomada del perfil de facebook de Camilo Noa

Los poemas de Camilo Noa se me tornan generacionales, algo míos, por más de una razón: ambos empezamos a escribir casi por la misma fecha, más bien participar en peñas, lecturas, eventos, porque escribir, lo que es escribir, quién sabe desde cuándo uno anda “labrando” cuartillas, emborronando páginas, sacando del cuerpo, de la mente, los recónditos ritos del alma, recopilando láminas de la existencia; y ambos vimos crecer, coger complexión, en esa complicidad de los primeros años, muchos de los poemas que hoy aparecen en este libro; y porque, claro está, los temas, las preocupaciones, los miedos de Camilo, le pertenecen de una forma a otra, a muchos lectores.

El hombre era un ser endeble/ devoraba un pescado crudo/ untaba sal para adobar la carne/ engullía con dolor las espinas/ Otra vez la gente corrió a mirar/ trajeron a sus hijos en los hombros/ –como se les lleva a ver el circo (“II”).

Uno imagina al poeta sentado, abriendo las páginas del libro de la vida –libro difuso, complicado, arbóreo– y añadiendo láminas vitales, como golpes, caídas de dados, mientras a su alrededor la isla se deja devorar por las aguas cambiantes del mar: el mar de Gibara, las aguas que llegan del Atlántico y que rajan las manos y el cuerpo de los pescadores que, de madrugada, se lanzan a su ruedo, en busca del sustento diario. Uno imagina al poeta también quitando láminas, exorcizándose de algunos momentos a través de la poesía, pero los momentos, descreídos, difíciles de zanjar de la memoria, permanecen, salen a flote, como un cuerpo comido por los peces y encallado entre los arrecifes, como la persistencia de la memoria misma (el poeta también, como diría Fernando Pessoa, como un gran fingidor). En el espectro de la fotografía/ la muchacha de Plzeň, parece que sonríe/ el descenso de la nevisca/ no deja distinguir los rostros/ Me acerco/ porque quiero preguntarle/ si la nieve es tan divertida a pesar del frío/ Pero mami le cuesta recordar esa felicidad/ y pasa a otra página del álbum (“Laminarios I, 1984”).

Laminarios – Camilo Noas – Cortesía de Ediciones La Luz

A Camilo Noa le asedian muchas de las preocupaciones de su generación: la familia (su ausencia, su necesidad) en el centro de todo, equidistante; la madre como eje vital, como brújula mellada por el tiempo, el cansancio, la sobrevivencia; el país y sus aguas, sus rumbos; las liturgias y peregrinaciones a que nos vemos sometidos en el paso de los días y que le obligan a sostener el aire/ comprender/ resignarse/ Abrazar la “rosa de nadie”. Incluso la casa funciona como metáfora de esta cotidianidad vacua: Hemos tenido que cavar su tumba/ con las mismas manos/ que hoy tratan de erguir la casa/ colocando puntales/ y levantando hogueras/ para enfrentar el próximo invierno (“liturgias tres”).

El poeta reza, araña cuartillas para que el dolor no entre –como otro poeta querido y cercano de varias maneras a nuestra generación, Luis Yuseff–, escucha que alguien se persigna, mientras su madre se cubre el rostro y pide un poco más de vida. Pero el dolor no cree en súplicas, el dolor (ese que posa una mano sobre su hombro y lo mira con lástima) entra sin miramientos y llena espacios (del cuerpo y de la memoria); el mismo dolor que precede la muerte, las formas del sufrir, del sobrecogimiento, el miedo, la duda: El dolor está sentado en el sillón de costumbre/ con las piernas cruzadas/ Me precipito como una hoja amarilla/ espoleada por la briza de octubre (“otoño”). El dolor que se corporiza en los sacrificios: En los 90 se comía sacrificio/ tragábamos platos de sacrificio/ pelado/ sin especias/ y mi madre estaba cansada/ lo decía a gritos en las noches/ Cuando nos alumbrábamos/ con mucho sacrificio (“laminarios II”).

Camilo Noa dispara ráfagas sin remordimientos, ráfagas líricas pero humeantes como pólvora, pues aquí se viene a aprender a matar/ y el enemigo existe/ está a quinientos metros de distancia/ su silueta de cartón está amenazando la patria, y es por eso mismo que este laminario –sobre todo en su segunda parte, que son poemas más recientes, y creo los mejores del libro, que incluso se enrumban a nuevas búsquedas y también tanteos formales– se cargan de una cotidianidad vital y peligrosa, necesaria y cívica; crítica ya no solo consigo mismo y sus contextos, su cotidianidad existencial, sino con las honduras de la isla, con las preocupaciones como ser social, como ciudadano de un país que mira las manos del carbonero que tala el árbol de la memoria. Ciudadano, no habitante (el primero es un ser social, político, un escrutiñador de sustratos, un residente de los subterfugios de la razón, y también del miedo).

foto tomada del perfil de facebook de Camilo Noa

Nada tiene que perder, lo sabe, ya todo está echado al fuego que cocina lentamente los cimientos de la isla, y en él, los poemas de la sobrevida. Una muchacha/ que a sus diecisiete/ me ofrece su flor/ a cambio de un poema/ ¿te parece sucio?/ ¿te parece prostitución? Yo las he visto canjear/ cosas más terribles/ ofrecer la patria/ por una noche en un hotel de la patria/ y después uniformadas/ cantar el himno nacional (“laminarios VI”).

Vi una fotografía donde la poesía era una mujer que daba de comer a sus hijos. Uno de ellos mamaba de los senos estirados, se alimentaba como un gato, con los ojos cerrados y desagradeciendo. Entonces por primera vez la imagen de la poesía me fue un tanto similar a la imagen de la patria, con todos sus zopencos hijos chupando (“laminarios IX”).

El poeta que captó estos laminarios –con la seguridad de que cada cual va conformando los suyos– sueña con Freud y una granada de fragmentación en su mano, y también con la nieve, esa que añoró Casal, y que aquí le responde a la pureza de la brasileña Olga Banário, cuando David era un nombre que condena/ que llama a la muerte y la seduce; Camilo Noa –aunque nos diga que lo que desea es no complicarse tanto y no pensar, aunque insista en ser sincero y en mentirnos, en fragmentar la cotidianidad en poesía– desea también abrirse temprano y dejar que la noche ahonde en él. En esas honduras nos encontramos con estos Laminarios, y le agradecemos por estos poemas como granadas de fragmentación, por estas láminas como esquirlas de vida.

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