“Escribir es un estado espiritual y también físico”

Leydi Amador es una de esas tantas jóvenes que conforman la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Desde 2013 con su libro “Con la cabeza en las nubes” comenzó un nuevo ciclo por el mundo de las letras que le han propiciado seguir creciendo en el imaginario de un público cada vez más exigente.

Ganadora del Premio Hermanos Loynaz en dos oportunidades; así como del Premio de la ciudad de Santa Clara en 2015, Fernandina de Jagua en 2016, Boti de la AHS en 2017, Premio Eliseo Diego 2016 y el Premio Calendario 2019; esta escritora se sigue redescubriendo a través de varias temáticas, situaciones y ambientes. Esta vez nuestra página web trae a Amador como protagonista de su propia historia y comparte algunos aspectos de su vida como su formación académica, gustos y proyecciones.

¿Cuál es tu formación académica y cómo te insertas en el mundo de las letras? 
 
Soy Licenciada en Ciencias Farmacéuticas. Estudié anteriormente en un pre universitario de ciencias exactas y tuve bastante claro que quería especializarme en algo relacionado con la Química. Pero siempre tuve hábitos de lectura y, gracias a mi abuelo paterno, me involucré desde temprano con la poesía, sobre todo con la décima, y también gracias a él y a mi familia de origen campesino, nací, como se dice, con el oído para rimar.

Luego fui asistiendo a talleres literarios, sobre todo al de mi pueblo natal, Vueltas, y allí comenzaron mis primeros intentos de hacer literatura. Empecé escribiendo poesía en verso libre, -versos no muy afortunados-, hasta que, una vez graduada de la universidad sucedió el punto de giro y de guía: el taller de Mildre Hernández Barrios. A partir de allí supe de qué iba mi literatura, y sobre todo, que podía ser escritora.

¿De dónde proviene la inspiración?

Cuando escribo estoy contando algo que me interesa, con cierta mesura en ocasiones, con ternura y pasión en otras, con humor si la situación y los personajes me lo permiten. Pero no pienso en qué es la inspiración o si estoy inspirada o no. Escribir es un estado 
espiritual y también físico, y todo esto debe, en mi caso, estar dispuesto a la hora de crear. 
 
¿Qué autores han influenciado en tu obra?

Te mencionaré autores universales que me son imprescindibles: Virginia Woolf (por ser lo más exquisito que he leído), Saramago (por su forma de analizar al hombre), Deborah Ellis (porque así quiero escribir), J.K.Rowling (por su universo único) y Michael Ende (por enseñarme qué es escribir para niños). Pero también te voy a mencionar a mis clásicos nacionales: Onelio Jorge Cardoso (por su sinceridad y belleza), a Mildre Hernández porque no para de reinventarse), y a Carilda Oliver (porque me contó todo sobre el amor).

¿Por qué escribir para niños?

Los niños son un público con criterio, con gustos, con inquietudes. Me gusta contarle historias donde ellos se sientan reflejados… Mis personajes de El Mosca, El Tingo, Yandy, se parecen mucho a esos niños que voy viendo en las guaguas cuando salen sudados de la escuela y aun así siguen jugando. El público infantil merece historias de calidad escritural, de calidad temática, con un trasfondo que los lleve a reflexionar sobre ellos y su alrededor. 
 
¿Qué enseñanzas o moralejas se ven reflejados en tus libros?

Yo odio esas dos palabras: enseñanzas y moralejas. Me las repetían mucho en la escuela primaria… Lo que a mí sí me gusta es transmitir conocimiento, reflejar periodos históricos, hablar sobre distintas mitologías y culturas, y también sobre la realidad social cubana. Pero ya sea poesía o narrativa, yo no quiero darle lo bueno y lo malo al niño de una manera totalmente parcializada. Mis personajes tienen que tener matices, la historia tiene que involucrar porque eso es lo que lleva al lector a crear un juicio sobre lo leído. No obstante, sí me gusta dejar un aliento esperanzador en todo lo que escribo. La vida 
tiene partes muy crudas, la sociedad se está volviendo cada vez más hosca, y si lo que tengo para mis lectores son mis historias, al menos quiero dejarles una buena sensación. 
 
Puedes mencionar algunas de tus obras que más te han marcado…

Hay dos en especial: Los viajes del señor Flamel, un libro premiado en Cienfuegos y que saldrá el próximo año. Este me marca porque es con ese libro que descubro y escribo conscientemente el tipo de poesía para niños por el cual van a transitar mis futuras obras. 
Y el otro, ¿A quién le importa un perro pinto?, premio Hermanos Loynaz. Ese es el libro más sincero que he escrito hasta ahora. El personaje que más he querido (El Mosca), y además, el libro que refleja esa amistad hombre animal que creo inagotable.

¿Qué significa el Premio Calendario en este momento para tu carrera? 

Es el fin de un ciclo, porque ya había mandado varias veces. Pero este era el momento y la obra adecuada. El Mensajero es una novela que refleja la cuba colonial e insurrecta. La que pone a Manu Tejeda, el protagonista, en medio de la Invasión de Oriente a Occidente, y que nos pone a nosotros como lectores a mirar a nuestro país desde ese lejano 1895 pero por qué no, desde la actualidad. Es la obra correcta porque sé que tendrá una buena promoción, distribución, y me interesa mucho que esta novela en específico encuentre el mayor número de lectores posibles.

¿Cómo defines tu obra?

Está encontrando rumbo. Pero espero moverme en varias temáticas, situaciones, ambientes. Me gusta escribir sobre la Cuba actual, pero también hay una zona que aúna la historia universal, la mitología, y, algo imprescindible, el deporte.

Proyecciones para el futuro (historias en las que estás trabajando…)

Ahora estoy en varias novelas. Y siempre trabajando libros de poesía para niños y otros para jóvenes. Tengo que alternar, aburrirme de un proyecto, empezar otro, terminar un tercero y, cuando vengo a ver, ya tengo el cuarto publicado…

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