Teatro Rumbo


Un tren que se llama Deseo

Ataviada de blanco como una novia y con una maleta en la mano, Blanche Dubois, mientras da breves pasos, susurra una canción tal si fuera un himno sublime. Ella, que conoce y ha vivido como pocos el placer del pecado, ahora, canta anhelando la luz. Y mientras que emprende esta búsqueda, se ve perderse en su mundo interior, uno de donde sabemos no tendrá regreso. Quizás, sea este el modo en que finalmente la bomba, el tornado, Blanche Dubois, alcance redención y no dependa más “de la amabilidad de los extraños”.

Egresado en 2018 del perfil de Dramaturgia, por la Universidad de las Artes, Irán Capote, con el mismo desborde pasional que inundó en 2017 obras suyas como Medea prefabricada o El casting. Esgrimiendo idéntico nivel de desparpajo y la misma agudeza con que anegó los parlamentos de Arró con avichuela (2018), Wifi, crónica de una generación conectada (2019) o Eau de toilette (2019). Desde los timbres del artista inconforme e iconoclasta, con la verdad o lo que entiende por verdad servida sobre la mesa, nos entrega Este tren se llama Deseo.

El espectáculo surge, según ha declarado en varias ocasiones, de “una relectura intensa que realiza a Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams; un texto que desde algún tiempo estuvo en su lista de posibles propuestas para dialogar con el espectador pinareño[1]”.

La pieza norteamericana, que se estrenara en Broadway, en 1947, bajo la mira de Elia Kazan (que también la dirigió para el Cine, en 1951) devela ante él, un mural de circunstancias en las que se reconoce –sobre todo las que rodean al personaje principal– y que inevitablemente guardan estrecha relación con el público de este minuto. Motivos suficientes para no dudar en llevar la obra a escena.

Ahora, su acercamiento a Un tranvía llamado deseo, no es impasible y mucho menos, inocuo. Se denota, desde un primer instante que tuvo propósitos bien claros y sabía desde qué cardinales operaría con la obra norteamericana.

Al someterla a un largo proceso de versión, siete versiones en específico, evidencia cuán profundo estuvo dispuesto a llegar dentro de la pieza, a manosear sus entrañas. De ahí que el resultado llega a ser una reescritura visceral, tan particular, tan deliciosamente cercana que nos toca la piel, que por su singularidad, sin dejar de oler a Williams, podemos asumirla casi como un original.

Este tren se llama Deseo, justo cuando se abre, parece una fábula contada por primera vez, con un marcado sentido del aquí y el ahora donde surge. Si bien, Tennessee deposita un especial interés en el debate tópicos relacionados con las sistemáticas fricciones que se generan entre sectores sociales como la pequeña burguesía y las clases más desposeídas en EE. UU, a principio de los novecientos, (representados por un lado por Blanche Dubois, con ínfulas burguesas y desdeñosas, y por el otro, por Stanley Kowalski, un obrero que depende de su esfuerzo diario para sobrevivir). A Irán Capote, por su parte, nacido en pleno Periodo Especial, en esta isla tropical, le interesa que Este tren…, se mueva por otras vías.

Su versión y puesta de la obra de Williams, describe pasiones a flor de piel, desafueros, inconformidades, rebeliones del alma y de la mente que pueden retorcer incluso hasta el acero, lo más sano.

Conociéndose a sí mismo y el contexto donde se ha desarrollado su trayectoria vital, nos presenta un espectáculo que deviene en retrato de sus obsesiones cotidianas, que aspira a ser una radiografía de lo cotidiano en esta parte del mundo. Por eso, sube casi hasta el tope el volumen de carga febril a todos los personajes que coloca en escena.

En Este tren se llama Deseo no les hace limitarse a deberes morales ni a ningún tipo de norma que vaya más allá de su supervivencia, de sus ganas de vivir; algo que les fuera casi imposible en el siglo pasado, cuando vieron la luz de la mano de Tennessee. Dado lo poco que materialmente tienen, lo mucho que deben preocuparse por sobrevivir y que todo ello los conduce a un estado de auto enajenación, de lo primitivo en el plano espiritual, los personajes son más descarnados, menos racionales, viven el minuto más que el día a día, sienten más ansias de agotar hasta la saciedad, sus deseos más lúbricos, aunque esto represente una simonía.

De manera que en Este tren se llama Deseo no sólo será Estela –que fue concebida de este modo desde 1947– quien se siente presa de un deseo casi animalesco por su esposo Kowalski (que conocemos como Marlon, en 2023). Todos los demás personajes estarán a merced de tensiones, de su lascivia y cargarán con el peso de sus acciones.

Blance llega a la casa de su hermana Estela, afectada psiquiátricamente. Se ha resuelto en una existencia llena de desórdenes, accidentes, lujurias, pérdidas y la vida, le ha cobrado factura. Mas, el verdadero motivo que la conduce a su total desquicie no será lo que vivió antes de llegar a la casa de su hermana ni medio confundir la realidad con el mundo ficcional donde anhela existir y que está lleno de lujos que ya perdió (en lo que se hace énfasis en Un tranvía llamado deseo).  Su error fatal, En este tren…, es codiciar y tratar de seducir a primera hora a Marlon, esposo de Estela.

Su baja acción casi postrera, la conducirá a la perdición, puesto que cuando Marlon la haya maltratado lo suficiente como para que sienta rechazo por él, este dará rienda suelta a su condición más rudimentaria y la tomará a la fuerza. Luego de eso, Blanche, pagando sus deudas con el karma, entrará sin remedio en un periodo de descarrilamiento mental sin freno.

Por su parte Marlon (Kowalski, para Williams) también será víctima de sus instintos. Si bien ama a Estela con locura y no soporta que su matrimonio se vea en crisis por la presencia de Blanche. Si bien arde en rabia porque Dubois dilapidó la herencia de la cual su esposa era también dueña, nada de esto impide que sienta un deseo cerril hacia la recién llegada a su casa.   

Esa lujuria lo llevará al asedio y violación de Blanche. Pero también a poner en total peligro la permanencia de su unión con Estela y a que casi ella pierda el bebé que espera, su hijo.

Ni qué decir de Estela, quien “goza, aunque Marlon la muela a palos”. Ella respira y se siente feliz, ha dejado la casa paterna y las riquezas, porque existe a la vera de su macho. Será inmolada voluntaria de la violencia doméstica, de la sumisión, porque según reconoce, el deseo la vence, porque irremediablemente “es más mujer que madre, más mujer que federada”. Lo cual la llevará en un gesto concluyente por mantener a salvo su relación con Marlon, a entregar al manicomio a Blanche.

Toda esta amalgama de pasiones que arrastran a los personajes compone el cuadro viviente de bajas pasiones, de violencia, vejaciones, límites que se cruzan en Este tren se llama Deseo.

También otros planteos medulares relacionados con el bregar de los personajes y su relación con su contexto, sustentan el espectáculo. Se ponen sobre el tapete tópicos tan sugestivos como las alternativas más o menos cuestionables a las que recurren muchos individuos en pos de subsistir en un medio social y económico adverso (Blanche, ya sin medios, hace de todo para garantizar a su padre las condiciones, “la cama fowler, el balón de oxígeno”, para que pueda ser menos horrible la enfermedad que padece). Se discuten en la puesta, temas como la violencia hogareña o contra la mujer, a la marginalidad que acrecienta en grandes sectores sociales segregados; la creciente resistencia de estos ante las presiones y persecuciones de todo tipo (el monólogo de Eunice sobre su negación a colaborar para investigar a Blanche, es brillante).  

Lo cual nos confirma que Este tren… no es una propuesta monotemática, que se asfixia en sí misma abordando la manera en que los personajes dan rienda suelta a sus desenfrenos, sino que se abre, se expande, debate zonas neurálgicas entre nosotros. Esa cualidad del espectáculo, se agradece.

A Irán Capote le interesa contar la historia y que quede clara al público. Por eso, en sus puestas en escena, cada vez son menos las estratagemas, los artificios, la borla, el barroquismo, los accesorios y la gran escenografía. Sólo aparece lo indispensable: una historia y un actor que debe apelar a su mundo interior para contarla.

Tales presupuestos han dejado desnudo el espacio de esta representación. Una plataforma cubierta de fieltro rojo y una pequeña mesita, donde se colocará el cake del cumpleaños de Blanche, bastarán para sugerir la dimensión, las estaciones donde se despliega la fábula escénica. Capote ha sido minimalista y ha dado en el clavo con ello.

Porque los actores de Teatro Rumbo han sabido crecerse ante la escena vacía y los personajes que les han tocado asumir. De manera general, son ellos transformados en sus roles, quienes llenan el espacio. Sus entradas y salidas desde el público, nada impiden, nada entorpecen. Han desarrollado la capacidad de mantenerse neutrales cuando están entre los espectadores, y uno llega a olvidarse de ellos. Pero cuando les toca entrar en el ruedo de la ficción, entonces, al dar el primer paso, la primera mirada, el estado que reclama la escena está ahí, definido, preciso, con la capacidad para electrificar al espectador.

Gracias a estos, los abundamientos y largos parlamentos de los personajes no pierden su intensidad ni tampoco efecto. En ello, Yunielsy Martínez como Eunice, es una de las más notables. La actriz que hizo su debut en 2013, en La cebra, en puesta en escena de Jorge Luis Lugo, ha crecido mucho desde entonces, tanto que podría pensarse que si no es la fundamental, es una de las actrices clave de Teatro Rumbo.

Su Eunice, es fuerte, segura, defiende con una energía devorante cada uno de los momentos en que interviene en la trama escénica. Puede llegar a ser fácilmente la dama barriotera, que se amplifica y saca de golpe aquellos efectos que hacen retroceder a cualquier macho del ámbito marginal, como la mujer dulce, que se deja llevar por los encantos de una Blanche envuelta en sus delirios.

Su momento más brillante, sin dudas, es el monólogo en que declara cómo dos agentes la convocan a colaborar para investigar el caso de Blanche. Aquí hace gala de sus recursos, se mueve con soltura, sus transiciones a expreso, sus exabruptos, marcan como un disparo cada bocadillo que enuncia. La mole de texto a la que se enfrenta, la ofrece con una verdad abrazadora, de tal manera, que uno llega disfrutar ampliamente el momento, que llega a sentirse cómplice de su personaje.

Por su parte, Yadira Hernández también ha demostrado crecimiento en este espectáculo. Nos vislumbra al no entregar una Estela demasiado sumisa ni demasiado rebelde. Encuentra el punto de equilibrio, sabe cuándo asestar, en el momento que lo requiere, el golpe en la mejilla de Marlon, y cuándo, en el mismo acto, dejarse seducir poco por su esposo, hasta llegar al éxtasis. Todo esto lo consigue con una ductilidad cuidada.

Marlon, el esposo de Estela, no es un personaje fácil de encarnar. Aunque Irán Capote realiza giros leves en su proyección y lo hace comportarse, relacionarse, reaccionar a la manera que lo haría cualquier sujeto barriotero, deja marcas, conflictos, gestus en la biografía este personaje, en los que sin dudas dormita la psicología bien dibujada del teatro psicológico norteamericano.

Primero Marlon López y ahora, Carlos Sánchez, parecen haber aprendido cuidadosamente esas señales. Tanto es así que delinean con hondura agradecible, según sus enfoques particulares –el primero más agresivo, calculador; y el segundo, más meditabundo y con una ira contenida–. Transitan por estados de calma, furia repentina y temible, por la ternura seductora, por la codicia más despiadada, con una organicidad que sólo puede alcanzarse con un trabajo interior municiono. Curiosamente, ambos actores lo han conseguido.

Como Blanche, Sandra, se lleva los aplausos. La actriz, de una larga y probada trayectoria, otorga los tintes necesarios, encaja perfectamente en su princesa imaginaria. Lo demuestra desde que entra a escena y engañada por su propia mente –algo que consigue demostrar muy bien– se exhibe con tintes de alta dama descolocada que logra no resistirse a callar un texto cuestionador en el momento y el lugar menos indicado. Cuando en sus encuentros sucesivos con Marlon, por más que quiere, su nerviosismo y desenfreno, no le permiten ocultar su embeleso por el esposo de su hermana. Sobre todo, consigue conquistarnos al dar riendas sueltas sin estereotipos, al logradísimo proceso en que muestra el desquise gradual de su Blanche.

Demás está decir que la escena final en que parece vestida de novia es uno de sus mejores momentos, puesto que consigue transmitir la imagen precisa de la persona que ya ha abandonado este mundo, el de lo racional, para perderse dentro de sí, en sus propios tormentos y fantasías.

Este tren se llama Deseo es una cuidada reescritura escénica de un clásico como lo es Un tranvía llamado deseo. Irán Capote, como dramaturgo, ha sabido releer exitosamente –algo que no siguen muchos autores– la pieza de Williams. Pero como director, ha demostrado madurez en el oficio, puesto que no se ha dejado seducir por el mito o sus propias palabras, no se ha calcado en escena, sino que ha dinamitado su propia escritura. Traza una impronta en que los brotes de creatividad abundan, devolviéndonos casi como por primera vez, como escrito para nosotros, un relato que se estrenara hace un siglo atrás.

Así Este tren…, desde el tino con que es concebido, se muestra ante el público como un espectáculo necesario, digamos que imprescindible, dado que tiene la capacidad de cuestionar bases de nuestros propios compartimientos cotidianos y de nuestra realidad. Esa admirable capacidad es la que buscamos de la escena, que en estos tiempos no siempre ofrece frutos laudables.

[1] Paráfrasis de un fragmento de entrevista que me fue ofrecida por Capote en 2022 y que se puede encontrar en mi tesis de maestría en Procesos Formativos de la Enseñanza de las Artes, cuyo título es “Sobre un largo viaje de la noche hacia el día: Teatro Rumbo o la impronta del crecimiento”.


Ernos Naveda: «Hablo desde los instintos más sórdidos»

Conocí la obra de Ernos Naveda gracias al narrador, poeta y dramaturgo Roberto Viñas. Luego supe que otros muchos elementos en común —personas, intereses y espacios simbólicos— nos unían. Desde nuestro encuentro inicial y para nada fortuito, la relación de trabajo con Ernos me ha puesto en contacto no solo con los lenguajes visuales de su obra, sino también con su voluntad y talento creativo. Esta entrevista es una invitación a conocerle.

cortesía del entrevistado

¿Cuáles son tus principales búsquedas e inquietudes creativas?

Mis amigos se ríen cuando digo que estoy en mi período esponja. Absorbo todo lo que la realidad me brinda, me condiciona. Absorbo, y cuando las inquietudes me exprimen, voy soltando en chorros dispersos lo que la creación demande. Es difícil para mí, en mi corta experiencia como creador, poder definir o conceptualizar mi trabajo. Tanteo mucho, eso sí, y creo que ya voy decantando lo que me interesa y lo que no, aunque a pasos lentos.

Antes de comenzar a estudiar Artes Visuales, fui actor de teatro callejero. Me encaramaba en zancos de casi dos metros de altura. Envuelto en unos trajes de colores y a esa distancia del suelo podía observar la realidad de una manera distinta. En esa perspectiva eduqué a mis ojos a mirar donde los otros no se detienen. Si hubiese tenido una cámara en ese entonces habría captado instantáneas que podían mostrar las ciudades vistas desde otras ópticas, desde otros enfoques. Hubiese sido valioso mostrarle a la gente lo diferente que se ven sus espacios desde esa altura. Quizás sirviera para modificar algo en sus vidas, para inyectar dosis de esperanza en sus realidades. Desde esa altura descubrí la idea de que se puede transformar la realidad si se mira desde otro ángulo, quizás más alto.

¿Cómo definirías el lenguaje de tu creación?

Ahora mismo me interesa lo íntimo, lo humano, como las pequeñas cosas de Serrat. He desarrollado buena parte de mi obra creativa desde el confinamiento, y eso inevitablemente coarta la manera de ver el mundo y traducirlo desde las imágenes, desde las palabras. Pero no soy absoluto, me permito no serlo. Tal vez mañana, cuando volvamos al mundo fuera de nuestras casas, fuera de nuestro aislamiento social, me interese lo abierto, los grandes espacios, las multitudes, etc. Pero ahora estoy aquí, hablando desde las esencias más íntimas de los humanos, sacando a la luz del flash sus diferencias y sus pequeños universos independientes. Y eso me fascina. 

¿Qué discursos visuales te interesa proponer con tu obra?

cortesía del entrevistado

Yo nací casi con el siglo y la concepción sintetizada, la agilidad que se le da a las palabras, la interdisciplinaridad, lo intertextual, la cita, la exposición de los referentes en la creación, sin máscaras, son cosas que vienen en un chip generacional. Me gusta proyectar imágenes o sensaciones sobre el espectador de manera descarnada, fuerte, de golpe frente a él. Prefiero que mis mensajes sean así, digamos, agresivos, violentos, carnales. He estudiado la obra de Robert Mapplethorpe y de Patti Smith, me siento muy identificado con sus visiones, con sus discursos.

Hablo desde la carne, desde los instintos más sórdidos, desde ese lado en que el recato no importa, donde uno abre a la verdad y la sensualidad de los cuerpos, las relaciones, etc. No me gusta abordar la belleza desde los cánones más establecidos de ella, por eso trato de reinventarla, de mostrar una belleza que diste de aquella ya expuesta y comercializada. No puedo evitarlo, no puedo luchar contra mi tiempo.

El arte visual en el XXI tiene grandes retos para los artistas porque hay mucha competencia. Este es el siglo de las imágenes, gracias al auge de las tecnologías, de las cuatro o cinco cámaras en los teléfonos, de las marcas, de los megapíxeles, de los espacios, del Facebook, del Instagram, de Pinterest. Es como un gran tobogán donde se encuentra mucha calidad visual. La gente lo hace todo el tiempo. Para los artistas es muy difícil establecer sus discursos, por eso trato de llamar la atención desde esos presupuestos estéticos que te mencionaba. Hay que hacerse notar, alzar los brazos y gritar en medio de ese tobogán de imágenes. Es muy divertido.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

En una euforia permanente, en una convulsión de cosas, en una agitación y un desvelo delicioso. Siempre estoy en algo, y ese algo se llena de caos. Si pinto, lo embarro todo. Si hago unas fotos, todo en la casa se vuelve un set, todo se mueve de su sitio, y luego se recompone de una manera distinta. Me gusta que todo se mueva, que todo gire. No soporto la quietud. Y eso hace un cortocircuito en la obra. Hay imágenes que trasmiten cierta quietud, en los cuerpos y los objetos, digamos. Cuando las edito o reviso, me digo, es increíble que mientras esto nacía, todo a su alrededor estaba en completo caos y movimiento. Tal vez si creara desde la calma, el resultado sería todo lo contrario.

Estás en estrecho contacto con la escena gracias a tu relación con el grupo Teatro Rumbo. ¿En cuánto influye el teatro en tu concepción de una idea visual que buscas concretar en otro lenguaje artístico que no sea el de las tablas?

Comencé en el teatro desde niño. Fui integrante de las compañías de teatro infantil. En la adolescencia me integré a un grupo de teatro callejero y allí pude viajar a festivales donde tuve la dicha de ver por dónde iban los tiros del teatro en Cuba. Un día se me dio la oportunidad de trabajar como actor en un proyecto de teatro de sala que dirigía Irán Capote. Era una puesta con un texto de Abel Gonzáles Melo y trabajé junto a actores con mucha experiencia. Allí conocí a Irán.

Poder trabajar con ambas experiencias, la del teatro callejero y la del teatro de sala, me fue abriendo el horizonte escénico. Ya no solo me limitaba a imágenes callejeras, ahora tenía la experiencia de la síntesis del espacio, de los tiempos, de las acciones. Es desde el teatro donde descubro el mundo de la imagen, la composición, la luz, etc.

Una vez que comienzo a trabajar la performance y la fotografía, esa influencia del teatro, de la escenificación de la imagen que sugiere cierta tensión dramática, de la existencia de una síntesis visual para captar una historia, no se quedó a un lado. Estaba ahí, en mi obra. Y la dejé estar.

Posiblemente yo sea el espectador más fiel de Teatro Rumbo en estos últimos 10 años. He estado muy cerca de sus procesos. Sé cómo se gestan, cómo se producen, cómo se vive el teatro desde adentro. Es un mundo muy fascinante. Por eso no me cuesta trabajar con ellos, usarlos como modelos, sugerir elementos para la escenografía, diseñar imágenes en sus puestas. Digamos que, de alguna manera, nuestros trabajos están complementándose todo el tiempo. 

cortesía del entrevistado

¿Piensas que toda obra de arte es, per se, esencialmente teatral?

Sí, lo creo. El teatro está en todo, en la manera en que se estructuran las demás manifestaciones, incluso a la hora de montar una exposición pictórica en una galería, en la manera en que diseñamos una ficción o cuando buscamos cierta reacción en el espectador-lector-consumidor-oyente-receptor, en todo está en teatro. Creo que se puede aprender mucho desde el teatro.

Desde que la pandemia forma parte de nuestras vidas como artistas, ¿cuánto han cambiado, evolucionado o se han modificado tus hábitos creativos, tus jornadas de trabajo y tus maneras de concebir un proyecto?

El aislamiento social ha hecho que cambie todo, nuestras rutinas, nuestros ritmos, nuestros horarios. Hemos tenido mucho tiempo para pensar, para reestructurarnos, redirigirnos. Y también para crear. En mi caso particular, he cambiado todo. El hecho de trabajar desde casa ha variado mi espacio de privacidad a tal punto que mi hogar se ha convertido en un taller. Cada rincón tiene ese espíritu. Y puedo crear a cualquier hora. Por otro lado, está la finalidad de esos trabajos: antes uno pensaba en una galería, en un performance público, etc. Ahora solo se trabaja para exponer desde las redes sociales de Internet. A eso ya le he cogido el punto.

Hemos tenido la oportunidad de colaborar contigo gracias a los proyectos de videopoemas online “Dramatis Personae” y “Encrucijada: diálogo y creación”. ¿Sientes que tus videos dialogan con tu realidad como creador y a la par con la realidad de los artistas que participan en su realización?

Trato de establecer ese puente creativo. Me dejo arrastrar por sus voces, por sus palabras, y busco los resortes que producen en mi creación. Intento poner la escena para su universo. Es un reto y una oportunidad que agradeceré siempre.

cortesía del entrevistado

¿Qué sinergias se han cruzado en tus proyectos?

Estoy conociendo mucha gente inteligente e interesante. Eso es lo mejor cuando uno siempre espera nutrirse de otras experiencias, de otros discursos creativos, de otras maneras de ver y representar el mundo desde el arte. Si he leído buena literatura en estos últimos tiempos, si he visto buenas películas o he revisado catálogos de artistas y fotógrafos que no conocía, se debe ante todo a eso, a las voces que voy conociendo, a las pistas que me dejan sobre otros autores, otras historias, etc. Es muy gratificante.

Has colaborado como director de arte en varios audiovisuales. ¿Estas experiencias han ayudado a construir y cimentar tu mirada artística sobre lo real y simbólico?

Lo simbólico lo entiendo desde la síntesis, desde la traducción de discursos mediante elementos que los resuman. Trabajar como director de arte en audiovisuales tiene una buena carga de eso. Hay que reducir en pocas cosas físicas y a nivel visual lo que el discurso literario de ese guion expone. Es arte puro.

¿Qué tal resulta tu experiencia al dialogar con un equipo creativo? ¿Buscas complacer o te aferras a una postura creativa inamovible? ¿Crees en el diálogo, en las múltiples influencias y confluencias?

Lo consenso todo. Busco un punto intermedio donde se complazca sin que pierda el sello personal, sin que pierda tu huella, tu marca. Cuando uno trabaja en equipo es porque los integrantes de ese equipo se han acercado por ciertos criterios estéticos en común. Por eso vale, ante todo, detectar esos intereses y trabajar en base a ellos.

¿Hasta qué punto tu identidad como cubano ha marcado tus horizontes creativos, los ha condicionado o reducido?

La cubanidad es algo que se impone aunque uno piense que sus referentes artísticos o sus motivaciones son de otra parte. Nuestras vivencias aquí hacen que todo pase por el filtro de la cotidianidad, de lo que somos históricamente. Y ese elemento cotidiano estará siempre. El receptor también lo configura así desde sus múltiples lecturas, incluido el receptor extranjero que pensará tu obra desde tu proceder. Nacer, vivir y trabajar desde Cuba ha de marcarnos para siempre.

¿Crees en la autocensura? ¿Te ha afectado alguna vez?

Al principio me autocensuraba mucho. Es un fenómeno terrible porque uno piensa demasiado en si esto me sale bien o no. Puede que hasta se abrume leyendo teorías y comparando su trabajo con fulano y mengano, sin percatarse que el tiempo avanza y uno lo pierde al dejarse llevar por ese miedo. Hasta que me di cuenta de que, aunque todo está dicho, uno también tiene su voz y a alguien le está haciendo falta escuchar lo que tienes para decirle.

Más allá de la creación, ¿quién es Ernos Naveda?

Una playa.


Otro tren llamado Deseo (+Audio)

Porque los clásicos son útiles para discursar en todas las épocas, uno de ellos inspira el próximo estreno de Teatro Rumbo. Esta vez, el experimentado conjunto vueltabajero llegará a los escenarios con Este tren se llama Deseo, texto del joven dramaturgo Irán Capote Fuente, quien mereciera el Premio Calendario 2019.

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Medea, ¡a buscar otros rumbos!

Teatro Rumbo celebra por todo lo alto el arribo a sus 55 años de existencia. En ese sentido, una de las acciones más significativas desarrolladas por este elenco pinareño es la reposición de los espectáculos que ha presentado en los últimos años, entre ellos Medea bajo la dirección de Yasey Muñoz.

Esta Medea que nuevamente ocupa las tablas del Teatro Milanés se estrenó en 2017 y es una versión escénica muy cercana a su referente textual escrito, Medea prefabrica, de Irán Capote.

Con relación al texto escrito por Capote podríamos decir que como hipertexto –porque el mito griego de Medea tiene acercamientos teatrales firmados por nombres eminentes como Eurípides, Séneca o Anouilh– continúa la línea de relectura de clásicos que despunta en nuestro país con títulos como Electra Garrigó, de Virgilio Piñera; Medea en el espejo, de José Triana; Los Siete contra Tebas, de Antón Arrufat, hasta obras como Jardín de Héroes, de Yerandy Fleites.

Medea prefabrica es una pieza teatral que resulta atendible, ya que se encuentra concebida para el espectador actual, particularmente nacional. Alejada de un tratamiento populachero y costumbrista en su sentido más chato, indaga en el discurso del cubano, su fisonomía económica, su expresión, su gesto y desarrollo social diverso.

También, un elemento reconocible en Medea prefabrica es que en este texto se ha acentuado de manera especial la humanidad del personaje principal, convirtiéndolo en una naturaleza resentida, pasional, con palpables rasgos de debilidad y fortaleza de carácter, con una memoria y un presente con los que no se reconcilia.

Rafael Farello y Simone Balmaseda. Cortesía/Julio de la Nuez/ Foto tomada de El Nuevo Herald

En esta obra pesa más el sufrimiento, la deconstrucción de las ilusiones y sueños de Medea, que el propio asesinato de sus hijos o su mitificación como hechicera. Algo que distingue a Medea prefabrica de otros acercamientos al mito originado en torno a la hija del Cólquida, que ha llevado al drama autores nacionales, por sólo citar algunos, como José Triana o Reinaldo Montero, quienes, sin perder valor en el plano escritural, han remarcado más en sus textos el elemento mítico y la atrocidad del matricidio de Medea.     

La Medea que presentó en 2017 y la que presenta ahora mismo, Yasey Muñoz, como antes hicimos alusión, es una versión muy cercana a Medea prefabrica. Expresa claramente en escena todo el dolor de una mujer que ha sido abandonada por el amor de su vida, Jasón.

Sin embargo, la Medea que dirige Yasey alcanza vuelo al tomar su propio rumbo y alejarse del tono realista en que están pautadas las situaciones –que para nada es una falla– en Medea prefabricada.

Muñoz, en la versión escénica de la obra de Irán Capote despliega un universo onírico, un constante tránsito fluido entre lo real y lo mágico, donde parece que los personajes se mueven en un eminente caos.

Medea es un espectáculo lleno de resonancias en que acertadamente la imagen teatral se define entre claros oscuros intensos, fruto de un cuidadoso diseño de iluminación; en el que el gesto teatral extracotidiano coexiste con el más natural comportamiento del actor; donde un dispositivo escénico mínimal (un baúl, una pequeña mesa, una butaca de madera) y un amplio registro sonoro narran perfectamente el carácter retorcido de la acción escénica que ocurre en el interior y exterior de la protagonista.

No obstante, reclamamos a la Medea de este 2019, que aunque padezca algunos escollos con que la mostraron en 2017, todavía apreciamos que un gesto o una respuesta se someten a larguísimas pausas que diluyen su efecto teatral, su significación en la acción escénica, lo que afecta incluso el ritmo de la representación. Un ejemplo de esto son las primeras escenas de la obra que se dilatan bastante.

Del mismo modo, aún no se demuestra la funcionalidad de uno de los personajes: una suerte de espectro que funge como conciencia de la protagonista y que repite, como un eco, frases cortas que enuncia la Medea, pero que carecen de efecto alguno sobre ella, los demás personajes o la acción teatral. De manera que, reiteramos, no nos queda demostrada la funcionalidad del espectro.

Igualmente estimamos que debería trabajarse seriamente en el entrenamiento técnico de los actores, particularmente en el de Yosvel Alvarado que interpreta a Jasón, a Luis Alberto Alemán como Egeo. A ambos les queda una ardua labor por delante en función de estar, vivir e interpretar orgánicamente la fábula teatral en la que habitan. No basta sólo con emitir el texto, sino tener conciencia de lo que se dice, hace y lo que esto genera; de comportarse escénicamente con la verdad que responda a un tipo de propuesta teatral muy particular como lo es la Medea, presentada por Teatro Rumbo.

A casi dos años de su estreno, Medea, dirigida por Yasey Muñoz, todavía permanece como la vimos por primera vez: un espectáculo con probados méritos artísticos puntuales (fundamentalmente en la conformación de la imagen escénica), pero que no ha madurado en todas sus partes.

Tal vez sea hora que Yasey Muñoz vuelva sobre esta representación, la repase y ciña el tejido ahí donde parece deshilvanarse. Sólo entonces encontraremos una Medea dispuesta a encontrar otros rumbos entre la madeja de su universo existencial de estos tiempos.


Ovaciones para una mujer que espera…

Con una gran ovación fue aclamado el regreso a la escena vueltabajera de Lienzo de una mujer que espera, escrito, dirigido y actuado por Jorge Luis Lugo. Con esta obra, Teatro Rumbo cierra la jornada de acciones (conferencias y presentaciones teatrales), que desarrolló durante el mes de noviembre y diciembre, con motivo de sus 55 años de existencia creativa.

Premio Caricato de Actuación Masculina (2012), entre otros; Lienzo de una mujer que espera es un monólogo, un soliloquio, como tal vez pueda definírsele, que se estrenó en 2001 con el nombre de Lienzo 5×1, en el marco del pinareño Festival “Espacio Vital”.

Desde entonces, esta obra ha permanecido en el repertorio activo y más reconocido de Teatro Rumbo. Su protagonista, Esperancita, una señora muy singular entrada en años, se busca la vida vendiendo ilegalmente cucuruchos maní y en un desesperado intento, reclama a su esposo Felipe, muerto en una travesía marítima en los 90, un sinnúmero de cosas que van desde la necesidad de compañía hasta un sustento económico que nunca ha llegado. Esperancita clama, padece lo que no tiene, lo que debe luchar amargamente para lograr algo y lo que sabe que nunca tendrá o vendrá. Sin embargo, permanece batallando, y eso es lo que cuenta.

Lienzo…, como resultado creativo, tiene la cualidad de apropiarse de la vertiente vernácula, del gusto hacia el desarrollo de temas y fábulas teatrales marcadas por la comicidad, latentes en imaginario y gran parte de la praxis escénica desplegada por los creadores pinareños; especialmente los del otrora Conjunto Dramático de Pinar del Río, grupo fundado en los primeros años de la Revolución, y que podemos reconocer ahora con el nombre de Teatro Rumbo.

Es una obra en que Jorge Luis Lugo demuestra sabiduría y talento al tejer un material teatral donde, a partir de la sugerencia, el juego con el absurdo, con lo ridículo, con el cliché, la ironía, el doble sentido, la picardía, se desata un intenso y respetuoso debate (en que el subtexto tiene mayor peso que lo que literalmente se expresa) sobre aquellas cuestiones que han marcado en el plano histórico, social, psicológico, económico, al cubano de estos tiempos, fundamentalmente aquellos que vivieron con mayor fervor el “Período Especial” y la migración de la década del 90 y en adelante.

Los hemos visto varias veces Lienzo…, hemos podido comprobar que, aun cuando tiene más de una década de concebido, no deja de ser un espectáculo interesante para el espectador actual. La arquitectura de este representación teatral está concebida de tal manera que tiene la capacidad, como el rabo del camaleón[1], de renovarse, estar siempre abierta a frescos cambios, sumas y supresiones de acciones y texto, en función del momento en que se presenta, los cuales no afectan la salud de este monólogo, su núcleo de debate principal.

 Y ello sucede fundamentalmente porque esta puesta en escena está pensada para que sean más significativos los agudos comentarios sobre la realidad social que vive el personaje principal, Esperancita, que para seguir, aunque ello es inevitable, la biografía de esta, su naturaleza psicológica. Provocar la reflexión y la discusión sobre determinados tópicos sociales, es el centro de Lienzo…

Jorge Luis Lugo es un actor talentoso, uno de los pocos que conocemos en Vueltabajo y en una buena parte del país que puede transitar de un género a otro, del drama a la comedia, a la farsa, sin reparos y con virtuosismo.

En este caso, compone una escritura que apuesta por lo esencial en las tablas. Apenas una estatuilla religiosa de un indio, una pequeña mesa con un radio que parece emitir programas en directo, un marco de un cuadro, son elementos con los que va develando poco a poco el universo existencial de Esperancita.

 Desde una partitura interpretativa que hace gala de su contención, de un cuidado en la selección de las acciones físicas y gestos (su rostro es una zona muy expresiva en su corporalidad); de una dinámica escénica que no teme explorar la danza, el riesgo de una pantomima deliciosamente expresiva (escena en que su vecina le informa a Esperancita sobre el nuevo tiempo coyuntural); nos develan un trabajo actoral digno de reconocer.

La reposición de Lienzo de una mujer que espera ha sido todo un suceso teatral en Vueltabajo no sólo por la significación de esta obra, del actor que la interpreta o porque, como pocas veces, los espectadores abarrotaron las capacidades del Teatro Milanés, sino porque esta obra, más allá de su madurez como resultado artístico, mantiene su vitalidad, su frescura, su capacidad de polemizar desde la comicidad.

Es un espectáculo serio que, bien defendido en su interpretación, nos deleita al tiempo que nos hace pensar. Esa es la clave del éxito de esta pieza tanto cuando se estrenó, como en este minuto. De ahí que su regreso a cerrar la jornada por el aniversario 55 de labor creativa de Teatro Rumbo, más que una eventualidad atendible, es todo un suceso memorable para el teatro pinareño, un cierre de oro teatral.

[1] Frase que enuncia Esperancita, protagonista de Lienzo de una mujer que espera.


Wifi libre para desconectados

El próximo día 15 abrirá al público pinareño una nueva plataforma social. Wifi, crónica de una generación desconectada, gestada por Irán Capote en los mismísimos anaqueles de Teatro Rumbo, tiene el ancho de banda suficiente para alertar, provocar debates intensos en torno a una parte de las nuevas generaciones que se reconoce en lo foráneo, se entregan al mundo virtual y sus dispositivos.

Egresado en 2018 del Seminario de Dramaturgia del ISA, la Universidad de las Artes; Premio Calendario de Dramaturgia 2019, que otorga la Asociación Hermanos Saíz; director que tiene en su haber puestas en escena como Nevada, La Casa Vieja, Arró con avichuela; creador de la reconocida peñaLa Potajera, autor de textos como Medea prefabricada, El Casting, Eau de toilet, Irán Capote ha desarrollado una impronta creativa donde fundamentalmente la ironía, lo caricaturesco, carnavalesco, son los pilares desde los que establece reflexiones relacionadas con la cotidianidad nacional.

En su obra como director y dramaturgo se denota el influjo de importantes referentes que han conformado nuestra identidad teatral como Virgilio Piñera; Carlos Díaz con sus modos irreverentes de evocar fábulas sobre la escena; la escritura teatral de las más jóvenes promociones de dramaturgos encabezadas por nombres como Yerandy Fleites, Agnieska Hernández, Rogelio Orizondo, Roberto Viña, entre otros. Desde luego, se puede denotar que en su quehacer todos esos referentes, lógicos influjos, se reformulan, ofreciendo un material escénico que responde a sus propias preocupaciones creativas.

Ahora mismo nos propone Wifi, crónica de una generación desconectada, un texto y puesta en escena de su autoría que se centra en un fenómeno que cobra cada día matices más perniciosos: la supeditación de las nuevas generaciones al fenómeno redes sociales y lo foráneo. Y como en este caso, deviene un homenaje al legado cultural de Virgilio Piñera, toma uno de los personajes de este autor, Luz Marina, de Aire Frío, y lo hace habitar en estos tiempos junto a sus descendientes, hijos de un matrimonio disfuncional que viven en y para las redes y los dispositivos que facilitan este modo existir.

La fábula teatral que Capote esgrime resulta una metáfora, una relectura compleja de la actualidad, en vista de que no sólo se acerca y debate el problema de la supeditación de las nuevas generaciones al titán redes sociales, sino que su mirada se extiende mucho más allá. Implica a todos aquellos, edades, las cuales representa Luz Marina, que de manera directa o colateral, se hacen ecos de lo intrascendente, de las oleadas de promesas y sueños huecos que han provenido de las plataformas virtuales.

La señal que proviene desde la plataforma Wifi, crónica de una generación desconectada descubre cómo terriblemente lo foráneo se cuela entre las rendijas, las venas de nuestras casas modificando caracteres, valores históricos, formas de relación y proyección sociales (la exhibición de lo íntimo en las redes se convierte en un proceso muy natural). Como metáfora escénica, nos muestra el efecto de la metalización, la “objetualización”, el consumismo alentado, la asunción de patrones posmodernos que destruyen identidades, al ser humano irreversiblemente.

Toda esa materia tóxica extraída de la realidad en toda su absurdidad es colocada en escena por Irán Capote, quien inteligentemente la recompone; organizada en una escritura escénica rizomática, donde los cuadros, fundamentalmente monólogos, si bien se resisten a la mera ilación de la historia, ofrecen un caudal amplio de información que permite comprender lo que acontece escénicamente.

El espectador, no obstante, es el máximo responsable de su penetración, de su relación escénica con la sustancia-plataforma escénica.

Una de las cosas que más nos interesan de este espectáculo es que visiblemente se sustenta sobre un proceso investigativo, donde una multiplicidad de referentes (entre estos textos martianos) arman la reflexión de la que el espectador se podrá apropiar.

Se muestra desde una visualidad y acción escénica en que los contrastes, los provocados momentos dramáticos, melodramáticos, absurdos, carnavalescos, se suceden con la mayor naturalidad y organicidad. Las coreografías, la transformabilidad y movilidad de los paneles que representan diferentes dispositivos para acceder a plataformas digitalesconstruyen una dinámica, atmósferas que se inflan y desinflan con facilidad; en las que el juego deliberado con lo kitsch, lo grotesco, lo ridículo, la cita, la subversión del referente, actúan como agentes movilizadores, vehículos en los que se gesta y refuerza el todo el discurso escénico.

Los acores de Teatro Rumbo, antes entrenados en un ejercicio de la puesta en escena realista, ahora se han reentrenado para hacer de sus corporalidades un paso fluido a la ficción, asumir con visceralidad cada uno de los matices por los que transita la puesta en escena y sus personajes.En fin, con relación a otros procesos que se han llevado a escena en Teatro Rumbo, demuestran un crecimiento sustancial en cuanto a su labor escénica.

Wifi, crónica de una generación desconectada, que se estrenará este fin de semana, tiene el valor de ser el resultado de las preocupaciones e indagaciones de jóvenes que reaccionan ante la devoción por la conectividad, por la búsqueda incesante de dispositivos para acceder al mundo virtual y toda la pacotilla del mercado.

Este espectáculo, desde su conciencia, es una invitación a la revisión, a estar alertas sobre aquello en lo que ponemos fe y que puede alejarnos de nuestra condición de seres humanos sensibles y racionales. De ahí el principal mérito de esta puesta en escena que se muestra con mirada crítica; un de compromiso con la realidad de estos tiempos.