Un tren que se llama Deseo

Ataviada de blanco como una novia y con una maleta en la mano, Blanche Dubois, mientras da breves pasos, susurra una canción tal si fuera un himno sublime. Ella, que conoce y ha vivido como pocos el placer del pecado, ahora, canta anhelando la luz. Y mientras que emprende esta búsqueda, se ve perderse en su mundo interior, uno de donde sabemos no tendrá regreso. Quizás, sea este el modo en que finalmente la bomba, el tornado, Blanche Dubois, alcance redención y no dependa más “de la amabilidad de los extrañosâ€.

Egresado en 2018 del perfil de Dramaturgia, por la Universidad de las Artes, Irán Capote, con el mismo desborde pasional que inundó en 2017 obras suyas como Medea prefabricada o El casting. Esgrimiendo idéntico nivel de desparpajo y la misma agudeza con que anegó los parlamentos de Arró con avichuela (2018), Wifi, crónica de una generación conectada (2019) o Eau de toilette (2019). Desde los timbres del artista inconforme e iconoclasta, con la verdad o lo que entiende por verdad servida sobre la mesa, nos entrega Este tren se llama Deseo.

El espectáculo surge, según ha declarado en varias ocasiones, de “una relectura intensa que realiza a Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams; un texto que desde algún tiempo estuvo en su lista de posibles propuestas para dialogar con el espectador pinareño[1]â€.

La pieza norteamericana, que se estrenara en Broadway, en 1947, bajo la mira de Elia Kazan (que también la dirigió para el Cine, en 1951) devela ante él, un mural de circunstancias en las que se reconoce –sobre todo las que rodean al personaje principal– y que inevitablemente guardan estrecha relación con el público de este minuto. Motivos suficientes para no dudar en llevar la obra a escena.

Ahora, su acercamiento a Un tranvía llamado deseo, no es impasible y mucho menos, inocuo. Se denota, desde un primer instante que tuvo propósitos bien claros y sabía desde qué cardinales operaría con la obra norteamericana.

Al someterla a un largo proceso de versión, siete versiones en específico, evidencia cuán profundo estuvo dispuesto a llegar dentro de la pieza, a manosear sus entrañas. De ahí que el resultado llega a ser una reescritura visceral, tan particular, tan deliciosamente cercana que nos toca la piel, que por su singularidad, sin dejar de oler a Williams, podemos asumirla casi como un original.

Este tren se llama Deseo, justo cuando se abre, parece una fábula contada por primera vez, con un marcado sentido del aquí y el ahora donde surge. Si bien, Tennessee deposita un especial interés en el debate tópicos relacionados con las sistemáticas fricciones que se generan entre sectores sociales como la pequeña burguesía y las clases más desposeídas en EE. UU, a principio de los novecientos, (representados por un lado por Blanche Dubois, con ínfulas burguesas y desdeñosas, y por el otro, por Stanley Kowalski, un obrero que depende de su esfuerzo diario para sobrevivir). A Irán Capote, por su parte, nacido en pleno Periodo Especial, en esta isla tropical, le interesa que Este tren…, se mueva por otras vías.

Su versión y puesta de la obra de Williams, describe pasiones a flor de piel, desafueros, inconformidades, rebeliones del alma y de la mente que pueden retorcer incluso hasta el acero, lo más sano.

Conociéndose a sí mismo y el contexto donde se ha desarrollado su trayectoria vital, nos presenta un espectáculo que deviene en retrato de sus obsesiones cotidianas, que aspira a ser una radiografía de lo cotidiano en esta parte del mundo. Por eso, sube casi hasta el tope el volumen de carga febril a todos los personajes que coloca en escena.

En Este tren se llama Deseo no les hace limitarse a deberes morales ni a ningún tipo de norma que vaya más allá de su supervivencia, de sus ganas de vivir; algo que les fuera casi imposible en el siglo pasado, cuando vieron la luz de la mano de Tennessee. Dado lo poco que materialmente tienen, lo mucho que deben preocuparse por sobrevivir y que todo ello los conduce a un estado de auto enajenación, de lo primitivo en el plano espiritual, los personajes son más descarnados, menos racionales, viven el minuto más que el día a día, sienten más ansias de agotar hasta la saciedad, sus deseos más lúbricos, aunque esto represente una simonía.

De manera que en Este tren se llama Deseo no sólo será Estela –que fue concebida de este modo desde 1947– quien se siente presa de un deseo casi animalesco por su esposo Kowalski (que conocemos como Marlon, en 2023). Todos los demás personajes estarán a merced de tensiones, de su lascivia y cargarán con el peso de sus acciones.

Blance llega a la casa de su hermana Estela, afectada psiquiátricamente. Se ha resuelto en una existencia llena de desórdenes, accidentes, lujurias, pérdidas y la vida, le ha cobrado factura. Mas, el verdadero motivo que la conduce a su total desquicie no será lo que vivió antes de llegar a la casa de su hermana ni medio confundir la realidad con el mundo ficcional donde anhela existir y que está lleno de lujos que ya perdió (en lo que se hace énfasis en Un tranvía llamado deseo).  Su error fatal, En este tren…, es codiciar y tratar de seducir a primera hora a Marlon, esposo de Estela.

Su baja acción casi postrera, la conducirá a la perdición, puesto que cuando Marlon la haya maltratado lo suficiente como para que sienta rechazo por él, este dará rienda suelta a su condición más rudimentaria y la tomará a la fuerza. Luego de eso, Blanche, pagando sus deudas con el karma, entrará sin remedio en un periodo de descarrilamiento mental sin freno.

Por su parte Marlon (Kowalski, para Williams) también será víctima de sus instintos. Si bien ama a Estela con locura y no soporta que su matrimonio se vea en crisis por la presencia de Blanche. Si bien arde en rabia porque Dubois dilapidó la herencia de la cual su esposa era también dueña, nada de esto impide que sienta un deseo cerril hacia la recién llegada a su casa.   

Esa lujuria lo llevará al asedio y violación de Blanche. Pero también a poner en total peligro la permanencia de su unión con Estela y a que casi ella pierda el bebé que espera, su hijo.

Ni qué decir de Estela, quien “goza, aunque Marlon la muela a palosâ€. Ella respira y se siente feliz, ha dejado la casa paterna y las riquezas, porque existe a la vera de su macho. Será inmolada voluntaria de la violencia doméstica, de la sumisión, porque según reconoce, el deseo la vence, porque irremediablemente “es más mujer que madre, más mujer que federadaâ€. Lo cual la llevará en un gesto concluyente por mantener a salvo su relación con Marlon, a entregar al manicomio a Blanche.

Toda esta amalgama de pasiones que arrastran a los personajes compone el cuadro viviente de bajas pasiones, de violencia, vejaciones, límites que se cruzan en Este tren se llama Deseo.

También otros planteos medulares relacionados con el bregar de los personajes y su relación con su contexto, sustentan el espectáculo. Se ponen sobre el tapete tópicos tan sugestivos como las alternativas más o menos cuestionables a las que recurren muchos individuos en pos de subsistir en un medio social y económico adverso (Blanche, ya sin medios, hace de todo para garantizar a su padre las condiciones, “la cama fowler, el balón de oxígenoâ€, para que pueda ser menos horrible la enfermedad que padece). Se discuten en la puesta, temas como la violencia hogareña o contra la mujer, a la marginalidad que acrecienta en grandes sectores sociales segregados; la creciente resistencia de estos ante las presiones y persecuciones de todo tipo (el monólogo de Eunice sobre su negación a colaborar para investigar a Blanche, es brillante).  

Lo cual nos confirma que Este tren… no es una propuesta monotemática, que se asfixia en sí misma abordando la manera en que los personajes dan rienda suelta a sus desenfrenos, sino que se abre, se expande, debate zonas neurálgicas entre nosotros. Esa cualidad del espectáculo, se agradece.

A Irán Capote le interesa contar la historia y que quede clara al público. Por eso, en sus puestas en escena, cada vez son menos las estratagemas, los artificios, la borla, el barroquismo, los accesorios y la gran escenografía. Sólo aparece lo indispensable: una historia y un actor que debe apelar a su mundo interior para contarla.

Tales presupuestos han dejado desnudo el espacio de esta representación. Una plataforma cubierta de fieltro rojo y una pequeña mesita, donde se colocará el cake del cumpleaños de Blanche, bastarán para sugerir la dimensión, las estaciones donde se despliega la fábula escénica. Capote ha sido minimalista y ha dado en el clavo con ello.

Porque los actores de Teatro Rumbo han sabido crecerse ante la escena vacía y los personajes que les han tocado asumir. De manera general, son ellos transformados en sus roles, quienes llenan el espacio. Sus entradas y salidas desde el público, nada impiden, nada entorpecen. Han desarrollado la capacidad de mantenerse neutrales cuando están entre los espectadores, y uno llega a olvidarse de ellos. Pero cuando les toca entrar en el ruedo de la ficción, entonces, al dar el primer paso, la primera mirada, el estado que reclama la escena está ahí, definido, preciso, con la capacidad para electrificar al espectador.

Gracias a estos, los abundamientos y largos parlamentos de los personajes no pierden su intensidad ni tampoco efecto. En ello, Yunielsy Martínez como Eunice, es una de las más notables. La actriz que hizo su debut en 2013, en La cebra, en puesta en escena de Jorge Luis Lugo, ha crecido mucho desde entonces, tanto que podría pensarse que si no es la fundamental, es una de las actrices clave de Teatro Rumbo.

Su Eunice, es fuerte, segura, defiende con una energía devorante cada uno de los momentos en que interviene en la trama escénica. Puede llegar a ser fácilmente la dama barriotera, que se amplifica y saca de golpe aquellos efectos que hacen retroceder a cualquier macho del ámbito marginal, como la mujer dulce, que se deja llevar por los encantos de una Blanche envuelta en sus delirios.

Su momento más brillante, sin dudas, es el monólogo en que declara cómo dos agentes la convocan a colaborar para investigar el caso de Blanche. Aquí hace gala de sus recursos, se mueve con soltura, sus transiciones a expreso, sus exabruptos, marcan como un disparo cada bocadillo que enuncia. La mole de texto a la que se enfrenta, la ofrece con una verdad abrazadora, de tal manera, que uno llega disfrutar ampliamente el momento, que llega a sentirse cómplice de su personaje.

Por su parte, Yadira Hernández también ha demostrado crecimiento en este espectáculo. Nos vislumbra al no entregar una Estela demasiado sumisa ni demasiado rebelde. Encuentra el punto de equilibrio, sabe cuándo asestar, en el momento que lo requiere, el golpe en la mejilla de Marlon, y cuándo, en el mismo acto, dejarse seducir poco por su esposo, hasta llegar al éxtasis. Todo esto lo consigue con una ductilidad cuidada.

Marlon, el esposo de Estela, no es un personaje fácil de encarnar. Aunque Irán Capote realiza giros leves en su proyección y lo hace comportarse, relacionarse, reaccionar a la manera que lo haría cualquier sujeto barriotero, deja marcas, conflictos, gestus en la biografía este personaje, en los que sin dudas dormita la psicología bien dibujada del teatro psicológico norteamericano.

Primero Marlon López y ahora, Carlos Sánchez, parecen haber aprendido cuidadosamente esas señales. Tanto es así que delinean con hondura agradecible, según sus enfoques particulares –el primero más agresivo, calculador; y el segundo, más meditabundo y con una ira contenida–. Transitan por estados de calma, furia repentina y temible, por la ternura seductora, por la codicia más despiadada, con una organicidad que sólo puede alcanzarse con un trabajo interior municiono. Curiosamente, ambos actores lo han conseguido.

Como Blanche, Sandra, se lleva los aplausos. La actriz, de una larga y probada trayectoria, otorga los tintes necesarios, encaja perfectamente en su princesa imaginaria. Lo demuestra desde que entra a escena y engañada por su propia mente –algo que consigue demostrar muy bien– se exhibe con tintes de alta dama descolocada que logra no resistirse a callar un texto cuestionador en el momento y el lugar menos indicado. Cuando en sus encuentros sucesivos con Marlon, por más que quiere, su nerviosismo y desenfreno, no le permiten ocultar su embeleso por el esposo de su hermana. Sobre todo, consigue conquistarnos al dar riendas sueltas sin estereotipos, al logradísimo proceso en que muestra el desquise gradual de su Blanche.

Demás está decir que la escena final en que parece vestida de novia es uno de sus mejores momentos, puesto que consigue transmitir la imagen precisa de la persona que ya ha abandonado este mundo, el de lo racional, para perderse dentro de sí, en sus propios tormentos y fantasías.

Este tren se llama Deseo es una cuidada reescritura escénica de un clásico como lo es Un tranvía llamado deseo. Irán Capote, como dramaturgo, ha sabido releer exitosamente –algo que no siguen muchos autores– la pieza de Williams. Pero como director, ha demostrado madurez en el oficio, puesto que no se ha dejado seducir por el mito o sus propias palabras, no se ha calcado en escena, sino que ha dinamitado su propia escritura. Traza una impronta en que los brotes de creatividad abundan, devolviéndonos casi como por primera vez, como escrito para nosotros, un relato que se estrenara hace un siglo atrás.

Así Este tren…, desde el tino con que es concebido, se muestra ante el público como un espectáculo necesario, digamos que imprescindible, dado que tiene la capacidad de cuestionar bases de nuestros propios compartimientos cotidianos y de nuestra realidad. Esa admirable capacidad es la que buscamos de la escena, que en estos tiempos no siempre ofrece frutos laudables.

[1] Paráfrasis de un fragmento de entrevista que me fue ofrecida por Capote en 2022 y que se puede encontrar en mi tesis de maestría en Procesos Formativos de la Enseñanza de las Artes, cuyo título es “Sobre un largo viaje de la noche hacia el día: Teatro Rumbo o la impronta del crecimientoâ€.

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