Los muchachos de Esther y Luis

Cuando ella le explic√≥ que no lo hab√≠a invitado a la fiesta de su hermana, porque ser√≠a una ceremonia humilde, muy distinta a las de su clase social, Luisito le respondi√≥: ‚ÄúEst√° bien, Mar√≠a Luisa‚ÄĚ, y se fue molesto.

Pero para sorpresa de toda la familia, √©l lleg√≥ ‚Äėde cuello y corbata‚Äô a la hora de iniciar la celebraci√≥n, y fue quien sac√≥ a Oneida del cuarto luciendo por primera vez maquillaje y galas de mujer crecida, como dictaba entonces la costumbre en aquellas tierras vueltabajeras.

‚ÄúYo me pensaba que era la cenicienta en el baile del pr√≠ncipe, yo me sent√≠a as√≠‚ÄĚ, contar√≠a a√Īos despu√©s, Oneida √Āurea Acosta, amiga de los muchachos de Sa√≠z, el juez bueno del pueblo, y la maestra Esther Montes de Oca.

Al hablar sobre el otro hijo del matrimonio, no puede evitar sonre√≠r y contar la an√©cdota de cuando Sergio le ense√Ī√≥ a bailar rocanrol. ‚ÄúDespu√©s de haber aprendido algunos giros y algunas cosas, pretendi√≥ hacer ese de pasarme por debajo de las piernas de √©l y casi que me fractura la columna‚ÄĚ.

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Los muchachos de Esther y Luis.
Cuando fueron asesinados Luis (a la izquierda) ten√≠a tan solo 18 a√Īos, y Sergio (a la derecha) apenas 17, pr√°cticamente unos ni√Īos. (Foto. / Autor no identificado.

Quienes los conocieron confirman que el primero era muy serio y reflexivo, no así su consanguíneo, irremediablemente impetuoso e inquieto. Pero alguna que otra vez, intercambiaban papeles porque la ecuanimidad no le menguaba la valentía al primogénito ni la efusividad restaba madurez política al de menor edad.

A principio del curso escolar 1954-1955 correspond√≠a elegir la presidencia de la Asociaci√≥n de Alumnos del Instituto de Segunda Ense√Īanza en Vueltabajo. El grupo a favor de Antonio Roig, al encontrar varios carteles en diferentes partes del centro que dec√≠an: ‚ÄúVote por Luis Sa√≠z para presidente‚ÄĚ, decidi√≥ hacerle la guerra a sus contrarios.

La oposici√≥n violenta sucedi√≥ en el acto de revelaci√≥n de las candidaturas, cuando Sergio present√≥ la de su pariente. El altercado termin√≥ casi en una ri√Īa tumultuaria. Hasta un tiro lanzaron los partidarios de Roig. Al d√≠a siguiente, el hermano mayor y Segundo Rodr√≠guez se entraron a golpes frente al propio plantel. La disputa acab√≥ una jornada despu√©s, cuando se volvieron a encontrar en una c√©ntrica calle pinare√Īa.

‚ÄúYo pens√© que la pelea se iba a reanudar ‚Äďevocar√≠a a√Īos despu√©s Rodr√≠guez‚Äď y me acerqu√© preparado para lo que fuera. En eso, sin esperar mucho me dijo: ‚ÄėLa bronca de ayer fue un mal entendido, nosotros luchamos por tumbar a Batista y somos revolucionarios. Hemos averiguado y sabemos que ustedes est√°n en lo mismo. Por eso lo que tenemos que hacer es unirnos y luchar por la misma causa‚Äô.

‚ÄúAquellas palabras dichas en un tono en√©rgico y convincente me causaron una magn√≠fica impresi√≥n. Yo le contest√© que ten√≠amos conocimiento de que nos iban a acusar, pero √©l me respondi√≥: ‚ÄėEsos son cosas de los padres, pero ya yo habl√© con el viejo y le dije que este era un asunto de nosotros, as√≠ que no hay problemas‚Äô‚ÄĚ.

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Los muchachos de Esther y Luis.
El cuarto de los hermanos Saíz permanece hasta hoy como lo dejaran ellos la noche en que los atacaron. Foto. / Osbel Benítez Polo.

Eran unos bonachones los dos reto√Īos de la casa n√ļmero 41 ubicada en la calle Jos√© Mart√≠ del poblado de San Juan y Mart√≠nez. Tambi√©n ten√≠an un abolengo de bondad admirable.

El conocimiento deb√≠a llegar a todo el pueblo, pensaba el segundo descendiente de los Sa√≠z, especialmente a obreros y campesinos, por lo que en uni√≥n de otros compa√Īeros cre√≥ una escuela popular donde se impart√≠an nociones sobre Derecho Constitucional, Econom√≠a Pol√≠tica, Moral y C√≠vica.

Entre las anécdotas de solidaridad y humanismo de Luis Rodolfo y Sergio Enrique, no puede faltar aquella contada por su propia madre, acerca del destino que a veces sus hijos les daban a los obsequios.

‚ÄúAl ingresar Luisito en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, y llegar el invierno, le di dinero para que se comprara un traje negro. El tiempo pas√≥ y no lo llev√≥ a casa. Yo le pregunt√© varias veces, hasta que me dijo: ‚ÄėMami, no me hagas mentirte m√°s, el dinero se lo di a Pablo Silva, mi¬† compa√Īero, que no ten√≠a con qu√© pagar la mensualidad‚Äô‚ÄĚ.

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Esos eran los muchachos de Esther y Luis, que en vida los llenaron de orgullo, y después de muertos, también. Porque tras el crimen, los mensajes de condolencias enviados a la familia sanjuanera por amigos, incluso por desconocidos, les revelaban con mayor nitidez la grandeza de sus hijos.

Aquellas l√≠neas escritas desde Marianao por Juan Oscar Alvarado, compa√Īero de su primog√©nito en el primer a√Īo de Derecho, seguramente les rociaron cari√Īo al recuerdo sempiterno de las ausencias.

Los muchachos de Esther y Luis.
El 13 de agosto de 1982, el matrimonio Saíz Montes de Oca donó su vivienda al Estado cubano para organizar en ella un museo dedicado a sus hijos. Se ubica en la calle principal de San Juan y Martínez. Foto. / Abel Padrón Padilla.

‚ÄúPude apreciar su valor juvenil, su calidad de amigo y su decidido entusiasmo por las causas justas y dignas. Llegado el momento de separar a tantos j√≥venes mediocres que en Cuba padecemos de los verdaderamente buenos, √©l se hallaba imprescindiblemente entre estos √ļltimos‚ÄĚ, dec√≠a el mensaje del joven poeta, asesinado por la dictadura batistiana meses despu√©s.

Igual de emotiva es la misiva llegada del extranjero a nombre de Juan Manuel Rivero, el compinche del inquieto Sergio en los m√≠tines rel√°mpagos en San Juan y Mart√≠nez, a quien el primero cargaba sobre sus hombros para que arengara al p√ļblico y luego ayudaba a virarse el abrigo reversible, de modo que la polic√≠a nunca encontrara al ‚Äúdel jacket verde‚ÄĚ [as√≠ lo ten√≠an fichado].

“Dolor, dolor mortal nos embota el espíritu al pensar en  aquellos los hermanos vivaces, amadores del bien, luchadores de la libertad, que por culpa de salvaje bestia [Margarito Díaz] han desaparecido de este mundo material… que no del otro, del eterno.

‚ÄúHoy hace un a√Īo que murieron para el mundo y nacieron para la gloria. Han muerto aunque presumimos que viven m√°s desde que murieron‚Ķ El culpable ha hallado en su impiedad el castigo, cuando se ha matado.

‚ÄúHoy como nunca veo al bueno de Sergio con la candidez de su esp√≠ritu mirarme con sus ojos llenos de esperanzas e ilusiones y dici√©ndome: ‚ÄėC√°lmate Oriente, c√°lmate‚Äô‚ÄĚ.

Otra carta les arrop√≥ el alma a los progenitores, fue la de Ra√ļl Roa, fechada cuatro d√≠as despu√©s de aquel sangriento 13 de agosto de 1957, noche en la que los dos j√≥venes fueron baleados en plena calle, cerca del cine Martha, por un soldado batistiano, con la complicidad de otro uniformado.

‚ÄúNo puedo ni podr√≠a aconsejarte resignaci√≥n. No puedo ni podr√≠a proporcionarte consuelo alguno. La resignaci√≥n y el consuelo son vana ret√≥rica en trances como √©ste. Baste decirte que, como padre, lo siento, siento como propia tu desolaci√≥n; y como padre, s√≥lo cabe desear que est√© cercano el d√≠a en que la sangre inocente de tus hijos ‚Äēsemilla generosa‚Äē deje de clamar justicia e irradie luz serena en el recuerdo.

¬†‚ÄúLas circunstancias los han convertido en s√≠mbolo y como m√°rtires pasar√°n a la historia. No en balde la conciencia toda del pa√≠s se ha sublevado contra tan abominable crimen, rompiendo el silencio de espanto en que vivimos sumidos‚ÄĚ.

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Los muchachos de Esther y Luis.
Esther y Luis tuvieron por hijos a cada joven que llegaba hasta ellos deseoso de conocer la historia de su prole. Aqu√≠ la vemos con 105 a√Īos, junto a miembros de la UJC y la AHS. / Foto: Autor no identificado.

Probablemente por ese cari√Īo manifiesto, el matrimonio¬† pas√≥ mucho tiempo sumido en un ensue√Īo creyendo que sus ni√Īos estaban en una misi√≥n muy importante y que en cualquier momento regresar√≠an al hogar.

Dicen que durante a√Īos el cuarto de los adolescentes permaneci√≥ intacto. La casa y los padres de los m√°rtires, estuvieron siempre abiertos a la gente deseosa de conocer sobre sus peque√Īos.

Aunque no felices, Esther y Luis s√≠ vivieron orgullosos de sus muchachos. Nunca dejaron de llamarlos as√≠. ‚Äú¬°Qu√© belleza! Se las dedico a mis hijos. Ponlas en las camas de los muchachos‚ÄĚ, era el agradecimiento habitual de esa madre a quienes le obsequiaban flores.

Fuentes consultadas

El libro¬†Brisa Nueva, de Luis Beiro √Ālvarez, Sergio Su√°rez L√≥pez, Luis A. Figueroa Pag√© y Reinaldo L√≥pez Medina. El documental¬†Por qu√© luchamos,¬†de la Asociaci√≥n Hermanos Sa√≠z. Los textos period√≠sticos¬†Estoy llena de juventud, de Jos√© Luis Estrada Betancourt (Juventud Rebelde, edici√≥n digital del 11 de mayo de 2013) y¬†Esther Montes de Oca, educadora de generaciones, de Yanet Medina Navarro (Blog Isla al Sur, edici√≥n del 9 de agosto de 2009).

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