El destino de todos

Haz que se parezca a ti la tempestad.

Buena Fe

No importa es una obra teatral humanista. Repleta de cubanía y cubanidad. Nos remite a los ancestros que sedimentaron la cultura cubana: Félix Valera, José de la Luz y Caballero, José Martí, y tantos otros. En ella están, también, los que la erigieron después, sudor a sudor, lágrima a lágrima.

La compañía teatral Mejunje, de Villa Clara, la presentó este fin de semana en Ciego de Ávila.

Es alegre y profunda. Es tímida y, a la vez, temeraria. No dice palabras soeces, pero termina declarando alguna porque le es totalmente necesario. Si no, no fuera hija de esta tierra, en este instante.

Rompe con esa muletilla contestataria que ya estaba apuntalando, casi a la fuerza, la creación teatral cubana de los últimos veinte años. Pero, al mismo tiempo, no vacila en dejar su contesta a las cosas que siguen desvariadas por esta isla y hasta se va más allá al volverse libertina, lúdica, febril y delirante. Como todo lo cubano que se respete.

tomadas del perfil de FB de la ahs avileña

Está tan actualizada, que pareciera uno estar en la calle y no en el patio de la casa del Joven Creador, sede de la AHS avileña, donde fue presentada.

Ese es uno de los tantos méritos de la puesta en escena de manos de Adrián Hernández. El contenido se va por encima de la misma forma. Y más que un desmérito, me parece genial. Además de que viene con el sello del Maestro de juventudes Ramón Silverio Gómez, bien picante y con tinta fresca.

El principal atractivo de la puesta, a mi juicio, es su sinceridad. Luego, se le quiere por honesta. Y terminamos abrazando sus testimonios tan lúcidos y su objetividad social. Cumple, al dedillo, con esa función social propia del teatro: ser reflejo de la realidad. De ahí la cubanía; de ahí la cubanidad. Es revolucionaria siendo disidente. Es disidente siendo revolucionaria.

Nunca deja de decir las cosas, como por ejemplo, respetar al prójimo aunque piense diferente, que harán evolucionar al decisor más inteligente. Y lo dice de manera filosa, como si las palabras fueran imágenes de vidrio que laceran el alma y la carne. Por lo que nos hiere a todos.

tomadas del perfil de FB de la ahs avileña

¿Quién no ha irrespetado a alguien que piensa o vive diferente a nosotros mismos?

De ahí las “burlas” al único de los cuatro amigos que decidió no irse y hacer realidad sus sueños de escritor. Y es feliz, además, ante la sorpresa e incredulidad de los que sí se fueron. Logró las pequeñas y comunes cosas.

Y con esa ferocidad, la obra hace revolucionar el pensamiento y nos deja en claro que el principal beneficiario de toda obra humana debe ser siempre el mismo Ser Humano. Nada ni nadie más. Y no le podemos legar las cenizas de nuestros sueños, el espacio vacío o la incompetencia familiar.

Pero también nos dice que debemos parcializarnos y defender lo que amamos. Porque ser parcial es como la única forma de identificarnos con lo que nos resulta afín, lo que se asemeja a lo que soñamos. A lo que queremos soñar, además.

Es curioso, la casi totalidad del público no rebasaba los 30 años. Lo asimilaron todo con voracidad. Golosos. Incluso, hasta dijeron, “es verdad”, “así mismo”, y se rieron cómplices tras el bocadillo escurridizo como si tuvieron tiempo de haber vivido lo que uno, después de los 40, ya ha vivido.

Se dan cuenta de todo. De lo bueno y de lo malo. De la alegría y el dolor. Sufren y gozan. Son parte de la vida. Están vivos y por ellos, también, trabajamos, porque siguen siendo la esperanza del mundo.

El discurso primigenio de No importa… pareciera ser la Amistad a toda costa. Y de costa a costa. Con emigración y todo. Sin olvidos. En deudas siempre con la otredad. Porque el ser humano vive para recordar. O recuerda para vivir, en fin, que la emigración también puede truncar lo bello. O hacerlo más bello y hasta sempiterno.

tomadas del perfil de FB de la ahs avileña

Lo cierto es que la obra recorre tantos caminos que a uno le parece que no se quedará algo por decir. Que verá todas las carnes arder en el fuego. Y todas las heridas sangrar hasta la misma muerte.

Y a eso fuimos, nosotros, los de este lado del escenario. A atestiguar las heridas de cuatro jóvenes, tres emigrantes, ante nuestros ojos como en un gran filme.

No los curamos. Ellos tampoco a nosotros. Allí no estaban los verdugos. Solo éramos un grupo grande, heterogéneo, intergeneracional, mirándolo todo como si en cada ejercicio escénico estuviese la solución a los problemas.

Cada uno habrá exorcizado sus fantasmas.

La literatura que sustenta el drama es el libro ¿Quién le pone el cascabel al látigo?, beca de la AHS “El reino de este mundo”, del joven Rodolfo Romero Reyes. Un autor productivo, enrolado en más de un proyecto creativo.

La puesta en escena tiene lo mínimamente necesario para no entorpecer el libre fluir del contenido. Cuatro maletas de madera pintadas de cuatro colores distintos. En su interior guardan algunos elementos que cobrarán vida en la medida que el drama se desarrolla. Elementos que luego asumirán una función decorativa, pero nunca pasiva.

Ahí estarán, colgados ante la vista de todos. Como guardianes. Como trofeos.

Como mismo, en nuestras muñecas, la tirilla de papel que nos pusieron antes de entrar y con una frase grabada. La mía decía: Aquí nada cambia. Lo que no deja de ser polémica porque, en verdad, aquí todo ha cambiado en los últimos diez años. Y nadie puede decir que la inamovilidad ha sido inamovible.

Será que esta frase ha sido puesta para crear discursos entre el papel y el espectador. Para ser asimilada o rebatida. Para crear una falsa expectativa entre todos porque se vuelve inútil con respecto a la obra en sí. Pero no, con respecto a nosotros mismos.

Algo se mueve dentro de cada uno de nosotros cuando vamos a la escena teatral.

Los actores hacen gala de una variada expresión corporal y matizan cada bocadillo como si fuera lo último que dirán a su paso por esta vida. Aunque a veces parecieran ahogarse, víctimas de la pasión, o de una mala ejecución.

Ninguno intenta sobresalir del resto de las actuaciones. Pero el que nace para brillar… Están en una misma línea o estilo interpretativo. Son creíbles porque hablan como cada uno de nosotros. Y sudan, improvisan, se dan cuenta de cada pifia en escena y le buscan pronta solución a lo que está a su alcance.

Bailan y hacen coreografía más como diversión que por aparentar ser bailarines. Beben el Habana Club 7 años con todo el sentido de la responsabilidad en escena, y terminan por no comerse un mantecado que luce apetitoso.

Un simple dulce que asume sobre su esencia, el peso de un concepto que es más grande que el más grande de todos nosotros.

Así vemos lucirse a la carismática Leisy Domínguez haciendo gala de un histrionismo contagioso, con una fuerza expresiva demoledora y un nivel de actuación tan alto que, por momentos, ha de robarse la atención de todos y hasta consigue arrancar expresiones públicas que van más allá de toda conmiseración.

Uno llega a creerse lo de la enfermedad.

Uno llega a creerse cada una de aquellas historias.

Uno llega a olvidarse de que está ante una obra de teatro y sufre la condición humana.

Uno llega a creerse lo que pareciera decirnos desde el mismo afiche que acompaña a la obra: Cuba es una isla que no importa, y poblada por seres a los que ya no les importa cosa alguna, ni la familia, el amor o la amistad, el respeto, el valor de la amistad, el amor, el decoro… en fin.

La desilusión y el cansancio habrían ganado la batalla. Pero de sobra sabemos que no es así. El Ser Humano está hecho de sueños. Y no pierde las esperanzas de un mejor mañana aunque solo sea para soñarlo.

Porque sí importa el Ser Humano y sus historias de vida. Sí importa el destino de una amistad. El destino de todos nosotros.

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