Jauría: una escritura de la resistencia

Una viaja junto a la literatura de Maielis González con las llagas abiertas. Hay dolor en el acto de leer. La herida escoce. La herida textual arde y esa sensación se agradece porque es la fricción perceptible —y necesaria— entre espectador y mundo nuevo, la fricción que late cuando la puerta de las infinitas posibilidades de la literatura se abre de una vez (para no volver a cerrarse nunca, ni siquiera cuando el libro termina). Desde ese umbral Maielis González escribe en un acto de resistencia. Su literatura habla de la identidad y del cuerpo en contextos donde la realidad —tal y como la conocemos— se bifurca, se trastoca o desaparece. Junto al acto de resistencia persiste el acto de contemplar.

Contemplar es también un ejercicio de resistir y todo esto se evidencia en la antología de relatos Jauría, publicada por la editorial MIG21.

Como lectora siempre he agradecido la literatura que me raspa y me fricciona, la que me obliga a mirar el objeto/sujeto textual con una lupa de aumento, con nuevos espejuelos para entender desde dentro hacia afuera las estructuras tanto simbólicas como aparentes de los relatos. Las historias que conforman Jauría son, de hecho, la precisión de un dedo metafórico que escoce sobre el texto y de una llaga que late —forma particular en que el dolor se hace corazón— dentro de la escritura. Si algo en común tienen los protagonistas de los relatos de Jauría es su condición de mestizos, del poder que confiere la sangre no pura sino hibridada con otras sangres. Casi todos son también nómadas, bien de un espacio geográfico, de una realidad, de un miedo: el sentido del movimiento y de la huida son en los personajes de Maielis González, más que instinto y vocación, una manera de existir y estar en el mundo. La hibridez y el nomadismo son condiciones perdurables en toda su obra, condiciones que hablan además no solo de su escritura sino de lo identitario que subyace —casi siempre visible— en los textos y que hacen tan poderosas, en tanto vivas, a las historias.

El nomadismo como transición por espacios geográficos, virtuales o espirituales es también la capa que oculta una necesidad básica de muchos de los personajes de Maielis González: la búsqueda de un hogar definitivo, la necesidad de no marcar un espacio como perfecto, el miedo y la supervivencia como motores impulsores de las especies (y condición imperecedera de lo humano), la inteligencia como acto de resistencia ante la apatía del mundo y ante los horrores del totalitarismo. Resistir es la palabra que podría definir a todos los personajes que han encontrado nido en el espacio textual que es el libro Jauría. Y esta es una palabra también identitaria, que define a la autora en su condición de mujer racializada, emigrante, sobreviviente, crítica de la realidad que tiene frente a los ojos.

Resistir, combatir, sobrevivir desde las palabras.

Los días de la histeria, quizás el relato más conocido de la producción literaria de Maielis González, habla de la condición del miedo que define y que transforma a los seres humanos en máquinas paranoicas al servicio de la muerte, en aves agoreras de venganza que repiten una misma canción de aniquilación social y colectiva. La historia nos habla de un espacio constreñido de violencia —una ciudad que podría entenderse como un experimento social controlado o como uno de las tantos macabros realities que existen en nuestra cada vez más globalizada aldea—, donde no existen inocentes y solo se habla en la lengua babélica de la destrucción. Lo humano —si es que dicha condición perdurase a pesar de todo— es solo un eco que sobrevive en los instintos (de aniquilar al peligro y de sobrevivir a este). Los días de la histeria podría ser un testimonio de las crisis colectivas que convierten al ser humano en criatura acéfala y es una excelente muestra de escritura que conduce a un viaje a través de la claustrofobia y la agorafobia en partes iguales.

Seudo vuelve a retomar el leitmotiv de la claustrofobia y del espacio vital reducido, desde cierta poesía visual que la autora recrea a través de muy puntuales juegos de lenguaje. Campos de exterminio, aniquilación, distopía del enclaustramiento son las condicionantes sobre las cuales se escribe este texto: un llamado a la libertad individual de los sentidos y de las mentes, y que debate en torno a la condición parasitaria de la sociedad y la política. Ese influjo parasitario que violenta los cuerpos y las identidades marginados históricamente y señalados como prescindibles. Gran parte de la poética de Maielis González se posiciona, es preciso decirlo, junto a esos cuerpos desechados por la Historia (y las historias), lo cuerpos políticamente incorrectos y sus necesidades de contar, de gritar, de experimentar el placer de la libertad o el simple placer erótico del contacto de la carne.

Ángeles caídos vuelve a hablarnos de los cuerpos marginados por un aparato represivo, en este caso un sistema virtual arcangélico que recuerda ya no el Edén devorado —gracias a Dios— por nuestras ancestras, sino que hace referencia clara a las violencias cotidianas que constriñen los cuerpos sexualizados, erotizados, como también la genitalia femenina, la representación más firme de la humanidad que excreta sangre, sueños, mierda, sudor, semen, goce. Quizás de todos los relatos sea este el que menor margen ofrezca a la posibilidad de la resistencia, pues el sistema que amasa a los cuerpos como el horno a sus panes es en realidad un laberinto sin salida. No obstante, el uso de un narrador inmerso en el juego ficcional —ese narrador que hiede y hiere— es una excelente elección para el punto de vista de la ficción.

cortesía de la autora

Jauría, que da título a esta antología personal, es sin duda uno de mis relatos favoritos. Sustenta sus hilos dramáticos en una herder —criatura híbrida de pastor alemán con brazos e inteligencia humanos, una hembra— que lucha por sobrevivir en un contexto de apocalipsis y virus. El detonante es la destrucción total del “dios” de las herders —ese dios creador que somos nosotros mismos como especie—, y de la libertad definitiva que nace en ellas al verse solas, despojadas de la protección y de la garra autoritaria de las violencias de ese dios destronado. Otras violencias vendrán a instaurarse en su lugar: la de sobrevivir, la de ser la hembra alfa de una manada, la de parir a los cachorros que tendrán sobre sus hombros el peso de reconstruir una civilización. No estoy segura de que este sea un relato sobre la maternidad, aunque maternar sea un componente fundamental de su eje temático: maternar cuerpos, maternar muertos, maternar hijos, maternar inteligencia y especie.

Alumbra vuelve a retomar temas ya presentes en la antología, como el derecho a decidir sobre los cuerpos y los mecanismos represivos —tanto religiosos como políticos— que exprimen metafóricamente las carnes de los personajes como sujetos de un experimento de larga data. Es aquí donde, por primera vez, la narrativa de Maielis González se permea de referencias de una realidad perceptible donde escasez, apagones y soledades se encuentran para conjurar un mapa: en este, futuro y presente resultan cada vez categorías más cercanas. Alumbra es un texto cuerpo, un texto útero y amnios que divide a la vida de la muerte, y que alude a la ritualidad de la violencia de quien decide por nosotras, como también alude al cuerpo en su ritual que condensa sometimiento, supervivencia y fortaleza.

Estos cuerpos vivos, paranoicos, rotos desde la mente, aparecen de nuevo como leitmotiv en Ni vivos ni muertos, relato que parodia una circunstancia con tintes de destrucción masiva, un “Armagedón” de la especie humana. El texto juega de manera eficaz con las líneas que denotan el trabajo entre el humor negro y la literatura de postapocalipsis de la más raigal línea. Es un relato, advierto, en el cual una primera lectura no arrojará todas las luces sobre los pespuntes de comedia de humor negro que presenta. Lecturas posteriores permitirán que quien contemple la historia pueda encontrar el filón dorado de la ironía, de esa ironía tragicómica que ha permeado nuestros años más recientes y nuestras experiencias como sobrevivientes de una realidad que, cada vez, se nos hace más parecida a los libros.

Ponzoñas es, a mi criterio, la joya de esta colección. Ubicada temporalmente en una fecha cercana a 1959, este relato juega con el realismo mágico en el ambiente de los campos cubanos preñados de leyendas, horrores y mujeres monstruosas. La violación sistemática de una muchacha en la “casa de las putas” es el punto de quiebre: los hombres que pagan para verla, pagan no solo por el cuerpo de la adolescente, sino también por su don. Este acto la convierte en instrumento de un destino pero también en hacedora del fatum ajeno. La chica deviene objeto de la codicia y del miedo de los hombres. Deviene monstruo de una feria de atrocidades. Deviene cuerpo del deseo lacerado y de esa laceración es que nacen las visiones de muerte. Maielis González lleva a su escritura a un máximo esplendor en este relato que cuestiona las decisiones individuales y que habla nuevamente del cuerpo de las rotas, de las que no pueden hablar, de las putas, de las desechadas, de las violentadas no solo por una estructura histórica sino también por cuerpos también hegemónicamente históricos.

Isla cierra la antología: este cuento casi piñeriano habla de la circularidad de los intentos de escapatoria y de las violencias políticas cotidianas, que hincan la realidad desde todos los planos posibles. Hay dolor en la despedida, en la laxitud con que con los cuerpos aceptan el peligro de la muerte, el peligro de navegar hacia la negrura de un mar contaminado en un brutal paralelismo con esta realidad que creemos conocer. Isla es su cuento más identitario y, por eso, el que más nos fricciona y obliga a contemplarnos en ese espejo de lo humano que tantas veces olvidamos en nuestros múltiples tránsitos de una orilla a otra orilla (no importa cuál sea aquella de la que partimos o aquella a la que vamos).

La literatura de Maielis González no es necesariamente un espejo cómodo donde contemplar el reflejo —siempre parcial— de qué somos y en qué nos hemos convertido. Su literatura es todo menos conformismo e inercia. Nos obliga a movernos, ya sea por el dolor de una herida abierta o porque una historia nos escoce por ser demasiado cercana. Aquí, en estas páginas, en las heridas que nos muestra, existe también una forma de salvación y de resistencia.

Escribir es también un ejercicio de resistencia.

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