De la indestructibilidad del telar (+ poemas)

Del telar la urdimbre, la tensión del hilo, la cosa figurando en el bastidor. ¿Cómo nombrar entonces la ciudad, la transfiguración de las cosas tan cotidianas y tan poco conocidas? el sonido inca, después, quedan enormes puntales”: la génesis, el alud de fonemas urdiendo la palabra tela. No habrá vacuidad posible para los versos-tejidos que les presento.

Habiendo leído Telar, de Daniel Duarte de la Vega, solo resta decir que de la sintaxis de este telar difiero entonces lo de simpleza, y veo su interior: de la tela el lenguaje, del telar lo indestructible, lo imperecedero infinitamente, lo que arma y desarma, pero es esencialmente lo indestructible esa capacidad omnisciente de las cosas.

En la obra de Daniel, no solo sus palabras tan bien colocadas, todo su sonido, sino esa fe terriblemente cierta en las cosas que no vemos, esa “acumulación fastuosa de posibles señales”. Dice Harold Bloom que “creer significa liberar el elemento indestructible que hay en uno mismo, o más exactamente, ser indestructible, o más exactamente, ser”. En efecto, en el libro de poemas Telar asistimos a conocer el yo más profundo en lugar de la psique fragmentada. La esencia. El telar que somos. La urdimbre necesaria.

Como si la palabra transgredir no tuviera obcecadas las entrañas, y en su giro semántico se descubra castigada por todo verso potente, así de peligrosa y bella será la ciudad que “espera ser transgredida”, la ciudad llena de símbolos tejida por Daniel Duarte en este libro. La paciencia (pienso en la paciencia como método de conocimiento kafkiano), también parece advertirse en estos poemas desde una distancia responsable: observar pacientemente el mecánico gesto del telar, y ser para siempre con el cosmos.

He aquí entonces la indestructibilidad del telar, lo pertinente de la simbología tela-ciudad-naturaleza-hombre-miseria-urdimbre-cosmos que se mezclan para formar la ontología de las cosas prístinas, o al menos las cosas más comúnmente olvidadas.

Las frases entrecomilladas son de Daniel Duarte de la Vega. Telar (Poesía). Premio Pinos Nuevos 2018. Editorial Letras Cubanas, 2018. La Habana, Cuba. (Disponible en librerías de la capital cubana). Daniel Duarte también fue merecedor de Calendario 2018 con Las Transiciones (Casa Editora Abril).

 

Poemas de Daniel Duarte de la Vega

la ciudad -transgredida- coquetea con uno cruzándose de brazos; «todo es un ejercicio, dice, un grosero ejercicio de irrumpir en la piedra».

obsesionado entonces, bajo el cálido asfalto de su lengua materna arde el ojo y escucha, reflexiona -inclinado- sobre la actividad frenética que el pesamiento suele dejarle a uno en el estómago, ve que en la telaraña psicológica de una imagen cualquiera prevalece su enigma; y en la piedra, tatuadacon esa tinta china: «la nada universal» -su pared psicológica-: otra ciudad que espera para ser transgredida.

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del lenguaje su aspereza, sus rendijas clausuradas, la imagen lábil y cruenta revolviéndose en la nada; también la doble explanada por sobre los arrabales, la letra exhibe canales, brotes de ámbar: ¡palidez!, el sonido inca, después, quedan enormes puntales.

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dentro del grito está el hilo temporal que lo atraviesa (el susrro, contenido) y el júbilo en la certeza. mientras, invaden fluidos de plantas ornamentales, la embriaguez brota a raudales, sobre la espera !la letra!, tan obstinadas penetran o bien tan accidentales.

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del hilo blanco a la máquina (terca como la locura) se ha transformado en usura el calor, la mano errática. ¿qué nos confunde y nos cura? las espirales se invierten tal como el hilo o la suerte de signos que se bifurcan, y hacia la máquina apuntan igual la vida y la muerte.

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sabiendo como cuestan las grandes decepciones hemos sido también parte de ellas.

cierta luz anodina se multiplica así y esplende y en la grieta infalible de esas oscilaciones (tan emocionales) resplandecen fragmentos, una estría que irradia cierta hospitalidad. allí anidan señales demasiado precisas, canta el pez azaroso su canción infinita y el ridículo muerde su pedazo de pan, allí la ira escupe sobre esa cuerda floja (sin apenas saberlo), sobre esa superficie que tampoco es real.

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