Bertolucci


Con ojos de cinéfilo (XV)

Volver a Kubrick

Volver a los clásicos viene acompañado de una sensación de seguridad. De no haber perdido el tiempo cuando tanta audiovisualidad absorbente desborda el mercado y se produce más de lo que somos capaces de ver y pocas veces pensar. Volver a ese cine es como regresar a la base, al sustrato del arte cinematográfico, a aquello que, de alguna manera, está garantizado con el ojo de los maestros, y sobre lo que se ha edificado buena parte de lo demás (el cine contemporáneo, que en varios casos adquirirá también el matiz de clásico). Es como ir a una apuesta segura, podríamos decir. Stanley Kubrick, por ejemplo, se sienta, orgulloso, en este Olimpo en el que creadores y cinéfilos le rinden honores, como el director que supo en cada filme dejar una verdadera obra maestra del cine.

Eyes Wide Shut (1999) es una película gozosa y abierta que explora los sueños y las fantasías sexuales y que supo aprovechar a una pareja del momento, unos estupendos Tom Cruise y Nicole Kidman, como los esposos Harford. No solo a nivel narrativo –basada en la novela Relato soñado, de Arthur Schnitzler, donde los hechos descritos desdibujan la línea que separa la realidad de los sueños– es una obra maestra, sino en los rejuegos con la edición, el uso de los colores y la luz, que sostienen esta atmósfera onírica y misteriosa que deja tantas puertas abiertas como múltiples lecturas. Fue, además, la obra póstuma de Kubrick.

Full Metal Jacket (1987) es una de las grandes películas bélicas, esta vez anclada en la Guerra de Vietnam (adaptación de la novela The Short-Timers, de Gustav Hasford). Pocas veces la preparación de la guerra, de los soldados en este caso, en una base de Marines, ha sido tan importante como la guerra en sí, el conflicto militar que polarizó a toda una nación. Varias escenas de la primera parte, con el sargento mayor Hartman (R. Lee Ermey) preparando y endureciendo a los infantes de marina para el combate en las ciudades y la selva vietnamita, se encuentran entre lo más memorable del cine de este género. Como lo es también Senderos de gloria, otro filme antibélico, de 1957, con el hace poco fallecido Kirk Douglas –quien protagonizó su siguiente obra, Espartaco (1960)– como el coronel Dax, encargado de defender a sus soldados, acusados de cobardía ante el enemigo en una de las batallas de los combates de trincheras en la Primera Guerra Mundial. Filme potente, la escena del bombardeo de la trinchera, con Douglas caminando entre los soldados mientras salpican tierra y piedras, y caen cerca las bombas, es uno de los momentos más conocidos de la que es considerada una de las mejores películas de Kubrick y un clásico antimilitar intemporal.

Foto tomada de internet

Cada filme de Stanley se abre a múltiples abordajes como un gobelino de variados tejidos, innovadores y potentes: Lolita (1962), diario de una seducción –morbosa, exquisita y sensual– pocas veces sublimada, o siquiera insinuada, en el cine hasta ese momento, entre un profesor de mediana edad, Humbert Humbert, y una “ninfa” adolescente, a partir de la magnífica novela homónima de Vladimir Nabokov, publicada en Cuba hace unos años; Dr. Strangelove (¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú), de 1964, filme de humor negro que parodia la Guerra Fría y un conflicto atómico entre ambos bloques a partir de momentos hilarantes y esperpénticos, y la fuerza de las imágenes; 2001: una odisea en el espacio, obra mayor basada en historias del inglés Arthur C. Clarke, una joya de la ciencia ficción que parece filmada ayer, por el preciosismo metafórico de sus imágenes y de su imaginería/ingeniería espacial, donde cada detalle es extremadamente estudiado; dueña de unos efectos especiales sin precedentes, cuidados por el propio cineasta, uno de los filmes más complejos, vanguardistas y arriesgados del cine y un banquete para los sentidos.

La naranja mecánica (1971) fue su siguiente obra y uno se pregunta cómo Kubrick desgranó un clásico detrás de otro (incluidos las anteriores Casta de malditos, de 1956, y El beso del asesino, de 1955). Basada en la novela del inglés Anthony Burgess, la película creó –como hacían sus filmes– tantas polémicas como prohibiciones y al mismo tiempo generó una amplia oleada de fanáticos e imitadores. Malcolm McDowell/Alex –con su peculiar atuendo, su vaso de leche y su sonrisa sarcástica– y su pandilla de “drugos”, realizando asaltos, violaciones y asesinatos se han convertido en íconos del cine. De la misma manera el filme subraya el poder de la sociedad/la política para dañar/transformar al hombre y moldearlo a su manera, como escarmiento a la ruptura de las reglas. La música avant garde (Beethoven y su 9na Sinfonía, Rossini, etc. mezclados con sintetizador) es otra de las alturas de un filme enmarcado en un escenario distópico con imágenes portentosas y algo pop.

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Sus dos siguientes películas son también joyas de una espléndida corona: Barry Lyndon (1975) es un mito que recorre la ascensión y caída en la sociedad inglesa del aventurero homónimo en el siglo XVIII. La fotografía es una auténtica proeza técnica y estética, capaz de capturar el tono, los brochazos pastel, a través de la iluminación, de las pinturas de la época (Marisa Berenson, Lady Lyndon, en la tina de baño, recibiendo a Barry, es otra proeza). Barry Lyndon incluso ha marcado un antes y un después en producciones históricas.

Kubrick, adaptador de novelas y relatos por excelencia, encontró en El resplandor del conocido Stephen King –con variaciones al original– el material para su siguiente filme, realizado en 1980. Nació así otro clásico, protagonizado por el oscarizado y magnífico Jack Nicholson, con imágenes que se nos han quedado en la retina y en lo que consideramos hitos de un cine de terror clásico, más apegado a lo psicológico que a la sangre (los hachazos a la puerta de Nicholson mientras persigue a Shelley Duvall; las gemelas en el pasillo, vestidas uniformemente, cuando el pequeño Danny las observa, desde la altura del triciclo, en uno de los movimientos de cámara paradigmáticos) y de la lucha del bien contra el mal. Berlioz, Bartók, Gyorgy Ligeti, Penderecki y el sintetizador y las mezclas de Wendy Carlos y Rachel Elkind, componen una banda sonora que realza su categoría de hito del cine.

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Releer y ver Muerte en Venecia, el clásico del alemán Thomas Mann publicado en 1912 y el filme, también clásico, del italiano Luchino Visconti, de 1971. Ver y releer, simultáneamente, abriendo las posibilidades a las múltiples conexiones, los tejidos, los diálogos, los matices, las fibras… como si estuviéramos –que en verdad lo estamos– ante una obra honda, sólida, abierta, portentosa, enorme, ramificadora e iridiscente. Filme que se abre a la noveleta, libro que desemboca en la película, como Gustav von Aschenbach (Dirk Bogarde) en Venecia, “la más inverosímil de las ciudades”. Y ambos respirando por sí mismos, petrificados ante la belleza inalcanzable del joven Tadzio (Björn Andrésen): mito griego, homenaje a Platón y su Fedro y el Banquete; perfecto bronce salido de un taller renacentista que recuerda que quien contempla la belleza está condenado a seducirla o morir.

Me dijo una vez Alberto Garrandés: “Leería la historia y vería la película una y otra vez. Intentaría penetrar una con otra, en ambos sentidos. Y acabaría por añadir módulos de acción para complementar o extender ciertos sucesos de ambas (de la película y de la noveleta), hasta obtener un gobelino complejo. Si llegara a tejer ese gobelino, entendería qué ocurre en los agujeros negros”. Y añadió: “Cuando Tadzio descubre que él es el objeto único de una mirada única, se transforma en lo inalcanzable-alcanzado. Es muy peligroso que el espíritu le diga al alma que ya encontró Lo Bello, porque entonces la Muerte se asoma. Y si el cuerpo se sublima al transformarse en recinto de lo sagrado, las cosas se ponen peor”.

Frases subrayadas luego de leer la edición cubana de Muerte en Venecia (Editorial Arte y Literatura, 2010): “Casi todas las naturalezas artísticas tienen esa innata tendencia malévola que aprueba las injusticias engendradoras de belleza y que rinde homenaje y acatamiento a esas preferencias aristocráticas”. Y “Quien se esfuerza por alcanzar lo excelso, nota el ansia de reposar en lo perfecto. ¿Y la nada no es acaso una forma de perfección?”.

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En eso también pensó Visconti, aristócrata de los sentidos y por linaje, cuando observó lo perfecto.

Declaración de fe de Bertolucci

Belleza robada, también conocida como Belleza inolvidable (Reino Unido-Francia, 1995), muestra varios de los temas que, como constantes, asedian la filmografía de Bernardo Bertolucci (1941-2018): la imposibilidad de ser feliz en las relaciones de pareja, el cuestionamiento de esa felicidad, las preocupaciones existenciales, la figura del padre o su ausencia en este caso, la búsqueda constante, el descubrimiento de la sexualidad, el erotismo…

Después de quince años de ausencia del suelo patrio –de 1981 data su última producción propiamente italiana: La historia de un hombre ridículo– y tras una serie de títulos realizados con el patrocinio de la industria estadounidense (El último emperador, El cielo protector, Pequeño Buda), Bertolucci regresó en 1996 a Italia para rodar Belleza robada. La crítica local evidenció síntomas del declive artístico del director, ya apreciados en su etapa hollywoodiense calificada de “estetizante”, sobre todo porque la Italia que retrata en el filme responde a una mirada extranjera, a un estereotipo que el cine y la literatura ha vertido sobre ese país desde el romanticismo y que Bertolucci recoge aquí, reflejo de la evolución sufrida por la sociedad italiana y por él mismo durante su voluntario exilio americano.

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Marcado por los días cruciales de mayo de 1968 e inscrito dentro del movimiento poético de I novissimi –superador del neorrealismo precedente, donde lo heterodoxo, tanto a nivel político (eclosión de las diversas lecturas marxistas) como artístico (relegación de lo social por la irrupción de un nuevo vanguardismo individualista) hace acto de presencia en el entramado cultural de los sesenta: los primeros signos de la globalización y de la postmodernidad mediante la conversión en categoría estética de lo pop, camp, el kitsch, con el relevo en el imaginario de la cultura europea por la norteamericana: cine, rock, jazz, la beat generation–, Bertolucci reencuentra su país adoptando la mirada deslumbrada del foráneo.

En la campiña toscana, un grupo de artistas anglosajones recibirá la visita de una joven norteamericana de diecinueve años, Lucy Harmon (Liv Tayler), eje axial sobre el que la película y la perspectiva fílmica se sustenta, que tras el suicidio de su madre (una conocida poeta estadounidense, amiga de ellos y quien vivió también allí) viaja por varios motivos a la Toscana: la excusa será que el anfitrión le haga un retrato, pero detrás de todo está la búsqueda de su verdadero padre y el deseo de encontrarse con un joven vecino al que conoció en un viaje anterior, cuando era una adolescente. Lucy ha conservado para él su virginidad, hecho inconcebible para estos soñadores sesenteros, y quiere perderla allí, en Italia.

De ahí que los protagonistas de Belleza robada sean un grupo de exiliados culturales que han buscado refugio en la campiña Italia para desempeñar su trabajo artístico, alejados del mundo, en un espacio de amor libre y fascinación, remedo de la experiencia hippie sesentera: Ian y Diana y los hijos de esta con un anterior matrimonio: Miranda, una joven diseñadora de joyas con múltiples aventuras amorosas a sus espaldas, debut en el cine de Rachel Weisz; Christopher, un joven veinteañero de viaje por Turquía y cuya llegada es inminente, y Daisy, una niña de ocho años nacida ya en la villa italiana, hija común de ambos.

También Richard, representante y abogado de artistas; Noemí, una madura italiana, periodista titular de una columna de corazones, interpretada por Stefania Sandrelli, la misma bella actriz que Bertolucci nos mostró en El conformista (1970) y en Novecento (1976); Guy Guilleaume, un viejo y prestigioso marchante de arte con arrebatos de demencia senil, en la piel del mítico Jean Marais, el mismo que Cocteau eligió para La bella y la bestia (1946) y para Orfeo (1949). Y por último, a Alex Parish, un famoso escritor moribundo, que espera a la muerte bajo los atentos cuidados de Diana. A estos se les suman: Niccolo, amigo y compañero de viaje de Christopher, el “príncipe azul” que besó por vez primera a Lucy; Osvaldo, amigo del anterior; Carlo Lisca, reportero de guerra italiano; Michelle, hijo de Carlo… Esta es la trouppe con la que tendrá que lidiar Lucy: por un lado la agasajarán e intentarán ayudarla; por otro, tratarán de “vampirizar” su belleza e inocencia.

Una deslumbrante belleza y una sensualidad casi palpable –como la naturaleza radiante de la Toscana y claro, como la propia Lucy– caracterizan este filme del maestro Bertolucci, aunque la crítica concuerda en extrañar la solidez dramática de otros trabajos del cineasta; aunque, para muchos, el resultado es a veces inferior a la suma de sus partes: sus películas están llenas de momentos tan inolvidables como gratuitos, pues se recrea en la perfección de cada plano, en los detalles, en la sombra sobre un rostro, en ese rayo de sol que cae como si nada en el agua. No importa que haya mucha o poca lógica en el relato, o que este termine de manera coherente. Y Belleza robada, al ser un filme episódico, se presta para fracturas narrativas que confunden al espectador, pero que son un sello personal de Bertolucci.

No lo acompaña en esta ocasión la lente de Vittorio Storaro, sino la de Darius Khondji y el cambio es sensible. El fotógrafo de Delicatessen (1991) y de Seven (1995) es un hombre de mirada osada, sincopada y veloz, por lo que Belleza robada está llena de primeros planos, contraplanos veloces y secuencias extensas teñidas de amarillo y de tonos ocres, los mismos de la estación veraniega de la historia. Hay en las imágenes una fuerza y una textura difícil de expresar con palabras, más allá de la fotografía de Khondji, sino gracias a las intenciones preciosistas del director, un artesano que puso en las escenas una particular mística.

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A esta joven, Bertolucci le opone una contraparte disímil: Alex (Jeremy Irons), un dramaturgo agónico, aparentemente muriendo, y que es solo aflicción y recuerdos. Entre los dos se establece un lazo complejo, pues es el único adulto con el que Lucy se relaciona con facilidad, mientras Alex ve en ella un bálsamo, un grito de vida antes de morir. Este viene siendo el puntal donde se apoya el tema básico de esta película, ese que la crítica ha definido con la decadencia social europea. Ian, Noemi, Guillaume, Miranda, Richard o Alex no son más que cenizas, rescoldos de un pasado que se cayó por su propio peso: la fiesta en la casa de Niccolo es el ejemplo de la consumación y la extemporaneidad de esa dolce vita.

Pero esa belleza bucólica no solo se destruyó desde adentro, el mundo exterior la va cercando, sin que podamos hacer nada: aviones que surcan el cielo, antenas enormes donde antes habían bosques, prostitutas rimbombantes a la espera de clientes en la carretera, son signos del fin que ese paraíso que han ido construyendo en las verdes colinas italianas.

Lucy es entonces un símbolo: es la inocencia (su propio nombre nos remite al clásico tema de The Beatles) de un futuro aún posible, todavía idealista y con la capacidad de soñar y de amar (En Los soñadores insistió en el tema, llevándonos al París de 1968). Su presencia, en esta especie de educación sentimental que nos propone el maestro, abre los ojos a estos seres que no habían advertido su propia desnudez y les hace reaccionar. Que Lucy haya encontrado o no a su verdadero padre y que deje su virginidad a la sombra de una fogata y refugiada por un árbol, no es lo verdaderamente importante. Lo valedero es la declaración de fe en la vida que toda ella encarna y que no es otra que la misma de Bernardo Bertolucci.


Con ojos de cinéfilo # 2

Cinco horas dura Novecento (1976) de Bernardo Bertolucci. Y aunque en su estreno tuvo una fría recepción de público y crítica, esta megaproducción es considerada hoy un filme de culto. Dividida en dos partes, para hacerla un poco más potable, asistimos a un fresco cruel y violento de la Italia de la primera mitad del siglo XX a través de los miembros de una familia: los Berlinghieri por un lado, dueños de la hacienda, los patrones históricos; y por otro los Dalcò, los campesinos, explotados, también históricos en una Italia con visos feudales. Dos niños nacen en ambas familias, justo el mismo día que muere Verdi (¿acaso el fin de una época y el inicio de otra?). Y ellos, amigos clandestinos, enemigos de clases, rivales por naturaleza, pero mediando cierta ternura, vienen a guiar la historia política y social de casi cincuenta años: Olmo Dalcò (Gérard Depardieu) y Alfredo Berlinghieri (Robert De Niro). Ambos jovencísimos, ambos talentosísimos, con aun una amplia carrera por delante (tremendo es también Donald Sutherland, en la piel del antagónico Attila Mellanchini).

Fue un proyecto gigantesco que necesitó la ayuda de tres países europeos y de tres estudios de cine norteamericanos. Todavía es hoy uno de los proyectos cinematográficos más ambiciosos e importantes de la historia del cine.

Bertolucci quiso homenajear al comunismo italiano con un filme persuasivo e ideológico, aunque con una lógica reflexión utópica, al final de la cinta, sobre la ideología y el papel, a veces rozando con la ingenuidad política, de los obreros y campesinos. Quiso hacer eso, pero Novecento es un filme hermoso y cruel –tiene varias escenas de una violencia inaudita, estetizada–, con un plantel de excelentes actores liderados por Depardieu y De Niro, y donde vemos también a la mítica Francesca Bertini, a Burt Lancaster y a Dominique Sanda; un guion robusto, que logra condensar casi cinco décadas de historia; la fotografía de Vittorio Storaro y la banda sonora del maestro Morricone (ambas detallistas, preciosistas).

Bertolucci es melodramático cuando quiere, poético también, violento cuando le apetece. Por otra parte añade un erotismo –como en varios de sus filmes– que lo circunda todo. Esta película no es solo una crónica del devenir histórico de las ideologías en la Europa del siglo XX –los movimientos obreros, la influencia de la Revolución de Octubre y la figura de Stalin, el progresivo surgimiento del fascismo y los camisas negras, apoyados por los terratenientes, la primera y la segunda Guerra Mundial–, sino también una bella obra de arte.

Solo un detalle no me convenció en esta gran película: la solución tan ambigua del final. Los campesinos entregan sus armas al Comité de Liberación Nacional y se van al campo, levantando la bandera de la hoz y el martillo. A Alfredo le han hecho un juicio popular por ser el patrón y a sugerencia de Olmo han decidido dejarle vivo, si al fin y al cabo no habrá más patrones en una Italia que, como veríamos en los filmes del surrealismo y otros de los años 60, seguirá anclada en esas grandes diferencias, mucho más en el sur y las zonas rurales. “El patrón está vivo”, le dice Alfredo a Olmo y se van a golpes entre el polvo, como mismo lo han hecho desde niños, como lo seguirán haciendo ya de ancianos. Y aquí, en esta escena casi cíclica, justo antes que pasen los créditos, donde ambos, ya ancianos, siguen peleándose, es donde Novecento toma un aire ambiguo, paródico, que no fluye. Es como si el filme se esfumara entre los dedos en un final que bien pudo cortar un poco antes. Es cierto, maestro Bertolucci, todo sigue como antes, peleas incluidas, disputas de clases también, explotados y explotadores, pero no era necesario decirlo, maestro. Quizás sugerirlo, pero no dejarlo así, como una carcajada que posee más bien un saborcillo impreciso. Aun así –y lo anterior es una nimiedad– Novecento es una bella película de culto.

El atlas de las nubes

En un principio Warner Bros rechazó el proyecto por requerir 170 millones de dólares, pero al final los directores reunieron 101 millones con las ventas internacionales. Warner compró finalmente los derechos de distribución en Londres por 20 millones.

Cloud Atlas es un filme de ciencia ficción escrito y dirigido por Tom Tykwer (también compositor de la banda sonora) y las hoy hermanas Wachowski. A Tom Tykwer la mayoría lo recordará por El perfume. Y a los Wachowski, por la conocida The Matrix y sus secuelas, y también por el guion y la producción de V for Vendetta, de James McTeigue. El filme se compone de seis historias interrelacionadas y entrelazadas que llevan al espectador desde el Pacífico Sur en el siglo XIX, hasta un futuro post-apocalíptico. Actúan Tom Hanks, que acaba de recuperarse de la COVID-19; Halle Berry; Jim Broadbent; Hugo Weaving; Jim Sturgess; Bae Doona, conocida por haber trabajado en varios de los filmes más importantes de Bong Joon-Ho y Park Chan-Wook; Susan Sarandon; Ben Whishaw; James D’Arcy… Larga, entretenida cuando sabes “atrapar” las pistas que unen una historia con otra, con admiradores y detractores, Cloud Atlas tiene, además, cierto aire moralista de aventura juvenil. El bien siempre prevalece, no importan las adversidades en el camino por la libertad, y nuestro objetivo es alcanzarlo sin importar las consecuencias, parece decirnos ellos.

Andréi Tarkovski/Rubliov

Tarkovski únicamente realizó siete largometrajes a lo largo de 25 años de carrera y a pesar de su prematura muerte, por un cáncer de pulmón, es recordado por su renuencia a acatar los dogmas culturales.

Andréi Rubliov (1966), de ese maestro llamado Andréi Tarkovski, es una obra maestra sin discusión. Uno de esos filmes que, después de verlo –y dura casi tres horas–, sabes con seguridad que presenciaste una obra irrepetible. Una joya del cine y de la libertad autoral (aunque se presentaría en el resto de Europa siete años después de su primera proyección, ganando premios en Belgrado y Helsinki). Tarkovski convierte la vida del pintor de íconos ruso Andréi Rubliov –lo hace en forma cronológica y a manera de episodios– en un fresco de los primeros años del siglo XV en Rusia. Andréi Rubliov es un reflejo, además, de la vida cotidiana –como en aquellos cuadros de Pieter Brueghel el Viejo– de los campesinos y la gente en los pueblos de Rusia (las invasiones tártaras, las enfermedades, la escasez de alimentos y la persecución de los herejes o paganos por parte de la iglesia ortodoxa son “captados” también). Uno termina “allí”, en esos años, al lado de Rubliov, mirando embobecido sus íconos. Recordemos también que en el guion participó otro importante director: A. Mijalkov-Konchalovski. Algunos momentos impresionantes, como la invasión bárbara a la ciudad y la construcción de la campana, que finaliza la película, demuestran que Tarkovski es un universo único. Siempre recuerdo, cuando veo algo suyo, a Rufo Caballero cuando decía jocosamente que Tarkovski era uno de los cineastas que más daño le había hecho al cine, pues todos los estudiantes querían imitarlo y él es, sencillamente, inimitable.

Out of Africa

Además de los siete Oscar ganados en 1985, recibió cuatro nominaciones más (Mejor actriz a Meryl Streep, actor secundario a Klaus Maria Brandauer, vestuario y montaje).

Muchos recuerdan solo a Sydney Pollack (1934-2008) por su filme Out of Africa (1985). Lo demás –en una carrera que comenzó en 1965 y duró hasta el propio año de su muerte cuando coprodujo The reader– fue bastante desigual, aunque destacan otras, varias con nominaciones al Oscar, como Danzad, danzad, malditos, Tootsie, El jinete eléctrico, y Los tres días del cóndor. Pero ninguno de ellos es el clásico en que se ha convertido con el paso del tiempo Out of Africa, por el que ganó dos Oscar: Mejor Película y Mejor Director (la película obtendría siete en total, incluido mejor guion adaptado, fotografía, dirección de arte, banda sonora y edición de sonido, y arrasaría también en los Globo de Oro y los BAFTA).

Vi la película recientemente y noto que ha “envejecido” bien, que puede volver a verse solo por el hecho de apreciar el banquete visual de la atractiva fotografía de David Watkin y a una Meryl Streep jovencísima pero muy talentosa –sería ese papel el que impulsaría en buena medida su carrera– y a un Robert Redford ya convertido en toda una leyenda del cine. Y por volver al África de inicios de siglo, la Kenia británica, en los días de la Primera Guerra Mundial, basándose en la autobiografía Memorias de África, de la danesa Karen Blixen (memorable cuando Redfort lava el cabello de Meryl y el agua jabonosa se desliza por el suelo).

La libertad, la dicha del amor, el valor, Meryl, la capacidad de soñar, las llanuras kenianas… prevalecen en las casi tres horas de Out of Africa, filme con el cual a Sydney Pollack le basta para ser recordado (aunque lo recuerdo también por su papel en Eyes Wide Shut de Kubrick).

David Fincher debutante: Alien³

David Fincher debutó en el cine con Alien³ (1992). Antes trabajó en Industrial Light and Magic, la compañía de George Lucas, en los efectos visuales de Star Wars: Episode VI-Return of the Jedi (1983), y en anuncios y videos musicales como Vogue de Madonna. El filme sería el tercero de la saga iniciada por Alien, el octavo pasajero (1979) de Ridley Scott y Aliens (1986) de James Cameron. Hoy es un filme de culto para los amantes del género –tiene incluso una versión extendida–, aquellos que siguieron a Sigourney Weaver como la teniente Ripley desde el inicio. Y aunque Fincher volvió a los videoclips, este filme sirvió para que el proyecto de Se7en (1995) cayera en sus manos, Hollywood lo fichara y vinieran filmes con bastante éxito comercial como El club de la lucha, La habitación del pánico, El curioso caso de Benjamín Button, La red social y The Girl with the Dragon Tattoo (en ellos Fincher explora el cine autoral, pero se mueve también en las pautadas exigencias del mercado).