La pesadilla de la razón engendra draags

Cual reverso semántico de los gigantes «morales» que Jonathan Swift hizo conocer a Lemuel Gulliver en la fantástica isla de Brobdingnag durante su segundo viaje, los descomunales draags del planeta Ygam, recreados por el francés René Laloux en su cinta El planeta salvaje (La planète sauvage, 1973), resultan pesadillezcos titanes que reducen a los «diminutos» seres humanos —llamados oms— a la condición de meras mascotas, de simples plagas a exterminar (en el caso de su descontrolada reproducción en estado «salvaje»).

Vista desde el al mismo espíritu simbólico-sociológico que movió a Swift, y a Bergerac en El otro mundo con sus «historias cómicas» de los reinos del Sol y la Luna, la cinta de marras* establece un rejuego metafórico sobre el poder, la xenofobia y la discriminación en todas sus dimensiones; en un siglo xx sajado por el fascismo, los genocidios acaecidos hasta el momento (filipino, armenio, ucraniano, judío), el apartheid sudafricano y otros muchos demonios. Tales fenómenos se fundamentan en una subvaloración palmaria de la «condición humana» de pueblos y comunidades considerados «subalternos» desde perspectivas dominantes (étnicas, raciales, coloniales).

La secuencia inicial del filme perfila nítidamente esta tesis: «ingenuos» niños draags (la infancia como ideal representación de la pureza inmaculada) que torturan a una desesperada madre om, quien se debate cual hormiga entre una vida y una muerte sujetas a los «inocentes» caprichos y curiosidades de sus captores. Distantes están ellos de considerar sus juegos un crimen o una vileza, en tanto la om es un ente inferior e irracional desde la perspectiva de la especie dominante en Ygam. La divergencia radical de tamaño resulta entonces aquí, sentido de la superioridad racial, como auto construcción y auto representación de una imagen prevaleciente, ubicada en la cúspide del espíritu y la carne.

Los draags se revelan como una civilización de altas cotas estéticas, intelectuales y psíquicas, pacífica, libre de conflictos intestinos. Concentrados están en la expansión de la conciencia y los nexos fraternales con civilizaciones alienígenas de semejantes niveles de desarrollo. Ygam resulta una suerte de Utopía realizada, funcional. Una sociedad armónica y por ende «superior» en todos sus aspectos. Se resquebraja así cualquier potencial perspectiva maniquea en El planeta salvaje. A salvo queda el relato de cualquier rígido enfoque binario, conmiserativo o demasiado parcializado con el desventurado pueblo om.

Mas, aunque el desarrollo del relato y el punto de vista autoral tienden a tal neutralidad respecto a las facciones en conflicto, la mera «naturaleza om» de los públicos tiende a remarcar la gélida crueldad de no pocos grandes planos, donde los humanos aparecen como enjambres indiferenciados, apenas trazados con líneas básicas; mientras, son exterminados en las operaciones draags de reguladora «desomización», o consumidos por simples depredadores animales. En Ygam, los humanos ocupan justo la sima de la cadena alimenticia; así como, en la Tierra la han ocupado los «bárbaros» no romanos, los «paganos» no cristianos, los no caucásicos, los no europeos, los no nazis, los judíos, los palestinos y así ad infinitum…

No discursa El planeta salvaje sobre el bien y el mal, o sobre villanos e inocentes, sino sobre la dualidad poderoso-oprimido —y la perenne tendencia dialéctica de uno a convertirse en el otro— que tanto ha determinado los procederes y dinámicas de la civilización humana. Ante el no reconocimiento del otro (el prójimo) como igual en derecho y dignidad, el resto de las categorías morales, rectoras de las civilizaciones, quedan reducidas a simples leyes coyunturales y variables.

La planete sauvage 2

El empaque visual de esta cinta, ganadora en su año del Premio Especial del Jurado del Festival de Cannes —algo sorprendente, aun en nuestros días, para una obra concebida desde la animación—, remarca en primer lugar el extrañamiento de la diégesis extraterrestre y sus abrumadoras agresividad e inclemencia para una especie ajena, como en este caso, la humana. Las concepciones artísticas del también escritor y cineasta Roland Topor echan mano de los códigos surrealistas (fundamentalmente) del precursor Bosco y de Giorgio de Chirico para estructurar un mundo alucinante. Sus leyes y circunstancias escapan a las posibilidades de taxonomía y conquista de los oms. Es un mundo indomeñable, sorprendente y por ende terrible. Plagado de criaturas adscritas a lógicas que escapan de la perceptiva convencional.

La perspectiva de Topor —quien igualmente venía del mundo de las artes visuales (pintura, ilustración y caricatura)— imprime un carácter intensamente pictórico a la cinta: el movimiento se reduce casi a la mínima variación de las posturas corporales y faciales, los escenarios permanecen prácticamente invariables, como suerte de precursor de la técnica conocida actualmente como motion comic (I´m a Legend, Spiderwoman. Agent of S.W.O.R.D). La poética visual desplegada remite además a una suerte de concepción retrofuturista, casi vintage, ajena en todo momento a los paradigmas y lógicas tecnologicistas de la hard science fiction. Lo cual refuerza aún más el extrañamiento del contexto para la perceptiva estrictamente humana.

La orgánica concomitancia visual con el surrealismo quizás permita leer al El planeta salvaje como una pesadilla humana masiva —más que una historia de ciencia ficción, propiamente dicha—, donde se cumplen sus peores temores de ver invertido su cosmos. Donde el apotegma hermético: «Lo que está más abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo», se materializa en la peor de las maldiciones posibles para una especie que no se asume como parte de un macrosistema vital sino como su conquistadora ineluctable.

Inquietante hasta el día de hoy por su atmósfera extraña hasta lo incómodo, El planeta salvaje recoge los desesperados intentos de la humanidad por despertar de la terrible pesadilla donde son ínfimos estorbos. Con el protagonista om, nombrado Terr al frente —cuya relación inicial con la draag Tiva sí remite directamente a los nexos entre Glumdalclitch y Gulliver—, los humanos emprenden un espinoso éxodo casi bíblico. Tras llevarlos al borde de la extinción, como la furia de Yahveh hizo con los migrantes hebreos, los lleva a la conquista de una sofisticación técnica, clave (una vez más en la civilización occidental) de su prevalencia final. Al emprender una contraofensiva igualmente brutal, establecen un tenso equilibrio de fuerzas con los draags; logrando una convivencia tan obligada como frágil por las latentes fuerzas.      

Nota:

*Basada a su vez en la novela Oms en Série, publicada por el francés Stefan Wul en 1957.

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