Para que nunca vuelvas

La mujer que baila, suda y goza, es de pronto una que corre, que es violentada por su pareja, por su vecinos, por su familia. La salida no está más que en sus piernas: corre, corre por toda la Habana en una sucesión de rincones sucios y tristes; una continuidad de ojos que acusan. Es alguna mañana de un año pandémico, se escucha los partes epidemiólogos, e inicia así un día de búsqueda de Yolanda por su hijo y de una libertad que corre más rápido, que se escurre. La mujer salvaje dirigida por Alan González, coescrita junto a Nuri Duarte, narra la realidad habanera que no aparece en las telenovelas, ni es la imagen que se muestra al hablar de las mujeres cubanas, de nuestras conquistas. El filme muestra escenas en barrios considerados periféricos y colocados al margen como Marianao y La Lisa (no solo los muestra, son casi protagonistas); expone la vida de una mujer que es madre, se equivoca, sufre y lo intenta otra vez; una mujer que se pierde en los rincones y recovecos de la ciudad, de esas comunidades que llamamos vulnerables desde la comodidad del privilegio.

La Mujer Salvaje (Cuba, 2023) fue premio del Fondo Noruego para el Cine Cubano para proyectos del año 2017, ganadora de la segunda convocatoria del Fondo de Fomento del Cine Cubano (FFCC) y se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Toronto; continuó su recorrido exitoso al recibir tres premios en la 33ª edición del Festival de Cine Ceará: mejor película, mejor actuación principal y mejor sonido. Esta tarde de domingo 10 de diciembre se presenta en el cine Acapulco.

Lola Amores pone rostro y cuerpo a Yolanda, una mujer que no pertenece a los romances o eternidad, sino de un ahora permanente y a la par fugaz. No hay futuro escrito, es todo incierto y en la incertidumbre quedamos con el cierre del filme: ¿a dónde irán ahora que están juntos otra vez? Yolanda, la mujer, la que desea, la que es cosificada, juzgada y condenada, también tiene derecho al miedo, a la dudas y a la par. a mostrar toda su fuerza, esa que asemeja a la que viene de la naturaleza, a los huracanes que se mueven, casi nunca linealmente, y arrasan… Es Lola Amores una actriz esencial para conseguir ese objetivo: vulnerabilidad y fortaleza, miedo y determinación, dolor y alegría, odio y amor. Son dos en una las que muestra la pantalla. Esa es la gran victoria, conseguir que por varias horas sea Yolanda quien, primero casi pidiendo permiso, sea quien tome el rostro y cuerpo de Lola Flores para narrar su historia.

«De hecho, las mujeres están colocadas casi siempre en condiciones de desigualdad y sometimiento, además en constante inseguridad. (…) La sociedad considera natural esta violencia, culpabiliza a niñas y mujeres, las señala como víctimas propiciatorias de los delitos en su contra y exonera a los hombres; en ocasiones se frivoliza y es parte de humor cultivado socialmente y de los chistes», escribe Marcela Lagarde. La violencia que experimenta Yolanda no está relacionada con crímenes pasionales o un hecho casual o aislado, sino con el machismo y el patriarcado, tan naturalizados, que la gente le juzga a ella, la condena a ella, la culpa a ella, por un crimen cometido por su pareja. La responsabilidad es colocada en sus deseos, en lugar de en el hombre que empuñó el machete. El video viral que durante el largometraje se veía rodar de celular en celular la coloca en el centro de un debate injusto, ella queda como la mala madre, del agresor nadie habla, apenas se menciona, quizás apenas para justificar que su compartamiento es una muestra de amor. Como si el amor pudiera conjugarse con la violencia. Es el personaje de Ulises quien intenta no condenarla, de decirle «no es tu culpa»

«Las mujeres son educadas a soportar la violencia como un destino y a no responder con violencia, ni siquiera a defenderse», prosigue Marcela Lagarde y de los Ríos en el informe «¿A qué llamamos feminicidio?». A Yolanda parece no quedarle otra opción que huir. Otro logro de la película radica en no mostrar las múltiples violencias que enfrenta la protagonista como un hecho indivual o aislado, sino estructural a la sociedad, imbricado en la vida cotidiana de las personas quue son atravesadas por varias opresiones debido a suidentidad de género, clases social, ubicación geográfica, color de piel, orientación sexual… Expone, además, la soledad. Nadie va a poner en orden su vida para que Yolanda un día vuelva y todo esté en orden. Nadie parece brindarle una ayuda que le saque de la espiral de violencia, ni ayuda familia, ni institucional. Nadie se interesa en entender su situación más allá de juzgarle y cuestionarle.

A este lado de la pantalla continúan los ojos acusadores. Hay una parte del público inquieto:

— ¿Qué madre en la Habana deja solo a su hijo?

— ¡Aquí nadie vive así!

Yolanda, mientras tanto, abraza a su hijo y continúa caminando… La cámara se difumina. La Habana, todavía más diversa, continúa respirando salvajemente.

 

 

 

*En colaboración con El Caimán Barbudo.

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