La Plaza de la Catedral: Un escenario teatral

Nadie diría, al contemplarla hoy, que la plaza de la Catedral en el siglo XVI no era más que un terreno anegadizo y pantanoso —debido a que existían en ella unos manantiales— al punto de ser conocida como Plaza de la Ciénaga. Ya a «inicios del siglo XVIII se comenzó a rodear la plaza de algunas grandes residencias: la que sin portales construyó el Capitán General Luis Chacón (frente a la Catedral), la del Marqués de Aguas Claras (Restaurante El Patio) y frente a esta, una a continuación de la otra, las del Conde de Lombillo y la del Marqués de Arcos, a esta última se trasladó en 1825 la Casa de Correos».[1]

Solo a fines del siglo XVIII, para mayor exactitud en 1793, alcanzaría la Plaza su actual nombre al convertirse: «la antigua iglesia de los de los Jesuitas, entonces Parroquial Mayor, en Catedral».

La Plaza de la Catedral no solo es un espacio bellísimo por la arquitectura colonial de que da muestra, sino también, lugar esencial en la vida del Centro Histórico, sitio turístico por excelencia. Por aparecer en innumerables imágenes, es símbolo, en buena medida, de la Habana toda y —¿por qué no?— también de Cuba como nación. Ha tenido otras funciones, además, que trascienden aquellas que motivaran su concepción. Esencialmente en el siglo XX, ha devenido escenario por excelencia de múltiples representaciones teatrales.

Luis Alejandro Baralt presentó Fuenteovejuna de Lope de Vega en la otrora Plazuela de la Ciénaga, en el mes de agosto del año 1935, en conmemoración con el tricentenario de la muerte del dramaturgo español. La experiencia —que se sitúa como antecedente de la fundación de Teatro La Cueva— constituyó un impulso a la indagación de nuevos modos de entender la praxis escénica. Baralt en un intento de asumir la experiencia de un teatro de masas, concibió un escenario tripartito y un diseño de iluminación basado en juegos de luces con spotlights: “Las nuevas técnicas implicaron el enriquecimiento de las posibilidades para los escenógrafos que se incorporan vitalmente al hecho artístico (…). el concepto de escenario da paso al de espacio escénico, (y) fin de la dictadura de la caja óptica”.[iii]

Luego de esta presentación, que daría inicio a serias modificaciones en el teatro cubano, la otrora Plazuela de la Ciénaga, se convertiría en escenario de múltiples puestas en escena[iv], muchas de las cuales han sido televisadas: por solo citar alguna, es posible mencionar la de la zarzuela Cecilia Valdés.

En la intervención de la Plaza de la Catedral como escenario, que es evidentemente un espacio no habitual de representación[v], se ha querido repetir muchas veces el esquema del teatro convencional, trasladándose los espectáculos más bien íntegramente de la sala teatral al espacio público —con buena parte de la parafernalia concerniente al edificio escénico, incluidos equipos de sonido, y luces—. Se han situado sillas en el espacio de la Plaza, de frente, a la Catedral barroca que se ha usado como suerte de macroescenografía o “telón de fondo”. Ante al atrio de la iglesia se ha construido asimismo las más veces un tablado destinado a hacer de escenario.

También ha sido testigo de acontecimientos importantes para la Iglesia Católica cubana, que ha querido salir del recinto sagrado para celebraciones del oficio religioso en festividades por Años Jubilares, navidad y año nuevo, entre otras muchas —incluida la misa de despedida de la Virgen de la Caridad tras su peregrinación en 2011—. El atrio del templo barroco ha devenido altar, de un modo similar a como sucedió a fines de la Edad Media Europea, donde este desplazamiento del culto, trajo consigo el resurgir del teatro como manifestación[vi].

El grupo de teatro de calle, Gigantería, que desde su fundación[vii] ha realizado su labor en el área del Centro Histórico, ha tomado por años, la Plaza de la Catedral como lugar de tránsito en sus Pasacalles. logrando convertir a innumerables transeúntes en espectadores-participantes del jolgorio teatral.

Otros tantos personajes han contribuido a hacer más pintoresco su entorno: Floristas o vendedoras de futas, damas que echan la suerte y señores de largos tabacos, pueblan esta plaza que deviene una especie de pintoresco escenario donde el espacio de actores y público es el mismo —se funde en uno solo—. Estos caracteres tipificados logran brindarle —desde la peculiar forma de teatralidad callejera que articulan—, un cariz singular a la Plaza de la Catedral que se plantea así, viva cada vez, al superar los destinos, para los que antaño, fuera concebida.

Notas:

[1] Juan de las Cuevas Toraya (2001). 500 años de construcciones en Cuba. La Habana: D.V. Chavín, Servicios Gráficos y Editoriales, S.L. p. 32

[ii] Ibídem, p. 46.

[iii] Liliam Vázquez: “El viraje de la Cueva”. En Revista Tablas no. Extraordinario, 2002, p. 17.

[iv] También ha aparecido esta Plaza en algunas obras de la cinematografía nacional. Digna de recordarse es su presencia como escenario en la película Cecilia Valdés de Humberto Solás.

[v] “El teatro para espacios no convencionales: (se constituye por) espectáculos de carácter flexible que pueden ser representados en el patio de una escuela, de un museo, de una biblioteca, en una fábrica, en campamentos agrícolas, en determinadas áreas, de otras instituciones y también en calles y plazas”. Morales, Pedro: “Una ciudad y una jornada para el teatro callejero”. En Tablas No. 2, abril- junio de 2002, p. 70-73.

[vi] “(…) la representación se decide, con alguna timidez, a salir del templo; avanza hasta el pórtico; se arriesga hasta el atrio; finalmente sale a la plaza. Es el teatro de masas de la Edad media, y es el principio del Drama moderno”. D´ Amico, Silvio (1971): Historia del teatro dramático. La Habana: Instituto Cubano del Libro, p. 139.

[vii] Gigantería surge en Cuba durante el mes de abril del año 2000.

 

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