Deconstruyendo a la sombra de Márquez

Análisis a la nota de prensa: Los relatos silenciosos, las mujeres del boom latinoamericano, conversatorio en el Museo de Arte Moderno

 

En septiembre del pasado año 2022, la Secretaría de Cultura del Gobierno de México publicó una nota de prensa a propósito de la exposición Gabriel García Márquez. La creación de un escritor global, la cual tuvo lugar en el Museo de Arte Moderno del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Y, bueno, la cosa es que me topo con dicho artículo en una búsqueda al azar que hice para la revisión bibliográfica de mi futura tesis sobre literatura escrita por mujeres en Latinoamérica, pues, en el marco de tal exposición, a alguien se le ocurrió ofrecer un conversatorio sobre Los relatos silenciosos: las mujeres del Boom Latinoamericano; cuyo objetivo —dicen— era destacar el trabajo de las escritoras de esta generación. Hasta ese minuto durante la lectura, me dije: —Bueno, no me parece el marco más propicio, pero mirándolo desde otro punto, quizás tenga su sal y su pimienta. Se me antoja asalto, emboscada el ir a hablar de las ignoradas en medio de una expo en honor al santo del Boom Latinoamericano. Pero continué y de inmediato comenzó a vibrarme la venita de la frente.

Elena Garro

La idea es sacar a la luz a las múltiples escritoras que desarrollaron su trabajo antes, durante y después de la obra “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, para mostrar cómo hay una tradición femenina importante en América Latina. Se hablará de varias escritoras: Elena Garro y Rosario Castellanos, sobre la relación de García Márquez y María Luisa Elio, guionista de “En el balcón vacío” y amiga del escritor colombiano durante su estancia en México. El conversatorio permitirá mostrar también la relación que se puede establecer entre la obra de García Márquez y el trabajo de otras autoras, como María Luisa Bombal con” La amortajada”, Silvina Ocampo con lo fantástico y Elena Garro y el realismo mágico, así como la relación con sus contemporáneos, que dará una idea de la atmósfera de la vida cultural.

Rosario Castellanos

 

María Luisa Elio

 

María Luisa Bombal

 

Silvina Ocampo

La escritora Lucía Melgar consideró como una de las causas que justifican la exclusión de la literatura escrita por mujeres dentro del fenómeno literario comercial del siglo pasado, el fatalismo histórico mediado por el canon masculino, el sesgo en la crítica literaria, los valores de la sociedad de aquella época y el ambiente cultural mexicano y latinoamericano de forma general. Imagino se haya referido, muy a groso modo, al machismo que desde siempre ha caracterizado a nuestras culturas y que amén de todo lo open mind que pueda llegar a serse desde el arte, nunca se escapa a tales prejuicios, pero bueno, ésta es una mirada crítica muy por arribita. La cosa viene ahora: vergonzoso, más que nada, el seguir replicando el error de establecer comparaciones donde el ideal de sujeto siga siendo el hombre, genéricamente hablando. Y no me refiero con esto a que deba ser la mujer, no se trata aquí de resaltar una lucha intergénero ni de postura feminista radical, es solo cuestión de coherencia, que ya se ubica en un problema de pensamiento filosófico. Pregunto ¿por qué establecer a Gabriel García Márquez, y no solo al autor, sino a su obra más venerada Cien años de soledad, como punto de referencia para el análisis de por qué el sesgo en la crítica a la literatura escrita por mujeres en Latinoamérica durante el Boom y su no inclusión en el fenómeno? ¿Acaso necesitan las obras de estas autoras ser legitimadas ante tal punto comparativo? ¿Hablamos de reivindicación y para ello entonces rendimos tributo primero a la obra de quien fuese uno de los exponentes más notorios del movimiento literario masculino de la época, para entonces, a partir de ahí, evaluar cuánto merecían o no las escritoras de esa generación ser incluidas y tenidas en cuenta? Me parece una falacia, ciertamente. Pero como si no bastase, en el artículo remarcan el hecho de que tal conversatorio, llevado a cabo nada más y nada menos que por las escritoras mexicanas Maricruz Patiño, Ave Barrera y Lucía Melgar, pretendió de ese modo “mostrar cómo hay una tradición femenina importante en América Latina”. Por favor, ¿hay en serio que justificar de este modo la existencia de una tradición literaria en Latinoamérica? Para colmo se salieron del contexto escritural para referirse a pasajes de las vidas de dichas escritoras que mantuvieron relaciones con Márquez (da igual el plano afectivo) y con otros contemporáneos, como muestra de en cuánto influenciaron tales roces en sus procesos creativos y en la repercusión de sus obras. Y como si fuera poco pretendieron evidenciar la “relación que puede establecerse” entre la obra de García Márquez y la de estas autoras.

Si acaso hubo una intención reivindicadora en tal conversatorio, estoy convencida de que no era este el modo. Seguimos manejando conceptos equívocos. Continuamos arraigadas sobre el error sin deconstruir de forma orgánica. Propagamos el eco sin analizar dónde están los puntos muertos en la historia. Pero, sobre todo, sin cuestionarnos filosóficamente el fenómeno.

Repetimos patrones discriminatorios de todo tipo, en este caso a las mujeres nos ha tocado desde el inicio de los tiempos ser las más desfavorecidas, incluso nos discriminamos entre nosotras. En conversación recientemente con la colega Elizabeth Casanova Castillo, también escritora, filósofa de profesión, además, salió a relucir el tema de la construcción social del sujeto. Ella plantea en su artículo La libertad es una mujer fatal, publicado en 2020 en el número 5 de la revista digital Zona Crítica, que hablar hoy desde la mujer es sumamente contradictorio. Ser del sexo femenino no implica tener conciencia de género. Hay muchas mujeres machistas que reproducen esos patrones. Sin embargo, la respuesta ante eso no debe ser la propia discriminación, puesto que estaríamos replicando la misma injusticia y dando cabida a la ira y sentimientos afines que no traen más que la necedad, lujo que no podemos permitirnos, pues cuando nuestro criterio no puede ser rebatido se lo achacan a algún defecto de nuestro sexo. Es preciso despojarnos, incluso, de nuestra propia subjetividad. Se nos debe respetar no por nuestra condición de mujer, sino porque somos seres humanos, seres pensantes. Ahí comienza la guerra contra el machismo, cuando debemos reivindicar la verdad de nuestras ideas, siendo irrelevante el sexo de quien las exprese. Sólo pensándonos y actuando como iguales lo seremos realmente, incluso si en esa batalla debemos despojarnos de lo que creíamos como verdad, que no es más que la forma de la verdad construida por una ideología dominante. A pesar de los siglos de historia del movimiento feminista y la lucha por los derechos de la mujer seguimos pensándonos desde los hombres. Hace más de medio siglo Simone de Beauvoir escribió: “La Humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino con relación a él; no la considera como un ser autónomo”. Hoy, no sólo el hombre nos define, nosotras nos seguimos definiendo en relación a él.

El artículo pudiese tener quizás también otra lectura. Siendo benevolentes podríamos ignorar la torpeza de tales comparaciones y pensar que tal vez todo fue fríamente calculado. Tanto el aprovechar el momento de la exposición dedicada al Gabo, que tan simbólicamente tuvo a bien preparar el Instituto de Bellas Artes y Literatura, como el usar su obra Cien años de soledad, a propósito de proponer otras tantas escritas por mujeres antes, durante y después que bien podrían competirle. En algún momento mientras leía y escribía tuve esa luz en mi afán de ser imparcial y aplicar un juicio crítico libre de posturas preconcebidas. Ya ahora mismo por más que repienso no logro visualizar otro discurso. Para ello tendría que hacer alusión a otros análisis que tienen que ver con lo comunicacional, con los modos de vender una información sin caer en contradicciones que pongan ridículamente en tela de juicio el contenido que transmitimos. Pues, me resulta completamente anacrónico el que Lucía Melgar refiera que hay mucha invisibilidad por parte de la crítica hacia la obra literaria de las mujeres de ese período y que esa es la labor que debemos hacer las del gremio ahora haciendo visible sus obras. Que el mismo Juan Rulfo, cuando fue premiado por Pedro Páramo, dijo que él nunca hubiera podido escribir eso si no hubiera leído La amortajada; que el aporte literario de las escritoras en cuanto a nuevas formas de hacer ha sido muy importante, pero que no se han estudiado porque la masculinidad literaria se ha apropiado de todas las glorias y sin embargo, haya moderado un conversatorio que pretendía de alguna forma denunciar lo ignoradas que han quedado nuestras antecesoras a lo largo de la historia y para ello use a Márquez y su obra como punto de partida para tal análisis.

No sé a ustedes, pero a mí esto solo me corrobora que, como plantea Casanova Castillo, la medida de hasta dónde queremos llegar está mal planteada. No necesitamos que nuestro legado, nuestro patrimonio creativo se haga legítimo a partir de la obra de ningún hombre. La historia ha demostrado cuán capaces somos sin necesidad de comparar. Revictimizarnos no es el camino, pero minimizarnos tampoco.

Tal vez esta sencilla nota de prensa cuyo fin no era otro que anunciar el conversatorio que tendría lugar, no fuese el material más rico en cuanto a contenido para tal análisis, pero, no es un caso aislado. Vemos este patrón repetirse constantemente en los medios, incluso en revistas especializadas, cabe entonces cuestionarnos: ¿sabemos realmente qué queremos deconstruir, desmitificar?

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