La última cena en matriz radiográfica

El escritor italiano Ítalo Calvino dijo en una ocasión que un clásico nunca termina lo que tiene que decir. Esto es lo que sucede, precisamente, con la icónica obra La última cena, de Leonardo Da Vinci. Y es que esta ha sido analizada y reinterpretada incalculables veces a lo largo de la Historia del Arte. Punta de lanza, a su vez, que le ha servido al fotógrafo cubano Yomer Montejo (Camagüey, 1983) para articular conceptualmente su más reciente proyecto, concebido, madurado y producido bajo los efectos y consecuencias de una pandemia.  

La última cena, no ya la de Da Vinci, sino esta interpretación en clave contemporánea que nos presenta Yomer, viene a trastocar todo sentido religioso y representacional. El artista parte del sentido simbólico de los doce apóstoles y una figura central para entablar un paralelismo con las trece partes en las que se divide el cuerpo humano; cuyo elemento nuclear, a partir del cual se diagrama el resto de la composición viene a ser la cabeza, encarnada simbólicamente en la imagen de Jesús. Por tanto, el artista subvierte aquí la representación icónico-religiosa, así como también el tratamiento instalativo y el medio que asume para articular su obra.

Esta suerte de “última cena”, más que un homenaje icónico a su precedente estético, resulta un gesto manifiesto de Yomer Montejo por reinterpretar, desde su horizonte de acción, un discurso transversal a la historia de la Humanidad. Cada una de las trece cajas que conforman la obra-instalación comporta en su representación visual una parte esencial del cuerpo humano. Cada imagen, cada caja, incluso la propia disposición compositiva sobre la mesa-testigo de esa suerte de “última cena” que nos ofrece el artista, comporta una pluralidad de sentidos. Ahí radica, esencialmente, el alcance artístico y su importancia cultural en este minuto de modernidad.

Yomer vuelve al principio de todo: rememora La última cena, propone un giro sobre su representación y discurso, y nos ofrece, entonces, su propia “última cena”, donde mezcla los rituales de una cultura popular tradicional con la ritualidad de creencias contrastantes que coexisten y que forman parte de su (nuestra) experiencia vital cultural. Son cajas de comida rápida, de cumpleaños o de eventos festivos que en la cultura popular cubana se han utilizado generación tras generación. Ello da pie a cuestionarnos ¿Por qué el cuerpo fragmentado en trece partes? ¿Por qué la “cajita de cumpleaños” como recurso objetual empleado? ¿Por qué el uso de la radiografía como soporte técnico-estético para esta obra? ¿Cuál es la postura del artista ante esta situación? Una obra, en mi opinión, que genere más preguntas que respuestas, que invite al cuestionamiento más que a la complacencia (retiniana y/o conceptual) es una obra certera en este camino complejo y subjetivo del arte, sobre todo, del arte contemporáneo.  

¿Será acaso una suerte de “última cena” que nos propone mirar desde la introspección corporal y espiritual de una cultura que se extasía entre la tradición religiosa y popular, entre el sincretismo resultante de confluencias culturales y trascendencias históricas? ¿En ello radica el interés por la radiografía cual metáfora técnica para develar ante los ojos humanos las esencias interiores, cuasi imperceptibles, de nuestros cuerpos?

El artista recurre aquí al sentido simbólico de la tradicional “última cena” a partir de las acciones humanas que se derivan, de manera diversa, de cada uno de los fragmentos corporales que conforman esta instalación fotográfica. Y llama la atención, especialmente, la exquisita manera en la que mixtura esa esencia simbólico-religiosa que emana de un episodio evangélico con un aliento fresco de contemporaneidad y rejuego alegórico de la sociedad actual, amparado en una necesaria participación, casi performática, del espectador sobre la obra.

La última cena de Yomer Montejo se regodea en la intervención deconstructiva de quien observa, en la exaltación de detalles, en la factura elástica entre el buen acabado y la materialidad visible del objeto intervenido; y todo ello le otorga a la obra esa cualidad de gesto y signo estético. Gesto porque subvierte un ícono tatuado con tinta histórica. Signo porque encuentra su posible desciframiento –siempre certero y bienvenido– en la conciencia y experiencia cultural de la sociedad, del sujeto de hoy: de ese sujeto que, la mayoría de las veces, olvida regresar al inicio, mirar al interior, encontrar una imagen de sí mismo en matriz radiográfica y a conciencia.

La última cena, de Yomer Montejo, invita a todo ello y a más. Ella es, apenas, la punta de lanza, para, una vez más, lanzarnos a reinterpretar un clásico y que, tal como lo dijo Ítalo Calvino, diga todo lo que tenga que decir y más.

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