¿A dónde va la esperanza del mundo? ¿Hacia nuevas versiones de niños malos…?

Me habían dicho de buena fuente: «No puedes perdértela», pero al terminar de ver el espectáculo, con el instinto materno y humanista a flor de ojos, fue que pude comprender la magnitud de esa recomendación.

Ay, si pudiera traer a mis alumnos —dijo mi madre secándose la cara tal vez con vergüenza porque ya encendían las luces.

Y yo no dije nada, aplaudía y aplaudía, presa de la voluntad infinita de agradecer lo visto.

Habíamos llegado tarde porque mi acompañante anda un poco lenta a causa de sus achaques. La noticia de que daban quince minutos de cortesía nos convino, aunque verlos convertirse en más de veinte pudiera ser justo señalamiento. Sentarse en la fila reservada para los invitados especiales tiene un plus otro: además de ver la puesta desde el lugar preciso, te tocan por compañeros de la experiencia personas de esas que, a veces, solo se ven por televisión (la familia Cremata).

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Haber leído a Raúl Ferrer, Julio M. Llanes y Excilia Saldaña y encontrarlos hechos cauce para la vivencia de los niños del Taller de la Colmenita de Diez de Octubre, constituyó una grata sorpresa, no porque fuera inesperado ese versionar del texto literario, ya anunciado desde el título (Versión de Una niña mala), más bien debido al aprovechamiento no literal, reconstruido, desde la perspectiva inocente y sabia del infante —con la asistencia atinada de las payasas terapéuticas de la Colmenita— que cuenta, reafirmando el dicho sobre lo verdadero de su verbo, historias reales de sus escuelas y comunidades. Fue una jubilosa evocación a la infancia propia, encontrar esa lectura de La noche y Canción de la niña mala, ojalá se derive, como lo parece, de un trabajo hondo en ese campo cenagoso de los actuales hábitos de lectura, donde todo lo que se haga será bienvenido a la salud del acervo cultural de este país, de nuestra lengua materna y hasta del ser humano.

La función fue una fiesta, quizás en gran medida porque Dévorah Rojas (la Abuela), defendía su tesis de culminación de estudios (en el Instituto Superior de Arte) y la obra se tornó un diálogo amoroso en que los niños contribuían a su desempeño a la altura de la máxima calificación obtenida. Tal vez fuese, además, porque (aun con ese diseño escenográfico minimalista, predominantemente de fondo negro —en la intención de aprovechar las luces y la proyección de audiovisuales encima de la escena—, con vestuario de sencilla evocación del uniforme escolar, con música de fondo, a veces ruido; otras, necesaria referencia sentimental, y una dinámica versátil al moverse en todo el escenario irregular, útil a las retrospectivas y prospectivas que plantea el guion) la presencia de aquellos diecisiete niños representándose, probablemente, a ellos mismos o algún amiguito, hizo de la puesta un juego de roles bien conocidos, y salió orgánica, verosímil, bella.

Sin embargo, lo más impresionante no vino por el camino feliz de las múltiples interpretaciones que se le de a la obra, llegó por la confrontación de una triste verdad de Perogrullo que tanto se ha tratado de resolver y todo plan resulta parche mal cosido: sobre las tablas hicieron una de las críticas mejor fundamentadas al problema del sistema educacional cubano: el personaje de la maestra, solo presentada con voz en off (ausente a sus responsabilidades, censurante de nuevas maneras de expresión y aprendizaje, alentadora de la reproducción sin análisis), es muy significativo porque, poniéndonos la mano en el corazón, debemos admitir que abunda en nuestras escuelas. La constante y poco sutil comparación entre el maestro de la Abuela (símbolo de un proceso de enseñanza y aprendizaje ideal ya «obsoleto», pero útil) y la maestra de la niña, subraya este juicio crítico sobre el tema, implícito en la puesta. Y qué necesario este tipo de análisis desde el arte hecho por los niños y proveniente de sus inquietudes; no hay que subestimar sus opiniones, ellos también juzgan, y es lamentable que, en este caso, tengan la razón. Ojalá se logre hacer la gira nacional, y toquen las puertas adecuadas para abrir mentalidades y cambiar modos de actuación que son raíz de la torcedura del árbol generacional germinante.

Muy buena la obra —en casa repetía mi madre, maestra primaria de la vieja escuela y agregaba— No te preocupes mi´ja, yo le daré clases a mis nietos…

Y yo callé de nuevo, porque eso solo resuelve mi problema en singular. Y, ¿a dónde va la esperanza del mundo? ¿Hacia nuevas versiones de niños malos? No, necesariamente. Los niños malos no existen. Todos volvemos ahí, al pecho del niño que fuimos, asustado o feliz de tener una memoria grata o no. Crecer es un proceso problémico: nadie tiene las verdades absolutas sobre el asunto: habría que repensar tantas cosas… Yo también he tenido la tiza en mis manos, y la impotencia de no saber qué hacer para despertar a los adolescentes curiosidad y ganas de aprender, de leer, de pensar y ser mejores; entonces, lo sé de vivo dolor: se necesita activa participación de todos los implicados (familia, escuela, etc.). Por eso, y aunque suene a elogio tantas veces repetido, cabe reconocer la labor de la Colmena, esa escuela grande —y cantera de los nuevos jóvenes creadores— que, junto a los padres, trabaja por enseñar aquellas cosas que apesadumbraron mis horas de maestra y apesadumbran las de todos los que se precien de, al menos, querer serlo dignamente. Hay que decir: «En hora buena colmeneros, abejitas y abejorros, sigan haciendo un tanto por la salvaguarda de la esperanza

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  • Muy breve. Espero que «amor no quite conocimiento». Me gusta mucho el trabajo. Siento sano orgullo de ser tu padre y te aliento a que sigas expresándote así, cada día mejor. Aunque sé que no es ese tu campo preferido, te recomiendo una vez más que no prives al mundo de tu inteligente, entretenido y bien fundamentado criterio. Por momentos me recuerda la crónica martiana. Que no se te suba la fama pa la cabeza! Un beso grande de tu pa.

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