Yeilén Delgado


La ingratitud de predicar

Para analizar un libro me detengo en sus pórticos. Los exordios, cuando están bien escogidos, siempre anuncian la sensibilidad del escritor, Yeilén Delgado en esta propuesta no es la excepción.

Fina García visita la antesala de este cuaderno: La dádiva de tu tiempo en ese niño pertenece a lo hundido, a la raíz, a lo que no tendrá nunca recompensa.

Así comienza este inventario de ingratitudes resumidos por la autora en los nueve textos que conforman el poemario: La ingratitud de predicar.

«La hija del poeta», «Poema no escrito», «Infiel», «Anestesia general», «Las manos», «Identidad perdida», «1:10 a. m.», «Mientras ordeno y no agonizo» y «Matriz».

La hija del poeta se desliza con sutileza en los exabruptos que se presentan en una vida después de los treinta. Conoce de cerca la separación, el síndrome del nido vacío, el miedo y el amor a una maternidad dictada por convenciones ancestrales, la muerte de sus mentores, la madurez con la que se espera que enfrente los desaciertos de la vida, pero la autora solo aprendió a conocerse en otros poemas y a que su paso por la existencia no está hecho para atravesar las realidades.

Poema no escrito es el tiempo que no tiene para el ejercicio de la escritura una mujer que escribe, la indecisión constante de dejar de ser para hacer, en este caso Yeilén Delgado sin opciones escoge orillas.

El verso libre invade al poema Infiel con un gemido triste, quiere escribir, debe escribir, pero las acciones hirsutas de una casa le roban el tiempo, el cansancio, la preocupación por los hijos. Al final, cuando resuelve el último verso, la autora se convence de que a todos les ha fallado, mas es de ella quien se ríe es la literatura: porque el poema no cree en momentos ideales y rara vez perdona la traición.

Las manos y la cicatriz como una medalla herrumbrosa son los símbolos que aparecen una y otra vez en los poemas que suceden. Para la autora en esta muestra no son importante los referentes, ni empatía con otros, está inmersa con notable intensidad en sus problemas (en el miedo de no construir lo suficiente) y llevarlos a flote es lo primordial, amando cada trozo de su esencia, de sus duelos, mostrando al mundo la otra cara de la maternidad, esas zonas o esos vacíos que los hijos no solucionan, pero en los que ella insiste en ver como acto de contrición porque no sabe, pierde el rumbo para asirse como animal hambriento de comunes lugares poéticos.

Yeilén Delgado, quien resultara ganadora con este cuaderno de la colección Analekta, en la pasada edición del certamen literario El árbol que silba y canta, fue premiada entre otros preceptos, por su transparencia y lucidez a la hora de nombrar lo que no resulta grato, con verbos certeros que hacen de la selección un vademecum amatorio donde una mujer, a pesar de todo, no se rinde.    


Premio de poesía El árbol que silba y canta para Yeilén Delgado

“La ingratitud de predicar” es el cuaderno ganador del XXI Premio de poesía “El árbol que silba y canta”, convocado por la célula de la AHS de Báguanos en Holguín, como parte del evento de trova y poesía “Del verso y de la miel”, que cada año se celebra en este municipio.

Yeilén Delgado Calvo, periodista y escritora matancera residente en La Habana, es la autora galardonada, que bajo el seudónimo de Leba, presentó a este premio “una propuesta desde la que alienta una voz poética personal, razonada y humana a la vez, tentando y proponiendo desde un lenguaje comedido y sin artificios”, según destaca el jurado, que integraron Luis Yuseff, Adalberto Santos y Elizabeth Soto.

La joven escritora es egresada del Centro de Formación literaria Onelio Jorge Cardoso y ha ganado entre otros concursos el nacional de poesía Delia Carreras, de narrativa Portus Patris 2021 y ha publicado sus versos en varias antologías dentro y fuera de Cuba.

Para los lectores del Portal del Arte Joven Cubano, Yeilén esclarece los derroteros del cuaderno ganador de esta edición de “El árbol que silba y canta”:

Son poemas que hablan esencialmente de la maternidad y el paso del tiempo.

Cuando me convertí en madre gané en conciencia de lo rápido que pasa el tiempo, y de cómo lo mucho que dejo de mí en esa “tarea” es algo que o se me devolverá.

¿La madre poeta es muy distinta de la poeta que eras antes?

Es distinta porque soy una mujer distinta. Creció mi autopercepción. Tengo menos tiempo para escribir y más ganas de hacerlo. Más que decir. Por eso los poemas son más escasos y concentrados. Y escribo sobre la maternidad desde la ambivalencia.

Cuando tus hijos sepan leer ¿se encontrarán en esos versos?

Me gusta creer que me encontrarán a mí, que sabrán que mientas los criaba era una persona con miedos, con desafíos, con tantas ganas de salir corriendo como de protegerlos del mundo.

¿Tu narrativa también es atravesada por estas preocupaciones?

Todo lo que he escrito después de ser madre es atravesado por esa experiencia, no puedo desprenderme de ese traje, que es muy diferente a lo que la sociedad supone o vende, es tan dulce como áspero.

Si el acto de la escritura es siempre un parto, y el encuentro con el lector, esa presentación en sociedad del hijo propio, hay mucho de “mater-paternidad” en el gesto de la creación literaria, pero si esta se haya transida de los dolores de la maternidad otra, la real, la de esta circunstancia caribeña, insular, de siglo nuevo y de futuro azaroso, tiene connotaciones mucho más complejas, inenarrables.

Para una madre es fácil conectarse con los versos de Yeilén, ya lo dirán los lectores cuando en 2022 se presente su cuaderno en la colección Analekta, para demostrar que hay ingratitud en predicar, pero que la gratitud asume muchas formas, como la de la poesía, en el hecho de “maternar”.