emigración


No importa, otra vez

Ítaca te dio el bello viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene más que darte.

Constantino Cavafis

 

Jorge Luis Borges —lo ha contado Eduardo Galeano— impartió una conferencia sobre la inmortalidad el mismo día y a la misma hora en que la selección argentina de fútbol jugó su primer partido en el Mundial del 78. En Santa Clara, más de cuarenta años después, al programador de la Jornada “Teatro de la Resistencia o La Utopía Cierta” le salió una broma parecida: A la vez que No importa, de la Compañía Teatral Mejunje, hacía de las suyas en el centro cultural homónimo, el grupo Estudio Teatral representaba al otro lado del parque una obra inspirada en un cuento de Borges.

El tema es que el patio de El Mejunje vibró con el latido de quienes se amontonaron para ver la puesta de No importa, un espectáculo estrenado a finales de 2021, con dirección artística de Adrián Hernández y general de Ramón Silverio.

Porque jamás he simpatizado con las columnas agrupadas en el libro que inspiró la obra (¿Quién le pone el cascabel al látigo?, de Rodolfo Romero Reyes, Nemo), decidí no asistir al estreno. Pero al terminar aquella función, sucedió que mis amigos comenzaron a compartir fotos, videos, mensajes de “No importa” en sus estados de WhatsApp. La obra recibió palabras de elogio en medios provinciales y nacionales, algo que puede— aunque no necesariamente— ser sinónimo de calidad. La Compañía Teatral Mejunje la representó en La Habana, Ciego de Ávila, Bayamo, Holguín… Y así llegamos a la noche del lunes, cuando la Jornada “Teatro de la Resistencia o La Utopía Cierta” irrumpió en Santa Clara con la fuerza de lo inesperado.

Poco antes de las 9:00 p. m., la cola para entrar a El Mejunje parecía la versión a escala teatral de una feria de fin de año. En el público, lo suficientemente variado como para juntar rostros de pepillas y pepillos con los de esa comunidad “sapinga” a la que orgullosamente pertenezco, había lo mismo trovadores, ensayistas, periodistas, actores, que personal completamente ajeno al mundillo artístico de la ciudad. De todo en la casa del señor Ramón. Y fue precisamente Silverio quien leyó, justo antes de presentar la obra, las palabras que saludaron el comienzo de la Jornada.

No importa —sospecho que inspirada en referentes de tan variada calidad como Regreso a Ítaca, del cineasta Laurent Cantet; No tengo saldo, del grupo Teatro del Viento y el libro (en este caso, referencia declarada) ¿Quién le pone el cascabel al látigo?, de Nemo— se vale del pastiche para entregarnos un producto acabado, equilibrado, hilarante. Una función que no subvalora la inteligencia del espectador ni busca forzar su emotividad con un sentimentalismo porno.

Para no meterme en el terreno pantanoso y por mí desconocido de la crítica teatral, mejor les diré que No importa forma parte de las representaciones artísticas que está generando un contexto signado por el hierro candente de la emigración. Cuando se lea este presente como pasado, habrá que analizar producciones tan disímiles como reggaetones, sones, boleros, rocanroles, novelas, cuentos, poemas, documentales. Y habrá que detenerse obligatoriamente en la aplastante popularidad de No importa, así como en su incisivo abordaje de la crisis migratoria.

Dice el escritor argentino Martín Caparrós: “Un migrante es alguien que se escapa: se desespera, se va a buscar sus esperanzas a otra parte. Nadie deja su lugar si su lugar lo satisface. No hay mejor evidencia del fracaso; no hay peor”. Soy de los que considera que la emigración responde a una determinación política, como también su contrario: la permanencia (voluntaria o involuntaria) en el espacio concreto del lugar de origen. No importa recoge estos debates, los procesa y devuelve a un espectador quizás por primera vez consciente de la realidad que está sufriendo.

Y lo hace con el tono cabaretero, carnavalesco, que tanto éxito de público (y de crítica, dicho sea) está alcanzando en grupos de teatro como El Portazo. Se apoya, además, en parlamentos correctamente seleccionados del libro de Romero Reyes. Las columnas que no lograron sacarme una sonrisa en mi condición de lector, se vuelven carcajada explosiva gracias a la actuación de Leisy Domínguez, Lizandra Martín, Yuniesky Bermúdez y Adrián Hernández.

Su estreno ocurrió justo antes de que empezara este nuevo éxodo masivo, que ha potenciado el impacto de la puesta en la medida en que se han ido sumando números fríos a la estadística del desastre. El espectáculo analiza el conflicto entre arraigo y desarraigo, así como la necesidad que sienten los jóvenes por abandonar la idea de un proyecto colectivo para buscar un escape individual. Su fuerza radica en el descarnado tratamiento de la actualidad cubana, sin caer en el panfletarismo, la barricada, el mensaje extremadamente directo, el post de Facebook escrito en mayúsculas y con errores de ortografía. Su debilidad, en el frecuente manejo de códigos cerrados, que limitan el alcance de un mensaje universal.

Excepto el juego de La Botellita, que me pareció extenso e innecesario, asimilé con fortuna cada escena. No importa se vale de pocos recursos, pero los aprovecha inteligentemente. Todo el tiempo el espectador (¿debería hablar por mí?) se mantiene en estado de tensión, pues no sabe por qué camino lo conducirá el siguiente diálogo. A fin de cuentas, hoy casi cualquiera puede mirarse en el espejo de una obra como esta. Y es un espejo afilado, no recomendable para quienes utilizan máscaras fuera del teatro.

“Los jóvenes admiradores de Cavafis —lo ha contado Margarite Yourcenar— se desilusionaron al descubrir que los gustos literarios del poeta eran más atrasados que los de ellos”, escribe Jorge Fornet en Salvar el fuego. Y aunque estamos, o podamos estar, en presencia de un caso similar con esta función y algunos de sus referentes (salvando, más que el fuego, las distancias), pienso que la desilusión podría nublarnos el disfrute de un trabajo valioso, donde la carcajada y el llanto se alternan para removernos la imagen que hasta entonces habíamos tenido de Cuba, del mundo. En fin, de todo aquello que verdaderamente importa.


Los que nos quedamos a soñar por la oreja

  • – En esta casa no se oye a Willy Chirino, dijo él.

Esta también es mi casa. Y qué puedo hacer yo si en mi memoria emotiva están los sones transculturados del susodicho; si mi cuerpo, incapaz de moverse a ningún ritmo con cierta organicidad, insiste en dejarse llevar por su versión de Medias negras, más que por el original de mi amadísimo Joaquín Sabina.

  • – En esta casa no se oye a Willy Chirino.

Tápese entonces los oídos. Porque los que soñamos por la oreja no escogemos lo que nos mueve o conmueve. No destiñe mi ideología lo que piense Willy, ni cualquiera que se haya ido con su música a otra parte, algunos suenan más cubanos desde fuera que ciertos intérpretes del patio, y digo esto desde el reconocimiento de que sonar cubano no es ser una estampa inmóvil de mogotes, malecón, playa, mulatas, tabaco y ron. Que esta isla está hecha de influencias y mixturas.

Yo digo como cierto amigo, que la diáspora no la inventamos nosotros, para más información remitirse al Antiguo Testamento y ver al pueblo judío atravesando el Mar Rojo, o al menos el sendero abierto entre sus aguas por la gracia de su Dios. Sin embargo, quiere la criatura de isla adueñarse del sentimiento confuso de la emigración como exclusivo padecer de sus orillas, pero no, el mundo está hecho de y por los que vienen y se van, y así sus muros, calles, versos, melodías.

Hoy pienso en José María Heredia, parado frente al Niágara, obnubilado ante la cortina interminable de agua, el torrente maravilloso que lo sedujo, grandeza inesperada que impresionó el alma del poeta; o en José Martí, adolescente expulsado de su patria como quien arranca a un hijo del abrazo materno. Pienso en esos hombres que invirtieron fuera de Cuba la mayor parte de sus vidas y nadie duda de la cubanidad de sus creaciones (tampoco se ha inventado dispositivo alguno capaz de medir este indicador que abale cuán cubana es o no la creación de algún artista en dependencia de la distancia a la que se encuentre respecto a la patria en el momento de la creación).

“Yo no he dejado de ser amigo ni de comunicarme con quienes han decidido radicarse en muchos sitios de la infinita geografía con que se dibuja nuestro planeta.” Aclara desde el principio Joaquín Borges Triana en las páginas de Nadie se va del todo. Músicos de Cuba y el mundo. Viene con una advertencia, una declaración de principios, para algunas mentes de sinapsis defectuosa, un desafío.

El libro de Joaquín Borges Triana, publicado por Ediciones La Luz, es de una transparencia avasalladora, el autor dice lo que piensa, o mejor, lo escribe a veces con un tono cáustico, y resulta que su opinión es muy cercana a la de tantos que están convencidos de que un país no termina en el borde exterior de las 12 millas de aguas territoriales: ¿acaso pueden sal y espuma limitar la pertenencia?

El periodista aborda la emigración de los músicos cubanos como principio y no fin, investiga, según él mismo afirma, la dimensión social de los cambios musicales, cuestiona fenómenos y construcciones sociales como el nacionalismo cultural y la exclusión del panorama artístico cubano de aquellos que decidieron un día partir, no importa con qué motivo, pues ¿acaso importan los de los millones restantes que se van de sus países de origen alrededor del mundo? Política, economía, amor, búsqueda, sueños, vocación trashumante, todos valen lo mismo.

Quiero confesar que antes de leer el resto del libro fui al final. No es hacer trampas, porque en este caso el final es el principio, en las últimas nueve páginas previas al índice y bajo el subtítulo: índice de agrupaciones y músicos diaspóricos citados en el libro, Borges Triana compila una realidad cambiante. Me divierte un poco que el primero en la lista sea Alito Abad, trovador holguinero, no fue culpa de un supuesto chovinismo de los editores, que son sus coterráneos, la lista está en orden alfabético, pero ese muchachito a quien escuché sentada en los neumáticos que hacían de palco las tardes de la primera década de este siglo en el Caligary en los altos del Centro Provincial de Artes, y que decía: “con tanto de sed, tanto de sed y tanta sal, dentro de ti, un manantial”, ese muchachito, también se fue.

Sin embargo, algo como irse no es inamovible o una condición definitiva, porque ha vuelto y ha cantado en Holguín, a unas cuadras del mencionado Caligary, como tantos nombres en este índice, Descemer Bueno, Isaac Delgado, Telmary, Virulo, Alain Pérez, Habana Abierta, y así hasta sumar, entre los que conozco, más de una decena de artistas y agrupaciones.  

Las páginas citadas trajeron a mí una nueva certeza, entre imágenes borrosas de una Celia Cruz dibujada en Delirio Habanero o las manos larguísimas, infinitas de Bebo Valdés sobre el marfil: La música es un código similar al ADN, un nexo inquebrantable, un ancla, una atadura perpetua. Nadie se va del todo. Nadie, todo. Voces de un valor absoluto. Puede ser que uno se vaya de Cuba, pero Cuba no se va de uno. Tan simple como eso, o tan profundo como el decir de Cintio Vitier:

“Del estado podemos disentir; de la nación, en cuanto es un pueblo asentado en un territorio, podemos alejarnos, pero la nacionalidad, que en definitiva es cultura en su más amplio sentido, nos une a todos.”