Barbarella D´Acevedo


La marea roja de Barbarella D´Acevedo

Marea roja de Barbarella D´Acevedo se inscribe dentro de la poesía confesional-reflexiva, a través de la cual el sujeto femenino urde una poética de su propio devenir experiencial y existencial. Mediante un lenguaje directo —no por ello exento de lirismo e imaginería—, el yo poético evoca constantemente al ser amado, cuya presencia/ausencia, cercanía/lejanía, constituye uno de los motivos principales que figuran en los poemas de este libro, recién publicado por Ediciones Enlaces, Chile, como parte de su colección “Habitantes poéticos”. Así, cuerpo, memoria y deseo van configurándose como dispositivos imperiosos e irreductibles que deconstruyen la subjetividad femenina.

Se denomina “marea roja” a un determinado fenómeno natural, en el que una floración de microalgas en diversas zonas del Atlántico resulta nociva para el ecosistema marino y los seres humanos. De esta forma, el poemario asume la marea roja como símbolo de todos los factores, situaciones, causales y vivencias que toman lugar en el drama interior del ser humano. Es preciso apuntar aquí que los versos cortos marcan, precisamente, el ritmo abrupto, que ejemplifica el ir y venir de la marea roja; pero, de igual forma, manifiestan el movimiento de separación o precipitación del yo poético con respecto a esta. Sin duda, estamos ante una dialéctica de Eros y Tánatos que, al no tener resolución, lanza sus dados al azar para un nuevo comienzo, como se anuncia desde el primer poema intitulado “País de sangre y sueño”:

Te mostraré el zunzún aleteante,

que hasta entonces

he guardado en mi seno.

Lo dejaré sobre la mesa

como un regalo roto.

Y no harás nada…

Así, al final,

aceptaré de nuevo tu partida.

Y fingiré otra vez,

que no te quiero.

Analizaré brevemente este fragmento. El zunzún manifiesta una metáfora tripartita: es esperanza, pero también representa consecuencia e inestabilidad. El hecho de que se encuentre guardado en su seno significa, algo demasiado íntimo, que ha sido conservado hasta ese momento y que, por lo tanto, se trata de un regalo único. Empero, también es un regalo fracturado, incompleto; lo cual refleja que no es posible la completitud. Esto último es una reminiscencia del mito del Andrógino, propugnado por Platón en El simposio, que, puesto en palabras del comediógrafo Aristófanes, explica la búsqueda incesante por restaurar la mitad perdida. Al final de este poema, el yo poético se resigna de nuevo a la pérdida y acepta su papel como actor de una obra cuyo libreto debe ser ejecutado una y otra y otra vez.

Estas “escenografías” del yo poético manifiestan el principio de no identidad, que le confiere al poemario un cariz filosófico. Esto es importante, porque en varias instancias de Marea roja el sujeto femenino se confronta con lo que yo he identificado en el cuaderno como las tres variantes de este principio: (1). no-ser, (2). otredad y (3). fusión. La primera, sitúa al yo poético en un estadio de vaciedad absoluta en el que se confronta, ya sea con su parte inexistente como aquello de lo que carece por completo. En la segunda, se mira desde los otros, para resaltar aquello que, desde su mismidad, se mostraba ajeno y foráneo. En la tercera, esgrime el deseo de compenetración con el amado, en el que asume la identidad de éste. Veamos los ejemplos concretos.

Primeramente, en el poema “Confesión”, el yo poético accede a una especie de contraespejo que remite a aquello que le niega ontológicamente. También podría decirse que se trata de su vaciedad: un estado que se perpetúa en lo que parece inalcanzable dentro de sí mismo, algo que nunca podrá concretarse en términos de su ser:

Amo

incluso

el reflejo que me brindas

de la que no soy

y que quizá podría llegar a ser.

O no…

Y no seré,

ya nunca.

En lo que respecta a la variante o perspectiva de la otredad (alteridad, si se quiere), el poema “Espacio tiempo” recurre a los deícticos para darnos una imagen distinta del yo poético. Desde la lingüística pragmática, los deícticos son palabras o expresiones que sirven para contextualizar la situación del hablante. En este caso, el yo poético se sitúa en una coyuntura espacio-temporal fijada en el exterior de su ser, como si asumiese otra identidad; lo que posibilita el carácter de otredad. Como una especie de epojé, o suspensión de juicio, ese particular posicionamiento desde el exterior del mismo yo poético, lleva a un reconocimiento del ser:

Espacio

tiempo

y verme desde afuera

como si fuera otra.

Ver a la que te ama

aquí y ahora.

Y no reconocer

la que yo era.

En tercer lugar, tenemos que el yo poético nos conduce a lo que he llamado la fusión. En este caso, la unión absoluta con el ser amado. Esto nos recuerda el “Yo-Tú”, formulado por el filósofo judío Martin Buber, que implica la completitud del ser, como meta final. Como puede verse a continuación en el poema “Quiero”, donde esta fusión se entabla en términos de la consumación del acto sexual:

Rota,

sin carne,

ya colmada,

quiero

sentir tu beso,

tu saliva.

Quiero…

susurrar en tu oído

los mil nombres.

Para al final

dormir entre tus muslos

y despertar

y arder

contigo adentro.

De aquí se colige, prácticamente, una mística sexual, que nos remite al encuentro del Amado y la Amada, que figura en El cantar de los cantares. No obstante, esta fusión podría representar la disolución del amado en la propia subjetividad. En resumidas cuentas, la amada deviene el amado, como figura en el poema “Ser tú”:

Yo quisiera sentir

lo que tú sientes.

Hasta la sed, el hambre…

Convertirme en tus poros,

en tus huesos.

Ser tu tacto

y tus uñas.

Estar dentro de ti

como un parásito.

Adherida a tu cuerpo,

ser, tú mismo.

Marea roja está marcada por un angst saudoso transitado por un tempo que no se resigna al dolor y a la tristeza, sino que presenta atisbos de luminosa esperanza como puede apreciarse en “Big Bang, “Se acerca tu recuerdo”, “Luces”, “Come together”, “Fertilízame” y “Conjuro”. Para concluir, en este poemario, Barbarella D’Acevedo ha plasmado con acierto una voz experiencial muy propia, que nos mueve a pensar sobre nuestra propia condición humana, a la vez que nos permite recrearnos en la belleza de su poesía.


Todos los lagos son un trozo de océano

La exploración del amor y el sujeto femenino son dos de las líneas centrales de la narrativa de Barbarella D’Acevedo (La Habana, Cuba, 1985). Teatróloga y profesora del ISA, la escritora egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, ha recibido varios premios y becas literarias en los últimos años, entre ellos: la Beca de creación Caballo de Coral (2018), XIX Premio de poesía Paco Mollá (2021) y el premio Hermanos Loynaz en Literatura infantil (2021). Su obra narrativa es bastante prolífica y agrupa varios volúmenes de cuentos, entre ellos: Músicos ambulantes (2021), El triunfo de Eros (2021), Habana pulp misión (2022) y Blanco y Azul (2022).

Los nueve relatos de este último volumen, Blanco y Azul, publicado en 2022 por la Editorial Primigenios —mismo año en que obtuviera el Premio de la Ciudad de Holguín en Narrativa[i]—, hacen eco de las líneas centrales en la narrativa de su autora. Se mezclan en sus argumentos elementos de fantasía, símbolos universales y la vida mundana, con un tono y enfoque que da a los sujetos femeninos y su experiencia vital un papel central dentro de todo el conjunto. Esta voz femenina e interesada en este rasgo esencial, incluso en relatos donde se aborda el punto de vista masculino —«Del lado del corazón que no se sabe y otras cosas no dichas», «Y el tiempo…»—, se conecta y hace heredera de las diversas generaciones de escritoras que comenzaron a interesarse por los conflictos femeninos y a publicar su obra a partir de la segunda mitad del siglo pasado, fundamentalmente en las dos últimas décadas y luego en la primera del actual siglo.

Las protagonistas de estos relatos son mujeres que aman, que desean y experimentan «la costumbre de alimentar, dar alimento, servir el alimento» a un otro o a varios otros externos e identificados en lo general como masculinos. Eva, Teresa, Bárbara, Alma, y las anónimas de los restantes cuentos, son todas mujeres distintas y al mismo tiempo parecieran la repetición de una sola, un juego de espejos infinito en que un único ser se multiplica en distintos rostros e historias, pues «La mujer a ratos, por aburrimiento juega a ser otras. Y escribe o se mira en el espejo».

El primero de los relatos marca una constante de las páginas siguientes: la distancia e incomunicación entre el sujeto femenino y el masculino; estos se entrelazan y juntan a lo largo de los relatos, pero sin que haya entre ellos una verdadera integración o entendimiento. Eva que se esconde en la soledad y la escritura y lo espera a «Él, que a cada rato se va y no vuelve, o vuelve demasiado a deshora…», mudada de piel y transformada en otra nueva, termina por: «Matar para vivir. Con el fin de que tres dejen de ser tres, y solo exista uno. Una. Unidad en el tiempo. Siempre el tiempo y un jardín. El patio y mis olores». La muchacha de «Raíz» que, al guía que le lleva a ella y a otra pareja por las montañas, «Quería decirle mucho, tejerse ante él, desenredarse incluso, sin lograrlo…». La anónima escritora de «Intensividad», amante que reclama al hombre que se va porque se tiene que casar, le dice: «Estoy sola, ¿dónde estás tú?» y cuando él la acusa de convertirlos en personajes de ficción ella replica simplemente: «La mujer crea».

También escritora es la protagonista del cuento que da título a la compilación: Alma que huyendo de su isla se halla «en un rincón de la tierra tan ajeno, tan blanco y azul», sin que la distancia pueda librarla de aquello que la seguía «a cualquier parte» y se convierte en Ariadna junto a un Teseo que es al cabo semejante al Minotauro. Ella, que huye, se encuentra con un «él que no es él, sino su doble, gemelo, o él mismo que miente», porque son también como los lagos todos los hombres, un trozo del océano y el tiempo no puede moverse en una sola dirección, por lo que en su unión se universalizan y son «de nuevo, un hombre y una mujer». Es, en esencia, a esto a lo que podrían resumirse estos relatos de amor: un hombre y una mujer, uno que toma y otra que da.

Así, la anónima mujer de «Carne» es solo una MUJER en mayúsculas que podría ser cualquiera y reconoce como «El HOMBRE, un HOMBRE, reclamaba siempre su alimento aunque llegara de paso». Ambos podrían ser cualquiera, personajes sin nombres. Pero en definitiva ella, que «siempre había soñado con esa idea de alimentar a los demás», con la piel fina como la de una cebolla, no puede resistirse al «impulso en ELLA de cortar los pedacitos de su piel, así, soportando el dolor o el miedo, ese impulso de alimentar al HOMBRE, servir de alimento». Y en esto último se reconoce también a Bárbara y su hombre alado, su «hombre que había resistido a la muerte, así, sin que hubiese mediado una palabra entre ambos, le acariciaba el cuerpo con las manos, explorándole la cima de sus caderas, pero también las oquedades del vientre, en avideces de cachorro con hambre».

A través de estas experiencias del amor es que se multiplican los sujetos femeninos de Blanco y Azul, se conectan por la forma en que sienten o han sentido los mismos impulsos y deseos. Esta multiplicación es no solo el reflejo continúo que se forma con la lectura de los distintos relatos, sino que se da también a nivel interior en cada una de las mujeres de los cuentos. Aman y se transforman múltiples veces dejando atrás «esa piel vacía en un rincón, inútil cual una media vieja, como si no fuera su piel, y sí la mía, una muy vieja, de la cual por fin conseguí deshacerme». Si para Bárbara el amor regresa en forma de «punzada en su vientre como el anuncio de la vida», no para todas es necesariamente la maternidad el sentido estricto de su instinto creador, algunas incluso cierran sus cuentos con incertidumbre, sin saber «cuánto podía haber sido y además en aquello que no: ciudades, hijos, nombres, cenizas, restos de mate, labios y abrazos incapaces de perdurar».

En otras palabras, podría entenderse que las mujeres de los relatos de Blanco y Azul, todas o una sola multiplicada, juegan a verse a sí mismas, a entenderse, a tejerse y destejerse frente al espejo desde la óptica del amor cuando el viento típico del Egeo trae los recuerdos «de Odiseo y de Ítaca».

Nota:

[i] Este cuaderno obtuvo el Premio de la Ciudad de Holguín en Narrativa, y está pendiente su próxima publicación en Ediciones Holguín.


Barbarella D´Acevedo: «El arte es un instante de desnudez total»

Su particular nombre resuena aquí y allá. Trae sonoridades cinematográficas. Accede a las gavetas de nuestra memoria emotiva como espectadores del séptimo arte. Barbarella D´Acevedo construye sus imágenes desde la palabra, y desde la palabra invita a la desnudez y a la sinceridad del arte de la escritura, y al salto de fe que todo creador necesita

—¿Qué conexiones, menos o más evidentes, existen entre el mundo de la teatrología y el de la narrativa?

—Quizá la conexión más evidente entre ambas vertientes viene dada por el hecho de que se articulan a partir de un mismo modo de expresión, que es la palabra escrita. La narrativa puede transcurrir desde la ficción y la teatrología, por su parte, se construye como ejercicio de crítica e investigación que indaga el universo de la escena. A mí en lo personal la teatrología me brindó la posibilidad de sentirme cómoda con la escritura, y adquirir esa soltura que algunos alcanzan desde otras carreras, como pueden ser el periodismo o la filología. Justo la teatrología me permitió aventurarme también en la práctica del periodismo cultural más allá del teatro, en espacios como Esquife, la web de la AHS u Opus Habana.

—¿Cómo has transitado de la crítica teatral al género narrativo?, ¿por qué esta mutación?

—La literatura forma parte de lo que soy. Escribo desde siempre, desde niña y adolescente. Llego al teatro por una herencia hasta cierto punto familiar. Mi papá, Tomás González, fue dramaturgo y director teatral, entre otras muchas cosas; y yo pasé una etapa temprana de mi infancia participando de sus procesos de dirección, por aquel entonces frente a su grupo Teatro V, y también pude ver cómo concebía sus textos. Así, hasta cierto punto fue natural que me inclinara a estudiar teatrología. No definiría mi proceso como un tránsito, porque mientras ejercía la crítica teatral, a la par escribía aunque sin llegar a socializarlo. En la actualidad, si bien me he centrado más en la narrativa, no abandono, por ejemplo, el campo de la investigación teatral, que me sigue apasionando. Anda por ahí un libro que escribí sobre teatro asiático, con el cual no he definido aún qué hacer. Creo que ambas cosas están en mí y persisto en llevarlas a la par.

cortesía de la entrevistada

—¿Qué entiendes es el arte?

—Esa es una pregunta que yo misma me hago a menudo y cuya respuesta quizá he ido modificando a lo largo del tiempo, en tanto uno vive en proceso de transformación continua, como ser humano y como creador.

Ahora mismo pienso que el arte es un instante de sinceridad, de desnudez total.  Solo desde la sinceridad se puede pretender conmover a otros. Debe resultar capaz de generar un impacto en quien lo aprecia, aun si se trata solo de su propio creador. O sea, requiere de dos: un emisor y un receptor, si bien el receptor puede ser muchas veces el propio artista…

El arte es algo que te cambia, ante lo cual no puedes permanecer impasible; muchas veces, en mi caso, tiene que resultar visceral. Quizá la transformación que genera solo opera a nivel intelectual y no emotivo. Eso también es válido. Pero si una obra, de la naturaleza que sea, te deja sintiendo o pensando, o cuestionándote, si te genera placer o incluso malestar, entonces es arte. Y eso ni siquiera tiene que ver con sus posibles estéticas, o conceptos como “lo bello” o “lo feo”, o lo clásico, lo moderno o lo posmoderno. De ahí que puedan entenderse como arte obras tan contrapuestas, a simple vista, como La Gioconda de Leonardo da Vinci y el performance de Marina Abramović, The artist is present.

—¿Puede hacerse una calificación o se puede ejercer un criterio estético sobre qué es un buen o mal libro? ¿En qué basamos nuestros criterios de calidad en la Cuba de hoy?

—Tal vez un libro se puede calificar como bueno o malo desde un punto de vista estético que reconozca sus “cualidades” o “defectos” a nivel de técnica, sintaxis, o sea, desde la cáscara, lo externo. A mi parecer, el dominio técnico es importante, pero esto no es lo único que determina si un libro es bueno o malo. Todos conocemos a autores, cuyos nombres incluso pueden llegarnos ahora como símbolos de renovación y vanguardia, que en su momento rompieron con una tradición que por demás respondía entonces a determinado criterio o canon estético; canon que puede cambiar y cambia, incluso gracias a esos que se han lanzado a hacer la diferencia.

Más allá de esto, que tiene que ver con la renovación formal, conocemos a autores que a pesar de escribir aparentemente “mal”, o sea, de tener una sintaxis poco afortunada, poseen una obra capaz de conmover con una fuerza mayúscula, y eso los ha hecho trascender a lo largo del tiempo y ser reconocidos. Y también los casos opuestos, obras “bien hechas” que no dicen nada.

El virtuosismo puede ser esencial si no se usa para enmascarar una carencia de contenidos o sentimientos. Si pensamos en el ballet, por ejemplo, un bailarín puede hacer 30 fouettés, pero si no lo hace con alma, con verdad interior, entonces su ejecución se convierte en mero acto de circo. Algo similar ocurre con los libros.

Otra cosa: en la Cuba de hoy tenemos que aprender a escuchar también a los lectores, ver qué libros consumen, buscan, les atraen, y conocer sus motivos y motivaciones.

—Sobre la dinámica de los premios, ¿es este un pacto de fe de los escritores, un salto al vacío, o solo estrategia de promoción?

—En los premios se combinan esas tres cosas. Yo los veo muchas veces como una oportunidad de que un autor que inicia su carrera se pueda dar a conocer y alguien apueste por él, de modo que consiga entrar en el mundo editorial y publicar. Creo que desde ese punto de vista, los premios son importantes.

Constituyen, sí, un salto al vacío. Ganar puede depender de que justo tu obra sea capaz de conmover a un jurado, de entrar en sintonía con este, que además se va a centrar también en sus valores técnicos y en una cosmovisión del mundo que deberá compartir contigo mientras dure al menos su lectura.

el hada marrana Barbarella

—¿Cuál es el principal obstáculo de un autor cubano en la realidad actual que nos ha tocado vivir?

—La mayor desventaja que enfrenta un autor cubano en el presente tiene que ver con el mundo editorial y la dificultad que afronta a la hora de encontrar espacios para publicar. Incluso si halla esos espacios y su obra es aceptada, tiene que sufrir situaciones como la crisis de papel, los retrasos en los planes editoriales de un año a otro (propiciados también a causa de ese primer punto), y la posterior demora de los poligráficos. A veces el tiempo que transcurre entre la escritura de un libro y su publicación se convierte en algo tortuoso para muchos autores.

Otro tema escabroso en nuestro contexto es el lugar que puede llegar a ocupar el libro digital, en tanto no estén articuladas las estrategias para su distribución y venta, y los espacios para este fin; tampoco existe un lector mayoritario que cuente con el hábito de consumirlo. Pienso también en particular: los libros para niños, por ejemplo.

—Transitar el espacio geográfico de publicación, ¿es un paso obligatorio para un autor o un escaño que puede ser o no transitado?

—Agradezco mucho la oportunidad de haber publicado en editoriales extranjeras como Primigenios o DMcPherson, que me han brindado espacios y han creído en mí, permitiéndome también el intercambio con otros receptores. Ofrecen una opción bien interesante y digna de ser tenida en cuenta, con catálogos donde figuran un sinnúmero de escritores nacionales. 

Aun así, creo que todo autor cubano desea darse a conocer en primer lugar a nivel nacional, en tanto le es necesaria también la interacción con esos lectores más cercanos desde el punto de vista geográfico y con otros escritores del propio país… Creo incluso que publicar en Cuba, máxime con las dificultades que se encuentran para ello, le añade más “credibilidad” a cualquier autor. Por eso sí considero que esto, más que un paso obligatorio, opera casi como una necesidad.

—¿Qué lugar tiene para ti, en la narrativa, lo erótico y lo humorístico? ¿Qué herramientas textuales te brindan estas temáticas?

—El humor a veces me nace sin que me dé cuenta. En dependencia de la historia que estoy concibiendo, ella misma me va a llevar hacia un tono más serio o sarcástico en relación con sus propias necesidades. Lo que quiero decir es que muchas veces ni me lo planteo, sino que brota de manera espontánea.

Lo erótico es otra cosa. Me interesa explorarlo porque, pese a formar parte natural de la vida humana, muchas veces permanece relegado en materia de creación. Creo que hasta hoy a muchos les resulta perturbador o provocador. Incluso si contamos con obras como las de Henry Miller o Anaïs Nin, el tabú con respecto al sexo en el arte, con respecto a la desnudez, sigue existiendo.

Yo misma, en mis primeros textos, cuando llegaba a una escena erótica, pues la asumía desde la elipsis. En principio fue un reto romper con esto, atreverme a “hablar” sin miedo ni frenos, también desde la sensualidad del cuerpo.

Además, tengo una concepción muy personal sobre el amor como el más universal de los sentimientos humanos, sin lugar a dudas, que se encuentra permeada también por el erotismo. El amor posee toda clase de matices, puede incluir lo platónico y romántico, pero también la sexualidad, y si esta forma parte de la vida, tiene entonces que estar presente en el arte a fin de que resulte veraz…

Justo por eso, lo que empezó como un desafío personal ahora viene a estar presente en cuanto escribo, y forma parte de mis proyectos más recientes, tanto en lo referido a la poesía como en lo concerniente a la narrativa.

Incluso es posible “contar” una historia o historias desde lo erótico, convirtiendo esto en el centro de la trama y en el motor que hace avanzar cuanto acontece, que incide en la evolución de los personajes. Es algo que me pasa, por ejemplo, con la novela que tengo entre manos ahora mismo. Quizá mi mayor reto consiste en atreverme a seguir ese camino con total libertad, incluso si se trata de un camino que asusta por momentos, pues me deja un tanto expuesta. Una vez más, tiene que ver con esa sinceridad que busco en la literatura.

—Los lenguajes de la ciencia ficción, ¿son actualizaciones del contexto real o parten de una nueva realidad, una realidad otra, que tributa solo al terreno de lo fantástico?

—Por lo menos desde mis propios procesos me he planteado la ciencia ficción desde ambas perspectivas. Tengo historias que pertenecen solo al terreno de lo fantástico, aun si entran dentro de “lo posible” quizá en un futuro distante, para las cuales construyo e imagino otros mundos. Y otras que actualizan el contexto real, lo revisitan, como es el caso de mis historias enclavadas en el género y que tienen a La Habana como escenario, donde parto de lo que conozco para explorar determinados temas o personajes.  

—¿Cómo transcurren tus procesos creativos?

—Para escribir un cuento, a veces paso entre una y dos semanas pensando, escribiendo en mi cabeza… y entonces me siento y sale. Después viene la reescritura.

antología Alta Definición

En lo referido a la novela, por lo general, durante cada proceso creativo vivo un enorme caos interior, lo cual me lleva a tratar de mantener un orden externo que me permita conservar la a veces falsa creencia de que preservo algún tipo de control sobre mi obra. Es como si, al pretender contar una historia, tuviera todos los componentes a mano y poco a poco debiera decidir, con los ojos vendados, cuáles usar y en qué orden hacerlo.

Cada proceso es diferente también. En lo que se refiere a la novela, por ejemplo, a veces comienzo un camino y me doy cuenta de que no es el indicado. En eso tiene que ver bastante la intuición. En ciertas ocasiones se manifiesta solo como un sentimiento de inconformidad y hasta de infelicidad con respecto a lo que he escrito, y entonces lo mejor es borrar esos primeros capítulos donde uno tantea el tono o los personajes, y recomenzar de cero.

Toda historia comienza con una “visión”… A veces “veo” a los personajes mientras ejecutan determinada acción o los “escucho hablar”… y yo estoy ahí y me apropio de eso.

En ocasiones se trata de visiones muy borrosas y paso semanas intentando percibir adónde me conducen, entender “qué debe pasar”, es decir, los sucesos necesarios para que la historia se concrete.

Empiezo a contar por aquellas partes en que me siento más cómoda. Trato también de tener claro el final, o los finales posibles, aunque estos cambien en el proceso.

Con respecto a ese mantener el orden externo al que me refería, en determinadas ocasiones he tratado de fijar una escaleta tentativa, una especie de estructura más o menos rígida a la cual atenerme. Pero nada es inamovible. Justo en el proceso que llevo ahora, por la propia naturaleza de la historia, más emotiva que otras que me he trazado, he prescindido de esta herramienta y aun si por momentos pienso que voy a ciegas, tengo la sensación de que la historia me va encontrando a mí, en lugar de yo a ella, y halla, a su vez, su propia manera de fluir.

La poesía es bien distinta. La poesía me alcanza de golpe sin que pueda negarme.

—¿Cuánto de teatralidad llevan tus textos?

—Algunas personas, amigos, otros escritores, me han comentado que muchos de mis textos les resultan teatrales, en cuanto al tratamiento que le doy a la concepción de los personajes, el manejo de los diálogos e incluso en los escenarios. Cuando otros me lo dicen me percato de que pueden tener razón, porque entonces me releo desde esa perspectiva, pero muchas veces ni siquiera soy consciente de la teatralidad de algunos de mis textos en la medida en que los voy creando. Quizá es algo que está ahí y que, al formar parte de mí, brota sin que medie una intención.

—¿Cuáles son tus principales referentes nacionales en cuestiones de lectura?

—Tengo muchos referentes nacionales e internacionales que me son imprescindibles y a los que regreso una y otra vez. En general, la literatura latinoamericana me resulta vital, en tanto me permite estudiar y entender las maneras en que otros y otras han bregado con la lengua española y han salido ilesos. Me son imprescindibles nombres como los de Cortázar, Carlos Fuentes y Elena Garro.

Entre los cubanos me resultan vitales Alejo Carpentier, Virgilio Piñera, Carilda Oliver Labra, y Dulce María Loynaz en su poesía, pero especialmente en Jardín, esa novela donde en apariencia no pasa nada pero que me descubre una comprensión del mundo que es en esencia muy femenina.

Además me mantengo al tanto de lo que escriben autores más actuales, pues es importante acercarse a esas voces que nos son contemporáneas. Hablo de Yoss, de Erick Mota, por solo mencionar algunos.

—Las marcas de lo femenino, en tanto cuestión biológica pero también creativa, ¿son perceptibles en los textos?

—Esa es una pregunta que me he hecho varias veces y creo que la respuesta sería afirmativa.

Quizá un rasgo característico de las mujeres escritoras es el peso que le dan a la sensorialidad por encima de la acción, a ese aparente no pasar nada en una novela como Jardín, de la Loynaz, donde todo ocurre en un plano otro que tiene que ver con lo afectivo y que, desde esa dimensión lírica y hasta un tanto impresionista, sí resulta; pienso en tal sentido también en la obra de Virginia Woolf.

La poesía femenina hace a menudo una propuesta poco complaciente, más directa y descarnada en sus modos de decir, que tiene que ver también con una manera de sentir muy propia de las mujeres; pienso en las voces de Idea Vilariño, Cristina Peri Rossi, Sylvia Plath, Anne Sexton, la propia Carilda Oliver, o la más reciente ganadora del Premio Nobel, Louise Glück. Es como si ellas no tuvieran miedo a mostrarse, a exponer incluso una cierta vulnerabilidad, y su fuerza proviene justo de ahí… Un equivalente para mí a nivel pictórico sería Frida Kahlo, capaz de convertir una experiencia vital, como puede ser un aborto, en obra de arte.

cortesía de la entrevistada

 —¿La ciencia ficción y la fantasía son terrenos propios de la literatura masculina o es este un concepto que ha sido superado gracias al paso de los tiempos y a la propia obra de las autoras?

—Durante mucho tiempo quizá tanto la fantasía como la ciencia ficción fueron considerados terrenos propios de la literatura masculina, aunque siempre han logrado sobresalir nombres femeninos, y pienso en Mary Shelley o en Úrsula K. Le Guin, y de modo más reciente en J. K Rowling.

En términos generales tenemos que ser conscientes de que, más allá de un género u otro, históricamente la literatura masculina ha prevalecido por encima de la femenina; por razones sociales y de todo tipo existen más escritores hombres que mujeres.

Afortunadamente en Cuba la ciencia ficción cuenta hoy con voces femeninas. Tenemos esa marca que dejara Daína Chaviano, un antecedente importante en lo referido al tema y otras más jóvenes que se han ido sumando y ya tienen una carrera sorprendente, como Malena Salazar.

—En el panorama literario joven cubano, ¿cuáles piensas que son los asuntos más acuciantes que deben debatirse y que, de una forma u otra, podrían resultar de relevancia para el futuro escritural del país?

—Algo esencial a tratar tiene que ver con la necesidad de propiciar oportunidades y espacios para que los jóvenes puedan socializar sus textos. Sé que existen ya muchos, pero a veces no son suficientes. Incluso lograr que una obra sea acogida dentro de un plan editorial resulta complicado debido en buena medida a los problemas crónicos de imprenta y a que se priorizan autores ya legitimados. Esta situación provoca que muchos autores tengan que buscar alternativas en editoriales extranjeras, a veces solo con fines promocionales, sin esperanzas de que su obra sea conocida o reconocida en el panorama nacional, ni de ser remunerados por ella. Tampoco existen suficientes herramientas de divulgación y promoción cuando un autor gana un premio o publica, que garanticen su inserción en cierto mercado del libro, por demás inexistente.

—¿Cómo definirías tu propio estilo?

—No sé si tengo un estilo. Quizá les toque a otros definirlo. Pero creo que, si me caracterizo por algo en mi escritura, es por el deseo de experimentar en el aspecto temático y formal, no me conformo con haber alcanzado un punto, sino que aspiro a seguir más allá; de ahí la exploración también a nivel de géneros. Además tiendo a esa búsqueda continua de sinceridad a la hora de contar cualquier historia. Y cada vez intento hacerlo lo mejor que puedo.