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Pensar la ciencia. Riesgos para un joven investigador y cómo manejarlos (8/10)

¿Cómo lidiar con las (malas) revisiones?

El proceso de redacción es un asunto serio que exige un esfuerzo ciclópeo. A veces uno encuentra una inspiración y las palabras caen solas como preseleccionadas por la providencia. En otras ocasiones –la mayoría–, las ideas no hallan su apropiada envoltura y el texto se convierte entonces en una jerigonza sin gracia que avanza a tropezones, como si de repente nos hubiesen cambiado de lugar los muebles de la casa justo a esa hora de la madrugada en que te levantas por un vaso de agua.

Al poner punto y final a tu primer borrador, y a veces hasta varios días después, seguimos encasillados en la realidad de tus propias palabras y las de otros que convocaste en tus referencias. Pero ya está. Después de muchas vueltas, te has decidido a compartir tu texto y exponer tus criterios al mundo. Ahí mismo te asalta la duda, ¿mi artículo tiene suficiente teoría o ejemplos? ¿la metodología es apropiada? ¿qué pensarán mis compañeros acerca de esto? Y caes en un bucle de inseguridades que te lleva a preguntarte hasta si es Times New Roman la fuente ideal para inscribir tu trabajo.

Precisamente porque hacer el informe conlleva tanto tiempoy energía, es que otorgamos un valor tan alto a las evaluaciones que otros hacen del mismo. Esperamos que nuestro sudor sea visible en cada letra. Pero, lamentablemente, no es así. El tesón no se lee ypor eso nos duele tanto cuando los criterios que recibimos no son satisfactorios. Es en ese momento cuando cada señalamiento parece una daga hundida en carne propia. ¿Cómo reaccionar entonces? ¿Qué hacer?

No importa si es un artículo, un capítulo o tu tesis entera,es inevitable atravesar el calvario de la evaluación. Pero también te adelanto que sí es posible gestionarlo, de modo que puedas convertir cada revisión en una herramienta que actúe en tu beneficio. El objetivo de este post es compartir algunas ideas que te ayudarán a lidiar con las revisiones, especialmente las negativas.

Esta entrada quizás resulte un poco más larga de lo habitual. Es que, para ser verdaderamente útil, el tema involucra irremediablemente el debate de los recursos técnicos, así como de cuestiones emocionales. Discutiré contigo las tres estrategias que, en mi opinión, te ayudarán asacudirte deexámenes innecesarios y convertir las críticas en elementos positivos. De esa manera, podrás justipreciar las nociones que sí valen la pena tomar en consideración para luego proceder a la transformación del texto.

Las estrategias son:

  1. Gestionar las expectativas.
  2. Escoger bien a tu revisor.
  3. Identificar la naturaleza del señalamientoy asegurarse de ofrecer respuesta a todos.
  4.  

It’s all about the work: gestionatusexpectativas

Al recibir una revisión severa nos sentimos ofendidos, abandonados, e incluso, traicionados. La causa es simple: no queremos ser criticados. Sí queremos, en cambio, ser reconocidos. Tanto en la una como en la otra, colocamos en la otra persona la responsabilidad de nuestros sentimientos. Le atribuimos poder sobre nuestro mal/bienestar. Mala idea.

Una vez que el trabajo sale de tus manos y es puesto en función de una audiencia debes marcar conscientemente una distancia, esto es, es reajustar tus expectativas. Ponte en los pies del revisor. Es el primer paso para reconocer que sus indicaciones no son sobre ti: son sobre el texto. En la capacidad para reconocer los puntos de vista de otros radica el principio capital para no tomar los asuntos como agresiones personales y te permitirá preguntarte ¿qué ha visto y por qué? Identifica sus intenciones y confía. Quién sabe, quizás tenga razón.

Desembarázate del lazo enfermizo que hace del trabajo hecho una extensión de tu anatomía. No lo es. Así podrás desarrollar pensamiento crítico y ser tú mismo, el censor más exigente, o mejor, más justo. Te permitirá aumentar el sentido de comunidad y construir empatía con el evaluador. La autocrítica es sinónimo de madurez y seguridad.

La táctica fundamental: escoge bien a tu revisor

Esta es la regla de oro.Por un lado, porque no todo el mundo es un buen evaluador de tu trabajo.Por otro, porque debes asumir de inmediato que el primer borrador que escribas no será suficiente para completar la tarea y requerirá muchas revisiones antes de que el texto sea evaluable ante un tribunal. Todos tenemos opiniones, por tanto, una vez que tu escrito salga de tus manos, estará sometido a los dictámenes de otros. De eso no hay escape.

Elegir un mal lector puede desvirtuarte por completo de las metas que has trazado y generar un caos total en tus proyectos. Lo peor es que afecta tu autoestima e incide negativamente en tus análisis, por lo que no solo destroza el fruto de tusdesvelos, sino que cercena la capacidad para sobreponerte a las críticas.  

Pero no tiene por qué ser así. Si lo piensas bien, el revisor es una persona que dedica su tiempo en atenderte y corregirte. Es decir, es una oportunidad para que otros trabajen en favor de tu gracia. Además, en cierto sentido, cuando escribiste el texto ya estableciste tu recepción ideal y conun poco de cálculo, advertirás quiénes son los lectores correctos para ti.

Solo hay tres tipos de evaluadores verdaderamente útiles para un investigador: el tutor, los colegas del mismo campo y los revisores de publicaciones.

No menciono aquí a los editores.No porque no sean valiosos, nada de eso;sino todo lo contrario, los señalamientos de éstos van encaminados en un 95 % a cuestiones formales de uso del lenguaje, por lo que con ellos no se discute, se les obedece y punto. Si un editor te dice que tu oración es oscura y que empleaste incorrectamente un tiempo verbal, no hay nada que hacer: se transforma.

Ahora bien, en primer lugar,tu tutor es el evaluador más importante tu trabajo. Esto es claro. Él es la persona devota a tu formación y el especialista fundamental con quien tu tema se relaciona. Además, se trata de un vínculo que se construye durante años, por lo que evalúa además tu progreso. Ten en cuenta que, la mayoría de las veces, tu trabajo con él se hace de formapresencial, o sea, que recibirás feedback y podrás tú mismo valorar el nivel de satisfacción que profesa.

Una revisión totalmente positiva no es una buena señal. Normalmente indica dos cosas: una, tu tutor no se lo leyó y por tanto solo quiere que lo dejes en paz; dos, no tiene la menor idea de lo que estás hablando, lo cual significa que no comparten áreas de experticia y, por tanto, no tiene la capacidad para ayudarte. Fatal.

Por otro lado, una revisión totalmente negativa tampoco es algo bueno. Quiere decir que tu tutor difiere de los axiomas que sostienen tu pensamiento, por lo que encuentra inapropiadas todas operaciones que de allí se desprenden. Comúnmente, tal animadversión involucra discrepancias de corte político o ético. El problema aquí no tiene que ver, por tanto, con la valoración per se, sino con la relación entre ustedes. Es resultado de una mala elección de tu director de tesis, y eso ya lo hablamos en trabajos anteriores.Frente a esta situación, aunque será un paso bien complicado, mi recomendación es quecortes por lo sano y cambies de tutor o de programa. En ese contexto te será muy arduo progresar.

¿Cómo responder? Antela revisión de tu supervisor, lo más importante es que sepas traducirlas a prácticas cotidianas. Me refiero a que sus criterios no solo están orientados hacia el resultado que recién analizan, sino a tu programa de desarrollo en sentido general. Consecuentemente, la solución a los apuntes recibidos toma tiempo y debe tener expresión en tu plan de habilidades. Por ejemplo, si una de las acotaciones indica un error en la metodología, no saltes de inmediato a reescribir la falta. En cambio, primeramente, haz algunas lecturas sobre el tema, luego discute con él interrogantes y dudas, a continuación, haz ciertas prácticas donde las apliques, y solo entonces, vuelve con el manuscrito corregido. Verás que encontrarás una respuesta diferente.

Segundo, las revisiones de colegas del mismo campo te aportan otros elementos. Date cuenta que un colega de un doctorando significaexclusivamente otro doctorando.Aquí no hay una relación de jerarquía, sino de camaradería. No hay superiores ni subordinados y, por eso, las más de las veces, estas valoraciones se hacen con mucho respeto y tienen un carácter positivo. Se cuida más la cordialidad de la relación, que juzgar con objetividad el trabajo. Encima, al compartir logros y penas similares hay un aura de empatía que siempre incide sobre el juicio.  

¿Para sirve entonces? El principal beneficio de la revisión de un colega es la identificación de nuevas fuentes de conocimiento de las que no estás al tanto o que no has explorado aún. O sea, referencias actualizadas que ignoras, facetas de tu objeto que no tomaste en cuenta, autores interesantes que omitiste, espacios de socialización donde presentar tus resultados como eventos y simposios que no sabías que existían o, incluso, publicaciones novedosas. La clave es aprovechar las experiencias de otra persona que realiza una exploración similar a la tuya. No se trata tanto de corregir como de expandir los horizontes de tu texto.

Tercero, la revisión más desafiante: las revistas académicas. Aquí ya estás en la última vuelta de tuerca, volcado por completo en la fase de publicación de tus hallazgos. Los textos enviados son revisados inicialmente por el editor, quien garantiza que la propuesta se ajusta al perfil de la revista. De ahí pasan a manos de los revisores, quienes son (doctores) especialistas del tema suscritos a la misma revista. Como todo este proceso se realiza de manera anónima, lleva el nombre de blind peer review. Hay mucho debate hoy sobre los mecanismos de las publicaciones y su naturaleza ética, debes ser consciente de ellos (ver, por ejemplo, Alexánder Sánchez. 2011. Manual de redacción académica e investigativa: cómo escribir, evaluar y publicar artículos, Medellín, Fundación Universitaria Católica del Norte, p. 118).

Los evaluadores tienen tres dictámenes para un texto: publicable sin modificaciones, publicable con modificaciones y no publicable. De ellos, el primero es prácticamente inexistente. Al menos, no he conocido a nadie al que le hayan publicado algo en un journal serio sin haberle hecho varias trasformaciones previas.

Una vez devuelto el manuscrito con las acotaciones, debes dar respuesta a todos los comentarios.Eso no entraña que debes acceder a todos los criterios de los evaluadores. Si un señalamiento supone un cambio radical en tu perspectiva o su solución conlleva más tiempo de los plazos con que cuentas, no discutas, no repliques, este no es un espacio para ello. Si no estás dispuesto a reconstruir el trabajo, te recomiendo es que cambies de inmediato de revista y vuelvas a comenzar el proceso.No obstante, en mi experiencia, una vez resueltas las anotaciones, el escrito crece mucho y se muestra muchísimo más acabado.

¿Qué hago con mi manuscrito destrozado? Identifica la naturaleza del señalamiento y asegúrate de ofrecer respuesta a todos

Ahora bien, el día que recibes la revisión, ya sea el encuentro con tu tutor o colegas o el correo electrónico con la respuesta de la revista, no esperes felicitaciones o palmaditas en la espalda. El tutor te devuelve tu manuscrito lleno de marcas rojas y dos millones de comentarios a pie de página. Eso te hará sentir mal, así que prepárate. Estarás rabioso porque crees que nadie te comprende; despotricarás contra el mundo preguntándote cómo pueden ser tan ciegos y maldecirás tu suerte de encontrarte en un terreno yermo para la frescura de tu imaginación. Esto es normal. 

Mi recomendación primera es la siguiente:recoge los restos de tu confianza destrozada y tómate un día sabático. Bajo ningún concepto te enfrentes colérico a la realizar las correcciones. Cambia de actividad, haz algo físico, en exteriores y, preferentemente, de tipo social. No hagas nada de corte académico y aléjate de tu trabajo habitual. Haz algo que te guste mucho: cocina, baila, haz yoga. Te servirá para calmar las emociones y no darle demasiadas vueltas. Como reza el dicho, la noche da consejo.

Al día siguiente, retoma el trabajo. Lo primero que debes hacer al volver sobre tu manuscrito es colocar, en un documento diferente, todos los señalamientos recibidos. Intenta recordar si son nuevos o si ya los has escuchado antes. Si este es el caso, recuerda la respuesta que les diste. ¿Los ignoraste o ya los habías cambiado y la respuesta no fue satisfactoria? Haz memoria.

Lo segundo es aprender a reconocer la naturaleza de las indicaciones. ¿Son cuestiones de retórica? Es decir, ¿no es un problema del argumento que defiendes, sino que la forma en que lo expresaste fue incapaz de convencer a tu lector? ¿Son asuntos de redacción, de estilo o de vocabulario? O, en otro sentido, ¿son críticas a tus métodos? ¿Se cuestiona tu proceder en la obtención de datos? O, en otra ruta, ¿es el análisis de la evidencia la que es puesta en duda? ¿Por qué?

Normalmente, una revisión vendrá con todos estos aspectos mezclados y es imperativo para ti aprender de inmediato a discriminar su causa.

Tercero, te recomiendo comenzar por todos aquellos que corresponden a ortografía, omisiones y formato. Eso te ayudará en varios sentidos. Por un lado, verás que el texto mejora inmediatamente, adquirirá una mayor calidad y dejará de parecer un borrador. Por otro lado, más importante aún, solventar estos asuntos que toman, cuando más, solo un día o dos de trabajo, te dará el primer soplo de autoestima que se necesita luego del mazazo de la crítica.

Y cuarto, sé realista. Si ya tienes claro las dificultades, ahora traza un plan para enfrentarte a ellas. Desintégralo en acciones pequeñas y ponle fechas que puedas verdaderamente cumplir. Quizás debes incrementar las fuentes revisadas, quizás necesites más experimentos o conducir otras entrevistas. No te apures. Aspira hacia lo verdaderamente necesario para superar el reproche recibido. Verás cuán superior estará tu texto luego de este repaso.

…

En conclusión, aprovecha las revisiones al máximo. Ponte en el lugar de los evaluadores y sé crítico con respecto a tu propio escrito. Aplicando una estrategia apropiada de selección de revisores y asumiendo una correcta actitud ante las mismas podrás convertir lo que es un miedo natural (a nadie le gusta sentirse inspeccionado) en una herramienta poderosa de perfeccionamiento.

Espero que estas estrategias te funcionen,no sólo para traducirlas en razones operativas a aplicar en el trabajo específico, sino también como coraza emocional que te proteja de heridas innecesarias y te permitan avanzar. Úsalas como mecanismos de motivación. No te dejes marcar por la viruela del resentimiento, no se cura con facilidad.


Pensar la ciencia. Riesgos para un joven investigador y cómo manejarlos (III)

¿Cómo elijo a mi tutor? Tres preguntas que te ayudarán a tomar tu decisión 

La figura del tutor recibe varios nombres de acuerdo con los programas activos en diferentes países. Puede ser supervisor, director de tesis, consejero académico, etc. No es casualidad. Las funciones de un tutor son numerosas y todas denotan un compromiso con la ciencia (la búsqueda de la verdad), la generación futura (o sea, tú) y la humanidad (el compromiso de traspaso de experiencias es un acto profundamente generoso).

Todos sabemos, sin embargo, que la relación apropiada con el tutor puede garantizar un impulso extraordinario a tu carrera o puede sepultarte en la marea de procesos burocráticos y competidores activos en la esfera científica. Elegir al tutor apropiado es una tarea crítica al iniciar cualquier proyecto de investigación.

Con este post iniciamos una serie dedicada a la relación entre el joven investigador y el tutor. Está dividida en tres partes. En esta primera entrega, damos pistas para que hagas esta elección de forma correcta. Me concentro en elementos absolutamente profesionales. Hay otras variables que son relevantes y debes tomar en cuenta como el carácter, la empatía y la ética. Pero estas son de naturaleza personal, por tanto, dependen de la interacción humana y del sistema de relaciones que seas capaz de construir. Por eso no las atiendo aquí.  

Lo más importante para una elección apropiada del tutor es la alineación de los intereses científicos. Debes encontrar los puntos comunes y situar tu atención allí. Ello supone que conoces las investigaciones desarrolladas previamente por tu tutor y eso es fácil de averiguar. Solo tienes que realizar una búsqueda de sus publicaciones. Concéntrate en el período que va de los últimos 3 a 5 años. Busca sus perfiles en Google Scholar o en redes sociales profesionales como Academia.edu o LinkedIn. Hoy día, los académicos agrupan sus trabajos publicados en estos repositorios.

Aquí te dejo tres interrogantes que debes tomar en cuenta para una evaluación de tu posible tutor.

Como siempre, te recuerdo que las imágenes de este post pertenecen a phdcomics.com.

¿Cuán activo es en el proceso de investigación?

Si no tiene mucha presencia online o si sus publicaciones son muy antiguas, puede ser un indicador de que tu tutor tiene otras prioridades aparte de la socialización de sus resultados. En Cuba, donde el salto a las publicaciones online es relativamente reciente, es común que muchos profesores de más edad y amplia experiencia no estén volcados a la investigación científica, sino que tengan áreas de experticia más desarrolladas en los ámbitos de la docencia, la política universitaria o la dirección de proyectos. Por el contrario, un investigador prolífico, con muchos trabajos insertados en revistas de nivel, es habitualmente una buena señal.  

Ten en cuenta si la autoría de sus trabajos es compartida y con quiénes, ya que es también habitual que las publicaciones académicas respondan a resultados obtenidos por grupos de trabajo, ya sean tutor-doctorando o equipos de investigadores. Si son textos de autoría compartida, asegúrate de buscar además a los otros autores.

En la misma cuerda, si notas que existe una diferencia notable entre tu tutor y el otro autor (por ejemplo, contraste significativo de edad o de nacionalidad), es posible que se trate de algún doctorando anterior. Ahonda un poco más en la vida profesional de esos posibles doctorandos (dónde trabajan y en qué campo), intentando encontrar un patrón. Busca tu reflejo en sus éxitos. Puedes ser tú en los próximos años. Si tomas en cuenta que hoy todo el mundo expone su vida en las redes sociales, esto es algo que no te llevará más de diez minutos.  

¿Dónde las ha publicado?

Reconocer la naturaleza de las publicaciones es esencial para el profesional de la investigación. Generalmente, las revistas tienen nichos claramente definidos signados por los contenidos que publican. Por tanto, la presencia de tu tutor en determinados espacios es señal clara de sus intereses. Debes analizar dos elementos:

Uno: si se trata de publicaciones locales, nacionales o globales. Esto te mostrará las áreas de influencia del autor. Aquí no hay elementos buenos ni malos. Simplemente examina dónde tu posible tutor ha posicionado su área de influencia y cuál es la que más te conviene.

Dos: si se trata de un generalista o de un especialista. Me explico: analiza si todas sus publicaciones pertenecen a revistas de un mismo perfil o, por el contrario, abarcan un espectro amplio. Los autores generalistas son investigadores que participan en muchos proyectos y pueden exhibir resultados en distintos campos de una misma ciencia. O sea, sus empeños se expanden de manera horizontal. Es muy probable que con ellos encuentres puntos comunes con mayor facilidad.

En otro sentido, un autor especialista concentra sus publicaciones en un nicho pequeño y específico. Su accionar crece de manera vertical. Estos tienden a ser particularmente más profundos en esos espacios puntuales y tienen más posibilidades de posicionarse como voces de autoridad. Si tu propuesta de tesis no encaja a la perfección con su perfil, lo más probable es que no sea un buen match para ti.

¿Cuál es el impacto de sus publicaciones?

Hoy día hay sistemas métricos para evaluar el impacto (esta es una palabra clave) de la ciencia y estos están en vías de perfeccionamiento. Pueden serte útiles. Usa Google Scholar para conocer el índice H de tu tutor. Recuerda que el índice H se calcula tomando en cuenta la relación entre trabajos publicados y citaciones recibidas por cada texto. Asimismo, con una pesquisa rápida sabrás la cantidad de citaciones recibidas, lo que te permitirá identificar cuál ha sido su texto más influyente.

Pero debes ir más lejos. Mientras estas técnicas son muy fáciles de aplicar para una rápida evaluación de académicos en todo el mundo, en Cuba aún no son muy explotadas. Es decir, no todos los investigadores tienen sus perfiles actualizados y muchos ni siquiera saben que existen. Además, son cifras que otorgan mucha importancia a los artículos, en detrimento de otras formas como los libros (a menos que hayan sido publicados por alguna editorial académica de prestigio global como Francis & Taylor, Routledge, Springer, De Gruyter, Palgrave Macmillan, Sage, etc.).

A ello debemos sumar que estos rankings solo evalúan revistas académicas, por lo que el ámbito cubano está completamente fuera de este universo, sobre todo en las humanidades y ciencias sociales. Puedes encontrar a autores (generalmente de avanzada edad) de muchísimo prestigio que puntúan muy mal en las métricas contemporáneas. Por ese motivo, debes buscar también en el contexto nacional y local. No te dejes llevar solo por las cifras, ellas no evalúan los contenidos de los textos.

…

Encontrar a tu tutor ideal es algo que debes afrontar con responsabilidad. No lo tomes a la ligera. Tu futuro puede depender de ello. Las respuestas a estas tres preguntas te facilitarán evaluar mejor tus posibilidades y, en última instancia, a tomar una mejor decisión. No dejes las cosas al azar. Toma el control de tu vida y de tu carrera. 

*Profesor del departamento de Historia del Arte de la Universidad de Oriente, Santiago de Cuba.


Bradbury, el último poeta marciano

  • “Los libros cosen las piezas y los pedazos del universo para hacernos con ellos una vestimenta”.

Ray Bradbury (1920-2012)

Dos caballeros vestidos con armaduras esperan en la oscuridad la llegada de un dragón al que deben matar. Ellos no lo han visto nunca, pero lo describen como una criatura enorme y monstruosa de un solo ojo, que escupe fuego y echa humo. Cuando por fin se produce el tan temido enfrentamiento, la historia da un giro insospechado…

Es la sinopsis El Dragón, el primer cuento que leí de Ray Douglas Bradbury. No por ser el primero se convirtió en mi relato favorito, me impactó la manera en que presentaba dos de los temas más importantes de su obra: la especulación sobre el tiempo y la amenaza del futuro.

Al dedicarle La Luz esta edición del Premio Celestino a uno de los tres grandes de la ciencia ficción (CF) he vuelto a hojear parte de la correspondencia que además de consejos para un principiante, me obsequió un corpus de lecturas que provocaron emociones y ayudaron a dar sentido a la experiencia de vivir a un adolescente bajo la metáfora de lo anticipado y lejano.

El descubrimiento de este autor comenzó por el artículo “Las manzanas marcianas de Ray”, publicado en el periódico ¡Ahora!: ¿Un padre que construye un cohete en el patio de su casa para darles a sus niños la alegría de un viaje a marte?, ¿bomberos cuyo trabajo no es apagar fuegos sino encenderlos para quemar libros?, ¿una sociedad donde leer libros era un delito?, ¿sujetos que memorizan obras completas para preservarlas y transmitirlas oralmente a otros?, ¿humanos como extraterrestres en Marte?, ¿invasores extraterrestres que encuentran en los niños humanos sus aliados?, ¿un curioso personaje con el cuerpo completamente cubierto de tatuajes que están mágicamente vivos?, ¿y todos estos argumentos nacían de la mente de un autor de CF que no se adaptaba a la tecnología? ¿¿¡!??

Además de paladear mi apetito literario, aquel artículo se convirtió en el catalizador para conseguir los libros de Bradbury. Encontré Tres de Bradbury (una inolvidable edición de los 80 con carátula azul que incluía Fahrenheit 451, Crónicas marcianas y El hombre ilustrado) y la que sería mi obra favorita de este autor: El vino del estío, una novela que nada tiene que ver con la ciencia ficción.

Pero yo necesitaba más, mi curiosidad por ese autor rara avis crecía. La búsqueda continuó y entre tanto buscar y buscar encontré hasta su dirección postal. Le escribí, y para sorpresa mía y de muchos otros, respondió.

Así comenzó mi intercambio de cartas con este autor amante de los gatos, incapaz de manejar un automóvil y que nunca dependió de una computadora.

“Nadie puede enseñar a escribir ciencia ficción, aunque muchas veces se ha intentado” – fue su primera sentencia en la correspondencia –. “Lee poesía y encontrarás las mejores ideas”, “se debe escribir rodeado de libros” y “todo lo que necesitas saber sobre cómo escribir lo encuentras en Huckleberry Finn”.

Las recomendaciones literarias y las lecciones no se detuvieron hasta que obró para que llegara a mis manos su libro de ensayos Zen in the art of writing. Descubrí en aquel texto en inglés reveladoras páginas sobre su infinito placer de escribir, el porqué y el cómo.

Aunque la mayor lección que aprendí fue que existen libros que nunca se deben prestar, y menos si este es una primera edición, con dedicatoria y firma incluida de un autor incluido en el Salón de la Fama de la Ciencia Ficción, con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood y con un asteroide (¡nada más y nada menos que un asteroide!) nombrado Bradbury 9766 en su honor.

Muchos califican a Bradbury como autor de culto, maestro del cuento poético dentro del género, en contraposición de otros que lo ven como un autor “blando” al no ubicar sus historias dentro de las vertientes más “hard” de la CF. Lo cierto es que este autodidacta escritor transformó el modo en que se entendía la literatura del género al producir un cambio con respecto al modo de concebirse los relatos, a pesar de que siempre se consideró como un escritor de fantasía. “En mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos”, escribió quién demostró como nadie que el humanismo y la poesía, combinados con la CF o la fantasía, son una mezcla poderosísima para el deslumbramiento de las posibilidades de la imaginación.

Su influencia es visible en autores de CF de nuestro país como Oscar Hurtado, Ángel Arango y Miguel Collazo; mientras que en el audiovisual, los cuentos “Remedio para melancólicos”, “Sol y sombra”, “El cohete” y “El hombre ilustrado” fueron adaptados para la televisión y recontextualizados en el ámbito cubano sin que esto afectara el sentido cardinal de la historia.

Bradbury no sólo cultivó la ciencia ficción y la literatura de corte fantástico, sino que escribió también libros realistas e incluso incursionó en el relato policial, escribió también poesía, guiones para el cine y la televisión y piezas de teatro. Pero muchos concuerdan al afirmar que lo mejor de este autor fueron sus primeras obras de ciencia ficción: Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas. Ambas, a pesar de la época en que fueron escritas, pueden considerarse como objetos de estudio de un experimento de sociología del futuro, sujetas a la exigencia premonitoria de la verdad.

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?”, escribía Jorge Luis Borges en el prólogo de Crónicas marcianas. Mensajes de alarma extrema, tramas tan lejanas y ajenas como cercanas y posibles.

Y es que todo es absolutamente cierto con este autor. Su prosa poética marca la diferencia para afirmar que la ciencia ficción, considerada muchas veces como una rama desdeñable de la literatura, también vale para ajustar cuentas con el presente: “No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Tampoco harán falta las bibliotecas si nadie las dinamiza y si tampoco nadie es invitado a usarla. Continuamos siendo imperfectos, peligrosos y terribles, y también maravillosos y fantásticos. Pero estamos aprendiendo a cambiar”.

A pesar del miedo y la incertidumbre en estos días de confinamiento, revisitar a Bradbury se torna acto de resistencia personal ante la alfombra roja del inconcebible futuro de nuestra humanidad.


La pasión según Carl Theodor Dreyer

“La recreación de Juana de Arco por parte de Maria Falconetti podría ser la mejor interpretación jamás rodada”, afirmó la crítica Pauline Kael en 1982 luego del redescubrimiento en un manicomio noruego de una copia de la versión original, sin los cortes de la censura, y el posterior estreno en la misma década de esta obra dirigida por el danés Carl Theodor Dreyer, La pasión de Juana de Arco, uno de los grandes clásicos del cine mudo.

Esta sería la última película de la Falconetti (Renee Jeanne Falconetti, 1892-1946) y por la que realmente sería recordada. Antes, en 1917, filmaría Le Clown y La Comtesse de Somerive, pero su consagración vendría con Dreyer, quien la encontró en los teatros de París –actuaba en el famoso Comédie-Française– y trabajó meticulosamente con ella, logrando una interpretación inolvidable, que la condujo luego a abandonar el teatro y tampoco volver a incursionar en el cine, pese a un intento en Hollywood. Falleció en Buenos Aires, donde se radicó en los años de la II Guerra Mundial, convertida al budismo, a fines de 1946.

Sin valerse de más trucos visuales de aquellos que interpelaron a un diálogo directo entre personajes y cámara, Carl Theodor Dreyer centralizó en primeros planos el lenguaje cinematográfico para describir un crudo proceso de ajusticiamiento ejecutado en el siglo XV sobre la heroína y mártir Juana de Arco, condenada por la Iglesia al afirmar que estaba tocada por la gracia de Dios. En La pasión de Juana de Arco, Dreyer no espera más fin que el de representar todos aquellos estados emocionales que van desde la fe y el amor incondicional a Dios, hasta la intolerancia y la rabia de quienes toman por afrenta haberse declarado hijo suyo. Sin más ornamentos ni alusiones históricas que las imprescindibles para elaborar un poderoso discurso sobre las bajezas de aquellos que se erigen en falsos líderes espirituales, jueces y, finalmente, verdugos, Dreyer trabajó con la ayuda de Pierre Champion, sobre un guion basado en estudios directos sobre las transcripciones originales del proceso padecido por la también conocida como la Doncella de Orleans hacia el año 1431.

La fotografía utiliza primeros y primerísimos planos de gran penetración psicológica, travellings del tribunal y de la multitud, prolongados picados y contrapicados, imágenes descentradas, inclinadas o deformadas, sombras expresionistas y otros recursos que conforman una narración visual excepcional. El guion se concentra en el drama de Juana, sin dejar de lado el rigor de las referencias históricas, pues contó con el asesoramiento de Pierre Champion, editor de las actas originales del juicio.

La película tiene influencias tanto del realismo como del expresionismo cinematográfico, pero sin maquillar a los personajes (entre ellos, el mítico Antonin Artaud). Y la Falconetti, por su parte, ofrece una interpretación única, rica en matices, y centrada en la expresión del rostro y la mirada. Su rostro todo lo puede –es, digamos, un puente hacia el alma–, alejándose del histrionismo habitual del cine mudo para lograr un extraño equilibrio entre contención y una tenue exageración casi hipnótica. La intensidad de la expresión de Maria y la intimidad de la cámara convierten a Juana de Arco en un personaje que prácticamente se desarma y rearma ante nuestra mirada. El hecho de que Falconetti no haya vuelto a actuar jamás también convierte al filme en un documento histórico de esa performance, dando la posibilidad de pensar que no es una actriz sino la propia Juana corporizándose, gracias al cine, en la pantalla.  

El responsable del decorado fue el berlinés Hermann Warm, que había elaborado los fondos expresionistas de filmes como El estudiante de Praga (1913), El gabinete del doctor Caligari (1919) y Las tres luces (1921) y el extraordinario uso del montaje y utilización de la fotografía la realizaría un operador que luego seguiría en Hollywood como director, Rudolph Maté.

Dreyer hizo esta película, seleccionada varias veces por la crítica como uno de los mejores filmes de todos los tiempos, después de deslumbrarse con Potemkin, por lo que es muy distinta de las que había realizado hasta entonces y de las que hizo después, pues se basa en la idea del montaje como columna vertebral de la película. Si algo demuestra Eisenstein –y ese algo ya lo había expuesto Griffith– es que en un filme basado en el montaje lo esencial no es lo que se ve en pantalla, sino lo que no se ve: los planos invisibles que están entre los visibles, lo que hay entre plano y plano y que el espectador advierte sin que realmente lo vea. El movimiento es así: lo percibimos como un fluido continúo, pero es solo una ilusión óptica.

Desprendiéndose del encorsetamiento decimonónico de Griffith, el danés pone énfasis en la fuerza de la imagen: la imagen como entidad y al mismo tiempo como sinécdoque de la historia que está contando. Cualquier plano aislado es en sí suficiente. Como en las fotografías de Robert Capa o de Henri Cartier-Bresson, un instante lo es todo. Además, el escenario no delimita el plano, sino que el director pone ese límite en manos del espectador, creando así un trabajo que con cada mirada adquiere nuevos y asombrosos matices.  

Aunque en su estreno fue un fracaso comercial –y después de sobrevivir a hendiduras, cortes y demás actos de vandalismo por parte de la censura–, ha sido el tiempo el que la ha puesto en su lugar a este filme realizado en la última época del cine mudo; pero La pasión de Juana de Arco no es solo un ensayo teológico, ético y moral, sino, además, una genuina pieza de orfebrería narrativa, que supedita la mística al servicio del arte, el triunfo de la imagen sobre la palabra. El enfoque radical de Dreyer, su técnica exquisita y la construcción del espacio y la lenta intensidad del movimiento de la cámara hacen del filme, una de las grandes joyas del cine. Esta visión minuciosa y dolorosa, como todas las tragedias de Dreyer, sigue y seguirá viva después de que tantas otras cintas comerciales se hayan perdido en la bruma.