El espíritu encarnado: Pablo Armando Fernández

Pablo Armando Fernández tiene cerca de una treintena de libros publicados, entre narrativa, poesía y ensayo. Fue subdirector de Lunes de Revolución y secretario de redacción de la revista Casa de las Américas, director de la revista Unión, consejero cultural de la Embajada de Cuba en Gran Bretaña… Ha recibido muchos premios y reconocimientos honorarios, y vive la dicha de haber obtenido, en 1996, el Premio Nacional de Literatura. Entonces, ha sido interrogado muchas veces. Pero esta entrevista es importante que se dé.

La intentan impedir las lluvias de octubre y el interfono de la entrada de su casa, pero Pablo Armando insiste. Pareciera que para hablar de sí, para hacer recuentos, a los 85 años cumplidos, de sus logros, premios, de su éxito editorial en diferentes mercados, de sus publicaciones en 13 países…, pero no. Esta entrevista, a propósito de su recientemente recibido premio Maestro de Juventudes, concedido por la Asociación Hermanos Saíz (AHS), la quiere dedicar a Sergio y a Luis Saíz, a hablarles a los jóvenes escritores y artistas cubanos: a ejercer su labor de mentor.

«Yo no lo esperaba. Me resultó conmovedor cuando me enteré de que se me había otorgado este premio, porque yo tengo un vínculo espiritual muy serio con la Asociación Hermanos Saíz por Sergio y Luis, porque ellos entregaron la vida por su amor a la patria. Y además me impresionó, porque admiro el trabajo de la Asociación.

»Fue un honor realmente. Yo he recibido otros premios —aquí y en el extranjero—, pero este es especial porque creo que es muy importante reconocer a nuestros antecesores. Una vez me dijo una señora en Nueva York, una teósofa: “Pablo, tú eres un poeta, y tienes que vivir para la poesía, no seas vanidoso, olvídate de eso, porque tú eres un instrumento, una herramienta de las voces que te antecedieron, para darle continuidad a sus obras”. Y yo lo reconocí así, y aquí estoy. Así debe pasar con la literatura, con la plástica, con la música: hay predecesores y hay que reconocerlos. Porque yo no creo en la muerte: somos polvo y regresamos al polvo, pero el alma no es polvo, es espíritu, y ese no muere».

Su cadenciosa y pausada exposición, del que habla con los años encima, brota espontáneamente. Solo unos “pies” iniciales, y ya Pablo se suelta a entremezclar todo: sus experiencias de vida con la reflexión sobre ella, con las exhortaciones a los jóvenes, con la rememoración de sus antecesores y paradigmas… Mira a mis ojos mientras platica y sé que es a mí a quien habla porque insiste en tratarme por mi nombre.

Me insiste a ratos: «De lo que he hecho, yo no he buscado nada, a mí todo me ha llegado. Es muy curioso como todas las cosas van apareciendo en mi vida y me van guiando y fortaleciendo.

»En mi época publicar era muy difícil. Cuando yo tenía 23 años publiqué, aquí, mi primer libro de poemas —Salterio y Lamentación (1953)— gracias a la ayuda de Enrique Loynaz Muñoz, el hermano de Dulce María, y poeta también, que pagó el  costo de esta  edición. Fina García Manruz y Cintio Vitier también contribuyeron mucho a que este libro existiera como obra publicada.

»Veo realmente extraordinario que surgiera la idea de reunir a los jóvenes escritores y artistas de este país, y se le diera la oportunidad de difundir su creación. Ahora desde muy temprano ya publican sus obras, y tienen la suerte de que su talento no perece, no cae en el olvido ni en el desconocimiento, porque tienen esa maravillosa Asociación. Y a Sergio y a Luis que los acompañan, guían y amparan, así como yo tuve quien me ayudara».

La voz de Pablo Armando se hace tenue. Mientras más íntimas sus historias, más bajas se escuchan sus palabras. Tal vez porque, a pesar de la presteza con que parecen emerger, se resisten a la exposición abrupta: 

«Yo escribo desde los 10 años, motivado por una novela radial que mi mamá ponía, y que yo escuchaba a escondidas: Cumbres Borrascosas. Aquello despertó mi pasión por la lengua inglesa, aunque no, no era por la lengua, era por el mundo de Emily Brontë, la autora, y su paisaje, sus personajes…, y empecé a escribir unos versos, en inglés, que llamaba “gestos” —que muy torpemente rompí y de eso ahora me paso la vida arrepentido—, pero no se lo dije nunca a nadie. Era como si yo no hubiese vivido antes.

»Y luego en Estados Unidos conocí a Carson McCullers, una de las grandes escritoras norteamericanas del siglo XX,  y a una cubana, Manila Hartman, que se hicieron amigas mías y les enseñé mis escritos.  Manila enseguida me dijo que eso era poesía pero yo no le creí, porque yo escribía prosa, pero McCullers me dijo lo mismo. Cuando yo le dije que no, que no era poesía lo que yo escribía, ella me dijo que yo estaba confundiendo la poesía con el verso, el poema, y que la poesía era el espíritu en la palabra, y allí estaba. Entonces empezó a separar todos aquellos versos y ella los leía por supuesto con sus pausas pero no las mías. Esos poemas después se publicaron en el año 2000, en un librito que se llama Pequeño cuaderno de Manila Hartman, porque todo lo que yo fui escribiendo al principio en español, se lo fui dando a Manila y ella lo conservó.

»Escribir en Estados Unidos, en aquel momento, se convirtió en el regreso a casa, a mi patio, mi familia, mis amigos, mi hermano Alfredo, poeta también. Todo aquello me condujo a Cuba, y conocí aquí a Cleva Solís, que también leyó todo lo que escribí en español, y ella insistió tanto en que publicara ese libro que me presentó los medios y las personas para lograrlo. Una vez, en Las Villas, en un lugar de aguas termales, encontré a un señor que yo no conocía, aunque era muy importante. Fue él quien me presentó los medios para llegar a Enrique Loynaz. El señor resulta que era José Chacón y Calvo. Y así se formó Salterio y Lamentación.

»Toda mi vida, entonces, ha estado gobernada por mujeres: mi madre, mis hermanas, Emily Brontë, Manila Hartman, Carson McCullers, Maruja (mi esposa). Siempre ha aparecido alguien que me ha guiado».

Me impresiona su modestia. ¿Será que Pablo Armando ata cada una de sus páginas a la empresa de otros? Por último, le inquiero sobre estos días:

«Ahora mi salud no está muy bien. Tengo que cuidarme mucho, tengo que comer en casa. Solo voy a algunos compromisos, algunas actividades a las que no puedo faltar: en Casa de las Américas­ —porque es asesor de la Presidencia— y en la Academia —es Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua. Ya casi cumplo 86, en marzo, y estoy tratando de resolver lo que tengo abandonado: un libro de memorias que se publicó en gran parte en el año sesenta en la revista Unión. Lo que me queda de vida es para escribir y buscar que esa obra se publique.

»Y va a suceder, porque siempre aparece alguien, una mujer. Hace unos días vino a mi casa una señora que me propuso publicar en Estados Unidos. Como para eso no puedo firmar contratos, se hará todo para que se publique en Santo Domingo, y después se distribuyan mis libros allá».

No cuenta mucho de exclusivo. Más bien las palabras que esta vez archiva la grabadora parecen ecos de las que en algún momento anterior han sido almacenadas en otras, y luego transcritas y publicadas. Pero también repasamos noticias, y Pablo Armando se eriza al hablar de los estudiantes desaparecidos en México, y de la guerra. De pasada me declara su duda sobre si lo leen, y me confiesa haber leído llorando, y haber dedicado su vida a «escribir, a viajar por el mundo, y a ser cubano».

También me cuenta, y se conmueve, sobre cómo una de sus novelas —Otro golpe de dados (1993) —, acogida por los lectores con más silencio del que deseó, le devolvió la vida a «un amigo del alma» que, en su lecho de muerte, prometió vivir para escribir sobre el volumen. Entonces, no hacen falta secretos exclusivos para conocer con ellos a Pablo Armando Fernández. Basta a nosotros encontrarnos con su mundo interior, presente más en estas estelas de su vida, que en horas y horas de prolongada y forzada conversación.

 Foto: Tomada de Cubaliteraria

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