Julio Breff y su inventario de cosas sobrenaturales

Cuando Marco Polo regresó en el siglo XIII de sus viajes por Asia, la Europa medieval quedó asombrada (y rendida) ante el inventario de sucesos sobrenaturales que el veneciano contaba sin reparos. Los cuatros libros que componen Il Milione, conocido en español como Los viajes de Marco Polo o El libro de las maravillas, escrito por Rustichello de Pisa hacia 1298, se adentran en las tierras —míticas y asombrosas— del Oriente Medio y Asia Central, de China y la corte de Kublai Kan, de Japón, India y Sri Lanka, del sudeste asiático y la costa oriental de África… Todas aquellas historias rebasaban los límites conocidos (Persia) y abrían las puertas a la fervores de la imaginación, a la ebullición de la fantasía. Esta guía para mercaderes cargada de historias maravillosas se expandió como pólvora por toda Europa en tiempos en los que no existía la imprenta, avivando la imaginación de otros navegantes —como Cristóbal Colón que tuvo una edición que pobló de notas— en busca de reinos mágicos y colmados de riquezas, porque el hombre, precisamente, siempre ha soñado con consumar el mito.

Recorrer la exposición Inventario de cosas sobrenaturales, amplia retrospectiva de la obra del mayaricero Julio Breff Guilarte que exhibe el Centro Provincial de Arte de Holguín en tres de sus salas, la principal, la pequeña y la transitoria, me hizo recordar, como si estuviéramos frente a un libro abierto y en expansión, similar a El libro de las maravillas de Marco Polo, la capacidad humana de sobrepasar con la imaginación “lo real”, permeado por los múltiples percances de la cotidianidad, para acabar convirtiéndolo en un muestrario de lo asombroso, un sitio fértil para germinar lo imposible, la maravilla (como los propios campos de Breff, que son los paisajes de Mazmorra, en el municipio Sagua de Tánamo, donde nació en 1953, y los de Levisa, en Mayarí, donde vive desde 1980 y sitio donde crea estas obras de arte).

Breff es un pintor naif que escapa a clasificaciones, a veces esquemáticas o académicas, sobre el naif y sus características. Si se quiere, en los relatos de Marco Polo también es posible encontrar una mirada naif, al menos una mirada no entrenada en esos sitios, asombrada y desconocedora de un nuevo escenario que le aplasta y en ocasiones, obnubila. La obra de Julio Breff (artista, como decíamos, sin profesores y formación académica en las artes visuales; creador de puro talento y ávida curiosidad) es germinadora de realidad, de un universo paralelo donde todo lo que él sueña es posible. Aquí el naif es gozo y vivacidad, no una fórmula. El pintor pone todo su empeño en cada pieza, como si hubiera comprendido tarde —¿cómo si acaso ello fuera importante?— las clasificaciones y nombres (naif, primitivo, arte crudo) de lo que hace por vocación, por pasión creadora. Él solo ha querido pintar y hacerlo de la mejor manera posible, aunque insiste en huir de estructuras, de lo que “puede gustar” dentro del naif, porque la obra de Julio Breff es —y ahí el primer y feliz asombro— auténtica. Lo es en la expansión de las posibilidades de la creación pictórica; en la no asimilación de pautas salvo las que dicte la propia imaginación; en ir en contra de los estereotipos que pueden circunscribirse al naif y a la presentación del campo y sus pobladores; y a partir de esto, en los diálogos gozosos entre campo y ciudad, entre lo que podríamos llamar modernidad (entiéndase la ciencia, la tecnología o una “cultura citadina”) y tradición, que no son, para nada, los de la clásica contraposición civilización vs barbarie tan presente en la literatura y el cine en América Latina, sobre todo en la primera mitad del siglo XX.

Toda la muestra está traspasada —él ha insistido en ello— por lo sobrenatural: por una concepción de lo sobrenatural ligada al campo cubano y sus tradiciones, incluso a la religiosidad, más que a la religión, de una zona del país abundante en confluencias y asimilaciones, en el lento pero constante avance de los sedimentos que componen la identidad nacional.

De la misma manera que Marco Polo inventarió maravillas, milagros y hechos mágicos en los que se manifiestan tres formas de lo sobrenatural en el occidente medieval —la maravilla propiamente dicha de orígenes precristianos, lo magicus, asociado a lo demoniaco, y lo miracolosus, que sería lo sobrenatural cristiano, donde lo inexplicable se “normaliza” por la influencia de Dios—, Julio Breff también recopila sus “cosas sobrenaturales” en este inventario que se expone, con curaduría de Bertha Beltrán, en las salas del Centro de Arte de Holguín.

Cuando se conoce, cuando se sabe lo que se encontrará y posee, se hace entonces un inventario. El de Breff habita en lo sobrenatural, que es algo “común” y “palpable” en la vida del campo: la fauna y la flora, asociadas también a la fertilidad (a la mujer) y con ello a la abundancia y la prosperidad; las manifestaciones de la religiosidad y el sincretismo, de la fe y sus mixturas, con la Virgen de la Caridad del Cobre (tan cercana a esta parte del país, a la bahía de Nipe, en Mayarí), con San Lázaro, el vía crusis y el espiritismo; los racimos de plátanos que crecen en las palmas; los edificios de madera o de tablas de palma real poblando la campiña; los peces voladores surcando un cielo “galáctico”; el alunizaje y la presencia del campesino cubano (y de sus cerdos) poblando, desde hace tiempo, la geografía lunar en la obra “Nosotros llegamos primero”; una nave espacial en el poblado, en pleno apagón, mientras los “visitantes” se suman al juego del dominó y al convite, en “Encuentro cercano de cualquier tipo”; los rostros, como voces de otros lares, como seres susurrantes que, desde la maleza o acaso siendo ella misma, observan todo, personificando una naturaleza idílica. Ahí está lo sobrenatural, palpable, a flor de piel, en una realidad que se desborda y que existe gracias a los terrenos de la imaginación; en una geografía que roza lo real y también lo maravilloso.

En las obras de Julio Breff nos adentramos en un colorido vergel, fruto de la exuberancia de la flora tropical, sobredimensionada por la imaginación que lo inunda todo, siempre en primavera, sin importar que la “modernidad” se adentre en sus rutinas, sino apropiándose de ella, haciéndola parte, en sugerente inventiva, de la vida en el campo. Estos diálogos entre campo y ciudad están presentes —naturales, nunca forzados, sino frutos de una curiosidad agudísima— en piezas como “Fogón digital de leña”, “Tiempos modernos” y “Bicicleta agrícola”.

Por otra parte, relacionado con esto, encontramos frecuentes alusiones al ballet y el cine, pasiones desde su juventud, que son comunes en su obra, al punto de poder exponer —lo ha hecho— muestras dedicadas a estas manifestaciones: el ballet, que pudiera parecer anacrónico para el contexto campestre, entre casas de madera y guano que sirven de academias y victrolas que acompañan la danza, con sus bailarinas robustas y los guajiros mirando por las ventanas, maravillados, los cuerpos voluminosos, o siendo parte de la coreografía, camisa desabotonada, junto a las bailarinas con tutú en una especie de El lago de los cisnes bucólico. Y el cine y las múltiples referencias a películas que, creemos, prefiere: desde Candilejas, Un tranvía llamado, Algunos prefieren quemarse, Bailando suave, Titanic y la cubana Papeles secundarios. Todo ello en un contexto fértil también para la picaresca, el doble sentido, el humor, pues aunque no lo busque, Breff no puede desprenderse de lo lúdico (porque, entre otras cosas, me parece que Julio Breff disfruta, goza inmensamente mientras pinta).

Los personajes de Breff —esos que le son harto conocidos (él mismo) y que comparten su cotidianidad y las “mitologías individuales” con las que vamos apertrechando la memoria— parecen siempre estar de fiesta, celebrando la vida, tocando instrumentos, comiendo… Es una pintura gozosa, que hace de lo prohibitivo sitio para el juego o que elimina lo ilícito de su representación. Breff sabe que allí, en esa realidad paralela creada en el lienzo o en otros soportes, donde se refugia, todo es posible; solo basta con creerlo, imaginarlo y vivirlo. Inventor de paraísos —como lo nombró en una ocasión Jaime Saruski—, pero paraísos posibles, esos que se puede concretar mediante la creación, el holguinero Julio Breff Guilarte —en la exuberancia erótica en sus mujeres, en sus valles primaverales, fantasiosos y coloridos, en un imaginario que traspasa el naif hacia la indagación de las posibilidades de lo real maravilloso cubano afincado en el mito y lo sobrenatural de la tradición sociocultural de nuestros campos— se reafirma como uno de los artistas más genuinos del panorama visual cubano; como un creador auténtico y vital que logra realizar con el pincel todo el inventario de cosas sobrenaturales y mágicas con las que sigue soñando mientras pinta en Levisa, Mayarí.

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