Una cena traspapelada

¿cómo daba vuelta las hojas?: ¡con la lengua,

como deberíamos hacerlo todos!

Roberto Bolaño.

 

Hay muchos tipos de lectores, así que no pienso enumerarlos disciplinada y rigurosamente. Tampoco creo que pueda. Pero hay dos en los que sí me detendré: el primero es aquel de alta categoría, que solo prueba comida certificada por los mejores críticos literarios del mundillo. El segundo es más aventurero: aunque no deja de probar las recomendaciones, de vez en cuando se arriesga en fondas de mala muerte, bares y cantinas, con la esperanza de toparse con los secretos mejor guardados de la gastronomía. Quiero decir, de la literatura.

Ahora bien, para fijarse en un libro como Archivos traspapelados (Ediciones Matanzas, 2017),[1] hay que ser del segundo tipo. Y no porque Mirta Yáñez, Premio de la Crítica en varias ocasiones y hasta Premio Nacional de Literatura, resulte una completa desconocida en el panorama literario insular; sino porque una obra que reúne textos “traspapelados”, no publicados o poco divulgados, que además no clasificaron (algunos de ellos) en un primer intento por reunir esta clase de materiales—Del azafrán al lirio (Ediciones Extramuros, 2006)—, parecerá una total pérdida de tiempo para aquellos lectores refinados que mencionamos al principio.

Como pertenezco al segundo grupo, confieso sin ruborizarme que estuve en el pequeño restaurante de Cojímar que lleva por nombre Archivos traspapelados. Y no bastándome con eso, les diré que me sentí como en la sala de mi casa, aunque de vez en cuando, y quizás para recordarme que no lo estaba, alguna que otra (er)rata me pasara por entre las piernas.

Lo primero que hizo el camarero fue leerme la cartilla: me dijo que este lugar era para lectores que tuvieran interés real en conocer a la chef en su día a día, no en banquetes de exhibición donde Mirta Yáñez “sangra por la herida”. También me recomendó que tuviera paciencia, pues en ocasiones los alimentos podían ser muy variados y con imperfecciones que no a todos podían resultarles igual de encantadoras.

Como aperitivo me sirvió un plato sobre el Día Mundial del Idioma Español, en el que pude saborear la gracia con que Mirta Yáñez relaciona temas en apariencia inconexos, estructura opiniones, defiende argumentos con elegancia y poder de convencimiento. Desde el principio sentí el picante que me acompañó hasta el final de la cena; un ingrediente, digamos, muy común en la obra de la autora.

Acto seguido, devoré “De visitantes, cambios y la picaresca cubana”, mirada crítica, en caliente, al fenómeno que desde hace años ha empezado a producir, en frío, mucha prosa reflexiva e incluso narrativa. Me refiero al efímero restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Aquí pude sentir en la mirada de Yáñez un conocimiento nada superficial de las sociedades cubana y norteamericana, evidenciado por las múltiples interrelaciones que establece, sobre todo al final del trabajo, entre las esencias de dos culturas que en modo alguno deben considerarse antagónicas. También identifiqué sabores que regresarán más adelante, en tanto forman parte de sus preocupaciones como narradora, poeta y ensayista.

El camarero me trajo de entrante los personalísimos “Sobre Albertico”, “Algunos recuerdos de Pipo” y “Mi primo Felo, más conocido como Raval”. En el primero, la autora demuestra que también sabe condimentar sus trabajos con esa arma letal de la inteligencia que es el sarcasmo. Imposible pensar en una vindicación mejor ejecutada, un homenaje mejor logrado que el suyo al hermano y también escritor Albertico Yáñez:

Por suerte, sus muchos libros siguen guardados en la gaveta y mantengo la esperanza de que no se los publiquen de ningún modo, ni siquiera en provincias. Y miren si tengo razón en mis objeciones que al tal sujeto, Albertico Yáñez, JAMÁS le han dado el Premio La Rosa Blanca… ¡bien merecido se lo tiene! [47]

Del texto sobre su primo, el caricaturista Raval, me quedo con una frase que impresiona por su demostración de síntesis: “la caricatura personal, una deformación intencional para llegar a verdades que no se han dicho o visto antes, en ocasiones es retenida por la memoria de manera más indeleble que una foto” [53]. Acaso podemos llevar esa idea más lejos y decir que la memoria siempre recuerda de manera deformada, caricaturizada, pero esa modificación inconsciente puede ser más reveladora que cualquier retrato fotográfico. Así lo demuestra Yáñez en textos como “Envejecer con dignidad”, “Discursito para Teté”, “Operativo `Nostalgia´”, “`Somos estudiantes´” y “Mis evocaciones de John Lennon”.

Como plato principal, el camarero puso a prueba mi autoestima de lector al servirme la profundidad ensayística de Yáñez. Entonces aparecieron sobre la mesa textos de difícil, pero imprescindible digestión, como “Piglia, la inclusión perenne”, un estudio brillante sobre el escritor argentino, aunque con el desequilibrio típico de los trabajos con dos ideas centrales en competencia por sobresaltar. Me enfrenté después al atrevido “El regreso de Krause Parky y otros problemillas”, donde, al juzgar la obra de un escritor entonces desconocido (y ahora poco recordado), la autora demuestra su valentía al salir de la zona de confort que tanto aprisiona a críticos y reseñistas. Por último, “Acerca de algunos locos sueltos” me puso al corriente de los cambios y rupturas de una literatura escrita por mujeres que desdibuja las líneas impuestas entre locos y cuerdos. Mejor dicho: entre “locas” y cuerdos.

En estos momentos de la cena, el orden de los platos me mostró las intenciones de la autora por representar un péndulo que se acerca y se aleja, que va de lo público a lo privado, y viceversa. Por fortuna logré identificar el cosmos presente en el aparente caos de cada célula de su pensamiento reflexivo.

Por eso no me sorprendió un texto sobre Carson McCullers, que en realidad aborda la manera en que Yáñez entiende su propia obra narrativa. Tampoco otro sobre la antaño conocida como Isla de Pinos, una inmersión en el pasado y un cuestionamiento al antiguo capricho de mandar a estudiantes de Letras a expurgarse en el surco de sus (al parecer, exclusivos) “pecados originales”.

Sí me impresionó, en cambio, la calidad de las entrevistas a Ezequiel Vieta y al Caballero de París, tanto por los entrevistados —más del 50% de la calidad de una entrevista depende de la selección del entrevistado— como por la agudeza de las preguntas de la entrevistadora. Con Vieta asistimos a una luz que nos hace ver mejor en la oscuridad de nuestra deficiente memoria colectiva; con el Caballero de París, a la humanización de un símbolo, así como a dos de los temas que más interesan a Yáñez: La Habana y la locura.

Me guardé para el postre una pequeña joya que la autora decidió titular “Historia cortaziana”. En lugar de referirse a lo relativo a Cortázar con el adjetivo cortazariano, emplea un término igual de válido, pero menos frecuente, que remite — ¿involuntariamente? — al vocablo que se encuentra en las antípodas de su “historia” y del propio Julio Cortázar: cartesiano. Curiosamente, la autora narra un hecho que en verdad ocurrió, quizás para ratificar la tan cacareada frase de “en ocasiones la realidad supera a la ficción”.

Por textos como este, que son tesoros, que son regalos, vale la pena llegar hasta el restaurante de Cojímar donde un camarero anónimo sirve de enlace, con igual movimiento pendular, entre Mirta Yáñez y yo. Por textos como los de Archivos traspapelados —sobre todo por “Historia cortaziana”—, vale la pena llevar esta vida de lector de segunda categoría, con instantes reveladores que alejan (lectura mediante) la miseria que tanto persiste en acompañarnos.


[1] Todas las citas pertenecen a esta obra.

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