Caracol, caracolito

“A la derecha, a la izquierda, arriba y abajo dibujo caracolas…” y se hace la magia.

Así de sutil y profundo es el regalo que nos brinda el Grupo Teatral Alas con su espectáculo Dora dibuja caracolas, del autor español Tomas Gaviro Ponce, bajo la dirección artística y general de Doris Méndez.

No pudiera hablar de esta obra sin antes destacar el chapuzón azul al cual nos exponemos desde la entrada a la sala, al observar una atmósfera y ambiente que, con gran bordado, teje la apertura de un encuentro que tantos niños, jóvenes y adultos disfrutaríamos sin perder un solo instante.

Fotos Adrián Aguilera

El buen teatro para niños debe comprender, en su lenguaje y estructura, la misma complejidad y calidad que el teatro dirigido para adultos, y no son estos componentes ausencia en la puesta de Doris Méndez, ya que, tratándose de un tema tan poco expuesto en nuestras tablas cubanas como el abuso infantil, posee un carácter emocional que, ante la presencia de niños, se convierte en una autoridad, sin perder el amor, porque ahí radica el éxito de hacer teatro infantil.

Dora, interpretada por Arasay Suárez Padrón, es una niña que sufre abuso familiar por parte de ambos padres, buscando como vía de escape dibujar en el aire, con una cinta azul, sus caracolas, para expurgar sus miedos. También se esconde dentro de una caja de cartón, para crear una zona de confort y refugio ante una realidad que la asecha, aunque esto, a su pesar, lo justifica con que sus padres “son buenos”, exponiendo así la ingenuidad y bondad que poseen los infantes.

Pablito, que cobra vida por Yanet Carmona Dopico, proviene de una familia funcional y posee comodidades materiales y espirituales que hacen de él un eslabón fundamental para Doris, al punto que le hace el mejor regalo del mundo, juguetes, pero este hecho trasciende más allá: le regala su amistad, cariño, comprensión, y el primer amor de infancia.

Fotos Adrián Aguilera

Sin dejar de resaltar que Dora, a pesar de su congoja, de su modo de vida, posee un bien que supera a Pablito, la imaginación; ella le enseña a sacar de las cosas más comunes un caudal de fantasías, que no tiene que ver con un carro por control remoto. Le muestra la parte sensible de “las simples cosas”, como asegura Joan Manuel Serrat en su tema de igual nombre.

Por su parte Maya es interpretada por Yadeivis Robainas Sánchez: esta especie de “conciencia” lleva a la reflexión y al entendimiento de que vivir momentos difíciles no da derecho a ser desobedientes y, ante estos, es necesario hacer brotar un espiral de fantasía.

Así se desenvuelve la trama de Dora dibuja caracolas, cayendo en un hecho poético, porque, a pesar del tema a tratar que es bien descarnado, dibuja un paisaje fresco y no cae en atisbos melodramáticos, aunque en algún momento saltara una que otra lágrima de los que allí asistimos, pero se llama catarsis, totalmente alejo de lo antes mencionado.

Las actuaciones merecen destaque aparte, por el excelente trabajo realizado por estas tres actrices que logran “abandonarse” para impregnar de total fluidez y organicidad a esos casi diminutos títeres de mesa, que poseen un soberbio diseño, para así articularlos sin dificultad alguna, gracias a la destreza de sus titiriteras. Igualmente destaco la pulcritud de cada movimiento, el funcional bloque de atrezo que permanece en escena para transportar a los personajes en sus diferentes cuadros, el fino proyecto de luces a cargo de Alberto Ribera, que se presenta en los momentos y zonas precisas para apoyar como otro recurso expresivo toda la acción. Y no se debe dejar de mencionar la banda sonora por parte de Marcos Salvador Rosales, que cierra la unidad de toda esta trama.

Una vez más, Alas Teatro nos sorprende por su depurado trabajo, reconociendo así a su directora, que en cada puesta hace valer su ardua labor de intentar llegar a la perfección partiendo de la exigencia, y así potenciar el teatro para niños y con títeres. Es meritorio saber que hay personas, como este elenco, que se preocupan porque este género siga vigente y cada día obtenga más fuerzas, cuando aún hoy, en nuestros días, no siempre sucede así.

No hablamos de una especie en extinción, aunque sí defendida por pocos; pero puestas como esta bastan para saber que todo trabajo realizado con amor está condenado al éxito.

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