Guillermo Betancourt


Breve simpatía y afinidad con un escritor estéril

Sospecho que la cercan√≠a de los idiomas, al crearnos una sensaci√≥n de ambig√ľedad, es la causa de que seamos tan desconocedores de la literatura portuguesa. El pa√≠s luso es extra√Īo para nosotros, y me atrever√≠a a decir que, ajenos a su vasta historia, hemos encerrado entre par√©ntesis a esa franja de tierra al occidente de la Pen√≠nsula Ib√©rica y, si acaso, nos acordamos alguna vez que el oporto es un vino y que all√≠ se juega muy bien al f√ļtbol. Lo portugu√©s nos resulta, en fin, tan distante como las apagadas melod√≠as del fado o como el sonido pastoso y dulz√≥n que adquieren, en esa lengua, palabras que nos son de sobra familiares.

Pocos escritores nos han hecho violar la especie de Tratado de Tordesillas que seguimos manteniendo los hispanohablantes con ese pa√≠s, y uno de los m√°s notables es sin duda Jos√© Saramago. Creo que este anciano de aspecto apacible, este relojero que se estren√≥ como novelista rondando los cuarenta a√Īos, y que como al descuido se llev√≥ el Nobel de 1998, es uno de los imprescindibles de nuestra √©poca, un autor a quien ser√≠a imposible imitar sin delatarse, y uno de los seres humanos de imaginaci√≥n m√°s poderosa que hayan existido, o al menos de los que se tenga registro.

En una √©poca no muy distante (ya creo que no sucede en igual medida), los libros de Saramago eran entre nosotros best sellers, o al menos as√≠ nos funcionaban. Recuerdo haber le√≠do Memorial del convento, La balsa de piedra, La caverna, Historia del cerco de Lisboa, El Evangelio seg√ļn Jesucristo y algunos otros; todas son novelas formidables, todas son entretenidas y brillantes, pero si hay un libro del autor de Aizinhaga que pudi√©semos nombrar con el feo lugar com√ļn de ¬ęobra cumbre¬Ľ, ese es sin duda Ensayo sobre la ceguera.

Imagino que, en estos √ļltimos meses, en los cuales han cambiado tantas cosas y el mundo ha pasado por su prueba m√°s dif√≠cil desde la Segunda Guerra Mundial, muchos hayan recordado esta novela. La literatura sobre epidemias, aun cuando es propensa a deslizarse hacia catastrofismos efectistas, ha dado grandes obras, como La m√°scara de la muerte roja, de Poe, o La peste, de Camus, pero por alg√ļn motivo tengo una simpat√≠a y una afinidad mayor con Ensayo sobre la ceguera, tal vez porque, incluso siendo un libro muy entretenido (a pesar del t√≠tulo), es tambi√©n una novela que desnuda sin misericordia la gran fragilidad inherente a nuestra organizaci√≥n social, y nos obliga a cuestionarnos cu√°l es el punto (no muy lejano, por cierto), en el cual se pulverizan los valores ¬ęinamovibles¬Ľ que nos definen como civilizaci√≥n.

El argumento es bastante conocido: una misteriosa epidemia de ceguera blanca que se expande por un lugar y momento indefinidos pero que sin problemas podemos asumir como contemporáneos, provoca en poco tiempo unas consecuencias materiales y morales devastadoras. Saramago aprovecha esta situación delirante para mostrarnos lo dependiente que es nuestra condición humana de algo tan en apariencia prescindible como el sentido de la vista. El escenario, que es apocalíptico, convierte a la mayor parte de los individuos en salvajes; mantener el decoro en una situación extrema y sin perspectiva de solución conocida es extraordinariamente difícil, pero no imposible. Los principales personajes (que, por cierto, no tienen nombre), incluso con debilidades eventuales, son la representación de que, hasta en las circunstancias más complicadas, preservar la dignidad es una elección individual, aun cuando acarree consigo sacrificios dolorosos.

Hay aspectos en Ensayo sobre la ceguera que son muy importantes y que no pueden contarse sin sabotear la lectura ajena. Es un libro que, si bien posee una tesis de orden √©tico, un elevado nivel simb√≥lico, que lanza preguntas muy inc√≥modas y en consecuencia puede leerse desde un punto de vista casi filos√≥fico, es tambi√©n, como ya dije, una novela que despierta en quien la lee una curiosidad muy fuerte por conocer el final de la historia; he tratado de bordear lo m√°s posible los detalles que hagan spoiler, pero dir√© para quienes lo lean completo que el misterio llega hasta la √ļltima l√≠nea del libro. Despu√©s el propio Saramago arruinar√≠a el encanto reciclando los personajes en Ensayo sobre la lucidez, otra muy buena novela, pero que, remake al fin, no es comparable con el primer texto, del que, sin ser una continuaci√≥n, tampoco es independiente.

Quienes hayan le√≠do a este escritor, sabr√°n que su estilo es muy peculiar, sobre todo en cuanto a la puntuaci√≥n. Saramago hace caso omiso de la existencia de signos diferentes a la coma y el punto, y ello les da a sus largas oraciones un ritmo a veces risible, que acent√ļa la mordaz iron√≠a que empapa toda su obra. Los largos p√°rrafos, que suelen agotar en otros autores, en √©l fluyen de una manera tan normal que nos asombra; por eso dec√≠a m√°s arriba que imitarlo es pr√°cticamente imposible. La manera en que ubica los di√°logos, siempre una piedra en el zapato para los narradores, es muy ingeniosa y original, tanto que cualquier otra persona que la use atraer√≠a sobre s√≠ los nada agradables focos del plagio.

Es muy probable que Saramago sea un autor sin disc√≠pulos, un ¬ęescritor est√©ril¬Ľ, como se ha dicho alguna vez, si bien ya eso tiene toda la pinta de ser un concepto obsoleto. Por otro lado, las imitaciones no son buenas para nadie. La vida misma, en 2019, quiso copiar su obra. Los resultados han sido terribles.