Pablo G. Lleonart


«La escritura y la poesía son mis paracaídas»

Pablo G. Lleonart sabe que la literatura —que la creación en sentido general— es un salto de fe al vacío. No obstante, se arma, se prepara el joven artista para que su descenso vaya acompañado por la palabra, la escritura y la poesía. Estos paracaídas lo han sostenido bien. Las redes sociales —un espacio de conexión ya no alternativo sino imprescindible, que ambos defendemos— nos hicieron contactarnos por coincidencia. Pero, nada es coincidente en esta vida, es mi creencia. Conocer un poco más de la obra Pablo G. Lleonart fue el motivo que me llevó a este diálogo.

Se ha hablado mucho (y debatido) acerca del concepto juventud en relación con el material artístico, ¿cómo se concilia una relativa corta edad biológica con la calidad de la escritura?

Pienso que para valorar la calidad literaria no podemos juzgar la edad del escritor, el texto se defiende por sí solo. Carson McCullers escribió El corazón es un cazador solitario con 23 años, Rimbaud tenía 19 cuando apareció Una temporada en el infierno. Harold Bloom con 30 años ya daba clases en Yale y había escrito tres libros sobre el romanticismo inglés considerados innovadores por la crítica. Ejemplos sobran. No obstante, a medida que se crece en edad también se gana en experiencia y se tienen más lecturas asimiladas que permiten enfrentar el ejercicio de la escritura con mayor madurez. La calidad literaria radica en el rigor y seriedad con que afrontemos el ejercicio de la escritura.

Como joven creador, ¿qué buscas, qué te interesa contar?, ¿qué no buscas y qué nunca contarías en tus historias?

Como creador busco que mis historias y mis poemas sean capaces de calar en el lector, que estos sientan los mismos placeres que yo cuando leo a Lorca, Borges y Pessoa: creo que ese sería el sueño de cualquier escritor. Me interesa abordar lo universal desde lo cubano, ser capaz de que un verso o línea que haya escrito conecte con el otro y este se sienta identificado con lo que lee. No busco la grandeza, esa se la dejo a Dante. Nunca contaría mis historias de amor, o tal vez sí.

¿Influye en tu percepción de la realidad —y en tu transformación de esa realidad en materia ficcional— los estudios de Periodismo?

Comencé estudiando Ingeniería Mecánica en la Universidad de Matanzas. En aquel entonces me interesaban los “números”, todavía me interesan; pero la carrera en su propia dinámica, como es lógico, me distanciaba de mi otra pasión: la literatura. Ante la disyuntiva opté por cambiarme para la Licenciatura en Periodismo, la cual no solo me aportaba herramientas para desarrollar habilidades a la hora de escribir sino que también me mantenía vinculado a la vida cultural de mi ciudad.  

El diálogo constante   enfrentar diversidad de criterios entre compañeros y profesores durante cinco años de la carrera de Periodismo ayudó a formar mi pensamiento crítico. Otra influencia de mi profesión quizás sea el hecho de que me ayudó a expresar las ideas de manera clara, sin muchos rodeos, lo cual el lector siempre agradece. Tanto la literatura como el periodismo se nutren de la misma materia prima, la palabra. Sería entonces, a la hora de la creación, un poco como navegar entre dos aguas.

¿Qué consideras imprescindible en la formación espiritual de un escritor joven? 

Tres cosas: leer, leer y leer, y si me dejan agregar una cuarta por aquello de que los tres mosqueteros son cuatro, diría que aprender a escuchar receptivamente. En Matanzas he tenido el privilegio de poder dialogar con personas y creadores magníficos como Alfredo Zaldívar, Laura Ruiz Montes, Ulises Rodríguez Febles, José Manuel Espino… y muchos más que han abierto siempre sus puertas al diálogo con los más jóvenes.

¿Por qué la poesía? ¿Por qué escribir?

Si hay que buscarle un “por qué” a por qué escribo, creo que se lo debo en especial a mi madre, la cual es bibliotecaria y de pequeño siempre hizo que creciera rodeado de libros. También la suerte de tener profesores durante mi formación académica que estimularon la creación, como el repentista Orismay Hernández, y la pareja formada por María Isabel Tamayo y Ulises Rodríguez Febles.

La culpa de que escriba poesía la tiene Leymen Pérez, quien me alentó en 2017 a incursionar en ese género. Hasta ese año solo escribía narrativa y me concebía como “narrador puro”. Pero ya lo dijo Billy Collins: lo malo de escribir poesía es que anima a escribir más poesía. Y desde entonces la poesía me ha cautivado por completo.

Resumiendo, la escritura en mí es una necesidad. Si Huidobro dice que la vida es un viaje en paracaídas, la escritura y la poesía son mis paracaídas, me mantienen a flote, me sostienen.

Como lector, ¿qué buscas en un buen libro? ¿Cambia esa opinión, esa percepción a la hora de ser tú quien produce/escribe un libro?

Considero que la lectura es una praxis personal. En particular, lo que me apasiona de un buen libro es el cúmulo de belleza (estética) más la extrañeza que pueden producir una serie de palabras colocadas unas tras otras, hasta que logran en mí eso que Yeats llamó “estado de fuego”, que no es más que la sensación de entelequia que nos posee cuando las palabras tocan cada fibra de nuestro espíritu. Al leer así nos sentimos plenos, realizados.

Cuando soy yo quien escribe siempre trato de separarme del texto que escribí y asumo una postura de lector que se acerca por vez primera a ese texto. Por supuesto, si yo mismo no soy capaz de conmoverme con lo que escribo, nadie lo hará tampoco.

¿Sueles leer a tus contemporáneos, tanto nacionales como internacionales?

Por supuesto, e igual pretendo que me lean. Si nosotros mismos no nos leemos, qué podemos esperar de otros. Los clásicos siempre serán un referente, un paradigma, pero el lenguaje del siglo XVII no es el mismo que el del siglo XXI, ni el lector de entonces es el de hoy. Yo apuesto por el futuro de la lectura y la literatura, y ese futuro se empieza a labrar desde la contemporaneidad. En mis anaqueles tengo libros de Shakespeare y Cervantes,  pero también los de Elaine Vilar Madruga.

¿Crees que puede aprenderse, así sea de la diferenciación o la emulación, de aquellos con los que se comparte generación, tiempo y espacio geográfico?

Creo que sí, que el escritor y el artista en sentido general deben tener siempre la capacidad de aprender de sus contemporáneos. En la medida en que seamos capaces de entrar como generación en un diálogo creativo creceremos no solo individualmente como creadores sino también que le aportaremos a la cultura cubana una mayor posibilidad de enriquecimiento simbólico.

Por ejemplo, cuando se lee a Wordsworth, Keats, Shelly, Byron sabemos que estamos leyendo a Wordsworth, Keats, Shelly, Byron pero, al mismo tiempo, en esa singularidad existe una unidad que los hace trascender a ellos individualmente y como representantes del romanticismo inglés.

¿Existe, para ti, una generación escritural? ¿Te sientes parte de una?

No creo que exista una generación, entendiendo el término generación tal y como nos referimos por ejemplo a la Generación del 27 o al grupo Orígenes. Sí me siento parte de un grupo de jóvenes que compartimos una serie de intereses literarios y temáticos porque vivimos en el mismo tiempo y espacio geográfico.

tomada del perfil de facebook del autor

Coméntame un poco de tu proceso creativo…

El escritor tiene tres fuentes de inspiración: lo que lee, lo que le cuentan y lo que vive. De ahí nos nutrimos para conformar nuestras historias. En mi caso se da la combinación de esas tres: puedo estar caminando por la Calle del Medio en Matanzas o ir en un ómnibus en uno de esos recorridos rutinarios, o leyendo sentado en mi casa… en cualquiera de esas situaciones la musa es capaz de atraparme y, una vez que lo hace, logro esbozar un primer manuscrito que con el paso del tiempo siempre reescribo y vuelvo sobre él, hasta que me convenza que tiene algún valor literario. No tengo una hora del día específica, considero que todo momento siempre es oportuno para escribir.  

El rigor del oficio, ¿es indispensable o puede ser suplido con otras herramientas simbólicas?

Mario Vargas Llosa decía que los jóvenes de hoy no están preparados para leer libros extensos porque tienen muchas cosas en mente. Al mismo tiempo atienden a un libro, a la televisión o la computadora encendida o al teléfono celular que suena… A lo que Juan Villoro respondió que eso lo ha visto con su hija. Lo interesante es que ella, decía Villoro, anda bastante atenta a todas esas cosas que refiere el Nobel peruano. O sea, antes estabas fijo en una plataforma y ahora digamos que la mente opera más como un radar, y eso al mexicano le parecía más positivo.

Estoy de acuerdo con Villoro, me parece que hoy no solo los escritores, sino todos, tenemos mayores herramientas simbólicas a las que aferrarnos y complementar eso que llamamos el rigor del oficio.

Más allá de la lectura, ¿existe un ámbito artístico, cultural, histórico, o de cualquier otro tipo que nutra tu escritura? ¿Qué temas te interesa reflejar en tu creación?

Me interesa mucho la Historia y cómo se conectan los diferentes procesos históricos unos con otros, la concatenación de los hechos que nos llevan a ser lo que somos. Eso también lo intento reflejar en mis textos.

Las redes sociales han pasado a formar —sobre todo durante el último año (este nefasto 2020), pero incluso desde mucho antes— parte indispensable del proceso de comunicación del arte y casi uno de los pocos recursos que nos ha quedado para comulgar con el otro (ya sea el otro artista o el otro lector, receptor). ¿Crees que nuestra forma de entender la creación, fundamentalmente la literatura, está destinada a cambiar gracias al influjo de las redes sociales en la vida del autor?

Es un poco lo que te respondía anteriormente, el escritor del siglo XVIII no tenía televisión ni Internet, por lo tanto su comunicación con el otro y sus procesos creativos respondía también a ese contexto histórico. Hoy podemos estar intercomunicados, hoy puedo hablar e intercambiar ideas con poetas de disímiles latitudes y eso forma parte de nuestro día a día, lo que por supuesto hace apenas cien años hubiera resultado imposible. Yo soy de los que defienden la idea del canon literario de Harold Bloom, el cual no ve el canon como un cuerpo ideal, sino como un cuerpo sobreviviente y que es y será capaz de mantenerse durante el decursar de los tiempos.

La influencia de Shakespeare y Cervantes será eterna y las nuevas tecnologías podrán hacer que encontremos otras formas de acceder y de (re)interpretar los clásicos, pero nunca podrás obviarlos porque tienen la capacidad de conocernos y nosotros de reconocernos en ellos. El placer estético de leer una obra universal jamás podrá ser suplantado por las redes sociales. Que usemos otras plataformas para exponer y multiplicar la literatura no implica que cambie los genes de lo que es la literatura desde Homero hasta la actualidad.

¿Cuál es tu visión sobre el fenómeno del libro digital aplicado a la realidad cubana actual? ¿Están los lectores listos para ello? ¿Y los autores?

El libro digital es un hecho en el mundo del siglo XXI. El lector siempre agradecerá las facilidades que brindan las tecnologías para hacerse con la literatura que consume. Además, es una ventaja poseer miles de libros en el teléfono en vez de que ocupen un espacio físico de la casa. El problema que veo en el contexto cubano es la infraestructura necesaria para llevar acabo semejante transformación, y así poder hablar de un mercado digital del libro. El lector cubano me parece más preparado para ese cambio que los propios autores. El lector joven, sobre todo, ha crecido leyendo mucha literatura digital. Pero a los autores les será más difícil asimilar, no ver sus libros en físico, no poder firmarlos ni interactuar con el potencial lector.

¿Cómo te gustaría que definieran tu estilo? ¿Cómo lo definirías tú?

Leymen Pérez dice que soy un escritor intertextual, y estoy de acuerdo con él. Me gusta una idea de Laura Ruiz Montes sobre mi primer poemario, Habitantes de Marte, en la que dice que anclo en el trópico una traducción de lo universal. Creo que lo más importante del estilo radica precisamente en tener estilo, que cuando me lean reconozcan a Pablo G. Lleonart.