literatura infantojuvenil


«Más que quien escribe está lo que escribes y para quién»

foto tomada del perfil de facebook

En Ciego de Ãvila un muchacho parece vivir días de más de 24 horas. Es profesor universitario, guionista para la televisión, hace radio. Es miembro de la AHS e integrante activo de la Red de Articulación Juvenil del Centro Oscar Arnulfo Romero y es, aunque a veces le cueste trabajo admitirlo como un calificativo propio, un escritor.

Leonel Daimel García Aguilar es un ser de luz, medio niño, con una simpatía rebosante y un talento igual de prolífico para que entre sus manos germinen atractivas historias que, los que gustan de las etiquetas catalogarían como Literatura Infanto-Juvenil (LIJ), pero que pueden ser atractivas y emotivas sin importar la edad del lector.

Ha ganado los premios Pinos Nuevos y este 2020 el Paco Mir, y dialogar con él es una delicia porque es un gran conversador. De ello dejo aquí constancia:

―¿Desde cuándo escribes?

―Comencé a escribir casi por casualidad, antes me había acercado al mundo de la realización audiovisual haciendo guiones para programas infantiles que era lo que necesitaban en ese momento en el canal de televisión en Ciego de Ãvila. Esto fue cuando era estudiante de la universidad.

Entonces comencé a descubrir el mundo de la infancia y a tratar de conectar con él y sus edades y motivaciones e intereses, pero todavía no había llegado la literatura. Casi cuando terminaba la universidad me vinculé a un proyecto comunitario y comencé a contarles una historia a los muchachos. A partir de ahí empezamos a jugar: Yo escribía historias de personas que ellos mismos conocían, pero nunca pensé que aquello tuviese algún valor literario.

Me sugirieron que lo nacido de aquella experiencia lo enviara al Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y lo hice sin mucha conciencia de en qué me estaba metiendo. Cuando me aprobaron fue que lo entendí y sentí miedo de tener que leer frente a otras personas.  

Desde entonces hasta ahora todo ha sido casual e intuitivo, he ido aprendiendo, creo que si hoy fuera a cursar el ʻOnelioʼ lo aprovecharía más.

—¿Siempre escribes para los niños?

—Por lo general escribo pensando en la infancia y la adolescencia. En algún momento he hecho algo, desde los guiones para adultos, pero cuando voy a la literatura realmente me interesa mucho conectar con la infancia y la adolescencia, un terreno en el que debo explorar en busca de qué contenidos hacer llegar y cómo hacerlo interesante. Disfruto mucho este tipo de trabajo.

Hay quienes me han dicho por qué no lo intentas, algo como ‛si quieres trascender busca otro espacio que no sea el de la literatura infanto-juvenil’, y no sé si será por comodidad, pero realmente no he sentido la necesidad de escribir para un público mayor porque creo que aún queda un espacio muy grande para buscar y hacer pensando en la infancia. Hay tanto que aprender y explorar y mucho en lo que uno se puede sentir muy realizado y me da placer.

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—Escribes guiones para televisión. ¿Resulta un ejercicio eficiente para hacer literatura?

—Confieso que al principio mis cuentos se parecían mucho a los clásicos que se leen en la infancia y al modo en que escribo los guiones para televisión, me apoyo mucho en los diálogos por eso.

Además, tenía que escribir guiones semanales para un espacio dramatizado y eso da la disciplina de que debes encontrar la historia a toda costa, claro la literatura me la tomo más pausada. Es un proceso íntimo en el que siento que puedo ser más arriesgado, sobre todo en comparación con espacios de la televisión en los que aún tienen más temor a atreverse a hablar de algunos temas, así que si hay censura solo será la que ponga yo.

Tengo un libro basado en un programa que escribí para la televisión avileña que se publicará, y uno siempre mezcla lo que va conociendo. Yo veo lo que escribo. Aún le digo a algunas personas: «creo que soy guionista, escritor me falta todavía para creérmelo».

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—¿Has oído hablar sobre el síndrome del impostor? ¿Lo has padecido?

—Me cuesta mucho trabajo eso de presumir de que eres escritor. Sigo pensando que soy una persona que escribe. Pero el escritor me sigue pareciendo una palabra mayor.

Hay un respeto y existe una trascendencia en la palabra, me parece que me falta mucho para llegar allí; estoy en búsqueda, en proceso. Algunos piensan que digo esto por falsa modestia. A veces ni digo que me siento así. Tal vez le pasa a todo el mundo. Independientemente de si soy o no escritor, pienso que soy la persona que disfruta escribir, y lo seré mientras me funcione.

—El concurso Pinos Nuevos te dio tu primer libro. ¿Cómo fue la experiencia?

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—Ese premio fue una sorpresa, mandé porque un amigo me dijo que tenía que atreverme, y resulta que gané. Para una persona joven, que estaba comenzando a descubrir el mundo de la literatura, fue una sorpresa tener la posibilidad de un libro en una editorial como Gente Nueva, que era la que yo leía en la biblioteca de la primaria. Eso me llevó a decir «si esto pasa es por algo, ya no es el juego del muchacho que escribe para los niños de la comunidad».

El proceso editorial fue complicado porque nunca había pasado por esa experiencia. Estaba aprendiendo, y el libro El niño en la burbuja tiene eso: el placer de haber sido mi primera publicación y el hecho de haberme dado los primeros dolores de cabeza, al intentar que se pareciera más a lo que soñaba.

Uno siempre tiene inconformidades, algunas las puede dejar pasar, pero otras te siguen doliendo porque es como el primer hijo, y entonces no sabía si iba a tener la oportunidad de publicar en otro momento. En El niño… están dos sentimientos, el placer de la publicación y la insatisfacción de que todavía necesitaba más herramientas para mostrar algo mejor, pero estoy feliz de que el jurado apostase por el libro.

—Eres docente. ¿Crees que se puede separar al profesor universitario del autor?

—Puede pensarse que hay que separar uno del otro, sobre todo si se ve al profesor más tradicional que llega al aula a decir todo lo que deben saber los demás porque él es quien ha estudiado, tiene el conocimiento y va a hacer que los demás aprendan. Quizá ahí no tendría nada que ver con la persona que escribe e intenta ser más irreverente.

Pero intento ser un profesor distinto. Por mi formación desde la Educación Popular, apuesto por el diálogo en el aula, por sentirnos felices allí, aun cuando trabajo con jóvenes en la universidad y a riesgo de que digan, «qué está pasando en esa aula». Ese profesor que intenta romper con el modo más tradicional de ver la pedagogía creo que es lo coherente con mi intento de escribir sobre temas tabúes, arriesgándome en zonas que algunos puedan considerar complicadas.

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—El trabajo con los niños se te da muy bien, ¿a qué crees que se deba?

—El trabajo con niños me fascina. Creo que hay mucha sinceridad en su forma de expresarse. El adulto te da la mano y te sonríe y llega a negociar determinadas cosas en un espacio, pero el niño se entrega al proceso y ríe si tiene ganas, aunque si le caes mal no te abrirá la puerta y cuando lo hace es de corazón, y a mí me gusta ganarme ese espacio. Encuentro una conexión con ellos. Lo descubrí cuando empecé a escribir los guiones y luego en el trabajo comunitario, en la interacción con la infancia. Es un público con muy pocos prejuicios, a no ser los que la familia le va enseñando. 

—¿Tu activismo en la Articulación Juvenil influye en la literatura que haces? ¿Cómo?

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—La visión de la Articulación me ha marcado mucho, sobre todo para definir a qué zonas apostar a la hora de escribir. Porque cuando eres de la Articulación Juvenil lo eres las 24 horas.

Llevaba un tiempo trabajando con los temas de género, equidad, violencia, escribiendo, y me decía: ‛con tanta información que tengo y tanto que me he acercado a ese mundo y no me he arriesgado a escribir algo sobre el tema’, me lo propuse y lo hice.

Si uno dice: «Cuando vaya a escribir quiero acercarme a zonas o a esa infancia que no es tan pública, ni desde lo físico ni lo emocional, a esos espacios de los que no se habla, a tratar de desmontar los imaginarios sociales que pueden traer relaciones poco equitativas o injustas», entonces comienzas a ver que ese activismo de la Articulación siempre ha estado no solo en la literatura, sino en cualquier espacio porque en ella se busca ver cómo lo que haces habitualmente puede ser marcado por intención de proponer la transformación , y antes de proponerla al otro hacerla en uno mismo.

—La más reciente literatura infanto-juvenil en Cuba toca temas que arden en el candelero social. ¿Crees que resulta adecuado, vocación de escándalo o es urgente y necesario?

—No se puede subestimar a los niños para acercarlos a ciertas temáticas. No los puedes mantener aislados del mundo, porque viven en el mismo espacio de los adultos.

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Cuando me preguntan qué creo sobre abordar estas problemáticas siempre pienso en mi infancia, en que se ve al niño jugando y en su mundo de fantasía y se cree todo muy inocente, y recuerdo que en mi niñez todo me lo tomaba muy en serio: amistades, preocupaciones, conflictos, mi mundo. ¿Por qué no pensar como adulto que los niños de hoy también lo hacen?

No prepararlo para lo que también va a ser parte de su vida puede ser un error, creo que hay que hablar sin miedo, teniendo en cuenta que son niños, pero hay que hablarles con otras herramientas para que les llegue lo que quieres decir, sin subestimarlos, porque si les empiezas a entregar historias sosas, el libro terminará en un rincón. Y el niño acabará leyendo la novela del adulto porque le parecerá más interesante, aun cuando la entienda menos.

En cuanto a la vocación de escándalo, creo que uno intenta ser provocador en lo que hace, es propio del arte provocar. Te confieso que en algún momento he llegado hasta a disfrutar y decir «esto puede que a alguien le mueva el piso y lo aterre o resulte incómodo», y puede que me resulte divertido en ese momento, pero creo que supera el hecho de pensar en la provocación. 

Cuando apuestas por contar algo oportuno, que pueda ser útil, que pueda facilitarles la vida a las personas; cuando cuentas algo con sinceridad, por muy fuerte que sea la temática que trates, por muy complicada, irreverente, provocadora que pueda ser, vale y va más allá de proponer algo escandaloso por hacerte notar o por la vanidad de decir «yo lo escribí, por tanto, puedo hablar de lo que quiera». Más que quien escribe está lo que escribes y para quién.  

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Una escritora casi estadísticamente feliz

Mildre Hernández es una escritora niña. No aniñada o infantil ni una autora con Síndrome de Peter Pan o Wendy, en este caso. Es alguien con la capacidad de moverse en los diversos estratos de codificación-decodificación que admitirían los lectores habituados a aproximarse a la literatura infantojuvenil, dígase niños o adultos.

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