Joyce


Un dublinés bajo la mesa

El público lector santaclareño tuvo el honor hace un tiempo ya de ver publicado, en la última Feria del Libro, la segunda entrega de la trilogía El desamparo de las horas, del escritor y editor Geovannys Manso Sendán. Es la obra en cuestión El lector de James Joyce (Ediciones Matanzas,2020), novela que sucede a Los hijos soñolientos del abismo (Editorial Letras Cubanas, 2016. Mención del Premio Literario Casa de las Américas, 2011). El receptor de El lector… podría disfrutar desde entonces de una prosa dinámica y un protagonista, voraz lector, que oculta su personalidad tras la apatía y la indiferencia. Y resultan su narración lúdica y su conjunto técnico elementos capaces de atraer, en un primer momento, el interés.

Presente un dialogismo con James Joyce y su novela Ulises, me di a la tarea de este breve y austero escrito. Así, haría seña del nexo intertextual latente con este propio autor.

El lector de James Joyce realiza una especie de «simulacro del Ulises (publicada en 1922). Una primera entrada a esta propuesta se lee en la siguiente dedicatoria, al inicio de la narración: «para Nora Barnacle y Lucia Joyce: que lo amaron…/ para Sylvia Beach: a quien le debo una novela…»

El juego con el dublinés y su obra en El lector… se da inteligentemente. En la medida que se desarrolla el argumento, el irlandés, leído por el protagonista a toda hora, no solo es objeto de esta lectura anunciada en las horas declaradas, sino que traspasa su espacio intradiegético, o subdiegético, si se quiere, para construir la novela a la vez que se lee a Joyce. Así, se entiende la estructuración por horas que enmarcan el argumento, el soliloquio, el fluir de la conciencia, la confluencia de poesía, diálogos dispuestos teatralmente y estructura en abismo –una narración dentro de otra–. Pues se trata de mostrar la interioridad del personaje como parte de la novela en sí y también señalar el empleo de estas técnicas en la obra de J. Joyce mientras se alude la fuente referencial.

Es importante señalar que no se declara la lectura de Ulises, sino de su autor. Las reflexiones que el protagonista hace en el decursar de la historia es referente a aspectos vivenciales, tanto suyos como del escritor irlandés. Sin embargo, la novela de este resulta la propuesta estructural.

Por otra parte, el título es clave. Siguiendo su pista solo se lee a Joyce, aparentemente, cuando se anuncia: «Hace casi una hora comencé a leer a James Joyce», y luego se cambia a otro tema. Sin embargo, ocurre este paralelismo expositivo donde se lee a la segunda potencia: por declaración explícita y por inferencia. Por tanto, puede acotarse la absorción por parte del narrador de la obra. Asimismo, la intertextualidad babélica, en diferentes grados, el ludismo a toda hora y «la política del apócrifo» como sello de originalidad son algunos de los rasgos de esta novela, los que, además, recuerdan las narraciones posmodernistas.

El juego de palabras y la musicalidad también asisten al banquete. Véase por ejemplo el «gluk, gluk, gluk, gluk, gluk, a las rocas, whisky o aguardiente, en las tardes, dos o tres tragos, dobles, gluk, gluk, gluk…»

El dublinés bajo la mesa no es la pieza única. Un cerebralismo marcado, un devaneo persistente, una angustia palpable, una identidad oxigenada por el desprecio, la desgracia y la indiferencia, ¿indiferencia?, se dan cita aquí.