Editorial Oriente


Un cadáver ideal

Huir no libera. Mientras escapas agredes más tu libertad. En definitiva, no hay salida para el que arrastra su sombra como un saco de cuerpos abandonados. Lo sabe Jorge L. Legrá. Y lo escribe, de pie frente al vacío, porque eso es la felicidad –dice– estarse quieto hasta que llegue el calambre.

Este libro habla de Anselmo, que es un cadáver, un candil, la bandera nacional alrededor de la garganta. Habla de un país que se parece a mi mujer, y tengo que poner a salvo la navaja, porque hay horas en que su amor se desordena.

Estamos en Guantánamo. Dos mil veinte aún no es un año caótico. Jorge y yo rezamos por la viruta azul en el café que nos recuerda la maldita noche en que llegaron a decir tu padre de hoy no pasa. Rezamos por el canario amarillo que no tolera su ojo tan negro.

Anselmo es mi padre y el tuyo. Porque al terminar de leer este poemario desconoces tu nacimiento. Nacer es deformarse, sentencia el autor. Estos poemas te deforman.

Estamos en Contramaestre. A pesar de todo es dos mil veintitrés y la patria sobrevive. Jorge y yo hablamos de la bella pezuña de la vaca que no levanta el polvo mientras rumia su pasto terrible entre la mirada del buey y la cerca profunda.

Este es un libro que habla de un cadáver que se llama Anselmo y es tu padre, y el mío y te deforma.

Galardonado con el Premio Oriente de Poesía José Manuel Poveda 2017, Un cadáver ideal es de esas lecturas a las que debes poner la mejilla, y la otra, y esperar las bofetadas. Pero a mí no me creas demasiado: no ando muy bien de la coherencia. Por eso te dejaré a continuación unos poemas del libro, tendidos al sol la página. No dejes para después la lectura, va y entra mi mujer y los recoge, porque mira las nubes y en su rabia las presiente… capaz de cualquier cosa.

 

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(Golpes de Estado)

 

Le dejaron la cara hinchada a Luis Faílde Rojas

el pelo empegotado de sangre y un diente

en la saliva coagulada en el asfalto.

A Faílde le dicen camina, no ves el garrote impaciente,

el ave nacional asustada y furiosa.

Camina, lo empujan mientras va gritando

muéstrenme el ave y su garrote, muestren

ese canario amarillo que no tolera su ojo tan negro.

Le dejaron la cara inchada a Luis Faílde, el policía volvió

a empujarlo, le dice

mira la calle te apunta con su dedo por si suenas raro

por si elevas pancarta o te atreves

a no escuchar la advertencia de su sangre

la advertencia a que mueras por la patria que es vivir

sino la esquina,

sino el garrote.

Abajo el hombre si no confía en la piedra que doblega su pulso,

viva la fe en el ave que vuela solo en los periódicos.

Mira, solo tú escupes sobre el brazo tieso del tumulto.

Le dejaron la cara hinchada,

el pelo empegotado de sangre y un diente

en la saliva coagulada sobre el asfalto.

A Luis Faílde Rojas lo empujaron, camina mientras va

gritando, muéstrenme el ave con su garrote, muestren

ese canario amarillo que no tolera su ojo tan negro.

 

(Un recogedor de latas me aconseja)

 

“En este país eres solo una latica

que es parte de nuestra vanidad

ese asunto de ser creado por Dios,

de tener un destino”.

Lo dijo apuntando el libro que yo leía

El tiempo recobrado de Marcel Proust.

Luego alzó el saco,

las latas sonaron sobre su hombro.

“Hacemos mucho ruido, pero no pasa nada”.

Hizo un saludo militar

extendió la mano

me pidió un peso.

 

(Sujeto, es decir, sujeto)

 

Una viruta azul en el café me detiene

y pienso la maldita noche en que llegaron a decir

tu padre de hoy no pasa.

Algo, un vicio en la voluntad, no sé, algo se afirmó.

Mi padre fue un parche en la negrura social

no alteró nada.

Ahora levanto el café

escudriño una mota azul en la negrura.

Me acorralan voces

tumultos aislando cualquier síntoma de penitencia

pero bebo sin esa emancipación

en la mano que reprime el recorrido

con que Anselmo ejerce su dominio

aún después de muerto.

 

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