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Conrado Monier: toda una vida a la música

La Asociación Hermanos Saíz de Guantánamo entregó al maestro Conrado Monier el premio de la sección de Crítica e Investigación Ernesto de Las Cuevas por su contribución al desarrollo cultural del territorio.

El galardón, que se lo otorgó en el marco de la Fiesta a La Guantanamera también a la iniciativa comunitaria Patio de Rosendo, de Baracoa, busca estimular a quienes en su haber tributan a visibilizar la creación artístico-literaria cubana y preservarla para las nuevas generaciones; precisamente han merecido este honor, el proyecto Claustrofobias, de Santiago de Cuba; los Premios Maestros de Juventudes Fernando Martínez Heredia y Olga Portuondo, así como instituciones como la Casa del Caribe y la Universidad de Oriente.

El “Ernesto de Las Cuevas” se suma a la larga lista de reconocimientos que posee el instrumentista y arreglista musical, especialista en música coral y quien recientemente recibió el Premio Maestro de Juventudes.

Graduado de la Escuela Nacional de Arte (ENA) en 1979, en la especialidad de saxofón, Monier acumula una importante trayectoria como músico con obras que integran el repertorio de varios conjuntos a nivel nacional, por ello se agenció en 2019 el Premio Anual de Música, de la Asociación de Músicos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) como reconocimiento a su trayectoria en la manifestación.

Conrado tiene ya 43 años de vida artística. Sobre sus pasiones y memorias en estas décadas conversé en esta entrevista al también merecedor del Premio de Honor Cubadisco 2015.

Lo rítmico, ¿es hereditario?

Hijo primogénito de Conrado Pedro Monier Chivas (Tito Monier), un destacado y carismático músico y lutier, y de Elisa María Ribeaux Maceo, nace en Guantánamo, en el seno de una familia imprescindible para la historia de la música local. En casa, entre sones, boleros y changüíes, junto a sus hermanos hoy también destacados músicos, empieza a surgir la vocación.

“Papá era carpintero ebanista, hacía todo tipo de instrumentos musicales y sabía tocar la guitarra. Incluso se hizo trovador. Poseía gran voz de sonero, con un timbre peculiar, y amaba la música; algo que trasmitió a los cuatro hijos.

“Todos nos inclinamos por la manifestación y la estudiamos en Guantánamo en 1963 en la academia que dirigía Antonia Luisa Cabal, mi segunda madre; ella me orientó, pulió el talento que vio en mí y no la defraudé. Al graduarme, regresé a trabajar con ella hasta sus últimos días. También recibí lecciones de Rafael Inciarte Brioso y Rolando Fernández, figuras decisivas en mi formación.

“En la ENA de La Habana cursé nivel medio. Había hecho el pase de nivel en viola, pero tenía las manos muy pequeñas y tuve que cambiar a saxofón, aunque también sabía tocar piano y violín, algo que me ha servido mucho a la hora de escribir para los diferentes formatos musicales.

“En la capital estuve bajo la tutela de grandes profesionales como la húngara Agnes Kralovszky, quien me enseñó música coral, y los saxofonistas Miguel Villarruela y Osvaldo González, con el último de los cuales di los primeros pasos en el saxo. Asimismo, tuve de compañeros a personalidades como Joaquín Betancourt, Adalberto Álvarez, José Luis Cortés (el Tosco)…”

¿Y lo de arreglista-compositor?

“A mí siempre me ha gustado investigar, conocer por qué las orquestas americanas, cubanas y europeas tenían sonoridades distintas; esa indagación alumbró en mí el deseo por hacer orquestaciones propias.

“Orlando Vistel Columbié, ex presidente del Instituto Cubano de la Música, me indujo a participar en los concursos de música popular que se hacían en La Habana para formar una orquesta sinfónica gigante y banda de jazz con lo mejor de la escuela. Mi primer montaje fue para saxofón alto, e interpretó Miguel Villafruela.

“Luego trabajé con Rafael Inciarte, quien tocaba con Compay Segundo, y Juanito Inglés, que trabajaba con Pachito Alonso. Ellos querían defender la música cubana y me nombraron director del conjunto, cuando me quedaban dos años para graduarme. Yo hacía los arreglos y ellos en La Habana lo tocaban. En Guantánamo esas piezas marcaron momentos importantísimos como la inauguración del poligráfico, junto a Omara Portuondo y otros artistas.

“Ahora lo coral, por otra parte, lo llevo bien arraigado en mí: estuve 26 años ininterrumpidos vinculado a ese tipo de formato. La primera vez que viajé al extranjero fue para el concurso internacional de coros en Viena, Austria, donde ganamos el segundo lugar con piezas cubanas, que adapté junto a Conchita Casals, ex directora del Lírico de Holguín.

“Desde entonces he hecho composiciones de obras de Nicolás Guillén como La tarde pidiendo amor, Mulata, Me vendo caro, con las que obtuve el tercer lugar en un concurso nacional en 1988; además con el Canto del bongó, a la que le incluí reginas del changüí, conquisté mención en el Concurso de Música Coral que auspician la Agencia Cubana de Derecho de Autor Musical y el Instituto Cubano de la Música. Todas por composiciones auténticas.

“Soy más arreglista que compositor. Porque el primero abarca muchas áreas del conocimiento, requiere mayor bagaje cultural, demanda explorar múltiples aristas musicales, para ponerle los diferentes instrumentos a las letras de un autor, ello garantiza que las obras triunfen o perezcan en el tiempo.

“De hecho, mis primeras creaciones para coro fueron a partir de desarreglar lo que estaba hecho, incluso con obras de Electo Silva, lo que me trajo algún que otro problema, pero era cosa de jóvenes siempre ansiosos por crear.

“También incursioné como productor discográfico de fonogramas como Semblanza Musical Guantanamera (1985), Cantan los niños (1995) que obtuvo el Premio EGREM de Música Infantil; Me doy a Querer (2004), del Coro Masculino de Guantánamo; Mi Aldea (2004), de la Banda provincial de Conciertos; así como Reparador de Sueños, de Schola Cantorum Coralina, que obtuvo premio especial Cubadisco en el año 2009”.

Crear es lo único que salva

Hacer arte apenas deja tiempo para el descanso a Monier, demanda casi olvidarse de la familia, estar atrincherados y producir… es una suerte de esclavitud consensuada, pero vale la pena sobre todo por la impronta que dejas detrás. Así lo demuestra su contribución a centenares de músicos de las escuelas profesionales de Guantánamo y Santiago de Cuba.

“Ejerzo la docencia desde 1979. Enseño sorfeo, armonía, contrapunto, morfología, y saxofón, además de ser orquestador de la banda de conciertos de Guantánamo, y digitalizador. Ah, y doy clases de armonía popular, algo relacionada con las matemáticas, geografía, historia… ahí uno siempre debe estar preparado; equivocarse con un género implica cambiar de país y estilo”.

En educar y crear se le han ido estos años a Monier, fructíferos tanto en lo profesional como personal y familiar. Habrá que hablar siempre por ejemplo de su tiempo junto a la pianista y su esposa Carmen González Vidal; también cómo a principios de diciembre de 2018 estuvo en Suiza, invitado por la Iglesia católica.

“Interpretaron piezas que arreglé para una misa latinoamericana y cubana; ver el placer con que fueron acogidas, me trajo mucha alegría; porque al final lo importante es que la obra llegue a la gente, ya sea en el repertorio del Coro Nacional, del Schola Cantorum Coralina, el cuarteto Vocal Vidas u otro conjuntos de Venezuela, España, Canadá, Chile, Argentina, que tocan obras a las que agrego mis compases”, concluye Conrado.

Monier es un hombre de excesiva modestia, sin embargo, detrás de esa sonrisa picaresca que lo distingue está una vida de consagración y méritos que lo colocan a la vanguardia del arte en Guantánamo y Cuba al hacer la primera adaptación para Orquesta Sinfónica de una pieza del ancestral y autóctono género changüí, interpretado en la clausura del Cubadisco 2010, en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional de Cuba.

Mientras otro éxito fue la versión vocal e instrumental de la pieza norteamericana Tie A Yellow Ribbon Round The Old Oak Tree, interpretada por más de 100 bandas de concierto y coros del país, el 12 de septiembre de 2013, en reclamo de la libertad de los cinco cubanos prisioneros en Estados Unidos.