Amigos que honran

La próxima ve que me detenga en la casa de la Aguada, que de seguro habrá una próxima vez, no será solo el sitio donde observo con calma el pico majestuoso del Turquíno anticipándole el reencuentro. Desde esta vez ese será, para siempre, el lugar en que Pedrito me presentó a Rubiel y bastaron tres o cuatro frases, para ser miembro de la expedición más interesante en la que me haya enrolado antes.

Estos muchachos y muchachas son un mundo que crece, con las señas de los tiempos, llevan el empuje de lo inevitable y vienen de los espacios de creación, como de los espacios de la vida. Son en su mayoría tan jóvenes que me da vergüenza pararme a su lado, a pesar de ello, o gracias a ello, cada uno ya tiene una pequeña obra con la que engrandecer la cultura artística de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) a la que pertenecen, y bajo cuya bandera suben cada trece de agosto hasta lo alto del Turquino, urgidos por la martiana condición de que honrar honra.

Yo había decidido ser este verano un caminante solitario -hasta donde se puede ir en solitario, sin la compañía ruidosa de tus fantasmas- los vi aparecer, por la vereda que viene del firme norte y comienza en el Alto del Naranjo. Supe que se trataba de la expedición anual de la AHS, y que en la tropa venían dos paisanos. Pedro creador audiovisual de Nuevitas, joven trabajador e inteligente; y el viejo Labrada, el mismo de los 90, mis años de la juventud, cuando la Asociación y lo mejor de la cultura cubana, hacían del arte, una contribución a la urgencia de no perdernos, en las marismas de miseria del período especial, ahí estaba Labrada lampiño, todavía sin canas y pasando por joven sin demasiado esfuerzo.

Ya siendo el caminante 33 de la expedición, número de muchas cábalas, me dedique a observar los juegos y honduras de esa tropa que me había acogido, para compartir sus rutas, su transporte y su rancho. No me costó mucho trabajo descubrir, por evidente, la capacidad organizadora de Rafael el vice, la eficiencia y simpatía de su esposa. El carisma de Aldo el secretario, eficaz en el arte de ganar amigos, sean intelectuales o rudos cadetes de cultura castrense, y el liderazgo probado y honrado de Rubiel, el presidente, un guantanamero -como todo buen guantanamero vive en la Habana- con él, la organización cuenta con un guía, de esos guías que tanta falta nos hace multiplicar en los tiempos nublados de hoy, para despejar las dudas, esclarecer las confusiones, unir en la confianza a los jóvenes.

Digamos que nunca me sentí extraño en ese torrente de caminantes soñadores, me hice amigo de Adrián Berazaín, un trovador de mucho éxito, mejor amigo que fan. Compartí la mesa con una pareja de matanceras, artistas de la plástica y la alfarería. Quede prendado de la voz emotiva y musical de una chiquilla predestinada a conmover multitudes, y hasta improvisé una tonada de hip hop con un gigante pinareño, con ademanes de niño grande. Desarmé, y volví a armar una y otra vez, los requisitos de eso que llamamos amistad, para descubrir, con cuanta facilidad encajaban en prácticamente todos estos turquinautas creadores, andarines de lo que llamo rutas inmemoriales. Confirmando que amigos nuevos son años agregados a la vida.

Mientras andábamos por los montes históricos de la Maestra, en otras partes parecía que algunos se alborotaban demasiado por la bandera, tolerada pero insolente, que se vuelve a alzar en la viga de ese edificio, ya sabemos cual, en el malecón habanero. Parecía que hay demasiada euforia por los rubios, tradicionales en hacer de sus embajadas en América Latina, fábricas de tiranos. Pero mientras unos están lanzando volantines de ingenuos festivos, ante la tregua con el de «las siete leguas», estos muchachos y muchachas que reivindican los caminos de la historia desde la intelectualidad y el arte, no se fueron a curiosear al malecón, sino que se hicieron grandes en el homenaje a la patria y sus asideros más firmes, esos que hemos tatuado con toda libertad en los músculos del corazón: Martí, Fidel, y con ellos a esos niños poetas, masacrados por la barbarie: los hermanos Saíz.

Mis nuevos compañeros, a los que me sumé con toda humildad, subieron todos las montañas sin una sola baja. Ya a la orilla de ese mar de olas pesadas que bordea la Sierra, son burlones sudados, adoloridos felices, que se mofan de su pasos trabajosos por los músculos mortificados, y luego, sin quitarse el polvo del camino, no se van a las tiendas, sino que visitan los lugares donde se confirmó la historia, o hace de vigía El Apóstol, comparten con maestros de juventudes y entablan una noche sabrosa de trovas inolvidables. Que maravilla vivir la magia de la montaña, capaz de atar estos lazos, quiero volver a con ellos el próximo año como un humilde caminante, con estos mis hermanos y hermanas, los que subieron y bajaron la cordillera, los que trajeron al mar profundo, el firme épico, los hacedores del arte que sobrevive a la frívola modernidad, los que me tienden esta mano que ahora aprieto con fuerza, para no soltarla jamás.

Tomado de http://www.turquinauta.blogspot.com.

Por: Rafael Cruz.

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