Un brindis de llantos por el espectáculo de la potestad: ¡CHIN, CHIN!

El director teatral como experimento, la escena detrás de la escena, el espectáculo previo al espectáculo, el antes que el telón se abra, el último zíper subido, el retoque final de los labios, los últimos besos, el grito de “mucha mierda” (manos tomadas y ojos en mis ojos, okey). Aquello que sucede mientras, afuera, el público fuma el cigarro precedente al arte, compra boletos para gente que a veces nunca viene, ¿verdad, que no?, saluda, mira acaso el reloj, pregunta quién dirige la puesta, reconoce rostros, vestidos y ve más allá de los vidrios las carreritas de los jadeantes productores, las caras impertérritas de las cuidadoras de sala y aguarda que alguien, desconocido, rasgue para siempre la entrada que ahora sudan sus manos o comprime el bolsillo, lo invite a esa fila, a esa silla, al perfume de la mujer contigua, a los barrocos peinados de los precedentes, a la alfombra bajo los pies, al boquiabierto “¡Mira quién ha llegado!” y al ansiado efecto de que las luces ensombrezcan la platea…

Fotos Carlos Rafael

En esta obra nadie llora intenta acercarse a la desesperación del director teatral por estrenar la obra, su obra, y a los sacrificios humanos y profesionales que conlleva el hecho.

La obra propone intensas situaciones dramáticas expuestas en los continuos conflictos de los personajes entre ellos (directora-productora) y (directora-actores) que suceden en el espacio único donde sucede la acción, el teatro.

Fotos Carlos Rafael

Lisis Díaz, al frente del grupo Polizonte Teatro, protagoniza a la directora, o sea su rol vitae, con la pericia de quien ha vivido/sufrido el conflicto que escenifica; así como los actores interpretan actores y convierten sus desdichas en una gran broma. Y acaso no son las grandes bromas, esas que nos hacen desternillarnos, las mismas que otra vez escuchadas causan tristeza…

Es una propuesta para pensar el teatro, el trasfondo de aquello que vemos iluminado, escenificado, interpretado, dirigido… Una antecámara del hecho dramático que reitera –esto si puede hacernos llorar– que no todos son Stanislavski.

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