El ojo del ni√Īo Pepe

En su novela La insoportable levedad del ser, Mil√°n Kundera defini√≥ al kitsch en todas sus variantes pol√≠ticas, comerciales, art√≠sticas, y sociales, como ¬ęla negaci√≥n absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable¬Ľ. Es kitsch entonces, la idealizaci√≥n excluyente de cualquier cosmovisi√≥n e iconosfera, placebo consensuado, anulador puritano de aparentes defectos, delatores de fisuras inquietantes en cualquier superestructura promocionada como non plus ultra existencial.¬†¬†

Queda as√≠ marginado cualquier elemento cuyo real peligro resida en su perturbadora impredictibilidad, su constante escabullirse al impecable modelo de virtudes. Kundera refiere en su argumentaci√≥n eternas discusiones teol√≥gicas acerca de la libido en Ad√°n y Eva, de las necesidades fisiol√≥gicas de Jes√ļs de Nazaret, t√≥picos espinosos que amenazaban dinamitar el dogma cat√≥lico desde sus mismas fundaciones.

Esta tendencia a deificar, ofreciendo en holocausto la contradictoria naturaleza humana de las grandes personalidades hist√≥ricas de toda √≠ndole (forjada su evoluci√≥n espiritual de fiasco en fiasco, de golpe en golpe) elev√°ndolos hasta alturas arquet√≠picas inalcanzables, incuestionables y completamente incre√≠bles, ha terminado hipotecando la identificaci√≥n org√°nica de las generaciones con estas entidades, suprahumanas al decir de dis√≠miles textos escolares, tarjas marm√≥reas y consignas vacuas. Cuando los p√ļblicos conocen tales ‚Äúdefectos de f√°brica‚ÄĚ de los paradigmas, los magnifican, tergivers√°ndose su naturaleza com√ļn en comidillas maliciosas, redundantes en la burla venenosa, el desprestigio final de las figuras. ¬†

Los padres sacros de la naci√≥n cubana han sufrido estas unciones can√≥nicas kitsch, velada la real moraleja de su vida: el ser humano se engrandece en la superaci√≥n de instintos ego√≠stas y predadores que vienen inclu√≠dos en el paquete, en la trascendencia de s√≠ mismo, en la desproporci√≥n entre sus defectos (que existen y los llevan a error), y sus virtudes (que subsanan todo desprop√≥sito). Todos han pecado, s√≥lo que sus vidas prueban la consecuci√≥n de la grandeza una vez purgados yerros comunes a todos. Mostr√°ndolos como entes imperfectos se lograr√° la real admiraci√≥n de los p√ļblicos, que los acoger√°n como parte de ellos.

As√≠, el director cubano Fernando P√©rez fue tras la construcci√≥n de un Jos√© Mart√≠ tan humano, como un ni√Īo que comete fraude, se masturba, se acobarda ante bravucones escolares, y dice ¬ęViva Espa√Īa¬Ľ ante la desesperada s√ļplica materna y el fr√≠o rev√≥lver voluntario sobre su cuello, cuando concibi√≥ el filme Jos√© Mart√≠: El ojo del canario, primera pel√≠cula realmente cubana sobre nuestro Ap√≥stol, que no Cristo. Bien lo llam√≥ as√≠ el concienzudo Jorge Ma√Īach en su biograf√≠a, carente de ciertos datos, pero desbordada en alma. Pues los ap√≥stoles, antes de llevar por el mundo el mensaje de Dios, lo negaron transidos por el temor a la muerte, para finalmente ascender luminosos sobre sus propios cogotes de constrictos vasallos.

P√©rez asumi√≥ la pel√≠cula por encargo, para incorporarla a una serie de cintas sobre los Libertadores de Am√©rica, al igual que Ma√Īach la biograf√≠a a casi ochenta a√Īos, para integrarla a una colecci√≥n dedicada a los padres fundadores. El director de Madagascar, La vida es silbar y Suite Habana, acudi√≥ a un Mart√≠ ni√Īo, cuyas articulaciones no estaban viciadas por el eterno gesto marm√≥reo de las estatuas conmemorativas, sino que sus ojos aprehend√≠an el mundo circundante como el Aleph borgiano. Busc√≥ mostrar, no al Mart√≠ ya hecho y derecho, sino al Mart√≠ en pleno crecimiento espiritual, ni√Īo contemplativo, introvertido, receptivo a todos los torbellinos familiares y pol√≠ticos agitados a su alrededor. Un Pepe que ni siquiera es protagonista, sino espectador (como cualquiera que vea la pel√≠cula) de un contexto complejo, apocal√≠ptico, donde el hermano va contra el hermano, siendo los voluntarios criollos m√°s crueles que los propios gaitos, ahogada con barb√°rica sangre su inconsciente culpa por traicionar a los iguales; donde el padre Mariano brega a golpe y grito por la unidad familiar: ¬ę¬°Usted no tiene m√°s patria que esta familia, carajo! ¬°En esta familia no hay ni Cuba ni Espa√Īa, sino la sangre que yo te d√≠!¬Ľ, espeta en epifan√≠a actoral Rolando Brito, figura inmensa la de Bocanegra. Inmenso, m√°s de lo pensado, su legado de justicia en el hijo, am√©n las dif√≠ciles frecuencias en las que se mov√≠an sus relaciones, de sobra tambi√©n abordadas por Ma√Īach en su texto. ¬ę¬°Viva Espa√Īa, Pepe! ¬°Hazlo por m√≠, Pepe!¬Ľ, ruega la compungida Leonor P√©rez de Broselianda Hern√°ndez, en conmovedor desgarramiento por el hijo amenazado de muerte, la noche en que al Perro Huevero le quemaron el hocico por ladrar alto.

Pepe aprende, aprehende, metaboliza todo el universo de sensaciones y saberes antag√≥nicos que impiden enfriar la fragua al rojo vivo de su mente, desbordada por los ojos, la mirada infinita, a√Īeja, contra la que han chocado tantos y tantos intentos de replicar a Mart√≠ en actores. No es Jos√© Juli√°n el luctuoso saco ra√≠do, ni el mostacho, siquiera la frente despejada; Mart√≠ es la mirada de universo que mira al Universo, de alegre tristeza por abrasar el cesto de llamas a mano descubierta. Las singulares miradas de los noveles actores Dami√°n Rodr√≠guez (Mart√≠ ni√Īo) y Daniel Romero (Mart√≠ adolescente), fueron garantes de la verosimilitud caracterol√≥gica, a√ļn cuando pudieron hasta no parecerse, aunque tambi√©n se logra esto.

Pepe pasa por un tamiz de fuego y temor, yugo y estrella, hasta que le es mostrada la verdadera esencia de la estrella. Tras vacilaciones previas, meras escaramuzas perceptuales, es descargado sobre sus espaldas todo el peso de la censura, de la angustia desgarradora de sus progenitores, partes inconscientes del yugo, tal es el precio de la estrella. Este muchacho, que es como miles de muchachos, remonta su naturaleza y asume el sacrificio √ļltimo por la definitiva consecuencia, por hacer lo correcto, y no lo conveniente. Es un joven que resulta h√©roe por no acomodarse en sibaritas brazos. Jos√© Mart√≠: El ojo del canario permite atestiguar este proceso de exorcismo de s√≠ mismo realizado por el joven Ap√≥stol, quien, durante los cr√©ditos, lanza una mirada desafiante, insoportable, a las nuevas generaciones, a los nuevos j√≥venes, que igualmente cometen fraude, se masturban, se acobardan ante bravucones escolares y emiten loores a fuerza o conveniencia, pero que pudieran, igual que √©l, optar por la consecuencia, por el sacrificio real por lo correcto, aunque todo apunte a lo incorrecto, hasta hallar luz en el negro ojo del canario.

Foto: Tomada de Patria Grande

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