Monty Python y el Santo Grial o la cuadratura de la mesa

Los soldados franceses que desde lo alto de su fortaleza lanzan vacas, patos y todo tipo de trastos, entre sornas y mofas, al desapercibido e ingenuo Rey Arturo que los interpela desde los cimientos, en la cinta Monty Python y el Santo Grial (Terry Gilliam y Terry Jones, 1974), establecen inmediato diálogo, allende el tiempo, con la también inolvidable escena de la surrealista La Edad de Oro (Luis Buñuel, 1930), donde —en otra de sus memorables secuencias—, desde una jirafa hasta un obispo son aventados por la ventana de un hotel, junto a otra caterva de objetos, en medio de una situación paroxística. No puede menos entonces la antológica comedia británica marcar una ineluctable militancia en los terrenos del surrealismo, fuente donde el absurdo bebe fructífera y creativamente.

Este primero de los tres largometrajes protagonizados por el grupo de humoristas británicos Monty Python,* cual inicial súmmum y  manifiesto ideoestético, demarca además una actitud posmodernamente agresiva, en cuanto a la desacralización y deconstrucción a fondo de pilares tan caros al orgullo británico como el mito/ciclo artúrico, la perspectiva idealista de las cruzadas y la épica medieval en sentido más amplio. Constantemente, colisionan con elementos y perspectivas contemporáneas-racionalistas, muy al estilo del acre Will Cuppy con su libro Decadencia y caída de casi todo el mundo y ¿hasta qué punto no subyace en el relato la iconoclasta postura cervantina con su Quijote extemporáneo? Con claridad se divisa igualmente las influencias de la iconoclasta novela Un yanqui de Connecticut en la corte del Rey Arturo, y el breve relato Un drama medieval, ambos de Mark Twain.

Esta farsa paródica de altas propiedades hilarantes trasciende, pues la humorada rala. Apunta hacia el puro cuestionamiento de la Historia y el Nacionalismo, del sistema de valores éticos, morales y patrióticos erigido sobre el entramado de las tradiciones y leyendas populares —relaboradas en sus matrices «reales», históricamente verídicas, hasta resultar en simbolismos altamente hiperbólicos, ejemplares— y elevado a la posición de cánones, de principios rectores de la política y la sociedad.

La posterior producción La vida de Brian (Terry Jones, 1979), tributaria referencial confesa de la espectacular Ben Hur (William Wyler, 1959), vendría a expandir esta gozosa voluntad iconoclasta marcada por …el Santo Grial; pero esta vez en provocador diálogo con la cristiandad toda. El significado de la vida (Terry Jones, 1983), remate glorioso de esta suerte de trilogía fílmica, aunque lleva al extremo la perspectiva episódica de las dos precedentes, parodia la vida misma, al estilo de la anterior Todo lo que quiso saber sobre el sexo, pero tenía miedo de preguntar (Woody Allen, 1972).

Volviendo a las aventuras del atolondrado Arturo que interpreta Graham Chapman, la cinta resume —como primera pauta en la carrera del grupo— las estrategias y recursos dramatúrgicos y expresivos que Monty Python había desarrollado en la serie televisiva Monty Python’s Flying Circus entre 1969 y el propio 1974: como es la interconexión desketches humorísticos —en este caso específico, en socarrona connivencia con la estructura clásica episódica de las sagas caballerescas— indistintamente protagonizados por cada miembro; llega cada uno a interpretar numerosos roles en la misma historia, algo que establece una complicidad extradiegética con los espectadores, proponiéndoles una especie de juego de hallazgos, a la vez que autosabotea la diégesis.

La total quebradura —o alegre masacre— diegética se consolida con la inmiscución de personajes, guiños, secuencias e historias anacrónicas, que al final determinan decisivamente las suertes del relato todo, como un dúo de labriegos que se la pasan razonando sobre la teoría marxista. Legítima ruptura brechtiana que en este caso asaetea la pose de respeto riguroso del historiador convencional. Tal recurso es asumido también por un director contemporáneo, y quizás epígono no confeso: Mel Brooks, sobre todo hacia el clímax del paródico western: Locura en el Oeste (Blazing Saddles), del propio 1974. Una bar fight clásica revela y destruye la escenografía, pasando a otros estudios donde los actores de otras diferentes cintas que se filman se ven envueltos en caótica turbamulta.

La «seriedad» que mantiene Arturo como eje protagónico durante toda la cinta, a pesar de los pesares, acendra el ridículo del personaje, más aún, del ícono histórico-legendario-heroico, y del relato en sentido general. Recurso dramático este que con breve posterioridad garantizó el éxito otoñal del actor Leslie Nielsen a manos de los comediógrafos David y Jerry Zucker,en cintas como: ¿Y dónde está el piloto? (Airplane!, 1980) y la saga Arma desnuda (The Nacked Gun).

Amén de estos resortes específicos, desde una dirección de arte nada desaliñada, más bien epocalmente respetuosa (diseño de armaduras de la Alta Edad Media, escenografías castellanas en construcciones reales, las llanuras británicas siempre presentes), el absurdo marca casi cada una de las acciones: desde el Caballero Negro que se va mutilando en el duelo por el acceso a un puente, otra situación estereotipada en las novelas caballerescas, hasta la alucinante ausencia de cabalgaduras animales, de lo cual Arturo y sus hombres parecen no enterarse. Fingen con mímica ridículamente gallarda el trote de rocines invisibles, cuyo sonido de cascos son imitados por los escuderos con incongruentes cáscaras de coco. Dato curioso: la idea surgió ante el bajo presupuesto con que se contaba para la película, que no alcanzó para sufragar caballos.

A despecho de su fama hierática y flemática, el Reino Unido ha gestado varios de los más notorios humoristas del audiovisual —Charles Chaplin, Benny Hill, el propio piquete irreverente reunido bajo el pendón de Monty Python—, y por ende, varios de los mejores audiovisuales humorísticos, entre los cuales piezas como Monty Python y el Santo Grial marcan jalones inevitables, trascendiendo con creces el redil genérico para acomodarse bien sólidamente en la cartografía fílmica de todos los tiempos.

Nota:

*Integrado principalmente por John Cleese, Eric Idle, Michael Palin, Terry Gilliam, Graham Chapman y Terry Jones

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