Teorizar como forma esencial de la lucha política

Tomado de La Jiribilla

Escribo estos comentarios con algunas semanas de retraso. Concluyó hace varios días en Holguín el Congreso de Pensamiento Memoria Nuestra. Antes, en La Habana, se desarrolló la décima edición del Taller Pensamos Cuba. Ambos encuentros, promovidos y organizados por la Asociación Hermanos Saíz, colocaron luces críticas sobre el estado, las oportunidades y las perspectivas que caracterizan a las ciencias sociales cubanas en el siglo XXI.

La reflexi√≥n apunt√≥ esencialmente a la crisis de los modelos acad√©micos, el peligro que supone la desestructuraci√≥n de las redes de trabajo intelectual, las limitaciones para el acceso a las fuentes, la insuficiente diversidad de las agendas tem√°ticas y los problemas acumulados en la socializaci√≥n de los resultados investigativos. De otro lado, los tab√ļes en cuanto a la marca juvenil y su interpelaci√≥n a formas, autores y enfoques establecidos y el estado vegetante en el que se encuentra la cr√≠tica art√≠stico-literaria. Por su car√°cter general y las consecuencias que de √©l se derivan prefiero apuntar solo algunas ideas ‚ÄĒno concluyentes‚ÄĒ sobre el primero de los temas, es decir, el estado, las oportunidades y las perspectivas que caracterizan a las ciencias sociales cubanas y el debate en torno a ellas.

La coyuntura actual se encuentra re√Īida por riesgos que conspiran contra su desenvolvimiento. Como en la f√°bula de la rana hirviente, nuestra sociedad est√° recibiendo m√ļltiples cambios incrementales. Contrario de lo que pudiera parecer obvio y natural, la analog√≠a explica mucho m√°s que un involuntario acto de inmovilismo. Las referencias que propone anclan una lectura cultural que incluye el dise√Īo de la participaci√≥n, el ejercicio pol√≠tico y su contenido, las pr√°cticas intelectuales y la posici√≥n que vamos adoptando ante los problemas. Al encarar estas dificultades, nos reubica en el cenagoso terreno de la memoria colectiva, su uso estrat√©gico en la lucha por la preservaci√≥n del poder y su permanente reconfiguraci√≥n.

El ¬†campo de enfrentamiento cultural en el que nos desarrollamos acude hace d√©cadas a la normalizaci√≥n de pautas destinadas a minar las fortificaciones ideol√≥gicas opuestas a √©l. Dentro de esa estrategia a largo alcance, lo principal ha residido en la reconstrucci√≥n posmoderna del sentido com√ļn y la desmemorizaci√≥n calculada del sujeto social. En virtud de su determinaci√≥n funcional, los estudios de consumo, la diversificaci√≥n de formas en que se conciben y analizan las relaciones de producci√≥n, avanzaron much√≠simo a nivel global en la segunda mitad del siglo pasado. Comprometidas con la fijaci√≥n de conductas humanas, estas pr√°cticas cient√≠ficas extendieron la resignificaci√≥n de las ideas est√©tico-filos√≥ficas e impactaron sensiblemente los mecanismos de construcci√≥n y recepci√≥n simb√≥lica la realidad.

Tambi√©n en Cuba esos l√≠mites de interpretaci√≥n fueron desbord√°ndose. Un cruce de corrientes relativiz√≥ el universo ideol√≥gico propio del mundo hist√≥rico que recibi√≥ la Revoluci√≥n en 1959. El subdesarrollo inducido que sufrieron el pensamiento y las ciencias sociales cubanas a inicios de los a√Īos 70, propio de una visi√≥n torcida por las remanencias de un estalinismo tropical, nos fueron colocando en una situaci√≥n desventajosa.

Ese es un conflicto bastante declarado, pero a mi entender no agotado en su integralidad. La ciencia hist√≥rica que hab√≠a obtenido logros importantes, por ejemplo, redujo su potencial divergente y anul√≥ por muchos a√Īos el debate sobre los problemas hist√≥ricos y sus contradicciones. La sociolog√≠a y las ciencias pol√≠ticas se excluyeron como perfiles en la educaci√≥n universitaria. Se contrajo la etnolog√≠a y antropolog√≠a. Un opaco cuadro que invisibiliz√≥, adem√°s, tem√°ticas como la pobreza, la marginalidad, la emigraci√≥n, la estratificaci√≥n social, la violencia, la corrupci√≥n y los fen√≥menos de recepci√≥n.

En efecto, la dogmatización y burocratización en el campo del pensamiento y las ciencias sociales redujeron el tonelaje crítico de estos saberes. Hicieron extensiva una práctica verticalista y autoritaria, de signo muchas veces conservador, que se ha sostenido acudiendo a la amplificación de fuerzas, enemistades y tensiones.

La táctica de plaza sitiada acabó pasándonos factura. Las secuelas de los teleologismos y las simplificaciones terminaron volviéndose crónicas e impidieron, mediante una empobrecida unificación de criterios, identificar disensos, actualizar enfoques teórico-metodológicos y responder con mayor organicidad a las exigencias de un campo cultural en expansión.  

La inexistencia de un cuerpo te√≥rico estructurado que opere como fundamentaci√≥n del socialismo en Cuba es una de sus consecuencias m√°s graves. Fernando Mart√≠nez Heredia, en los √ļltimos a√Īos de su vida, insisti√≥ en el riesgo de esta ausencia y en la urgencia de proyectar ‚Äúun pensamiento social id√≥neo para analizar en toda su complejidad la situaci√≥n actual y las tendencias que pugnan en ella, los instrumentos, las estrategias y t√°cticas, el rumbo a seguir y el proyecto, contribuyendo al √ļnico modo en que en √ļltima instancia es posible el socialismo: el despliegue de sus fuerzas propias y sus potencialidades, y la capacidad dial√©ctica de revolucionarse a s√≠ mismo una y otra vez‚ÄĚ.[1]

Intelectual cubano Fernando Martínez Heredia.
 

El desgaste de las plataformas tradicionales de participación, los desafíos en cuanto a convivencia, comunicación y creatividad, los vacíos de información, la alteración de narrativas históricas, la especificidad en los estudios culturales, los nichos sociales inexplorados, están enfilándose a favor de las tácticas subsidiarias de la dominación cultural propia del capitalismo. Actuamos desconociendo las facetas sociológicas que determinan las relaciones económicas y de poder, los sistemas simbólicos y la representación de los hechos sociales.

Las capacidades org√°nicas de resistencia, en efecto, est√°n siendo quebrantadas. La cuerda se tensa. Discursos imprecisos como el del progreso y la prosperidad empiezan a agrietar la coraza cr√≠tica y descolocan un esfuerzo te√≥rico ya bastante da√Īado por mediaciones pol√≠ticas e instrumentalismos. La peligrosidad de no ‚Äútransicionar‚ÄĚ en estos aspectos amenaza con reducir el tiempo cient√≠fico que vive el pa√≠s a un conjunto de ambig√ľedades y razonamientos ilegibles. La disyuntiva, justamente, es si saltaremos ante el agua humeante, o la adaptaci√≥n gradual a la temperatura sacrificar√° nuestras respuestas instintivas.¬†

El reclamo gubernamental por incorporar a las universidades y centros de investigaci√≥n al planeamiento y la gesti√≥n del modelo de desarrollo social comienza a levantarse en la √ļltima etapa. Funcionarios del Ministerio de Ciencia, Tecnolog√≠a y Medio Ambiente insisten en la necesidad de transformar las pol√≠ticas de gesti√≥n de la vida cient√≠fica en el pa√≠s. Varios congresos y reuniones de intelectuales han apuntado la importancia de provocar un giro en la escasa utilizaci√≥n de los saberes sociales en la cotidianidad nacional y en la toma de decisiones. Todo ello, en s√≠ mismo, constituye sin lugar a dudas un paso positivo. No obstante, concentrar la atenci√≥n exclusivamente en la gesti√≥n, incluso en la √≥ptica de un ‚Äúcriterio experto‚ÄĚ en funci√≥n de los ‚Äúdecisores‚ÄĚ, deja fuera, como m√≠nimo, tres problemas fundamentales.

Revisitando un trabajo publicado por la revista Temas en el a√Īo 2010 es posible advertir la dilataci√≥n en el tiempo de estos presupuestos e interpretaciones restringidas.[2] Un problema principal que contin√ļa sin atenderse, emerge del car√°cter habanocentrista de las ciencias sociales. Aunque se dieron pasos en el √ļltimo decenio, los estudios, empalmes metodol√≥gicos, jerarquizaci√≥n de resultados, determinaci√≥n de agendas y validaci√≥n de experiencias contin√ļan dependiendo del desenvolvimiento de una red de instituciones con sede en la capital. Este s√≠ndrome de adyacencia restringe la ampliaci√≥n de una geograf√≠a tem√°tica, abre escenarios perif√©ricos dentro del propio archipi√©lago y afecta bastante lo que pudiera ser concebido como una red de trabajo con una din√°mica m√°s horizontal. De ah√≠ que un debate principal no resuelto sea justamente el verdadero car√°cter nacional de las ciencias sociales en el pa√≠s.

Una segunda trama vinculada a lo anterior tiene que ver con los emplazamientos propositivos y el llamamiento dogm√°tico a los resultados concretos. A su vez, se agudiza el contraste en relaci√≥n con el acceso a las fuentes, la conformaci√≥n de ‚Äúfeudos informativos‚ÄĚ y los beneficios por razones extracient√≠ficas a un grupo de investigadores en detrimento de otros.

Un segundo problema radica en la modificación de los enfoques epistémicos y diversificación de las estructuras metodológicas. Para alejarse de los contenedores académicos y burocráticos, las ciencias sociales están exigidas de plantear una lucha interna en relación a las nociones, categorías y objetos de estudio. Ese cambio debería rehuir la exclusividad de los condicionamientos políticos, toda vez que interpela la ciencia política como dimensión fundamental de los procesos culturales, renuncia al asistencialismo y a los análisis binarios.

En este sentido profundo, implicaría el compromiso con un nuevo paradigma de aspiración cualitativa y antípoda de la seudodialéctica. Los propósitos se corresponderían con estudios que no solo se preocupen por los destinatarios, sino que se comprometan con descubrir la lógica de las contradicciones y la interpretación-transformación del universo de relaciones sociales y los conflictos a él vinculados.

El tercero de estos problemas está dado por el lugar social y político que ocupan los científicos. De ahí que sea imprescindible atender y analizar el contenido teórico de la ciencia, pero también los ambientes, condiciones y experiencias en las que se forman y desenvuelven los hombres y mujeres que la desarrollan.

El funcionalismo formativo presente en los centros de educación superior está incidiendo en la simplificación del pensamiento, profundizando los océanos de desinformación y desfigurando los ligamentos propios de la lógica formal. Directamente proporcional al derramamiento de una pereza intelectual preocupante, florece la incorporación acrítica de toda una indumentaria para la deducción del mundo desde configuraciones abiertamente neoliberales y conservatizadoras. Podría estarse inhabilitando a la academia, como ya ha sucedido en buena parte de América Latina, de lograr una consistente práctica intelectual. Los impactos en medio de un deslizamiento generacional pudieran llegar a ser irreversibles.

Una vez egresados de las universidades, los investigadores sociales se someten a din√°micas salariales poco ventajosas, decisiones administrativas que ralentizan su trabajo, limitaciones para efectuar estudios de campo y exigencias de √≠ndole diversa. A ello se suma en la √ļltima d√©cada el fen√≥meno de los papers, que obstruye las posibilidades de reconocimiento de estos saberes, sus aportes y protagonistas. Los investigadores, frente a presiones gigantescas para lograr la publicaci√≥n en revistas de impacto, terminan realizando concesiones en cumplimiento con la homologaci√≥n te√≥rica, el discurso pol√≠tico y los metalenguajes que exigen las normas editoriales con las que estamos emulando.

En otro orden, un factor principal presente en el desenvolvimiento de las ciencias sociales radica en la contraposición inducida entre conciencia y economía que está jugando todas sus cartas a favor del determinismo social.  Se evitan miradas más profundas y abarcadoras en los terrenos de la ética, la política, la economía política, las estructuras de poder y la educación, por solo mencionar algunas. Se prorroga la reflexión sobre los constantes rompimientos ideológicos y los demoledores efectos de un socialismo desinteresado de ello. En particular, este distanciamiento naturalizado es, por sí solo, extremadamente espinoso.

En nuestro caso, ahora m√°s que nunca, ser contempor√°neos implicar√≠a ser electivos. El aumento de estad√≠sticas, los ambientes metologicistas, la cuantificaci√≥n de los saberes, la certificaci√≥n a partir de categor√≠as dise√Īadas por centros de poder acad√©mico, el compromiso con la reproducci√≥n de esquema de ciencias duras y ciencias blandas, no se propone un proyecto de s√≠ntesis √ļtil y funcional a un paradigma unificado, descolonizado y creativo que opere a favor de los cambios gigantescos que se est√° proponiendo la sociedad en t√©rminos socialistas.

Pueden aumentar ‚ÄĒde hecho se ha conseguido‚ÄĒ nuestros resultados en las mediciones estandarizadas por el neoliberalismo, la complacencia a un segmento ortodoxo del funcionariado, incluso incrementar la circulaci√≥n de informaci√≥n en el pa√≠s. Eso no quiere decir, sin embargo, que se est√© reproduciendo por un conocimiento en pos de las liberaciones, las hegemon√≠as, los entusiasmos y los comportamientos humanos que son, en √ļltima instancia, los que definen y hacen perdurables una revoluci√≥n.

Expedicionario en un cruce de opiniones, el pensamiento social revolucionario cubano no logra pisar tierra firme. Continuamos sin asumir la teorizaci√≥n como forma esencial de la lucha pol√≠tica. La continuidad en el proceso de construcci√≥n socialista contin√ļa sin entenderse como un espacio de reflexiones m√ļltiples, coherentes y sist√©micas que acrecienten su legitimidad, ampl√≠en su car√°cter p√ļblico y cient√≠fico, y faciliten la identificaci√≥n con mayor acierto de los niveles de aceptaci√≥n y participaci√≥n de las masas ante esa convocatoria.

Se trata entonces de estimular un movimiento convergente, donde las relaciones de subordinaci√≥n funcionen m√°s por los alcances cognoscitivos que por el lugar que se ocupa en la pir√°mide. Desarrollar horizontalidad y participaci√≥n responsable de los cient√≠ficos sociales es directamente proporcional a robustecer el pensamiento revolucionario que lleva d√©cadas enfrent√°ndose a la reducci√≥n peyorativa de ‚Äúpr√°ctica subjetivista‚ÄĚ, por su esencia y prop√≥sito, altamente contrarrevolucionaria. L√≥gicamente, implica aproximaciones sistem√°ticas, errores frecuentes y sinceramiento de intenciones.

Sería pretencioso asumir, por otro lado, que ese remontaje puede darse por sí solo y de una sola vez. Por el contrario, el compromiso reside en dar fuerza a un ejercicio intelectual dispuesto a cambiar el orden del mundo, impedido de acudir a caminos moderados o contenerse para simpatizar con las circunstancias. Un rumbo que logre prevalecer sobre los compartimentos estancos y encuentre tensores que lo impongan sobre el estado esperable de reproducción de la vida social, encargado de todas las cuestiones esenciales y no exclusivamente del redescubrimiento de la razón, y cuyo objetivo verdadero en la disputa por el marco ideológico de la colectividad tiene que ser la liberación de la praxis popular.

Pensar Cuba deviene ahora, como lo fue siempre, en un ejercicio de complicidad con el futuro. Las ciencias sociales no pueden renunciar a los temas econ√≥micos o propiamente pol√≠ticos, pero deben proyectarlos en t√©rminos b√°sicamente culturales. Para ello hay que desplazar el mito de la centralidad, ampliar el coro de voces y descolonizar, mediante la ampliaci√≥n de referentes, la manera en que pensamos y proyectamos el an√°lisis dial√©ctico de las condiciones, desaf√≠os y perspectivas. Establecer presiones considerables sobre el otro √°mbito, el conservador, que trata de que renunciemos al entendimiento de lucha de clases, a las creaciones simb√≥licas y a la producci√≥n de sentidos colectivos. Asumir como √ļnico pensamiento verdadero el que emerge de la contradicci√≥n. No contentarnos con ver desde la orilla, perezosamente, lo que ocurre en el mar enfurecido.

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