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Los huesos de la heroicidad

El abismo contempla al héroe y he aquí que lo encuentra vacío —y a la vez lleno— de sentido. El héroe se ha convertido en el demiurgo de un espectáculo, de un texto para la escena que recuerda la caída de esas caras en los billetes; esos billetes de tanto valor que algunos de nosotros no hemos alcanzado a conocer. Su liturgia es llegar a las tablas y dar machete verbal, retar a duelo al espectador que lee u observa, porque al final, todos somos caídos, todos hemos descendido a un averno que es textual y simbólico, y que también ha cobrado su precio en la Historia reciente de nuestra isla.

En la obra La caída (Premio Abelardo Estorino 2019), del joven dramaturgo y director Raúl M. Bonachea Miqueli, Cuba deviene espacio sígnico; una isla que pertenece tanto a las lides del pasado como de un presente que, poco a poco, se licúa, se diluye, juega a esfumarse. De ahí que el precio escénico sea pagado, precisamente, en la encrucijada donde se encuentra el Autor con el Héroe, el Joven con su doble actor, la Esposa con la muchacha que la interpreta. Es en esa encrucijada que el texto se actualiza, porque su esencia es esa: hablar de una Historia articulada, una Historia que une hilo con hilo, país con país, en un particular tejido de experiencias donde se cose a la figura canónica con el hombre de a pie de estos tiempos contemporáneos.

Foto: Cortesía de Raúl M. Bonachea Miqueli.

Esta resemantización del referente hace que La caída no hable solamente de la muerte, del martirologio del héroe —por momentos, devenido Cristo que comulga con su carne y su sangre—, de su esencia como estatua o pedernal, sino que es capaz de dialogar también con esas otras caídas cotidianas, las del día a día: la derrota del autor que no logra encontrar la palabra justa, la del director que intenta constreñir una puesta en escena al presupuesto que se le ha otorgado, la del actor que se descarna y se desuella con un pulmón casi roto por el peso del cigarro y de la angustia histórica. Esta es también la caída de cada uno de los actantes de la escena, testigos, víctimas y victimarios de la acción, aquellos que observan y se involucran pero que, a la vez, escapan.

Este es un texto autopsia, un texto que hurga en lo visceral, no para encontrar una respuesta, sino para crear nuevas preguntas, en un círculo sin fin donde la duda muerde la cabeza de la duda, y la disipación de la incógnita es un retruécano con visos de apocalipsis. Quizás, el más importante de los cuestionamientos es aquel que nos pregunta cómo sobrevivir a la guerra del cotidiano a través de un proceso que no sea el de la glorificación de las miserias y victorias del pasado. ¿Qué somos incapaces de ver? ¿Qué no hemos aprendido a leer en nuestra experiencia histórica? ¿Qué error estamos condenados a repetir una y otra vez, gracias a esa paradoja que nos obliga al aprendizaje o a la derrota, al avance o a la soga, al heroísmo o a la condenación?

Foto: Cortesía de Raúl M. Bonachea Miqueli.

Bonachea Miqueli —o su metamorfosis, es decir, la figura casi arquetípica de Ignacio Agramonte— escarba la veta de un recuerdo diseminado en varias voces dramáticas; voces que aquí y allá son intervenidas por las entradas y salidas de los actores y el autor; voces que, a la larga, terminarán tejiéndose en un tapiz particular de referencias donde la Historia se convierte en eje mutable/mutante y también en ese cosmos que antecede —y en ocasiones sucede— al caos. De ahí que las herramientas más sólidas del joven dramaturgo sean el cuestionamiento y la puesta en duda de la Historia, cierto balazo ficcional que recorre el ambiguo secreto que rodea a la muerte de Agramonte.

Si bien el secreto no es del todo revelado —sino más bien insinuado en las páginas de esta obra— lo cierto es que la Historia al final ha sido usada, baleada, arrastrada como el cadáver del troyano Héctor frente a los muros de una ciudad devenida espectador. La Historia se convierte en el cadáver putrefacto que observamos con cierta mor(b)osidad: hay en este acto algo edípico, el gesto del hijo que ama a la madre y que luego paga su páthos de voyeur.

Foto: Cortesía de Raúl M. Bonachea Miqueli.

Y es que la Historia derrama su obsesión sobre las páginas a modo de pregunta, un destilado visceral que acude a nuestra paranoia: ¿qué hubiera sucedido si…? En esos tres puntos, en la bifurcación del camino, en la posibilidad que quedó inconclusa, es que Bonachea Miqueli se detiene, solo por instantes, en su condición demiúrgica. Sigamos la traza de este fragmento de la obra:

Foto: Cortesía de Raúl M. Bonachea Miqueli.

“La liturgia pudiera no funcionar, pero es también una manera de sobrevivir, una subasta. Los actores somos especialistas en transacciones de bajo costo. Por diez pesos cubanos, ustedes se quedan con los hombres y nos devuelven a los héroes”.

 

La declaración de principios del dramaturgo radica precisamente en un hecho: lo real invade el cuerpo histórico. Hablamos de una epidemia que se imbrica y contamina al texto para bien, tanto en el sentido dramático como escénico De este ajiaco de realidad y (auto)ficción, de Historia y performatividad es que nacen las ansias y obsesiones que giran dentro del universo de referencias del autor. “El país también está naciendo”, afirma el Héroe en una de las páginas de La caída. Podremos entonces suponer que Bonachea ha cruzado la línea —siempre breve— que separa a sus vivencias del existir de su personaje; quizás incluso seremos incapaces de reconocer de qué país nos habla: si la región histórica de los libros o la región ficcional de nuestros temores, o acaso, por qué no, ese territorio a veces hostil y a veces hermoso, donde ciertos Agramontes han devenido, hoy día, actores, dramaturgos, directores, creaturas del cotidiano. Así lo afirma el dramaturgo:

Foto: Cortesía de Raúl M. Bonachea Miqueli.

 

“Ninguno tiene que poner el pellejo, ya vendrá otro que caiga, mientras seguimos entrenando. Todos los días no podemos comer carne de héroe, son escasos.”

 

La caída es la historia de todos. No precisamente la que leímos en aquellos manuscritos viejos de nuestros abuelos o en los libros de texto donde todo marchaba tan pobremente teñido. Esta obra es más que el símbolo del nacimiento, la muerte y el renacer de las esperanzas de una generación que parece haber perdido todo aliento de heroicidad, una generación que ha descendido a los avernos de la desilusión y el desencanto, en un tiempo que podría (auto)denominarse “jóvenes de la caída”. Pero, como en todo buen texto, Bonachea Miqueli se niega a la complacencia, al cierre definitivo.

Su realidad es aquella que se construye día a día sobre y tras la escena. En su puesta en combate, en su puesta sobre lo real, Bonachea va más allá del olor del héroe —su diluida aroma— y vierte acero sobre los huesos pelados del Agramonte histórico, enterrado en una fosa común, una tumba apenas señalada por los hacedores de los libros. Desde esos huesos, que son los nuestros —y los tuyos, lector— se alza esta dramaturgia de la resistencia y la heroicidad.

 

11 de agosto de 2019


Soy una gran aprendiz, una recién llegada

Era uno de mis contactos en Facebook desde hacía años. No recuerdo quién de las dos solicitó la amistad. Probablemente, ella tampoco. Nos unían intereses y amigos en común. Eso bastaba. Luego de tanto tiempo —y coincidiendo con unas de mis estancias más largas de estudio en Canadá— entablamos conversación y acordamos encontrarnos en un café bonito de la ciudad de Toronto. La química fue instantánea. Ya sabía que tendríamos temas y telas por donde cortar, pero jamás imaginé que tantas cosas nos unirían. Yannis Lobaina es una hermosa mamá, una cuentacuentos, una cubana, una escritora y también —¡suerte la mía!— una amiga. Esta es parte de su historia.

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La ciencia ficción nutre temas trascendentales de la humanidad

Desde Chile, Leonardo Espinoza Benavides escribe ciencia ficción con una voz que, desde su juventud, viaja cargada de resonancias: lo humano es el territorio por excelencia de sus historias. En el ángulo particular de su narrativa, Leonardo pretende que sus lectores no solo sientan el extrañamiento hacia aquellos universos que recrea sino también una corriente de sentido —subterránea y aun así visible— que hace posible las referencias de lo extraordinario.

¿Qué momento vive actualmente la ciencia ficción chilena? ¿Cuáles son los temas más acuciantes, y los autores y editoriales que es necesario conocer?

La ciencia ficción chilena vive actualmente un momento fantástico y todavía le queda mucho más por seguir desplegando. La historia del género en Chile se ha rescatado en gran parte y se encuentra al acceso de todos. Múltiples editoriales independientes mantienen el firme estandarte de la literatura fantástica. La academia universitaria se ha involucrado y se llevan a cabo los Encuentros Internacionales de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción. La comunidad está cada vez más unida y generando mejores redes, actualmente contamos con la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena. ¡El panorama se ve bien! Es cierto que no se puede negar que ssomos todavía un nicho pequeño en un país pequeño, pero no cabe duda de que los cimientos están más que firmes. Respecto al tema más acuciante: diría más bien que tenemos un gran proyecto, la participación con un comité chileno oficial en la Worldcon 79.

Sobre las editoriales y autores: ¡son bastantes! En cuanto a editoriales afines, cada vez son más las que se consolidan de manera seria. A destacar como referente necesario y notable por su constancia y estabilidad se encuentra la Editorial Puerto de Escape, a cargo de un grande en nuestras tierras: el académico, editor y poeta Marcelo Novoa. Durante catorce años se ha ocupado de potenciar incesantemente la literatura fantástica en Chile. Y en cuanto a los autores: ¡qué difícil escoger! Mi percepción actual es la de un territorio demasiado fértil, demasiado rico en obras. Me gustan los cuentos de Rodrigo Juri, las novelas cortas de Roberto Sanhueza y las novelas largas de Mario Bustos Ponce. Pero me sigo deleitando con muchos más autores. Se perciben las ganas que tienen los escritores de contribuir. La invitación es a leernos y así, de a poco, descubrirnos.

Dentro de ese panorama sin dudas plural que me comentas, ¿de qué manera se manifiesta e inserta tu obra? ¿Cuándo y por qué descubres tu interés en los temas del fantástico?

Portada (Cortesía del entrevistado)

 

Me gusta pensar que mi obra se manifiesta en este escenario como un nuevo punto de vista, íntimo, cercano, muy humano; especulativo y poético a la vez, con elementos fuertemente criollos y nostálgicos, propios de estas tierras tan australes. Escribo sobre gente simple en mundos complejos: personas pequeñas que desbordan sueños y anhelos, que lloran y fallan y sin embargo siguen encontrando algún sentido. Para mí la ciencia ficción es una expresión artística que nutre temas trascendentales de la humanidad. Siempre invoco a uno de mis maestros, el gran cineasta Andrei Tarkovksy, de quien aprendí que la finalidad de lo que hacemos en cuanto creadores es buscar enriquecer el “alma” humana en un mundo necesariamente imperfecto. Y como dijera Philip K. Dick, estimular y estimular hasta el punto de incitar la cocreación. Y disfrutar haciéndolo. Creo que la lectura, en su contacto íntimo, encuentra su significado en cada aprehensión individual, con su eterno subjetivismo en busca del receptor perfecto, ese que aún está buscando y esperando.

Así respondo a tu segunda pregunta sobre mi encuentro con lo fantástico: Crónicas marcianas me atrapó de improviso cuando pequeño.  Yo, Robot me guio en la adolescencia. Y desde entonces sigo este camino como uno sobre el cual no tengo dudas.

Tu oficio transita de la Medicina a la escritura, ¿dónde encuentras puntos de conexión?, ¿la Medicina ha influido de alguna manera en lo que escribes?

La Medicina y la escritura… ¡intensa situación! Desde que tengo recuerdos, ambas me han acompañado como una especie de ying y yang recurrente. No me imagino en otra profesión que no sea la Medicina y, a la vez, no concibo un escenario en el que escribir no sea mi pasión. Y me resulta sorprendente que están siempre ahí presentes, como dos fuerzas opuestas, pero inexorablemente complementarias en mi persona. Realmente encuentro acertada la analogía taoísta. Ambas dimensiones me influyen en las dos direcciones: como médico, la escritura contribuye en la forma en la que interactúo con los pacientes, el cómo los escucho y los observo, con matices peculiares de empatía y de asombro; y como escritor, particularmente de ciencia ficción, la Medicina me otorga estructura, método, plausibilidad en mi argumento, ciencia y vivencias. Si bien por momentos son colosos difíciles de hacer convivir, lo cierto es que disfruto el dinamismo con el que van forjando mis pasos.

En la multiplicidad de espectros y temas del fantástico, ¿cuáles te interesan?

Guardo hermosos recuerdos de los libros “realistas” que me formaron en tiempos pasados: Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, Sub-terra, de Baldomero Lillo, Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, El guardián entre el centeno, de Salinger, El gran Gatsby, de Fitzgerald. Los menciono porque han quedado como huellas en mis gustos posteriores y creo que hasta el día de hoy me influencian. Sin embargo, confieso que actualmente, y desde hace ya muchos años, leo exclusivamente ciencia ficción. ¡Y es que es un mundo enorme!, verdaderamente inagotable. Incluso dentro del vasto territorio de lo que abarca la literatura fantástica, es la ciencia ficción en particular la que me invoca. Por eso, al responder sobre los temas que me interesan, la respuesta viene siendo: si es ciencia ficción, tiene toda mi atención. Pero si me viera obligado a escoger mis temáticas favoritas, estas serían: contacto y comunicación con otras formas de vida, las nostalgias de los hombres y mujeres del espacio, las historias rurales y marginales, la especulación fuertemente plausible en términos científicos y las vertientes que se enfocan en aspectos filosóficos. ¡Eso es lo que más disfruto!

Existe buena ciencia ficción latinoamericana. Sin embargo, muchas veces los propios autores ignoran que existen excelentes voces en países vecinos. ¿La literatura anglosajona nos ha hecho ciegos a otras influencias? A tu criterio, ¿cómo podría ser revertido este fenómeno?

Mi impresión es que tiene que ver con la enorme cantidad de material anglosajón que existe, su gran capacidad de difusión y la estabilidad de un mercado gigantesco. Además, la ciencia ficción estadounidense y británica tiene una extensa tradición y cuenta con obras que son incuestionablemente magníficas. En ese sentido, es difícil competir contra el hallazgo fortuito de algún lector curioso con libros como 1984, La guerra de los mundos, Fahrenheit 451, Dune, Fundación, solo por mencionar un minúsculo puñado de clásicos en continua reimpresión. No me extraña, entonces, que sean menos conocidas las obras latinoamericanas. Aun así, me ha tocado observar que aquellos que han quedado atrapados por el género suelen terminar buscando por su propia cuenta autores y publicaciones escritas en su país. En el caso chileno, se suele caer rápidamente en el legado de Hugo Correa, uno de los autores que ha sido considerado un impulsor esencial a nivel regional. Pero, de nuevo, no logramos competir contra la incesante producción de los vecinos del norte que, sin lugar a duda, siguen generando textos maravillosos. No es un fenómeno exclusivo de nuestras tierras: lo mismo debe suceder, me imagino, con la ciencia ficción en otros rincones de difícil acceso. Y, por supuesto, creo que la idea no es que todos nos pongamos a escribir en inglés y dejemos de lado las bellezas y maravillas de ocupar el idioma nativo. Si bien existen estas limitaciones creo que son, a su vez, parte de los elementos que forjan nuestra identidad y que dan forma a nuestra expresión. A mi juicio, no veo un fenómeno que amerite ser revertido, sino que existen más bien los horizontes para llevar a cabo desafíos hermosos; aún hay mucho por sembrar y cosechar. Soy de la idea de continuar promoviendo una cultura de comunidad, de incentivar a nuevos lectores, escritores y traductores, de seguir estrujando los potenciales de nuestra ciencia ficción. Escribir, escribir y escribir. Es la forma en que irán surgiendo más reliquias y escuelas.

En Puerto de Escape publicas tu primer libro, ¿qué tal la experiencia?, ¿has pensado en la posibilidad de verlo editado en otros países?

Mi primera publicación oficial fue en el año 2008, en una colección de cuentos de la Universidad Andrés Bello. Lo recuerdo con una sonrisa en la cara. Fue una sensación tremenda de punto de partida. Tuve la posibilidad de ver y escuchar a Hernán Rivera Letelier, de quien había leído Los trenes se van al purgatorio, y viví ese primer encuentro mágico con un “escritor reconocido”. Fue fabuloso. Albergo con mucho cariño ese día. Más tarde, diez años después, tras un recorrido que me pareció aún más largo de lo que fue, me vi publicando finalmente un libro de mi autoría. Si antes fue fabuloso, esto fue sublime. Quise conscientemente esperar un buen tiempo antes de enfocarme en la publicación concreta de un libro; quería primero conocer y recorrer, curtirme, hacer mis aportes y apoyar a la escena local, descubrir a las personas detrás de todo esto: escritores, editores, lectores. Fui aprendiendo y me fui entrenando con publicaciones de artículos y relatos en distintas plataformas hispanoamericanas, con la fortuna también de un paso por los Estados Unidos, hasta que sentí que era el momento adecuado. Decidí presentar mi proyecto a la editorial Puerto de Escape: llevaba años siguiéndolos y acompañándolos, disfrutando sus proezas, sus altos y bajos, su trabajo imparable y su pasión desbordante. Cuando, mucho tiempo atrás, había buscado dónde se encontraba la ciencia ficción de mi país, fue su editor Marcelo Novoa el primero en recibirme, con ese carisma sincero que irradia siempre. Mi manuscrito fue aceptado y el proceso de publicación fluyó de manera magnífica. La experiencia fue memorable, culminando con una maravillosa presentación en la Sociedad de Escritores de Chile. Lo considero uno de los momentos más alegres de mi vida. Simplemente, plenitud total. Lo que diez años atrás había sido un punto de partida, ahora venía siendo la consagración de un camino que me había dispuesto a recorrer. Hoy en día me dedico a seguir caminando esa ruta y no puedo sino agradecer toda la motivación y apoyo que me entrega la editorial. Realmente disfruto trabajar con ellos y ser parte de ellos. En cuanto a si he pensado en la posibilidad de publicar en otros países: ¡pues sí! Por mi parte, aquí estoy disponible. Veremos qué surge.

¿De qué manera y a qué ritmo vives la literatura?, ¿cómo transcurre tu proceso de trabajo?

Como dijeron Gilbert & George: “To be with Art is all we ask”. Admiro el Arte con devoción, esa expresión y creación humana que viene a darle sentido y trascendencia a todo, que viene a mostrarnos los ríos abstractos e intangibles, pero llenos de agua dulce, vivificantes. Y así disfruto la Literatura, como parte de esta expresión. Creo, sin embargo, que aquello que le atribuyo, en globo, no es una regla general: en este mundo ricamente diverso, hay personas que encuentran sus símbolos y verdades en otras manifestaciones como la Historia, la Ciencia, el trabajo social, el deporte, y un gran etcétera. Todas son válidas y necesarias para una sociedad armónica. Pero confieso que, para mí, mi musa es el Arte. Sin ella me marchito. Y cuando paso mucho tiempo alejado de ella, efectivamente me marchito. Con ese ritmo lo vivo, como una insignia tatuada. Pero me disculpo por tanta palabra rimbombante y me aterrizo de nuevo. Sobre mi proceso de trabajo y creación de la obra, todo parte como una necesidad visceral de contar algo. Entonces vienen las ideas, la imaginación, las interrogantes. Suele ser una idea que me parece novedosa y atractiva, que puedo utilizar para desfigurar la realidad de una forma plausible y ojalá también simbólica; o bien es la emoción de un personaje en torno a esa idea lque quiero desarrollar, en un mundo acorde. Voy siempre anotando pequeños apuntes, lo esencial, para después acordarme. A veces anoto diálogos que surgen en el momento y quiero usar posteriormente. Luego suelo estudiar el tema que voy a trabajar (es ciencia ficción lo que escribo, al fin y al cabo) y cuando siento que todo está armado y tengo las herramientas necesarias, me siento a escribir. Por supuesto, hay excepciones pero esa ha sido usualmente mi modalidad.

¿Hasta qué punto y en qué porciones influyen en tu creación, las esferas de la inspiración y la disciplina?

¡Soy un terrible planificador! Lo he sido toda mi vida. Jamás he podido usar una agenda o un calendario. Mi mayor organización viene siendo dejar notas pegadas en algún lado, en caso de tener algo de suma importancia que realmente no puedo olvidar. Suelo saber qué cosas tengo pendientes, pero no las pongo en una lista mental hasta que siento que realmente me voy a enfocar en ello. Es como un calendario inconsciente, creo. Por suerte me funciona. Siempre lo he visto como un sistema basado en maratones. Tengo mi propio entrenamiento hasta el día de la carrera. Y cuando llega ese momento lo entrego todo. Realmente todo. Soy de los que pueden sentarse a escribir o leer por doce horas seguidas sin moverme de la silla (salvo para el ciclo de renovación de los niveles de cafeína), en una especie de trance imparable. Nunca me ha resultado eso de “avanzar de a poco” o “hacer las cosas con tiempo” o “esquematizar los horarios del día”. Envidio a la gente que puede y que funciona como reloj. Lo he intentado y no hay forma alguna. Necesito mis maratones. Así se conjuga en mi caso la disciplina y la inspiración.

Tu literatura tiene mucho de visualidad, mucho de aliento cinematográfico, ¿has pensado en la posibilidad de adaptarla a otros formatos?

De lo cinematográfico, lo he pensado y me encantaría. Y no sería muy exigente con las adaptaciones. Al contrario, invitaría a la experimentación, a la interpretación o a cualquier ideación creativa que pudiese surgir. El cine para mí es otro mundo. Mis dos grandes pasiones en cuanto a dimensiones artísticas son la literatura de ciencia ficción y el cine de autor. Me gusta Bergman, Buñuel, Truffaut, Godard, Fellini, por nombrar solo algunos inmortalizados, y hoy en día mis predilectos son Asghar Farhadi y Xavier Dolan. Pero suelo vivenciar estas dos expresiones de manera diametralmente distinta. Me estimulan y enriquecen desde ángulos diferentes. A veces, eso sí, se encuentran y resulta maravilloso, como han sido para mí, por ejemplo, los casos de Tarkovsky, Kubrick, Nolan, Villeneuve. Por lo tanto, sí, me encantaría algún día ver una adaptación. Si hay algún cineasta leyendo esto, ¡las puertas están abiertas!

¿Cómo valoras la escritura de tus contemporáneos?

A mis contemporáneos nacionales los valoro como algo imprescindible. Sin ellos no habría comunidad, no habría emoción. Me motiva el verlos crear, me entusiasma leerlos y ver qué cosas nuevas se traen. Me gusta leer ciencia ficción chilena y me gusta celebrar a mis colegas, aplaudirles sus universos y esperar ese magnum opus que sé que en algún lugar y tiempo está preparando cada uno. Lo mismo con el trabajo de los editores, pensar en quién nombrará la historia como nuestro análogo de Gernsback, Campbell, Moorcock o Van Gelder. Disfruto sentirme inserto en esta escena, en conjunto.

Si tuvieras que decir qué de nuevo trae tu literatura, en pocas palabras, ¿qué sería?

Una nueva perspectiva para hacer el recorrido.

Me gustaría conocer de un libro que te haya influido y un autor (vivo o muerto) con el que te tomarías un té o un café sin pensártelo dos veces.

Ray Bradbury, sin lugar a duda. Quizá no sea la respuesta más original, pero es la única respuesta que me surge con completa y espontánea sinceridad. Encuentro en él una sabiduría, bondad y pasión sin comparación. La forma en que se formó y la forma en que entregó su vida a las letras fantásticas simplemente me llenan de inspiración y motivación. Tengo, de hecho, un retrato suyo enmarcado en mi librero: una foto en la que sale muy bonachón, con su sonrisa amplia. El hombre ilustrado es por lejos el libro que más huellas ha dejado en mí (¡lloré con tantos de sus relatos!, “El hombre del cohete” y “El cohete” son historias que siempre vuelven a mí). Una vez incluso me disfracé de este tal hombre ilustrado: dibujos en la cara y en los brazos, una serie de cohetes y animales. Por supuesto, nadie tuvo la menor idea acerca de qué estaba disfrazado (y no los culpo, no era muy evidente que digamos; era una fiesta de Halloween en Santiago); sin embargo, me sentía sumamente cómodo, algo así como “leal” en este acto tan sencillo. Tal vez eso mismo refleja mi vivencia con la ciencia ficción. Probablemente, mientras nos tomamos un café, sería esta una de las anécdotas que le contaría a Mr. Bradbury.

 

 


“Todo un universo” en la literatura

En la premiación de la más reciente convocatoria de La Edad de Oro coincidí con Yilian Morfa Quevedo. Esbozamos apenas una conversación donde los saludos se mezclaron con ciertas noticias literarias y un rápido, agitadísimo, diálogo sobre nuestras respectivas obras. No tuvimos más tiempo. Luego quedó el vínculo y así nació esta entrevista que busca seguir ciertas pistas de una joven creadora que escribe para los niños (quizás, también, para el recuerdo de la niña que un día fue).

Toda historia tiene un motor que la pone en marcha, ¿cuál fue tu circunstancia de arranque?

Descubrí desde muy joven que me gustaba crear e inventar historias, así que a veces escribía. Esto me hacía sentir muy bien. Durante mi adolescencia estuve mucho tiempo hospitalizada y supongo que el compartir con tantos niños necesitados, no solo de atención médica, sino de motivación y sonrisas, pues me hizo querer regalarles esperanza, alegrías y color a sus vidas. Escribía y pintaba para ellos, para mí.

¿Por qué la decisión de ser escritora?

Escribir me hace bien, me proporciona esa felicidad que tal vez sea capaz de brindarle a otros.

En los tiempos actuales se discute sobre la visibilidad del autor; pero esta, muchas veces, depende casi exclusivamente de la propia gestión del creador. A tu criterio, ¿hasta qué punto esta autogestión es válida y dónde se convierte en el mal o bien llamado “autobombo”?

No estoy tan adentro del movimiento literario como quisiera, así que ofrezco disculpas si mi opinión no es quizás la más acertada o apropiada.

No tengo seguridad de que el “autobombo” sea malo o bueno, pero sí sé que gracias a esa autogestión, el autor avanza y logra su propósito: publicar. Para quien ya tiene un nombre reconocido esto es mucho más fácil; el que no, se tiene que enfrentar a diversos obstáculos, como los problemas económicos de la editorial o sucede que, simplemente, su obra pasa desapercibida.

Cortesía de la entrevistada

¿Cuáles son los temas que rondan tu imaginario creativo?

Adoro escribir para los niños, porque su mundo e imaginación no tienen fronteras. Me parece sencillamente maravilloso crear para ellos e incentivarlos. Claro que podría y me interesaría abordar otras temáticas, quizás sociales, con las cuales podría llevar al lector a la reflexión respecto a su comportamiento tan nocivo ante sus semejantes y su entorno.

¿Ves la literatura como un arte efímero, condenado a desaparecer luego de un tiempo, o confías en su perdurabilidad?

La literatura nunca podrá ser efímera. Cierto es que en estos tiempos ha sido un poco desplazada por otros medios, pero confío en su perdurabilidad, y confío en que nosotros seamos capaces de lograrlo.

Para ti, ¿qué hace a una obra o a un escritor perdurables?

La obra siempre depende del autor, si uno es perdurable, el otro también lo será.

¿Tiene la literatura alguna utilidad en el convulso mundo contemporáneo?

Por supuesto. Mientras existan imaginación, sueños y emociones que transmitir, habrá quienes escriban, y también quienes lean.

Has trabajado como guionista de radio, ¿qué te ha enseñado ese medio que hayas podido aplicar a la escritura?

La verdad es que la manera de escribir en uno y otro medio son bien diferentes, pero podría decir que la radio me ha enseñado a decir más con menos, lo cual es válido para todas las formas de creación literaria.

Tu libro Gaby y sus distinguidas amigas obtuvo mención en la más reciente edición del Premio La Edad de Oro de narrativa. ¿Puedes contarme un poco del libro y qué planes tienes para él?

Gaby es una niña de unos 12 años, que conoce a personajes tan distinguidos como la Luna y a una Bruja, y junto a ellas vivirá una serie de aventuras, logrando (creo yo) que cada cuento tenga un significado relevante y una enseñanza. No quise, sin embargo, abordar los tan necesarios pero reiterados temas propios de la preadolescencia, ya que preferí recuperar esa infancia tan maravillosa y fantasiosa que aún puede tener una niña de esa edad. ¿Planes? Pues me encantaría que los niños, los más pequeños y aquellos que no lo son tanto, puedan disfrutar del libro.

Un escritor cubano y uno extranjero que hayan marcado tu obra.

Nelson Simón y Edmundo de Amicis.

Un libro indispensable…

El Principito.

Si tuvieras que pensar en la posteridad, en ese vivir más allá de las líneas literarias, ¿cómo querrías ser recordada?

Como alguien que enseñó e hizo reír a los niños.

 En pocas palabras, ¿qué es la literatura?

Todo un Universo.


Proyecto Tocadisco, para llevar a la pequeña pantalla el arte joven

Un nuevo proyecto se gesta desde la dirección nacional de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). La iniciativa intenta traducir el espíritu de la organización a la pequeña pantalla. Y es que Tocadisco espera concebir a través de una obra musical la interacción entre los asociados de diferentes manifestaciones.

De acuerdo con Rey Montalvo, vicepresidente nacional de la AHS, se espera que perdure este programa, y que aúne a varias generaciones para una relación creativa.

Comentó que el proyecto comenzará con la elección de una obra musical por parte del departamento de Creación de la Asociación, quienes, basados en el interés de dignificar la visión de vanguardia, escogerán una pieza que no se parezca a otra, pues el interés es experimentar y buscar temas novedosos.

La primera edición contará con una canción de la trovadora Yeni Turiño, homónima al programa. El tema grabado –de conjunto con los cantautores Yahily Orozco, Yaima Orozco, y el Miembro de Honor de la organización Leonardo García– tendrá también con la colaboración del proyecto audiovisual Almacén, de la provincia de Matanzas, que producirá el video-clip, señaló.

Asimismo, cada tres meses, cuando se otorguen las becas el Reino de este Mundo, se definirá la próxima pieza para “Tocadisco”, a la cual se le realizará una obra audiovisual, subrayó Montalvo.

El propósito es que la Asociación no sea solo vista como una institución para facilitar algún proceso, sino, además, como un lugar de confluencia y experimentación entre los asociados.

Para el cantautor, dicho proyecto intentará conformar una banda sonora de este tiempo, “donde se defiendan e interpreten los temas musicales de nuestra generación” y que estos perduren en el tiempo. “La idea es cantar nuestras canciones”, refirió.

Con la creación sistemática de productos audiovisuales se podrá visibilizar aún más en los medios de comunicación el trabajo de los asociados, y sumar nuevos públicos a partir del discurso musical y poético, apuntó.


“El café amargo no es para todos”

Conocí la obra de Sussette Cordero gracias a un amigo en común –uno muy querido por ambas– y desde entonces, gracias a la lejanía y proximidad que las redes sociales propician, he ido rastreando un poco su trabajo. Sussete es escritora y cubana; su honestidad cruza la cuarta pared –esa cuarta pared confortable que las páginas de un libro traen consigo– para llegar a los lectores o, simplemente, a aquellos que quieran leer una de sus entrevistas, o un fragmento de estas, con la esperanza de llegar a quien se encuentra detrás de las palabras. Esta entrevista es el pretexto para dar ese primer paso.

 

Tu primer camino artístico no fue la literatura, sino la música. ¿Existen puntos de conexión entre la creación literaria y la musical que te hayan servido, más que como experiencia, como parte de algún proceso de trabajo?

La música fue mi primer acercamiento al arte. Ya leía desde mucho antes. Pensar en escribir, en hacer de la literatura mi mayor pasión, no, eso no. Pero el acercamiento a la música me abrió las puertas al mundo del arte, de tal manera que en los primeros pasos de este andar escribía bajo los efectos de alguna pieza, casi siempre necesitaba un background para que las palabras vinieran, de algún modo, de manera más ordenada, más seguida, más lógica. Pero esos fueron los inicios, cuando uno cree que necesita cierto ritual, o ciertas circunstancias para realizar el –en ese momento considerado sagrado– acto de escribir. Ya no: ahora la música es algo paralelo, me encanta; pero en el proceso no es necesaria. Creo que son manías, es circunstancial también: sucede a veces, a veces no… todo depende del momento o de lo que se escuche.

 

Fuiste editora de la Revista de Arte y Literatura Esquife. ¿Qué aportó la labor editorial a tu visión como creadora?

Trabajar en Esquife fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida. Estaré siempre agradecida con Jorge Enrique Rodríguez y con Yanni Monzón por haber pensado en mí para ocupar un pequeño espacio en la realización de esta revista. Trabajar con gente que sabe lo que hace, o por lo que pelea, es algo que no tiene comparación. Uno se siente más seguro, más dado a lo que hace, se entrega de manera más completa. La labor editorial es riesgosa, imperecedera. Esquife me dio las armas para aprender de las verdades y las miserias de autores y decidores, y me dio la libertad para desangrar ciertos puntos de vista, desde los cuales hoy miro, con una luz diferente, al resto de los mortales.

 

¿Crees que, en el panorama literario actual, el cual de alguna manera compartes desde la distancia, es necesaria la concreción de proyectos colectivos? ¿Vive el autor demasiado encerrado en su burbuja de individualidades?

Creo que más que una estrategia de autores o de individualismo, es un problema de humildad, de envidias y desidias, con las cuales los seres humanos hemos tenido que lidiar desde la creación. ¿Es necesaria la integración? Sí. ¿Es necesaria la humildad? Sí. ¿Es necesario que los autores cubanos nos demos cuenta de una buena vez que no somos el ombligo del mundo? Sí, es necesario que sepamos que si no existe cooperación, armonía, entendimiento, los proyectos futuros continuarán siendo malos, desastrosos, hechos a punta de traspiés, de “quítate tú pa’ ponerme yo”, de faltas de calidad, sin lógica ni belleza alguna. Y también es necesaria la preparación. No se puede elaborar un proyecto sin una investigación mediante, sin un objetivo lógico.

 

“¿Hasta cuándo Lezama seguirá salvándonos?”

 

He leído propuestas de proyectos que sinceramente no tienen la calidad suficiente para ser publicados y, aun así, por encima de eso, salen a la luz y hasta son publicitados de la peor manera. Y el mundo lo sabe, que es lo peor. Ya en este siglo, nadie se puede esconder, nada se puede esconder. Y te tropiezas con alguien y te dice: “¿tú eres cubana?, ¿escritora?, oh, leí la antología de fulanita de tal, ay, pero en esa antología se salva un cuento”. Y una que es de Cabañas y Centro Habana, de chancleta y croqueta, aunque sabe que tiene toda la razón, se hace la enfadada, se levanta de la mesa y le dice en su cara: “cuando en la historia de la literatura de tu país tengas a un Lezama, avísame”. Pero, ¿hasta cuándo Lezama seguirá salvándonos?

 

Muchas veces se ha hablado –y debatido– sobre el tema de la “generación”. ¿Te sientes, por cercanía o distancia, parte de una promoción o un grupo?

No me siento parte de ninguna generación con nombre o sin nombre. Tengo un largo camino recorrido porque mi interés por la literatura es como aquel cuento cheo de “desde que te vi, me enamoré de ti”. Ese mi caso. Yo fui una niña que supo que amaría la literatura en cuanto tocó un libro, en cuanto descubrió un closet lleno de libros viejos y húmedos. Yo he leído y escrito lo que he querido.

Muchas veces no coincido con algunos autores cercanos a la que pudiera ser mi generación, como también a veces me alejo descomunalmente de lo que opinan o piensan las llamadas vacas sagradas. Yo soy un ser de multitudes, a mí cualquier cosa que me convenza, que vale la pena, me viene bien; eso sí, soy irreductible, difícil de convencer, si quieres que cambie de opinión, hay que hacer valer el argumento y eso es demasiado complicado para los llamados grupos generacionales. No quepo en cualquier saco, obviamente, el café amargo no es para todos.

 

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

Mi proceso creativo… usaste la palabra proceso y eso es casi la respuesta. Parece trillado, pero el proceso es el verdadero placer de la escritura para mí. Padecer cuando comienzo a dar vida a algún personaje y veo que es un ser despreciable, alegrarme cuando consigo algo que considero bastante terminado, completo, digno de ser leído. No tengo mañas, sí creo que el contacto con el agua me refresca, por decirlo de alguna manera.

Mis mejores ideas vienen fregando, no te imaginas lo insoportable que se hace correr a quitarse los guantes (sí, porque friego con guantes y que digan lo que quieran) para hacer alguna anotación, escribir una palabra, una oración que vino de pronto, y aun así se disfruta. No necesito desnudarme, encerrarme, rayar paredes, ni ponerme tan poética. Lo mío es normal, natural, pero un poquito “acelera’o”.

 

Yo maté a Marilyn Monroe: con un título tan curioso has publicado uno de tus libros, amparado por un sello editorial español. ¿Podrías comentarme un poco del texto? ¿Cuándo lo creaste?

Este libro nació cuando comenzaba mi maternidad. Es un libro muy femenino. Creo que en la búsqueda de mi ser como mujer, esa que creemos perdida y que tanto traté de cuidar durante mi embarazo, nació ese libro que en parte también es un grito a la fuerza de una mujer que brama, y aúlla como fiera, una mujer que no quiere renunciar a su sentir, a su sexualidad, a lo que siente físicamente, a lo que es y no dejará de ser nunca.

Es un libro que me ha traído grandes alegrías, y también grandes desatinos. He tenido que lidiar con las conservadoras, que no son pocas, y también, por qué no decirlo, he tenido que despertarme de madrugada para que una amiga que vive en Europa, con todo el despiste del mundo, me llame a las 3:00 AM y me diga, gritando, literalmente, “¡ya terminé de leerlo! ¡Me encantó!” (Grito sin fin).

 

¿Crees que los temas, las obsesiones de un creador, tienen un tiempo de vida limitado o están “condenadas” a reciclarse, una y otra vez, en su escritura?

Cada creador responde a su tiempo. Eso no es algo que deba fundamentar demasiado porque está en la historia. Lo que no quiere decir que ciertos alientos no confluyan en tiempos lejanos. Hace poco vi en las redes sociales una fotografía de Fan Ho, el célebre fotógrafo y director chino, y me recordó muchísimo a El perro, de Goya. Lo comenté con un amigo y, ciertamente, encontramos el mismo aliento.

 

En tu experiencia, ¿cuáles son las principales limitantes, espirituales y materiales, del joven escritor en los tiempos que vivimos?

Hablar de las limitables materiales sería un desvarío, me alegra que preguntaras por las espirituales.

La escritura es un territorio hostil. La gloria no sirve de nada cuando no has puesto en marcha todo tu esfuerzo. Hay jóvenes escritores que son magníficos. Gente que tiene un talento extraordinario y que prefiere mantenerse al margen, cosa que me parece muy bien. Pero esa es una opinión demasiado personal, un criterio que he defendido siempre. Tu obra no necesita un mural, tu obra necesita fuerza, carácter, y ella sola será capaz de brillar.

 

“Siempre buscando un aliento del que, salvando ciertas brisas, no me llega el aire”

 

En la Cuba de hoy tenemos el gran sentimiento nacional, ese que no puede dejar de ser mencionado y del que Virgilio nos advirtió tantas y tantas veces. Eso es aterrador. Conocer la historia de gente que tiene una obra inédita abrumadora, y ver la mayoría de las cosas que se publican en Cuba hoy, es deprimente. No quiero entrar en la discordia de viejos, jóvenes, letrados, chancleteros, creyentes o no creyentes, pero no creo que la literatura cubana de hoy vaya por un camino sólido.

Cuando voy a la isla recorro las librerías, bueno, los libreros, algunos rincones donde encuentro maravillas. Y también compro, gracias a mis amigos, las obras premiadas en el tiempo que estoy fuera, lo que publica la gente más joven, siempre buscando un aliento del que, salvando ciertas brisas, no me llega el aire.

 

Entonces, ¿piensas que la escritura que se hace hoy día no está destinada a perdurar?

Es una pregunta difícil, que puede traer amargos tragos. Pero intentaré no ser condenada (Muerta de risa). La literatura no es una moda. No es Gucci, ni Supreme. La literatura, como yo la veo, es algo más hondo, es serio. Hay mucha gente queriendo hacer cosas serias, jóvenes que quieren de verdad crear proyectos libres de pensamiento, de palabra, gente que se forma y se sostiene sobre lecturas que de verdad aportan. Pero son minorías.

En la Cuba de hoy, en la literatura cubana de hoy, algunos autores no se preocupan por fundamentar su actitud ante/con/para la literatura. No puedes creer que por llevar un par de Converse, gafas y un cigarro en mano, eres escritor. No es así, no para mí.

 

“No perdura un tierno silbido, sí el grito. De eso se trata, de rugir, rugir muy duro”

 

No eres escritor por haber leído un par de libros y tener dos versos que valen la pena. Si no sabes perseverar, chapotear en el fango una y otra vez hasta pulir el diamante que crees ser, nunca serás un buen escritor. Yo sé de alguien que es tan buen escritor, que cuando se sienta a escribir se dice ser el mejor escritor de este mundo y, al terminar la última oración, se va a la cama creyendo ser el peor. No perdura un tierno silbido, sí el grito. De eso se trata, de rugir, rugir muy duro.

 

¿Qué artistas han marcado tu vida y por qué?

Salinger. Definitivamente Salinger. Pero aunque me dedico a la literatura, mis mayores referentes no son escritores. Es un poco raro, pero es así. Mis mayores referentes vienen de las artes plásticas. El Bosco, Manet, Vermeer, Chagall… ¡amo a Chagall! Pasando por la decadencia del arte contemporáneo y dejando atrás la vergüenza de algunos autores como Wilfredo Prieto, amo la obra de artistas jóvenes como Cirenaica Moreira o Ernesto Rancaño.

Y es bueno aclarar, porque mucha gente me pregunta esto: sabes que mi hija se llama Frida, y por eso muchos asumen que soy una gran devota, fan, loca por ella. Y en gran parte mi admiración hacia Frida Kalho no es exactamente por su obra, mas sí por su valor ante la vida. Eso sí que fue estremecedor.

Pero si tengo que hablar de mujeres que en el arte fueron y serán siempre un referente para mí, podría mencionar a Remedios Varo, a Leonora Carrington o Nina Kandinsky, a la que la historia opacó por años y años. Quizás debería mencionar a algunos escritores, pero si soy sincera, no son mis mayores referentes.

 

Cuba y Panamá son tus dos tierras, ¿qué llevas de ambas a tu creación?

Panamá es un país hermoso. De una naturaleza envidiable. Al principio me molestaba un poco que la cultura y los temas afines con la literatura fueran tan vanos. Pero uno aprende que el medio social no es lo que importa. Quizás vivir acá me hizo darme cuenta de que no necesito charlas ni eventos literarios para sobrevivir. Al contrario, estar lejos me ayuda a formar mi propia versión de la Sussette que siempre quise ser. Apartada del ruido, de los eventos sociales, del qué dirán.

He aprendido que se logra mucho más si aprendes a estar solo con tus pretensiones. Hice de mi casa mi propia galería, de mi librero mi rincón para estar en paz con mis fantasmas. Hace poco me invitaron a un festival internacional de poesía y me siento halagada. No digo que el intercambio con otros autores no me agrade, pero siento que no es primordial. Ya no.

En el caso de Cuba, pues es mi país, allá están la mayoría de las personas que admiro, la gente que quiero, los amigos, la familia. Regreso y el tiempo no alcanza, ni las interminables charlas sobre la literatura y los chismes del momento. Es una enfermedad que no se cura, esos dos van de la mano: chisme/literatura. Siempre me río mucho, reírme me ha salvado de no infartar a veces.

Creo que esa dualidad de sentimientos está un poco mezclada en mi poesía. La sensación de haber encontrado la paz interior y el regreso a las raíces.


No puedes apretar el gatillo si no tienes vocación

La conocí hace muchos. Una vida hace. Era muy niña pero ya tenía esa luz buena que antecede al nacimiento de un buen creador. Giselle Lucía Navarro ha demostrado con su obra que aquella primera impresión no marchaba errada. Polifacética y polifónica, esta joven autora hace del día a día su material de estudio creativo, su taller y su prueba de fuerzas. La amistad nos une. La creación es nuestro lugar común. Y el cariño, también, por supuesto. No todos los días se asiste al nacimiento de una poeta de tanto calibre. Hoy, lector, te invito a que aprietes el gatillo creativo de Giselle Lucía. Sin dudas, te sorprenderá el alcance y la precisión de la bala. [+]


Dan a conocer los Premios Alejo Carpentier y Nicolás Guillén 2019

La editorial Letras Cubanas, el Instituto Cubano del Libro y las fundaciones Alejo Carpentier y Nicolás Guillén dieron a conocer en La Habana los premios Alejo Carpentier de narrativa y ensayo y el Nicolás Guillén de poesía.

El jurado del premio Alejo Carpentier de cuento confirió el galardón al libro “El año que nieve”, del narrador y periodista holguinero Rubén Rodríguez. El premio de ensayo recayó en Hamlet Fernández por “La acera del sol. Impactos de la política cultural socialista en el arte cubano (1961-1981)”. Por su parte la novela “Agua de paraíso”, del narrador y poeta Alberto Marrero se agenció el premio de novela.

El jurado del premio de poesía Nicolás Guillén eligió, entre varias decenas de poemarios, el titulado “Macerar”, del pinareño Alberto Peraza.

La entrega de estos relevantes reconocimientos a la creación literaria en Cuba se realizará el lunes 11 de febrero a las 4.00 pm en la Sala Nicolás Guillén de La Cabaña, como parte del programa de la XXVII Feria Internacional del Libro de La Habana