Ciencia Ficción


La ciencia ficción nutre temas trascendentales de la humanidad

Desde Chile, Leonardo Espinoza Benavides escribe ciencia ficción con una voz que, desde su juventud, viaja cargada de resonancias: lo humano es el territorio por excelencia de sus historias. En el ángulo particular de su narrativa, Leonardo pretende que sus lectores no solo sientan el extrañamiento hacia aquellos universos que recrea sino también una corriente de sentido —subterránea y aun así visible— que hace posible las referencias de lo extraordinario.

¿Qué momento vive actualmente la ciencia ficción chilena? ¿Cuáles son los temas más acuciantes, y los autores y editoriales que es necesario conocer?

La ciencia ficción chilena vive actualmente un momento fantástico y todavía le queda mucho más por seguir desplegando. La historia del género en Chile se ha rescatado en gran parte y se encuentra al acceso de todos. Múltiples editoriales independientes mantienen el firme estandarte de la literatura fantástica. La academia universitaria se ha involucrado y se llevan a cabo los Encuentros Internacionales de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción. La comunidad está cada vez más unida y generando mejores redes, actualmente contamos con la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena. ¡El panorama se ve bien! Es cierto que no se puede negar que ssomos todavía un nicho pequeño en un país pequeño, pero no cabe duda de que los cimientos están más que firmes. Respecto al tema más acuciante: diría más bien que tenemos un gran proyecto, la participación con un comité chileno oficial en la Worldcon 79.

Sobre las editoriales y autores: ¡son bastantes! En cuanto a editoriales afines, cada vez son más las que se consolidan de manera seria. A destacar como referente necesario y notable por su constancia y estabilidad se encuentra la Editorial Puerto de Escape, a cargo de un grande en nuestras tierras: el académico, editor y poeta Marcelo Novoa. Durante catorce años se ha ocupado de potenciar incesantemente la literatura fantástica en Chile. Y en cuanto a los autores: ¡qué difícil escoger! Mi percepción actual es la de un territorio demasiado fértil, demasiado rico en obras. Me gustan los cuentos de Rodrigo Juri, las novelas cortas de Roberto Sanhueza y las novelas largas de Mario Bustos Ponce. Pero me sigo deleitando con muchos más autores. Se perciben las ganas que tienen los escritores de contribuir. La invitación es a leernos y así, de a poco, descubrirnos.

Dentro de ese panorama sin dudas plural que me comentas, ¿de qué manera se manifiesta e inserta tu obra? ¿Cuándo y por qué descubres tu interés en los temas del fantástico?

Portada (Cortesía del entrevistado)

 

Me gusta pensar que mi obra se manifiesta en este escenario como un nuevo punto de vista, íntimo, cercano, muy humano; especulativo y poético a la vez, con elementos fuertemente criollos y nostálgicos, propios de estas tierras tan australes. Escribo sobre gente simple en mundos complejos: personas pequeñas que desbordan sueños y anhelos, que lloran y fallan y sin embargo siguen encontrando algún sentido. Para mí la ciencia ficción es una expresión artística que nutre temas trascendentales de la humanidad. Siempre invoco a uno de mis maestros, el gran cineasta Andrei Tarkovksy, de quien aprendí que la finalidad de lo que hacemos en cuanto creadores es buscar enriquecer el “alma” humana en un mundo necesariamente imperfecto. Y como dijera Philip K. Dick, estimular y estimular hasta el punto de incitar la cocreación. Y disfrutar haciéndolo. Creo que la lectura, en su contacto íntimo, encuentra su significado en cada aprehensión individual, con su eterno subjetivismo en busca del receptor perfecto, ese que aún está buscando y esperando.

Así respondo a tu segunda pregunta sobre mi encuentro con lo fantástico: Crónicas marcianas me atrapó de improviso cuando pequeño.  Yo, Robot me guio en la adolescencia. Y desde entonces sigo este camino como uno sobre el cual no tengo dudas.

Tu oficio transita de la Medicina a la escritura, ¿dónde encuentras puntos de conexión?, ¿la Medicina ha influido de alguna manera en lo que escribes?

La Medicina y la escritura… ¡intensa situación! Desde que tengo recuerdos, ambas me han acompañado como una especie de ying y yang recurrente. No me imagino en otra profesión que no sea la Medicina y, a la vez, no concibo un escenario en el que escribir no sea mi pasión. Y me resulta sorprendente que están siempre ahí presentes, como dos fuerzas opuestas, pero inexorablemente complementarias en mi persona. Realmente encuentro acertada la analogía taoísta. Ambas dimensiones me influyen en las dos direcciones: como médico, la escritura contribuye en la forma en la que interactúo con los pacientes, el cómo los escucho y los observo, con matices peculiares de empatía y de asombro; y como escritor, particularmente de ciencia ficción, la Medicina me otorga estructura, método, plausibilidad en mi argumento, ciencia y vivencias. Si bien por momentos son colosos difíciles de hacer convivir, lo cierto es que disfruto el dinamismo con el que van forjando mis pasos.

En la multiplicidad de espectros y temas del fantástico, ¿cuáles te interesan?

Guardo hermosos recuerdos de los libros “realistas” que me formaron en tiempos pasados: Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, Sub-terra, de Baldomero Lillo, Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, El guardián entre el centeno, de Salinger, El gran Gatsby, de Fitzgerald. Los menciono porque han quedado como huellas en mis gustos posteriores y creo que hasta el día de hoy me influencian. Sin embargo, confieso que actualmente, y desde hace ya muchos años, leo exclusivamente ciencia ficción. ¡Y es que es un mundo enorme!, verdaderamente inagotable. Incluso dentro del vasto territorio de lo que abarca la literatura fantástica, es la ciencia ficción en particular la que me invoca. Por eso, al responder sobre los temas que me interesan, la respuesta viene siendo: si es ciencia ficción, tiene toda mi atención. Pero si me viera obligado a escoger mis temáticas favoritas, estas serían: contacto y comunicación con otras formas de vida, las nostalgias de los hombres y mujeres del espacio, las historias rurales y marginales, la especulación fuertemente plausible en términos científicos y las vertientes que se enfocan en aspectos filosóficos. ¡Eso es lo que más disfruto!

Existe buena ciencia ficción latinoamericana. Sin embargo, muchas veces los propios autores ignoran que existen excelentes voces en países vecinos. ¿La literatura anglosajona nos ha hecho ciegos a otras influencias? A tu criterio, ¿cómo podría ser revertido este fenómeno?

Mi impresión es que tiene que ver con la enorme cantidad de material anglosajón que existe, su gran capacidad de difusión y la estabilidad de un mercado gigantesco. Además, la ciencia ficción estadounidense y británica tiene una extensa tradición y cuenta con obras que son incuestionablemente magníficas. En ese sentido, es difícil competir contra el hallazgo fortuito de algún lector curioso con libros como 1984, La guerra de los mundos, Fahrenheit 451, Dune, Fundación, solo por mencionar un minúsculo puñado de clásicos en continua reimpresión. No me extraña, entonces, que sean menos conocidas las obras latinoamericanas. Aun así, me ha tocado observar que aquellos que han quedado atrapados por el género suelen terminar buscando por su propia cuenta autores y publicaciones escritas en su país. En el caso chileno, se suele caer rápidamente en el legado de Hugo Correa, uno de los autores que ha sido considerado un impulsor esencial a nivel regional. Pero, de nuevo, no logramos competir contra la incesante producción de los vecinos del norte que, sin lugar a duda, siguen generando textos maravillosos. No es un fenómeno exclusivo de nuestras tierras: lo mismo debe suceder, me imagino, con la ciencia ficción en otros rincones de difícil acceso. Y, por supuesto, creo que la idea no es que todos nos pongamos a escribir en inglés y dejemos de lado las bellezas y maravillas de ocupar el idioma nativo. Si bien existen estas limitaciones creo que son, a su vez, parte de los elementos que forjan nuestra identidad y que dan forma a nuestra expresión. A mi juicio, no veo un fenómeno que amerite ser revertido, sino que existen más bien los horizontes para llevar a cabo desafíos hermosos; aún hay mucho por sembrar y cosechar. Soy de la idea de continuar promoviendo una cultura de comunidad, de incentivar a nuevos lectores, escritores y traductores, de seguir estrujando los potenciales de nuestra ciencia ficción. Escribir, escribir y escribir. Es la forma en que irán surgiendo más reliquias y escuelas.

En Puerto de Escape publicas tu primer libro, ¿qué tal la experiencia?, ¿has pensado en la posibilidad de verlo editado en otros países?

Mi primera publicación oficial fue en el año 2008, en una colección de cuentos de la Universidad Andrés Bello. Lo recuerdo con una sonrisa en la cara. Fue una sensación tremenda de punto de partida. Tuve la posibilidad de ver y escuchar a Hernán Rivera Letelier, de quien había leído Los trenes se van al purgatorio, y viví ese primer encuentro mágico con un “escritor reconocido”. Fue fabuloso. Albergo con mucho cariño ese día. Más tarde, diez años después, tras un recorrido que me pareció aún más largo de lo que fue, me vi publicando finalmente un libro de mi autoría. Si antes fue fabuloso, esto fue sublime. Quise conscientemente esperar un buen tiempo antes de enfocarme en la publicación concreta de un libro; quería primero conocer y recorrer, curtirme, hacer mis aportes y apoyar a la escena local, descubrir a las personas detrás de todo esto: escritores, editores, lectores. Fui aprendiendo y me fui entrenando con publicaciones de artículos y relatos en distintas plataformas hispanoamericanas, con la fortuna también de un paso por los Estados Unidos, hasta que sentí que era el momento adecuado. Decidí presentar mi proyecto a la editorial Puerto de Escape: llevaba años siguiéndolos y acompañándolos, disfrutando sus proezas, sus altos y bajos, su trabajo imparable y su pasión desbordante. Cuando, mucho tiempo atrás, había buscado dónde se encontraba la ciencia ficción de mi país, fue su editor Marcelo Novoa el primero en recibirme, con ese carisma sincero que irradia siempre. Mi manuscrito fue aceptado y el proceso de publicación fluyó de manera magnífica. La experiencia fue memorable, culminando con una maravillosa presentación en la Sociedad de Escritores de Chile. Lo considero uno de los momentos más alegres de mi vida. Simplemente, plenitud total. Lo que diez años atrás había sido un punto de partida, ahora venía siendo la consagración de un camino que me había dispuesto a recorrer. Hoy en día me dedico a seguir caminando esa ruta y no puedo sino agradecer toda la motivación y apoyo que me entrega la editorial. Realmente disfruto trabajar con ellos y ser parte de ellos. En cuanto a si he pensado en la posibilidad de publicar en otros países: ¡pues sí! Por mi parte, aquí estoy disponible. Veremos qué surge.

¿De qué manera y a qué ritmo vives la literatura?, ¿cómo transcurre tu proceso de trabajo?

Como dijeron Gilbert & George: “To be with Art is all we ask”. Admiro el Arte con devoción, esa expresión y creación humana que viene a darle sentido y trascendencia a todo, que viene a mostrarnos los ríos abstractos e intangibles, pero llenos de agua dulce, vivificantes. Y así disfruto la Literatura, como parte de esta expresión. Creo, sin embargo, que aquello que le atribuyo, en globo, no es una regla general: en este mundo ricamente diverso, hay personas que encuentran sus símbolos y verdades en otras manifestaciones como la Historia, la Ciencia, el trabajo social, el deporte, y un gran etcétera. Todas son válidas y necesarias para una sociedad armónica. Pero confieso que, para mí, mi musa es el Arte. Sin ella me marchito. Y cuando paso mucho tiempo alejado de ella, efectivamente me marchito. Con ese ritmo lo vivo, como una insignia tatuada. Pero me disculpo por tanta palabra rimbombante y me aterrizo de nuevo. Sobre mi proceso de trabajo y creación de la obra, todo parte como una necesidad visceral de contar algo. Entonces vienen las ideas, la imaginación, las interrogantes. Suele ser una idea que me parece novedosa y atractiva, que puedo utilizar para desfigurar la realidad de una forma plausible y ojalá también simbólica; o bien es la emoción de un personaje en torno a esa idea lque quiero desarrollar, en un mundo acorde. Voy siempre anotando pequeños apuntes, lo esencial, para después acordarme. A veces anoto diálogos que surgen en el momento y quiero usar posteriormente. Luego suelo estudiar el tema que voy a trabajar (es ciencia ficción lo que escribo, al fin y al cabo) y cuando siento que todo está armado y tengo las herramientas necesarias, me siento a escribir. Por supuesto, hay excepciones pero esa ha sido usualmente mi modalidad.

¿Hasta qué punto y en qué porciones influyen en tu creación, las esferas de la inspiración y la disciplina?

¡Soy un terrible planificador! Lo he sido toda mi vida. Jamás he podido usar una agenda o un calendario. Mi mayor organización viene siendo dejar notas pegadas en algún lado, en caso de tener algo de suma importancia que realmente no puedo olvidar. Suelo saber qué cosas tengo pendientes, pero no las pongo en una lista mental hasta que siento que realmente me voy a enfocar en ello. Es como un calendario inconsciente, creo. Por suerte me funciona. Siempre lo he visto como un sistema basado en maratones. Tengo mi propio entrenamiento hasta el día de la carrera. Y cuando llega ese momento lo entrego todo. Realmente todo. Soy de los que pueden sentarse a escribir o leer por doce horas seguidas sin moverme de la silla (salvo para el ciclo de renovación de los niveles de cafeína), en una especie de trance imparable. Nunca me ha resultado eso de “avanzar de a poco” o “hacer las cosas con tiempo” o “esquematizar los horarios del día”. Envidio a la gente que puede y que funciona como reloj. Lo he intentado y no hay forma alguna. Necesito mis maratones. Así se conjuga en mi caso la disciplina y la inspiración.

Tu literatura tiene mucho de visualidad, mucho de aliento cinematográfico, ¿has pensado en la posibilidad de adaptarla a otros formatos?

De lo cinematográfico, lo he pensado y me encantaría. Y no sería muy exigente con las adaptaciones. Al contrario, invitaría a la experimentación, a la interpretación o a cualquier ideación creativa que pudiese surgir. El cine para mí es otro mundo. Mis dos grandes pasiones en cuanto a dimensiones artísticas son la literatura de ciencia ficción y el cine de autor. Me gusta Bergman, Buñuel, Truffaut, Godard, Fellini, por nombrar solo algunos inmortalizados, y hoy en día mis predilectos son Asghar Farhadi y Xavier Dolan. Pero suelo vivenciar estas dos expresiones de manera diametralmente distinta. Me estimulan y enriquecen desde ángulos diferentes. A veces, eso sí, se encuentran y resulta maravilloso, como han sido para mí, por ejemplo, los casos de Tarkovsky, Kubrick, Nolan, Villeneuve. Por lo tanto, sí, me encantaría algún día ver una adaptación. Si hay algún cineasta leyendo esto, ¡las puertas están abiertas!

¿Cómo valoras la escritura de tus contemporáneos?

A mis contemporáneos nacionales los valoro como algo imprescindible. Sin ellos no habría comunidad, no habría emoción. Me motiva el verlos crear, me entusiasma leerlos y ver qué cosas nuevas se traen. Me gusta leer ciencia ficción chilena y me gusta celebrar a mis colegas, aplaudirles sus universos y esperar ese magnum opus que sé que en algún lugar y tiempo está preparando cada uno. Lo mismo con el trabajo de los editores, pensar en quién nombrará la historia como nuestro análogo de Gernsback, Campbell, Moorcock o Van Gelder. Disfruto sentirme inserto en esta escena, en conjunto.

Si tuvieras que decir qué de nuevo trae tu literatura, en pocas palabras, ¿qué sería?

Una nueva perspectiva para hacer el recorrido.

Me gustaría conocer de un libro que te haya influido y un autor (vivo o muerto) con el que te tomarías un té o un café sin pensártelo dos veces.

Ray Bradbury, sin lugar a duda. Quizá no sea la respuesta más original, pero es la única respuesta que me surge con completa y espontánea sinceridad. Encuentro en él una sabiduría, bondad y pasión sin comparación. La forma en que se formó y la forma en que entregó su vida a las letras fantásticas simplemente me llenan de inspiración y motivación. Tengo, de hecho, un retrato suyo enmarcado en mi librero: una foto en la que sale muy bonachón, con su sonrisa amplia. El hombre ilustrado es por lejos el libro que más huellas ha dejado en mí (¡lloré con tantos de sus relatos!, “El hombre del cohete” y “El cohete” son historias que siempre vuelven a mí). Una vez incluso me disfracé de este tal hombre ilustrado: dibujos en la cara y en los brazos, una serie de cohetes y animales. Por supuesto, nadie tuvo la menor idea acerca de qué estaba disfrazado (y no los culpo, no era muy evidente que digamos; era una fiesta de Halloween en Santiago); sin embargo, me sentía sumamente cómodo, algo así como “leal” en este acto tan sencillo. Tal vez eso mismo refleja mi vivencia con la ciencia ficción. Probablemente, mientras nos tomamos un café, sería esta una de las anécdotas que le contaría a Mr. Bradbury.

 

 


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