Roberto Viña y el descubrimiento de la escritura

Para algunos es Rober. Para otros, Viña. Para los amigos más cercanos: Bobby. De su padre heredó no solo el gusto por la literatura, sino el amor por los libros (y, además, el nombre). Roberto Viña (hijo) es una de las voces indispensables, referentes ya obligatorios, de la joven dramaturgia que se concibe en nuestra Isla. Su obra trasciende el ámbito de lo teatral para adentrarse en los terrenos, siempre incognoscibles, de la narrativa, la poesía y el ensayo. Quienes lo conocen pueden dar fe de su humor a prueba de balas, de su incondicionalidad como amigo, de su ética como colega. A través de constantes mensajes (de texto, llamadas telefónicas, e-mails y, de vez en vez, algún breve chat por el Facebook cuando las conexiones lo permiten), Bobby y yo mantenemos actualizado nuestro afecto. Prueba es esta entrevista: ejercicio para ambos, juego de rol en el que dos amigos conversan de lo divino y de lo humano, siempre de la literatura.

El descubrimiento de la escritura, ¿cómo acontece para ti? ¿Sucedió a edades tempranas de tu vida o fue un acercamiento paulatino?

El descubrimiento de la escritura fue posterior a mi encuentro con el universo literario. En el principio vino la lectura como refugio y salvaguarda, incluso como educación sentimental para diversos aspectos de mi vida. Pero confieso que fue una lectura caótica, signada en su mayoría por intereses personales. Leía lo que me interesaba, y a partir de algún instante, y producto de la acumulación, fue organizándose de a poco esas lecturas y también sus referentes. De ahí que no hubo un orden predeterminado ni siquiera una guía, solo la determinación y el empuje de consumir todo lo que pudiera. No obstante, el tener toda una biblioteca en casa a mi disposición fue un remanso increíble. Ya que mi padre, aun siendo historiador y cineasta, consume y atesora buena literatura en todos los géneros, y en parte esa obsesión de coleccionar libros, la he heredado de él. Hoy, los libros se amontonan en varios espacios de la casa, han invadido incluso mi cuarto y me cuesta deshacerme de ellos.

La escritura entonces aparece como efecto de mímesis creativa sin saberlo bien. La motivación inicial se manifiesta cuando decido reescribir aquellos fragmentos de textos en los que sentía que el autor me hablaba directamente. Esos textos se quedaban conmigo hasta después de acabar la lectura. Era un diálogo natural, por ende, terminaba haciendo aquellas palabras, mías. Luego, sin darme cuenta, esas mismas frases fueron cambiando, les alteraba el sentido o terminaba por adicionarles criterios que corroboraban o desafiaban aquellos fragmentos. Y creo que entonces, por curso natural, empecé a escribir. Pero siempre acerca de tópicos o temas que me obsesionaban y que no estaban en los libros que leía. Esto aún se mantiene presente. Después vendría a ser consciente el oficio, el trabajo constante con la palabra y, sobre todo, la ética. Pero en el principio, el instinto fue primario, y la relación con la escritura carecía de pretensiones profesionales, de premios y reconocimientos; por lo cual, era más visceral, egoísta si lo pienso, pero fue la manera de expresar y manifestar aquellas inquietudes que en la adolescencia pretendían arrasar con todo.

¿Cómo llegaste al mundo de la dramaturgia? Sé que, en tu devenir literario, arribó primero la teatrología, ¿por qué entonces una decantación hacia otro universo creativo, si bien ambos tienen como brecha común el teatro?

Llego a la dramaturgia cuando la literatura más que una afición era ya una realidad, y cuando enrolarme en la licenciatura de algún área científica resultaba inaudito. A pesar de mi formación como técnico medio en Farmacia Industrial, las letras comprendían el diario de la creación y me interesaba encontrar una carrera universitaria que me permitiera seguir escribiendo al mismo tiempo en que cursaba estudios superiores. Es decir, quería un título universitario por escribir. Y como en Cuba no existe una licenciatura en escritura creativa o algo por el estilo, pues en la dramaturgia encontré el acceso, y el resto sería una vocación por el teatro que hoy en día define buena parte de mi labor. No obstante, y como bien dices, los comienzos fueron en la teatrología, disciplina que agradezco haber cursado por casi dos años ya que me otorgó las herramientas de análisis de los textos teatrales, así como de las puestas en escena. Pero era evidente que no llegaría a ser un teatrólogo eficaz cuando muchas de las críticas y reseñas elaboradas tenían un alto componente narrativo y ficcional en su conjunto. El cambio de carrera entonces, me permitió como a pocos estudiantes, estar en ambas disciplinas, llegar a conocerlas y que el teatro terminara por abarcar el espacio que completaba la literatura en un comienzo. De la vivencia de ambas prácticas, la teatrología como la dramaturgia, se compone el autor que soy en el presente.

¿Cuál es la mayor diferencia entre el Roberto Viña que escribe dramaturgia si se le compara con el Roberto Viña narrador, el poeta y el ensayista?

En apariencia ninguna. Soy la misma persona. Pero entiendo que las características propias de cada género en la escritura sean, de cierta forma, divergentes. Eso tal vez suponga una identidad autónoma en cada uno de los géneros donde incursiono. Pero esa disquisición no es concebible desde el punto de vista creativo. Para mí es una cuestión más bien simbiótica que unívoca. Ni siquiera el hecho de incurrir en más de un género fue una decisión racional, sino un salto al vacío. La necesidad expresiva me lleva a probar otras formas genéricas, y en algunas he logrado un resultado certero, pero en otras, no ha sido el caso. Existen varias historias en las que empleo más de un género, y eso me permite una exploración literaria increíble; pero comparto la noción de que es la historia, la fábula la que indica el género correcto en que debe ser narrada o manifestada. No me impongo pautas a la hora de escribir, el texto me va guiando en ese sentido. Creo que las diferencias que puedan existir entre un modo u otro de crear, no sea yo quien termine por categorizarlas, sino los lectores y espectadores. En ellos, permanece por lo general, la última palabra de dónde incursiona el autor con mayor tino. De los textos escritos, cuáles resultaran a los lectores más cercanos y personales, más allá de elogios críticos y académicos, eso no me compete decidirlo. Si me atengo a una concepción profesional, soy un dramaturgo que no ha dejado de escribir narrativa, poesía (casi toda inédita) y ensayos, en menor cuantía, pero con el respeto que merece esta disciplina literaria.

¿Ejerces la crítica en tu vida literaria?

No me considero un crítico. Tal vez por eso, la respuesta inmediata fuera que ejerzo poco la crítica. Pero soy consciente que una vez emprendida esta labor de escritor y dramaturgo, el ejercicio del criterio más que un elemento complementario, se vuelve medular en el proceso. Mis primeras críticas, todas de forma empírica, se sucedieron en el taller literario al que asistí y me formé. En este concilio que duró cerca de siete años, todos los talleristas que estábamos tuvimos nuestros primeros fracasos y alegrías, y con la tutela del narrador Sergio Cevedo, fue importante encontrar en la crítica, un modo eficiente de escribir mejor. Esto puede sonar mal, pero es la manera más directa de expresarlo. Cada lectura de cuentos, cada debate, y luego los criterios manejados por cada uno de los talleristas, en cierta forma me entrenó la apreciación, y debido a esto, pude emprender nuevos retos escriturales. A mediano plazo, el entrenamiento también fue determinante ya que, comenzada la universidad, la crítica teatral y el estudio de la teatrología, sirvieron entonces para conformar la dramaturgia que me interesaba. Hoy, realizo ejercicios de criterio que incluso llegan a publicarse, pero no puedo catalogarlos como críticas ya que su mayor componente es el comentario y el análisis. En la mayoría de los textos que reseño prima el carácter laudatorio, elogioso incluso, esa sensación admirativa por una obra que me lleva a diseccionarla mediante un análisis y a compartir este resultado a través de una lectura personal. Este impulso se mantiene con cada libro y obra pródiga que llega a mis manos, pero siempre he sido un poco esquivo a la crítica porque entiendo que amerita una dedicación y entrega que no poseo.

Eres uno de los nombres jóvenes que más se repiten en los lauros nacionales (e incluso internacionales), lo que ha posibilitado que tengas una carrera reconocida, incluso multipremiada en diferentes géneros. Al obtener el Premio de Dramaturgia Virgilio Piñera, ¿qué nuevos caminos de exploración se abrieron a tu creatividad? ¿Era esa la obra con que soñabas ganarlo?

Es cierto que la obtención del Premio de Dramaturgia Virgilio Piñera ha sido inesperada y notable del mismo modo, para mi carrera profesional. El regocijo es inmenso, pero también esto ha ocurrido con cada uno de los premios que ido obteniendo en el camino. No creo que sea el definitivo, pero es cierto que es definitorio. Eso, en buena medida, me permitió concluir una etapa, y de forma voluntaria o no, me lanzó a otra en la que ahora estoy inmerso. La creatividad y los caminos de exploración siguen siendo los mismos, siguen ante mí dispuestos a ser recorridos, siempre nuevos y abundantes, pero a esas sorpresas he aprendido a entregarme hasta con placer. Los cambios con el premio, creo que son de una naturaleza más externa y ajena, que interior. La visibilidad y el grado de exposición se hicieron más evidentes. En eventos cotidianos, entrevistas, en ofertas y posibilidades de trabajo; lo cual incide, pero no determina. De muchas formas, los premios consolidan, pero es el trabajo y la constancia quienes debieran llevarse el mérito.

La obtención de cualquier premio siempre es un anhelo. Sin importar las razones que, de naturaleza económica, publicitaria o de otra índole nos impulse a ello. Más si es de una marcada relevancia como este. Por eso, cualquier obra que te permita obtenerlo es la obra soñada. Y cualquier momento, resulta el adecuado. No obstante, esta pieza con la que obtuve el galardón, que se titula Autopsia del Paraíso, y que forma parte de una trilogía, tiene un carácter especial ya que sirve de colofón a un proyecto teatral de varios años que pertenece a mi formación académica. Este detalle, y el hecho de que ostente el nombre de un autor que considero cardinal en mis lecturas y aprendizaje constante, sin que esta mención le reste el valor que detenta en la literatura cubana y universal; no niego que hacen más entrañable e increíble el reconocimiento.

¿Te han sido esquivos algunos premios en los que hayas puesto fe y mano de obra?

Varios. Incluso más de los que he obtenido. Pero debe entenderse que el envío y el recibimiento de un premio literario son cosas que no dependen de uno como autor, ni siquiera de la calidad de la obra, sino de la subjetividad del jurado que dictamina y elige la obra ganadora en un certamen. Existen muchos elementos que intervienen en esas decisiones. Y por eso mismo, no debe desanimarse nadie cuando no obtiene el premio al que envió. Simplemente debe seguir intentándolo. La naturaleza de nuestro medio editorial obliga a que los escritores jóvenes y no tan jóvenes, dependan del sistema de becas y premios para ver sus proyectos validados y publicados. Es por esta razón, que la llamada “premiofilia” se ha instaurado en los escritores cubanos. Debido a que la forma expedita de ver impreso el libro o de ver en escena tu obra, muchas veces depende de un premio que lo sustente. De haber sido otra la manera en que pudiera materializarse este anhelo, entonces, sería otra también nuestra “filia”. Lo entiendo y por eso, no me incomoda padecer los síntomas y enviar en cada oportunidad que pueda a algún premio literario que me interese. Sé que el carácter de los premios es veleidoso cuando menos. Al respecto, he podido traducir inquietudes diversas a través de un cuento titulado Oficio de fe y que compone parte de mi más reciente cuaderno de cuentos publicado, Oficio de fe y otros cantos de sirena (2017). El hecho de haber enviado en varias ocasiones a un mismo premio y no haberlo obtenido nunca, como también haber enviado por primera vez a otros concursos, y obtener el lauro, expresan un tanto ese carácter veleidoso del que hago mención. Asimismo, está la cuestión de que he sido jurado de varios certámenes, he estado del otro lado del espejo, y comprendo entonces las perspectivas disímiles de cada labor como para que ninguna de las dos me desanime de seguir incursionando en ellas. Como mismo habrá otros premios, sé que, en algún instante, dejaré de enviar a concursos, y llegaré por otras vías a ver publicada la obra. Es este en gran medida, el estímulo primario que todavía me impulsa.

La figura femenina es, según percibo, una de tus grandes inquietudes dramáticas, ¿por qué le confieres un papel tan importante a la mujer en algunas de tus escrituras? ¿Qué eje de referencias te mueve?

Lo que expresas como figura femenina que va más allá de la asunción de tener un personaje mujer o una narradora en el texto, creo que ha sido un asunto de reto para mi creación. De ahí la importancia que le confiero. Suerte de asignatura pendiente en mi escritura que de modo imperceptible ha devenido inspiración. Por supuesto que me interesa y obsesiona la sensibilidad femenina, pero discrepo que un hombre no pueda narrar como una mujer y viceversa. Al parecer, con las lecturas de género y los debates al respecto, esta temática influye mucho en el entramado social, pero mi aproximación parte de un adeudo, de expresar la significancia que tienen las mujeres de mi vida, que son todas diferentes y que han influenciado en mí, de modo distinto. No niego que ese misterio me incite y provoque, pero también el análisis de la conducta masculina me lleva a crear roles en este sentido, que pueden resultar un tanto ajenos o alienados de la concepción popular. Me agradan los personajes que no se comportan como debieran, como establecen las normas, sino que desafían a cada momento este constructo por una dimensión más abarcadora y dinámica. Las mujeres y hombres que habitan en mis textos responden más a esta dicotomía consigo mismos, que a una adecuada mixtura social. Pero eso se debe también a mi personalidad y lo que llama mi atención. El ser humano es difícil de encorsetar, es imprevisible, porque a cada momento su inconformidad moldea nuevas aristas, adquiere otras identidades e intenta romper con lo establecido. Esa cuestión siempre será de mi interés más allá del género, la raza o el credo de la persona que lo detenta. No creo que deje de escribir con/sobre una sensibilidad femenina porque en cada una de ellas, va develado un poco más el misterio. Si en algún aspecto, aunque sea minúsculo, pueden los/las lectores/as sentirse identificad@s o influenciad@s con estas creaciones y sus particularidades, pues me doy por más que satisfecho.

Con tu Medea Maelstrom inauguras una mirada nueva hacia una de las figuras arquetípicas del imaginario universal (y esencialmente teatral del mundo), ¿qué busca tu obra aportar al mito?

La pieza, publicada por Ediciones La Luz de Holguín, no busca aportar al mito, al menos no es su objetivo principal. El mito existe, preexiste desde el instante en que decir Medea y convocarla, es signo de referencia a una historia, una leyenda. Desde Eurípides, la heroína trágica no ha podido evadir su sino como infanticida. Darles muerte a sus hijos como venganza al desplante y despecho dejado por su amante Jasón, la persigue y concreta como personaje. Pero me resultaba curioso cómo un evento anterior en el propio mito de la princesa bárbara no tuviera casi alusión cuando en buena medida, puede servir de precedente para este acto de sangre y venganza. La muerte y desmembramiento del hermano menor de Medea, Apsirto mientras escapan de la Cólquida y del padre, el rey Eetes, a bordo de la nave Argos con el vellocino de oro, era un suceso tan determinante y cabal en la existencia de este personaje, como el emplazado en la tragedia clásica. Esa fue la perspectiva que me llevó a confeccionar una Medea más juvenil, más impulsiva incluso que siniestra; azorada por los vaivenes del mar. Una Medea que escapa con resolución de su destino de progenitora para construirse en tierra extranjera su legado como regente, como consorte del futuro rey Jasón. Sabemos que la historia termina mal, aunque Medea escapa de Corintos antes de ser aprehendida por el rey Creonte. Sabemos que los infortunios de la hechicera la persiguen aún después de abandonar a Jasón, pero me interesaba ir al comienzo de su periplo, al inicio del mito, y por eso, es que puede resultar novedosa esta mirada. No obstante, la intención con esta pieza teatral y el personaje, me ha llevado a un creciente interés por diversas figuras del mito clásico que han quedado relegadas o a las cuales, se les otorga en la actualidad, nuevas lecturas, renovadas de un pasado ominoso o fatídico. Son precisamente estas contextualizaciones las que me acercan al mito trágico como una matriz de indudable vigencia. No son pocos los autores cubanos y latinoamericanos que han visto en estas mujeres de la tragedia, en estas féminas irredentas, una expresión de su época y un reflejo de sus vicisitudes. Yo, con humildad, me he unido a ese cortejo creciente de autores que le rinden tributo. Espero no haber defraudado con esta visión personal, el legado de esa tradición de voces que me antecedieron.

¿Cómo ha sido tu experiencia en publicaciones nacionales y, especialmente, con las editoriales vinculadas a la AHS, en las cuales algunos de tus títulos han visto la luz?

Por razones diversas, la experiencia ha sido edificante. Y esto lo admito en toda la extensión de la palabra. Amén de dificultades y sinsabores efímeros, que siempre están presentes, así como de plácemes y beneplácitos que trato de prolongar en lo posible, estoy muy orgulloso de mis publicaciones. Los libros en su conjunto, en cada una de las etapas, han sido estadios de conocimientos y experiencias que se completan cuando hojeo el primer ejemplar que cae en mis manos. Es increíble la sensación. Y a pesar de haber publicado cerca de unos seis títulos, no me repongo a esa primera impresión que me deja el texto, como quien dice, acabado de salir de imprenta. Debido a la significancia personal que tiene el libro como material y soporte, es mucho el respeto que le profeso al procedimiento de su factura en donde intervienen muchos creadores. Eso también lo he aprendido, a valorar el trabajo de otros como editores, correctores, ilustradores, diseñadores y emplanadores que conforman el acabado del libro que el autor concibe. Es un proceso colectivo y todas las partes deben contribuir a que el producto final sea de calidad. Más o menos, es esto lo que ocurre en la realización de un filme o película, o en el montaje de una obra de teatro. No es un trabajo exclusivo, por lo cual, la comunión creativa de estas personas deberá ser imprescindible. Entiendo que los méritos de un buen libro siempre los tiene el autor, mientras que los defectos y carencias de una mala publicación se las endilgan al editor. El crédito debiera ser extenso en ambos casos, pero es lo que hay y no puede hacerse nada al respecto. Por mi parte, estoy muy agradecido de mis libros y las personas involucradas en su manufactura, ya que son materializaciones de ensueños. Todos, a su debido tiempo, fueron los proyectos más importantes en ese momento; y con más o menos desvelos, tengo la fortuna de observar a través de ellos un crecimiento y evolución artística.

Hablemos de las trilogías. No eres el único autor joven cubano que ha sentido una necesidad de acercamiento hacia esa forma que ha sido, parcialmente, heredada del teatro clásico, ¿qué le ha incorporado a tu escritura dramática la creación de trilogías? ¿Piensas en cada texto independientemente, de manera autárquica, o que establece algún eje de paralelismo y de dependencia con las dos obras restantes? ¿A qué crees que se deba el gusto dramático por las trilogías?

No soy capaz de enunciar mi satisfacción por las trilogías de manera consciente, porque no me he detenido a analizar ese fenómeno en particular. Puede ser una cuestión cabalística, numerológica o de otra condición especulativa, pero en lo absoluto me desasosiega este asunto porque no lo cuestiono. Las trilogías las concibo como la trinidad cristiana, tres entidades que representan una unidad y, sin embargo, se componen de tres materias diferentes. En las obras que he escrito bajo el concepto de tríptico, desde el principio estuvo la posibilidad de ubicarlas con un eje temático en común, una cosmogonía que las relaciona, pero en su conformación habría una historia autónoma, independiente, que no mantendría relación, repercusión o traslación a la siguiente pieza. Y de esta manera es que llego en primera instancia a la Trilogía de la Castración que versa sobre la violencia en la adolescencia, mientras que ahora me encuentro inmerso en la escritura de la Trilogía simia de la sabiduría, que entremezcla fábulas sobre el amor fraterno y las relaciones entre hermanos. Son dos proyectos divergentes entre sí, y que tienen como objetivo y presupuestos, elementos disimiles que no por su complejidad, me resultan menos estimulantes. Tal vez, esta vocación de tríos se deba a que varios de los referentes con los que he interactuado, utilizaron este recurso, y ello, ha tenido una significación marcada en mi memoria. Te aseguro que no es solo en el teatro, ya que del mismo modo en que la Orestíada de Esquilo tuvo un impacto notable en mi formación como estudiante, la lectura de la Pentagonía novelada de Reinaldo Arenas o de su trilogía poética Leprosorio, o la visión de la trilogía de la Vida de Pasolini, o la trilogía Golden Heart del cineasta Lars Von Trier, asimismo la admiración de los trípticos de El Bosco o las “columnas humanas” de Servando Cabrera Moreno, han servido para darme cuenta que no podía escaparme de esta conformación creativa, y por ende, era solo cuestión de tiempo de que apareciera este modelo en mi escritura. Sin atribuirle connotaciones grandiosas ni ambiciones desmedidas, es solo un recurso en el que me encuentro cómodo creando, y me ofrece una diversidad compositiva que no descarto, aunque no es el único método que empleo. No obstante, no puedo negarte que me ha dado muchas satisfacciones y espero en algún momento, ver reunidas estas trilogías en sendos volúmenes.

En tu obra, también, se lee un afán hacia temas como la cárcel/encierro, el ejercicio del poder y el delirio, ¿crees que sean ejes vertebrales de tu dramaturgia o solo indagaciones temporales en tu trabajo como autor? ¿Cuál de ellos resulta, a tu criterio, de mayor importancia en tu obra y por qué?

Por lo general, los temas que aparecen en mis obras no tienden a permanecer mucho rato en un solo género. En ese sentido, no hay privilegio y creo que suelo extrapolar las temáticas de un escrito al siguiente mientras exista en ellas, algún aspecto que todavía llama mi atención. No me interesa recrear los mismos sucesos y acontecimientos, aun cuando demuestre cierta habilidad en tratar algunos tópicos con respecto a otros. Siempre trato de retarme y buscarle nuevos derroteros al proceso creativo, pero esto no debe suponer un capricho u obsesión que me atormente. Como dije antes, dejo que la historia me sorprenda y me secuestre de tal forma que, en ocasiones, cuando termino de escribir, descubro espacios y acontecimientos que no hubiese imaginado de antemano, o que ni siquiera planifiqué. No me considero un escritor metódico, y en este proceso he aprendido a soltar un poco las riendas y dejarme llevar. Es cierto que, si echo un vistazo a parte de la obra publicada, el fenómeno del encierro está muy presente. El escritor cubano Jorge Ángel Pérez fue el primero en considerar este aspecto, y al entender su apreciación, pude notar que este encierro se manifestaba de forma yuxtapuesta; en algunos momentos era evidente, pero en otros, más subyacente y subrepticio. Imagino que con el resto de los ejes vertebrales que mencionas, suceda más o menos lo mismo. No puedo afirmarte que la totalidad de estas indagaciones sean objetivas, pensadas de antemano. La verdad es que la intuición también juega un rol importante en ese cúmulo de asociaciones que empleo a la hora de escribir. Quizás, en el listado de temas y provocaciones implementados en mis piezas o que impulsan buena parte del proceso escritural, algunas nociones sean superadas o renovadas con nuevas facetas en su incidencia anecdótica, otras, estoy seguro que no podré superarlas por más que lo intente. En este segundo ámbito, creo que lo concerniente a lo erótico y lo sexual, termina por convertirse en una afectiva recurrencia. Y esto se debe no a una propensión hipersexualizada de mi escritura o persona, sino más bien, al carácter escurridizo, inaprensible y extraordinario que la naturaleza erótica suele contener, desplazándose con envidiable resiliencia de un plano inmanente a lo corpóreo. De ahí, que sea lo humano, así como lo concerniente a su bienestar o zozobra lo que sigue teniendo mayor resonancia en mis escritos.

¿Cuál es el deseo más acuciante del dramaturgo Roberto Viña?

Deseos, muchos. Aspiraciones, demasiadas. No dejo de tenerlas porque creo que en el instante en que me conforme, dejaré de escribir, de crear. No obstante, hay algunos deseos más inmediatos y plausibles que otros. Quizás, uno de los más acuciantes, sea la posibilidad de ver las piezas teatrales que he escrito, montadas en un escenario. Es una experiencia que todavía no he vivenciado por completo. Aunque, es cierto, he presenciado lo que generan alguno de mis textos en voz de un actor o una actriz. Pero quién sabe. Va y lleguen más pronto al audiovisual que a la escena. Lo que no deseo para ningún dramaturgo/a es que se quede solamente en el papel.

Tu experiencia como profesor de Dramaturgia del ISA, ¿ha aportado a tu escritura?

Creo que la praxis pedagógica me ha aportado en todo sentido. No solo en la escritura, sino también en lo personal. Incide en muchos aspectos, y el hecho de que puedas influenciar en otros un conocimiento o el compartir una instrucción que te fue dada, demanda una responsabilidad por parte de quien la ejerce que no debe tomarse a la ligera. En un comienzo, no me sentía capacitado para realizarla, pero de a poco he ido tomándole el pulso, y aprendiendo también en la marcha. Al ser la labor más reciente que tengo en mi experiencia profesional, es de las que más tiempo dedico en la semana. Lo cual me ha permitido entender el sacrificio y el mérito que conlleva el magisterio para apreciar las horas de desvelo de mi madre que por más cuarenta años se ha dedicado a la enseñanza. Puedes imaginar entonces, cómo el hecho de crecer al lado de una maestra, y de medicina para más señas, casi que me castrara el impulso de ser profesor antes de empezar; pero como otro de los riesgos a los que me entrego con osadía, la educación apareció en el momento adecuado. Al dedicarme a la enseñanza artística en el ámbito del teatro, y debido a las particularidades que esta especialidad ostenta, es una relación recíproca la que se establece en el aula. Puesto que el trabajo de escritura en la confección de un texto teatral, genera una complicidad creativa entre los alumnos y el profesor que no puede darse en un sistema de instrucción tradicional. En ese aspecto, el formato de taller que tiene el Seminario de Dramaturgia de la Facultad de Arte Teatral del ISA es imprescindible y obliga al profesor a mantenerse activo en su proceso creador, del mismo modo en que fomenta una dinámica práctica con respecto a la disciplina que se expande más allá de la universidad. Acaso, por esta razón, me resulte tan idóneo el proceso de traslación de la enseñanza a la escritura y viceversa, ya que lo primero no se divorcia del ejercicio del segundo, si no que más bien se nutren, son complementarios. Debido a ello, más que un aporte, entiendo mi función como profesor como extensión de mi quehacer literario y teatral.

17 de octubre del 2017.

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